“A veces creo que cuando decimos te quiero, en
realidad queremos decir auxilio.”
Sergio Carrión.
—¡Yo no puedo creer que jamás me lo hayas
contado!
—Ay, Romina. ¡Tampoco la pavada! Como
si te hubiese ocultado que estaba embarazada.
—Pero… ¿Fuiste a clases, alguna vez?
—No. Nunca. Mi abuelo cantaba
conmigo. Él me enseñó.
—Tenés una voz preciosa. Deberías, no
sé, hacer algún taller…ir a canto. ¡Algo!
—Me gusta, pero no para tanto.
—¡Salame!
—¿Y vos? No me contaste por qué no
estaba tu novio el viernes en el bar.
—Uff… Ni me lo nombres que me da
dolor de panza.
—Pero, ¿qué pasó?
—Me cagó.
—¿Cómo que te cagó?
—Me estaba metiendo los cuernos,
Sandra.
—¡No!
—¡Sí! Se veía con otra mina. Lo
enganché hablando con ella unos días antes de mi cumpleaños. No lo pudo negar
el muy pelotudo.
—¡Qué guacho!
—La verdad yo no entiendo como la
gente no puede ir de frente. Decir la verdad. Mirá, no me gustas más. Me pasan
cosas con otra persona. Y ya. Uno tiene que andar enterándose de la peor
manera. ¿No te parece?
—Sí… claro. Horrible…
—Lo odio.
Y a ella también la odiarían. A ella
también la defenestrarían por estar con Juan Manuel y pensar en Sebastián.
Bueno… no sólo pensar. Lo de Brasil había sido grave, muy grave.
Los días pasaron rápido, el
profesorado comenzó y con ello, la cabeza de Sandra se ocupó con las materias
que le habían quedado, los horarios y la rutina que acompasaba sus
sentimientos. Tener las tardes y las noches repletas de actividades no la
dejaban pensar en el problema que la acechaba cada día más. Juan Manuel,
también ocupado con el comienzo de clases de Victoria, poco hacía para
organizarse y Sandra tampoco lo reclamaba. Un tiempo separados serviría para
apaciguar las cosas.
—¡San! —La llamó Romina una tarde que
llovía torrencialmente y había decidido faltar a clases. Las calles de Buenos
Aires solían inundarse y no quería arriesgarse a quedarse con el auto. Sus
compañeros tampoco irían así que no se preocupó demasiado. Aprovechó a ponerse
al día con el material de lectura. En eso estaba cuando el grito de Romina la
sorprendió.
—¡Voy!
Salió bajó la lluvia y correteó hasta
el negocio donde la esperaban con la puerta abierta.
—Te buscan.
—¿Quién?
—Dos hombres.
Asomó la cabeza y sus sospechas se
hicieron carne y hueso. Ahí estaba su papá y el abogado del que le había
hablado aquella vez. ¡Maldito! Irguió la espalda y avanzó con la cabeza en
alto.
—Buenas tardes.
—Hola, Sandra. —se acercó Aníbal y
ella lo esquivó acomodándose de brazos cruzados en un extremo del negocio.
—Bueno, tal como te había dicho… mi abogado el señor Galindo, estará al frente
de los trámites. La casa perteneció a mis padres y, por ende, me corresponde
como herencia. —dijo sin dar vueltas— En estos días te estará llegando la
notificación y…
—Le dije que ni lo sueñe.
—Señora…—interrumpió el otro.
—Señorita.
—Disculpe. Señorita. Mi cliente tiene
todo el derecho…
—¡Su cliente y una mierda! ¿Dónde
estuvo su cliente cuando mi abuelo se accidentó? ¿Dónde estuvo cuando mi abuela
se enfermó y se murió? ¿Dónde?
—El señor… bueno…—intercambiaron una
serie de miradas extrañas.
—Estuve preso, Sandra. Por eso no
pude acercarme.
—¿Preso? Pero… ¡por favor! Eso no se
lo cree nadie. Háganme el favor y váyanse de acá. Esta casa la cuido yo.
¡Fuera!
—Le voy a dejar mi tarjeta y le
aconsejo, búsquese un abogado porque el próximo paso será la notificación de
que hemos iniciado el juicio. Vendrán a tasar la casa y, desafortunadamente
señorita, deberá acordar con mi cliente para entregar la vivienda.
—Acá voy a estar para recibirla.
Romina que presenció el intercambio
atenta, se acercó apenas los hombres traspasaron la puerta de salida. Sandra
temblaba.
—¿Te quiere sacar la casa?
—Sí. Pero que ni lo sueñe. Primero,
sobre mi cadáver.
—¿Sabías que había estado preso?
—No.
—¿Lo conocías?
—No. —Una lágrima de broca rodó por
su mejilla. La mirada aún sobre la ventana donde había visto como se subían a
un coche y se alejaban de ahí.
—¿Juan Manuel no es abogado?
—Sí.
—¿Le vas a pedir…?
Sandra no la escuchó. Dio dos pasos y
salió hacía la vereda. Lloviznaba.
—¿Querés un paraguas?
—No. En un rato vuelvo.
Comenzó a caminar sin rumbo fijo.
Necesitaba andar. Moverse. La cabeza le dolía, el pecho subía y bajaba agitado.
Estaba asustada. La lluvia mojó su cara, su pelo, su ropa, sus zapatillas. Cruzó
las calles empapándose los pies sin importarle nada de nada. En su mente se
repetía como en loop, la cara chupada del abogado diciéndole que le iban a
quitar la casa. ¿Qué haría? ¿Dónde iría? Ya había consultado con Juan Manuel y,
como lo suponía, ninguna ley la amparaba. Debía entregar la vivienda. Un grito
desgarrador perforó su garganta. ¡No! No la vencerían. No. Retomó sus pasos y regresó.
Romina la esperaba atenta en la ventana, preocupada de que algo le hubiese
ocurrido.
—¿Cómo estás?
—Enojada.
—Es entendible. Pero… vas a tener que
ocuparte de este asunto.
—Sí. Creeme que lo voy a hacer. Ya
mismo.
Se duchó, metió la ropa mojada en el
lavarropas y se subió al coche. Iría a ver a Juan Manuel a su estudio. Sabía
que él se quedaba hasta tarde y estaba segura que llegaría antes de que se
fuera para comentarle la situación. Cargó los papeles que tenía de la casa y se
fue. Creía que él podía guiarla para enfrentar lo que se venía de la mejor
manera. Debía estar preparada.
Avanzaba por la calle, haciendo olas
hacia los costados. Con el temor de quedarse en el medio del agua, aceleró y
atravesó las esquinas de Casanova lo más rápido que pudo. Hasta que, en una
bocacalle, una de las ruedas delanteras chocó contra el cordón y de a poco fue
desinflándose. Había pinchado. Siguió hasta donde el llanto y la bronca se lo
permitieron. Puso balizas y se bajó a revisar. Tenía el agua más arriba de los
tobillos. Sabía colocar el auxilio, pero… en ese momento recordó que no lo
había inflado y que la rueda pinchada de la última vez seguía en el baúl.
—¡La puta madre que me parió! —rezongó
mientras cerraba con fuerza la puerta y colocaba la alarma.
Cruzó la calle y se resguardó debajo
de un techo que apenas si la cubría. Intentó llamar a su mecánico, pero nada,
no le respondió. Juan Manuel; saltaba el contestador. Iba a tener que dejar el
auto ahí y volver al día siguiente o más tarde. Regresó al coche, abrió el baúl
de nuevo y agarró la rueda pinchada. Volvió a cruzar y abrió la aplicación de
Uber. Cuando vio el monto de lo que le saldría el viaje, lo cerró con ira.
¿Algo más le iba a pasar ese día?
—¿Sandra?
Levantó la vista y desde un auto
gris, Sebastián la observaba sorprendido.
—¿Qué haces acá?
—Pasaba… ¿Qué te pasó?
—Se me pinchó la rueda. —y señaló el
Fiat estacionado en la mano de en frente.
—¿Te ayudo con el auxilio?
—También pinchado. —dijo levantando
la rueda que tenía entre las piernas.
—Subí que te llevo a la gomería.
—No. Gracias. Espero un Uber.
—Cancelalo. Subí.
—Dame un segundo. —volvió a cruzar y
tomó los papeles de la casa. Los metió debajo de su ropa para que no se
mojaran. Sebastián salió para ayudarla. Le abrió la puerta de atrás y ella
arrojó la rueda dentro.
—Conozco una gomería por acá cerca.
—Genial. Dejame ahí que después vuelvo.
—Estás empapada. ¿Querés pasar por tu
casa?
—No, no. Quiero resolver esto rápido.
—Sebastián arrancó, hizo unas cuadras y al llegar, otra mala noticia. La
gomería estaba cerrada.
—¿Qué pasa? —quiso saber ella cuando
lo vio venir después de golpear las manos bajo la lluvia—No hay nadie.
—¡Qué día! Bueno…
—Te llevaría a tu casa, pero…No sé la
dirección. Nunca fui.
—Es cierto… Aunque…—el nudo que había
tenido atado desde que había salido de la casa, se volvía cada vez más macizo y
rígido.
—No querés ir a tu casa. —ella negó
con la cabeza, incapaz de hablar. Se pasó la mano por la cara para secarse las
gotas de lluvia y las lágrimas.
—Bueno… te invito a conocer la mía.
—Puso primera y salió sin darle tiempo a que dijera que no.
La casita de Sebastián estaba ubicada
cerca del colegio Word en un barrio muy lindo y tranquilo. A pesar de la
catarata de agua que seguía cayendo del cielo, el vecindario se veía
pintoresco. Se bajaron los dos y entraron. De afuera parecía más pequeña; tenía
los muebles bien acomodados y las pocas cosas alrededor, volvían el espacio más
amplio. Las paredes de un tono bermellón llamativo, el techo blanco.
—Me mudé hace un año.
—Te felicito.
—Gracias. ¿Mate?
—Dale.
—El baño queda ahí. —dijo señalando
el pasillo—Por si querés secarte un poco.
—Gracias.
Cuando salió Sebastián había
dispuesto la mesa con perfección. Unas galletitas dulces, el termo y el mate
sobre un mantelito a cuadros. ¿Qué había pasado con el Sebastián de antes?
—¿Amargo tomás?
—Sí, como venga.
Tomó el primer mate y se quedó observando
la bombilla por unos cuántos minutos. No quería levantar la vista porque sabía
que él la estaba mirando. Extendió el brazo y le devolvió el mate.
—Muy rico.
—¿Qué pasa, Sandra? —le dijo de una
vez.
—Me van a sacar la casa. —respondió y
sus ojos se volvieron agua, pero no lloró. Se tapó la cara avergonzada y cuando
quiso levantarse para refugiarse en el baño, los brazos de Sebastián la
detuvieron.
—Ey… ¿Cómo es eso? —la cubrió entera
y Sandra se dejó engullir. Era lo que más necesitaba en ese momento, pero no se
animaba a pedirlo.
—Sí… —tragó con fuerza y atajó la
primera lágrima. No quería mostrarse rendida.
—Tranquila. —la guio hasta el sillón
que estaba detrás de la mesa y se sentó a su lado sin dejar de abrazarla en ningún
momento.
Pudo contener las lágrimas unos
segundos y en ese momento de cordura, se separó de él y de sus brazos,
ubicándose en el extremo del sillón. Se secó las mejillas con las palmas de la
mano y se concentró en sus dedos para poder hablar.
—Mi papá reclama la casa. A pesar de
que jamás vino a ver a mis abuelos, le corresponde. ¿Podés creer?
—Pero… ¿No hay algún papel que haya
dejado tu abuela, algo a tu nombre?
—No. Ya me asesoré. Voy a quedar a
merced de él y de lo que quiera hacer con la casa. Quizá la venda, quizá quiera
venirse a vivir ahí. No sé. Pero… la única certeza es que me quedo en la calle.
—Pensemos. —se puso de pie y preparó
otro mate.
—Voy a tener que dejar la carrera.
—esa afirmación hizo que el llanto regresara con más fuerza. La única cosa que
la mantenía en pie era el sueño de tener un título y ahora también lo perdería.
—¡No! ¡No podés dejarla!
—¿Y cómo voy a hacer? —lo enfrentó
con la mirada.
—Vamos a resolverlo. Tenemos que
pensar.
Los siguientes minutos pasaron con
lentitud. Sebastián cebaba mate y le acariciaba la mano a Sandra que intentaba
volver a su postura. Era la primera vez que había dejado salir su dolor. Desde
muy chica había aprendido a sonreír aún sin estar contenta. Había aprendido a
hacer chistes, a ser la payasa y la divertida del grupo. Había aprendido a
dejar de lado su pasado, su historia y enfocarse en lo que tenía por delante.
Le había hecho creer al mundo que era fuerte y que podía con todo y que, a
pesar de lo dura que fuera la vida con ella, jamás perdía la alegría. Hasta que
ocurrió lo de su abuela, lo de Roxana y lo de Sebastián. Poco a poco, con cada
pérdida, dejaba de lado aquel papel gracioso y se hundía cada vez más en una
especie de oscuridad pastosa, una sombra negra como las noches sin luna, que lo
único que hacía era sacar lo peor de ella. Y desde entonces, no había podido
volver a sonreír como antes.
—Quiero saberlo todo, San. Quiero
saber en qué estás pensando.
—Son muchas cosas.
—Tengo todo el tiempo del mundo para
vos.
Sandra le habló del negocio, de la
carrera, de Romina. Lo puso al tanto de su situación financiera y de cómo eran
sus gastos.
—Se me ocurre que podías hablar con
tu papá para que te permita conservar el negocio. Esa es la fuente de tus
ingresos, con eso sobrevivís, ¿no?
—Sí. Pero… ¡No! Yo no voy a hablar
con él nunca.
—Deberías.
—No. Antes me voy a vivir debajo de
un puente. Vendo el auto. Alquilo algo mientras busco trabajo. Seguro en algún
taller voy a conseguir.
—¿Y la carrera?
—¡La voy a dejar!
—No. Tenés que seguir.
—Ay, Sebastián… —se puso de pie y se
aferró al respaldo de la silla. —La vida es muy difícil. ¿No lo ves? Hay
momentos en lo que hay decidir.
—¡Ya lo creo! Por eso… no tomés una
mala decisión.
—Tengo que pensar en sobrevivir. En
comer.
—¿Tenés abogado? Conozco…
—Juan Manuel es abogado.
—Ah. Bueno. Mejor, entonces. —Sandra
se dio cuenta de que Sebastián cambió de posición.
—Me voy a mi casa.
—Te llevo. De paso pasamos por la
gomería a ver si está abierto.
Efectivamente, pudieron arreglar el
auxilio y al cabo de una hora, Sandra estaba sobre su auto y Sebastián parado
junto a la ventanilla del acompañante.
—Me gustó merendar con vos. Hacía
mucho que no hablábamos sin pelear.
—Es verdad.
—Perdoname por lo de la otra noche en
Thaler. Estaba un poco borracho…
—No pasa nada. Gracias por los mates
y el auxilio.
—Sandra… —ella apretó el embriague,
puso primera y lo miró.
—¿Qué?
—Dame otra oportunidad. Las cosas
cambiaron en estos dos años.
—Seba, yo…
—Ya sé. Juan Manuel. Tu casa, tu
papá. Todos ellos están antes que vos y que yo. No es justo.
—Me tengo que ir.
—Bueno. —le dio un golpecito al
costado del auto y se alejó.

Rápido quiero el próximo capítulo, no es justo dejarnos así!!
ResponderEliminarOdio fuerte al papá de Sandra
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