jueves, 23 de abril de 2020

LUC: Capítulo 16: Rueda de auxilio.


“A veces creo que cuando decimos te quiero, en realidad queremos decir auxilio.”
Sergio Carrión.

—¡Yo no puedo creer que jamás me lo hayas contado!
—Ay, Romina. ¡Tampoco la pavada! Como si te hubiese ocultado que estaba embarazada.
—Pero… ¿Fuiste a clases, alguna vez?
—No. Nunca. Mi abuelo cantaba conmigo. Él me enseñó.
—Tenés una voz preciosa. Deberías, no sé, hacer algún taller…ir a canto. ¡Algo!
—Me gusta, pero no para tanto.
—¡Salame!
—¿Y vos? No me contaste por qué no estaba tu novio el viernes en el bar.
—Uff… Ni me lo nombres que me da dolor de panza.
—Pero, ¿qué pasó?
—Me cagó.
—¿Cómo que te cagó?
—Me estaba metiendo los cuernos, Sandra.
—¡No!
—¡Sí! Se veía con otra mina. Lo enganché hablando con ella unos días antes de mi cumpleaños. No lo pudo negar el muy pelotudo.
—¡Qué guacho!
—La verdad yo no entiendo como la gente no puede ir de frente. Decir la verdad. Mirá, no me gustas más. Me pasan cosas con otra persona. Y ya. Uno tiene que andar enterándose de la peor manera. ¿No te parece?
—Sí… claro. Horrible…
—Lo odio.
Y a ella también la odiarían. A ella también la defenestrarían por estar con Juan Manuel y pensar en Sebastián. Bueno… no sólo pensar. Lo de Brasil había sido grave, muy grave.
Los días pasaron rápido, el profesorado comenzó y con ello, la cabeza de Sandra se ocupó con las materias que le habían quedado, los horarios y la rutina que acompasaba sus sentimientos. Tener las tardes y las noches repletas de actividades no la dejaban pensar en el problema que la acechaba cada día más. Juan Manuel, también ocupado con el comienzo de clases de Victoria, poco hacía para organizarse y Sandra tampoco lo reclamaba. Un tiempo separados serviría para apaciguar las cosas.
—¡San! —La llamó Romina una tarde que llovía torrencialmente y había decidido faltar a clases. Las calles de Buenos Aires solían inundarse y no quería arriesgarse a quedarse con el auto. Sus compañeros tampoco irían así que no se preocupó demasiado. Aprovechó a ponerse al día con el material de lectura. En eso estaba cuando el grito de Romina la sorprendió.
—¡Voy!
Salió bajó la lluvia y correteó hasta el negocio donde la esperaban con la puerta abierta.
—Te buscan.
—¿Quién?
—Dos hombres.
Asomó la cabeza y sus sospechas se hicieron carne y hueso. Ahí estaba su papá y el abogado del que le había hablado aquella vez. ¡Maldito! Irguió la espalda y avanzó con la cabeza en alto.
—Buenas tardes.
—Hola, Sandra. —se acercó Aníbal y ella lo esquivó acomodándose de brazos cruzados en un extremo del negocio. —Bueno, tal como te había dicho… mi abogado el señor Galindo, estará al frente de los trámites. La casa perteneció a mis padres y, por ende, me corresponde como herencia. —dijo sin dar vueltas— En estos días te estará llegando la notificación y…
—Le dije que ni lo sueñe.
—Señora…—interrumpió el otro.
—Señorita.
—Disculpe. Señorita. Mi cliente tiene todo el derecho…
—¡Su cliente y una mierda! ¿Dónde estuvo su cliente cuando mi abuelo se accidentó? ¿Dónde estuvo cuando mi abuela se enfermó y se murió? ¿Dónde?
—El señor… bueno…—intercambiaron una serie de miradas extrañas.
—Estuve preso, Sandra. Por eso no pude acercarme.
—¿Preso? Pero… ¡por favor! Eso no se lo cree nadie. Háganme el favor y váyanse de acá. Esta casa la cuido yo. ¡Fuera!
—Le voy a dejar mi tarjeta y le aconsejo, búsquese un abogado porque el próximo paso será la notificación de que hemos iniciado el juicio. Vendrán a tasar la casa y, desafortunadamente señorita, deberá acordar con mi cliente para entregar la vivienda.
—Acá voy a estar para recibirla.
Romina que presenció el intercambio atenta, se acercó apenas los hombres traspasaron la puerta de salida. Sandra temblaba.
—¿Te quiere sacar la casa?
—Sí. Pero que ni lo sueñe. Primero, sobre mi cadáver.
—¿Sabías que había estado preso?
—No.
—¿Lo conocías?
—No. —Una lágrima de broca rodó por su mejilla. La mirada aún sobre la ventana donde había visto como se subían a un coche y se alejaban de ahí.
—¿Juan Manuel no es abogado?
—Sí.
—¿Le vas a pedir…?
Sandra no la escuchó. Dio dos pasos y salió hacía la vereda. Lloviznaba.
—¿Querés un paraguas?
—No. En un rato vuelvo.
Comenzó a caminar sin rumbo fijo. Necesitaba andar. Moverse. La cabeza le dolía, el pecho subía y bajaba agitado. Estaba asustada. La lluvia mojó su cara, su pelo, su ropa, sus zapatillas. Cruzó las calles empapándose los pies sin importarle nada de nada. En su mente se repetía como en loop, la cara chupada del abogado diciéndole que le iban a quitar la casa. ¿Qué haría? ¿Dónde iría? Ya había consultado con Juan Manuel y, como lo suponía, ninguna ley la amparaba. Debía entregar la vivienda. Un grito desgarrador perforó su garganta. ¡No! No la vencerían. No. Retomó sus pasos y regresó. Romina la esperaba atenta en la ventana, preocupada de que algo le hubiese ocurrido.
—¿Cómo estás?
—Enojada.
—Es entendible. Pero… vas a tener que ocuparte de este asunto.
—Sí. Creeme que lo voy a hacer. Ya mismo.
Se duchó, metió la ropa mojada en el lavarropas y se subió al coche. Iría a ver a Juan Manuel a su estudio. Sabía que él se quedaba hasta tarde y estaba segura que llegaría antes de que se fuera para comentarle la situación. Cargó los papeles que tenía de la casa y se fue. Creía que él podía guiarla para enfrentar lo que se venía de la mejor manera. Debía estar preparada.
Avanzaba por la calle, haciendo olas hacia los costados. Con el temor de quedarse en el medio del agua, aceleró y atravesó las esquinas de Casanova lo más rápido que pudo. Hasta que, en una bocacalle, una de las ruedas delanteras chocó contra el cordón y de a poco fue desinflándose. Había pinchado. Siguió hasta donde el llanto y la bronca se lo permitieron. Puso balizas y se bajó a revisar. Tenía el agua más arriba de los tobillos. Sabía colocar el auxilio, pero… en ese momento recordó que no lo había inflado y que la rueda pinchada de la última vez seguía en el baúl.
—¡La puta madre que me parió! —rezongó mientras cerraba con fuerza la puerta y colocaba la alarma.
Cruzó la calle y se resguardó debajo de un techo que apenas si la cubría. Intentó llamar a su mecánico, pero nada, no le respondió. Juan Manuel; saltaba el contestador. Iba a tener que dejar el auto ahí y volver al día siguiente o más tarde. Regresó al coche, abrió el baúl de nuevo y agarró la rueda pinchada. Volvió a cruzar y abrió la aplicación de Uber. Cuando vio el monto de lo que le saldría el viaje, lo cerró con ira.  
¿Algo más le iba a pasar ese día?
—¿Sandra?
Levantó la vista y desde un auto gris, Sebastián la observaba sorprendido.
—¿Qué haces acá?
—Pasaba… ¿Qué te pasó?
—Se me pinchó la rueda. —y señaló el Fiat estacionado en la mano de en frente.
—¿Te ayudo con el auxilio?
—También pinchado. —dijo levantando la rueda que tenía entre las piernas.
—Subí que te llevo a la gomería.
—No. Gracias. Espero un Uber.
—Cancelalo. Subí.
—Dame un segundo. —volvió a cruzar y tomó los papeles de la casa. Los metió debajo de su ropa para que no se mojaran. Sebastián salió para ayudarla. Le abrió la puerta de atrás y ella arrojó la rueda dentro.
—Conozco una gomería por acá cerca.  
—Genial. Dejame ahí que después vuelvo.
—Estás empapada. ¿Querés pasar por tu casa?
—No, no. Quiero resolver esto rápido. —Sebastián arrancó, hizo unas cuadras y al llegar, otra mala noticia. La gomería estaba cerrada.
—¿Qué pasa? —quiso saber ella cuando lo vio venir después de golpear las manos bajo la lluvia—No hay nadie.
—¡Qué día! Bueno…
—Te llevaría a tu casa, pero…No sé la dirección. Nunca fui.
—Es cierto… Aunque…—el nudo que había tenido atado desde que había salido de la casa, se volvía cada vez más macizo y rígido.
—No querés ir a tu casa. —ella negó con la cabeza, incapaz de hablar. Se pasó la mano por la cara para secarse las gotas de lluvia y las lágrimas.
—Bueno… te invito a conocer la mía. —Puso primera y salió sin darle tiempo a que dijera que no.
La casita de Sebastián estaba ubicada cerca del colegio Word en un barrio muy lindo y tranquilo. A pesar de la catarata de agua que seguía cayendo del cielo, el vecindario se veía pintoresco. Se bajaron los dos y entraron. De afuera parecía más pequeña; tenía los muebles bien acomodados y las pocas cosas alrededor, volvían el espacio más amplio. Las paredes de un tono bermellón llamativo, el techo blanco.
—Me mudé hace un año.
—Te felicito.
—Gracias. ¿Mate?
—Dale.
—El baño queda ahí. —dijo señalando el pasillo—Por si querés secarte un poco.
—Gracias.
Cuando salió Sebastián había dispuesto la mesa con perfección. Unas galletitas dulces, el termo y el mate sobre un mantelito a cuadros. ¿Qué había pasado con el Sebastián de antes?
—¿Amargo tomás?
—Sí, como venga.
Tomó el primer mate y se quedó observando la bombilla por unos cuántos minutos. No quería levantar la vista porque sabía que él la estaba mirando. Extendió el brazo y le devolvió el mate.
—Muy rico.
—¿Qué pasa, Sandra? —le dijo de una vez.
—Me van a sacar la casa. —respondió y sus ojos se volvieron agua, pero no lloró. Se tapó la cara avergonzada y cuando quiso levantarse para refugiarse en el baño, los brazos de Sebastián la detuvieron.
—Ey… ¿Cómo es eso? —la cubrió entera y Sandra se dejó engullir. Era lo que más necesitaba en ese momento, pero no se animaba a pedirlo.
—Sí… —tragó con fuerza y atajó la primera lágrima. No quería mostrarse rendida.
—Tranquila. —la guio hasta el sillón que estaba detrás de la mesa y se sentó a su lado sin dejar de abrazarla en ningún momento.
Pudo contener las lágrimas unos segundos y en ese momento de cordura, se separó de él y de sus brazos, ubicándose en el extremo del sillón. Se secó las mejillas con las palmas de la mano y se concentró en sus dedos para poder hablar.
—Mi papá reclama la casa. A pesar de que jamás vino a ver a mis abuelos, le corresponde. ¿Podés creer?
—Pero… ¿No hay algún papel que haya dejado tu abuela, algo a tu nombre?
—No. Ya me asesoré. Voy a quedar a merced de él y de lo que quiera hacer con la casa. Quizá la venda, quizá quiera venirse a vivir ahí. No sé. Pero… la única certeza es que me quedo en la calle.
—Pensemos. —se puso de pie y preparó otro mate.
—Voy a tener que dejar la carrera. —esa afirmación hizo que el llanto regresara con más fuerza. La única cosa que la mantenía en pie era el sueño de tener un título y ahora también lo perdería.
—¡No! ¡No podés dejarla!
—¿Y cómo voy a hacer? —lo enfrentó con la mirada.
—Vamos a resolverlo. Tenemos que pensar.
Los siguientes minutos pasaron con lentitud. Sebastián cebaba mate y le acariciaba la mano a Sandra que intentaba volver a su postura. Era la primera vez que había dejado salir su dolor. Desde muy chica había aprendido a sonreír aún sin estar contenta. Había aprendido a hacer chistes, a ser la payasa y la divertida del grupo. Había aprendido a dejar de lado su pasado, su historia y enfocarse en lo que tenía por delante. Le había hecho creer al mundo que era fuerte y que podía con todo y que, a pesar de lo dura que fuera la vida con ella, jamás perdía la alegría. Hasta que ocurrió lo de su abuela, lo de Roxana y lo de Sebastián. Poco a poco, con cada pérdida, dejaba de lado aquel papel gracioso y se hundía cada vez más en una especie de oscuridad pastosa, una sombra negra como las noches sin luna, que lo único que hacía era sacar lo peor de ella. Y desde entonces, no había podido volver a sonreír como antes.
—Quiero saberlo todo, San. Quiero saber en qué estás pensando.
—Son muchas cosas.
—Tengo todo el tiempo del mundo para vos.
Sandra le habló del negocio, de la carrera, de Romina. Lo puso al tanto de su situación financiera y de cómo eran sus gastos.
—Se me ocurre que podías hablar con tu papá para que te permita conservar el negocio. Esa es la fuente de tus ingresos, con eso sobrevivís, ¿no?
—Sí. Pero… ¡No! Yo no voy a hablar con él nunca.
—Deberías.
—No. Antes me voy a vivir debajo de un puente. Vendo el auto. Alquilo algo mientras busco trabajo. Seguro en algún taller voy a conseguir.
—¿Y la carrera?
—¡La voy a dejar!
—No. Tenés que seguir.
—Ay, Sebastián… —se puso de pie y se aferró al respaldo de la silla. —La vida es muy difícil. ¿No lo ves? Hay momentos en lo que hay decidir.
—¡Ya lo creo! Por eso… no tomés una mala decisión.
—Tengo que pensar en sobrevivir. En comer.
—¿Tenés abogado? Conozco…
—Juan Manuel es abogado.
—Ah. Bueno. Mejor, entonces. —Sandra se dio cuenta de que Sebastián cambió de posición.
—Me voy a mi casa.
—Te llevo. De paso pasamos por la gomería a ver si está abierto.
Efectivamente, pudieron arreglar el auxilio y al cabo de una hora, Sandra estaba sobre su auto y Sebastián parado junto a la ventanilla del acompañante.
—Me gustó merendar con vos. Hacía mucho que no hablábamos sin pelear.
—Es verdad.
—Perdoname por lo de la otra noche en Thaler. Estaba un poco borracho…
—No pasa nada. Gracias por los mates y el auxilio.
—Sandra… —ella apretó el embriague, puso primera y lo miró.
—¿Qué?
—Dame otra oportunidad. Las cosas cambiaron en estos dos años.
—Seba, yo…
—Ya sé. Juan Manuel. Tu casa, tu papá. Todos ellos están antes que vos y que yo. No es justo.
—Me tengo que ir.
—Bueno. —le dio un golpecito al costado del auto y se alejó.



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