“Y fue entonces cuando comprendió que, sin amor, todos
los besos saben a lo mismo.”
Desconocido.
No le escribiría.
No. No. No y no.
Había tomado una decisión e iría por ella aun cuando se le quedara el
corazón atascado entre el pecho y el alma. Aun cuando supiera que jamás lo
olvidaría.
—Romi. —la llamó antes de entrar al Instituto. Estaba feliz que tenía su
auto de vuelta.
—San, ¿Todo bien?
—Sí. Solo llamaba para saber si estaba todo bien. Hoy al mediodía
pasaron unas caritas raras por la vereda, pispeando todo.
—¿Querés que atienda por la ventanita?
—Por favor. Me voy a quedar más tranquila.
—Dale, ya mismo cierro y trabo la reja. No te preocupes.
—Gracias. ¿Te va a buscar tu novio?
—Sí.
—Perfecto. Apenas salgas avísame, ¿sí?
—Sí, tranquila. Un beso.
—Cuidate, Ro. Cualquier cosa, me llamás. Un besote.
El profesor los dejó salir unos diez minutos antes. 21:50 estaba en la
puerta del instituto, enviándole un mensaje a Juan Manuel.
Salí un ratito
antes. Avisame cuando estés cerca y me acerco.
La respuesta de él, llegó enseguida.
Estoy en la esquina.
Sandra leyó el mensaje y se asomó para ver de qué esquina hablaba. Giró
la cabeza a un lado y al otro, hasta que lo vio levantar la mano. Se acercó
lentamente, pensando en que Cecilia la levantaría en peso por el atuendo que
había decidido usar. Jeans, botas y un sweater común y corriente. El único
toque diferente era el peinado. Se había hecho una trenza que caía a un costado
y, con el paso de las horas, algunos mechones ya deberían estar adornando el
borde de su cara. En ese momento, mientras avanzaba hacia él, se dijo que, si
quería intentar algo nuevo, debía cambiar ella también. Si quería dar vuelta la
página, debía hacer unos pequeños retoques en su vida y su vestuario podría ser
el primer paso.
—Hola. ¿Hace mucho que estás? —se dieron un beso entre sonrisas.
—No. Hará cinco minutos. ¿Cómo estuvo la cursada?
—Aburridísima. Pero el profesor se copó y nos dejó salir unos minutos
antes.
—Buenísimo. ¿Vamos?
—Sí. Decime donde nos encontramos. Yo voy en mi auto y vos en el tuyo.
—Ah, ¿Tenés auto?
—Sí. Me lo entregaron esta mañana. Estuvo en el taller desde la semana
pasada hasta hoy.
—Qué bueno. ¿Y no querés venir conmigo y después te traigo hasta acá?
—Mmm… No sé.
—¿Pensás irte antes que yo?
—¡No!
—Y… ¿Para qué dos autos, entonces? Además, donde pensaba llevarte es
complicado el estacionamiento. Y, es medio tarde.
—Bueno. Dale. Me convenciste.
Se subieron y antes de que salieran, el teléfono de Juan Manuel comenzó
a vibrar con insistencia debajo de la cola de Sandra.
—Ups. Perdón. Es la costumbre. Siempre lo dejó ahí.
—A ver…—Sandra se despegó del asiento y le entregó el aparato.
—Hola. Sí. ¿Y qué vas a hacer? —Sandra jugueteaba con la bola de boliche
que colgaba del espejo. —No, no. En menos de media hora estoy allá. Estoy
cerca. Sí, decile que ya voy. No, no. Si llegan a atenderla antes que yo llegue,
me avisas. Dale, chau.
—Tu nena. —Para esa altura Sandra ya sabía que su hija tenía seis años,
que se llamaba Victoria y que era hermosa. Juan Manuel se había encargado de
enviarle diez de sus mejores fotos.
—Vuela de fiebre. Emilia le dio un ibuprofeno, pero no baja. Están en la
guardia.
—No te preocupes. —Sandra tomó la manija del auto y se dispuso a bajar
cuando la mano de Juan la detuvo.
—Quiero volver a verte. Dejame ver cómo está Vicky y arreglamos.
—Dale. —se despidió con un beso y se alejó camino a su coche.
Cuando se sentó al volante, apoyó la cabeza sobre el respaldo y cerró
los ojos. Había sido un día muy largo. Antes de salir, controló los mensajes
del celular. Leonardo que vivía arriba
de la verdulería siempre le escribía si había algún problema en el barrio o si
no había luz; como para que ella no se encontrara con ninguna sorpresa. Desde
que empezó a cursar, era una costumbre revisar el teléfono para ver si había
alguna novedad. Tenía un solo mensaje: unos minutos antes Juan Manuel le había
escrito; seguramente antes de arrancar.
Perdón.
Prometo compensarlo apenas pueda.
Un beso y gracias por entender.
Sandra le respondió que estaba todo bien y que le avisara cómo había
encontrado a su hija. Para sus adentros, agradeció el contratiempo. Quería
volar a su casa para meterse en la cama y descansar de una buena vez. Sin
embargo, en el camino, su estómago le hizo saber que los planes cambiarían.
Pensó que no había comido nada durante toda la tarde y recordó que poco tenía
en la heladera de su casa. Decidió frenar en un Burger King y pedirse una
hamburguesa. Hacía tiempo que no se daba el gusto. Buscó en el GPS el más
cercano y allá fue. Mientras caminaba al local de Avenida Rivadavia y San
Pedrito, el teléfono sonó en su bolsillo.
—Hola.
—¿Dónde estás?
—Emm… a punto de comprarme una hamburguesa. ¿Por? ¿Qué pasó con Vicky?
—Ya están camino a casa. Emilia me avisó que el médico le dijo que era angina,
le recetó unos medicamentos y reposo. Nada grave, por suerte.
—Ajá. Qué bueno.
—Emilia dice que está dormida y que es al pepe que vaya hasta allá.
Prefiere que me quede mañana con ella que tiene que trabajar. ¿Te jode si me
esperas unos minutos y te acompaño con la hamburguesa?
—No, dale. Todavía no entré. Te esperó para pedir.
—Perfecto.
Quince minutos después, Juan Manuel entraba y la buscaba entre las
mesas. Sonrió cuando la vio y ella se puso de pie para alcanzarlo.
—Al final vamos a poder cenar. —dijo ella.
—Sí. No era este lugar lo que tenía en mente, pero…
—Me moría de ganas de comer una hamburguesa.
—Bueno. Pidamos.
La charla con Juan le quitó de la cabeza esa necesidad de volver a su
casa cuanto antes. Se sentía bien hablar con una persona interesante, repleta
de viajes y experiencias, que tenía muchas cosas que contar e historias que
compartir. El tiempo cuando estaba a su lado parecía volar. Tenían muchas cosas
en común y eso a Sandra, le hacía el camino más fácil.
Después de cortar con Sebastián, y tras un tiempo prudencial en el cual
aprendió a tragarse el dolor de estar lejos de él, intentó conocer otros
hombres. Cecilia había sido la celestina en muchas oportunidades aún sin estar
de acuerdo con ella. Sí, había conocido tipos lindos, sexys, pero… con ninguno
podía mantener una conversación constante e interesante. Sí, se acostó con
algunos de esos hombres y tampoco en la cama encontró una excusa para
mantenerlos cerca. Ulises había sido el último y fallido intento. Un tipo de
cuarenta y ocho años, alto, deportista. Lindo… muy lindo. Pero, a Sandra no le
bastaba con las salidas y las cenas, o los besos robados en un auto. Y menos,
cuando se enteró que jamás se había divorciado de su mujer, como él decía.
Aquella relación también había calmado a Cecilia que parecía insistir en
conseguirle pareja. A veces se preguntaba quién estaba más ansiosa por olvidar
a Sebastián. Si ella, o su prima.
Juan Manuel era diferente y eso la relajó. Se permitió soltar su lado
más simpático, aflojó la sonrisa y por unos minutos, cuando él la miraba con
ojos tiernos, ella creía que se olvidaba de a poco, de Sebastián. Creía…
—Bueno… ¿Nos vamos? Ya son las doce y media y tengo una hora hasta casa.
—Dale. Te acompaño hasta el auto.
Caminaron los dos hasta el vehículo conversando sobre Europa, su
historia, sus lugares. Él le contó que había vivido en Madrid por dos años y
allá había conocido a Emilia. Sandra no preguntaba, en cambio, escuchaba todo
lo que él quería compartirle. En esa hora y media, supo más de la vida de él
que de cualquier persona a su alrededor. Bueno, sin contar a Cecilia que era su
mejor amiga.
—Este es mi coche. —Sandra se frenó y sacó las llaves del bolsillo de la
mochila.
—Se la aguantan estos, eh. —exclamó él dándole un golpecito al capot.
—Tiene el motor nuevo. De afuera está medio caído, pero es una máquina.
Me lleva y me trae y eso, es suficiente.
—No, no. Me imagino. —él se apoyó en coche y la miró expectante. Ella se
quería despedir, subir y regresar a su casa. Él, parecía querer algo más.
—¿Qué pasa?
—Me encantó haberte conocido, Sandra.
—A mí también. Ya te lo había dicho.
—Sí, es verdad. ¿Cuándo nos vemos?
—Hablamos en estos días, ¿te parece?
—Me parece. —se acercó y corrió unos mechones sueltos de la trenza mal
hecha. —Si te beso ahora… ¿Qué pasaría?
—Nada.
Y eso ocurrió. Él la besó y no pasó nada.
Awww....😍😍😍😍
ResponderEliminarQue maldad,no pasò...nada. :-(
ResponderEliminarUuuu nada .... pobre Juan Manuel
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