martes, 7 de abril de 2020

LUC: Capítulo 13: Una cena inesperada.




“La besé con tanta pasión que comenzó a llover entre sus piernas.”
Danns Vega

Barajó la posibilidad de hacer un escándalo en el auto y pedirle a Pablo que la llevara de vuelta al departamento. Sin embargo, llegó al restaurante y adoptó la misma postura que se había encargado de ensayar una y otra vez, desde el día en que se separaron. Una postura distante, lejana, amarga, agría. Con esa idea entró al lugar. Con esa idea caminó detrás de Juan. Con esa idea se acercó a la mesa donde la boca de Sebastián estaba siendo devorada por una anaconda de vestido rojo. Cuando se sentó, esa idea la había abandonado por completo.
—Tami, te presento a Pablo, a mi prima ya la conocés. Y ella es Sandra, su amiga y él es...
—Mi novio. —completó Sandra.  
—Hola, ¿Cómo va? —saludó Juan.
Se acomodaron cada uno en su lugar. Sebastián había quedado en la otra punta de la mesa. Juan Manuel, justo delante de ella. Se quitó el saco y lo acomodó en la silla. Cuando giró se encontró con la mirada de Tamara, observándola sin descaro.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
—Nada, te veo cara conocida.
—Ah, ¿sí? ¿De dónde?
—Sí. Quizás pasaste por el local alguna vez.
—¿Qué local? —preguntó Cecilia agregándose a la conversación.
—Tami trabaja en una tienda en San Justo. —explicó Sebastián y miró a Sandra.
—¡Qué bien! ¡Era hora! —se burló Cecilia. —Digo… ¡En hora buena!
—No, Tami. —le dijo Sandra haciendo énfasis en el diminutivo de su nombre y retomando la conversación. —Yo no compro nada en San Justo. Así que…
—Bueno. Igual, deberías… —y se rio detrás de la copa de vino.
A Sandra se le estaba subiendo la bronca de una manera demasiado rápida e incontrolable. Indudablemente Tamara era una yarará como había dicho Cecilia. Cuando estaba a punto de responderle con una barbaridad, la mano de Juan la detuvo a tiempo. Se miraron. Él le sonrió y ella respiró hondo para empujar las palabras bien al fondo. Entrelazó sus dedos con los de él, en forma de agradecimiento. A Sebastián el contacto no le pasó desapercibido. Indignado, pasó el brazo por sobre los hombros de su novia y la buscó con la mirada. Si ella creía que era un pendejo, se comportaría como tal.
—¿Pedimos? —preguntó Pablo.
—Sí. Claro.
Una vez que aparecieron las bebidas para los recién llegados, Sandra extendió el brazo y le pidió al novio de su amiga que le llenara la copa. Se tomó la mitad en unos pocos segundos. Y así, comenzó su noche.
—Seba… ¿Cómo es eso de que te dieron vacaciones? —Quiso saber Pablo.
—Sí. Uno de los chicos tuvo un problema con su familia y me pidió que cambiáramos las fechas.
—Y, además, lo teníamos organizado, ¿no? —dijo Tamara con cizaña.
—¡Qué suerte! —celebró Pablo sin prestarle atención al comentario.
—Seh…  
—Che…¿Y estás en blanco?
—Sí, sí. Me pagan muy bien y el trabajo está piola. Nos encargamos del diseño de muchas cosas. A veces, marcas, a veces, libros… 
—¿Y cuándo pensás dar las materias que te faltan? —inquirió Cecilia.
—Este año me recibo.
—¡Y estás viviendo solo me dijo Susi! —agregó Pablo y levantó la copa. —¡Salud por todo eso!
—¡Salud!
Esa noche Sandra se enteró de muchas cosas nuevas que pasaban en la vida de Sebastián. Ya no vivía con Susana. Habían alquilado su casa de toda la vida y ahora él se había mudado a Ramos Mejía. Trabajaba en una empresa de diseño importante. Y…
—Igual, solo solo no está. Yo dejé mi cepillo de dientes hace rato. —acotó Tamara sumándole al comentario una risita socarrona.
—¿Están viviendo juntos? —preguntó Pablo sorprendido.
—¡No! —respondió Sebastián y sobre él se escuchó el sí de Tamara que, al oír su respuesta, inmediatamente, lo observó incrédula.
—Bueno… a ver qué tenemos por acá. ¿Qué pediste, Juan? —dijo Cecilia para cambiar el tema.
Conversaron mientras cenaban. Juan, Pablo y Sebastián charlaban de las últimas noticias económicas, del gobierno, Brasil. Tamara no dejaba de ver el teléfono celular y Sandra y Cecilia se hacían caras burlándose de ella.
—Sandra… — Tamara interrumpió la conversación de los hombres y las risitas de las chicas e hizo que todos le prestaran atención. —¿Cuántos años tenés?
—Treinta y cuatro. ¿Por?
—Ah… pensé que eras más grande.
Sandra se puso de pie en un segundo. Ni las manos de Juan ni los tirones de Cecilia fueron suficientes. Debía irse de ahí o cometería un gran error. La estúpida esa le importaba poco, el problema era Pablo y Cecilia. No quería hacer escándalos ni hacerlos quedar mal. Por ellos y también por Juan Manuel que tampoco se merecía ser testigo de su lado más oscuro.
—Salgo a fumar.
—¿Te acompaño? —le preguntó Juan que ya se ponía de pie.
—No. Voy sola. —y se alejó dando largas zancadas.
—Ah… ¡Pero qué carácter! —acotó Tamara y Cecilia la fulminó con la mirada.
La nicotina estaba relajando su cuerpo, sí, pero no así su mente. Quería matar a esa idiota. Quería matarla con sus propias manos. Quería clavarle los grisines en los ojos y meterle…
—¿Me convidas uno? —Sebastián se había detenido a unos pocos pasos de ella. ¿Cómo la había encontrado si se había encargado de dar toda la vuelta para que nadie la viera?
—¿Desde cuándo fumás?
—Desde hace… dos años. —se acercó un poco más. —Uno cada tanto.
—Mira vos… —Sandra metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y le extendió la caja de cigarrillos. Se alejó cinco pasos hacia atrás. Necesitaba distancia.
—Hermosa noche. —cortó el silencio él y ella apenas movió la cabeza.
Sandra dio las últimas dos pitadas y enseguida sacó un chicle del otro bolsillo. Sebastián se había apoyado en el capot de uno de los autos estacionados. Sus largas piernas se cruzaban por donde ella debía pasar para regresar al restaurante. Miró hacia ambos lados y buscó la ruta correcta para evitar la cercanía.
—Nos vemos adentro. —le dijo y avanzó hacia el lado contrario.
—Esperá. Vamos juntos. —el arrojó el resto del cigarrillo y lo pisó.
—No, no… yo… necesito ir al baño. —dio un paso y él se cruzó en su camino. —Permiso… —un paso hacia la derecha, un paso a la izquierda. Parecían estar bailando. —Sebastián… —ella se detuvo y él la imitó.
No supo cómo, de qué manera, en un segundo los brazos de él estaban en su cuello y la empujaban hacía adelante. Su boca se abrió y ella se dejó devorar por esos labios que tanto había añorado. El beso fue arrasador. Tanto, que las manos de Sandra apretaban el pelo de Sebastián, con desesperación. Su pelvis se acoplaba a su cintura y sentir la erección de él rozándola, la estremeció. En ese mismo momento se derritió dentro de su ropa interior. Él lo supo enseguida. Sin dejar de besarla la llevó hacía un costado del estacionamiento donde la sombra de los árboles y un pequeño paredón impedían la visión. La espalda de Sandra terminó contra… ¿una pared? ¿un auto? ¿Dónde estaba apoyada? No lo sabía y tampoco pensaba pasar mucho tiempo descifrando el misterio. Prefería dejarse llevar por esa boca que ahora mordía su oreja y en esa lengua que dibujaba girones en su piel.
Las manos hábiles de Sebastián le desabrocharon el pantalón. ¡Iban a tener sexo en plena calle! Acaso… ¿Estaban locos? ¡Sí, lo estaban! ¡Pero la locura sabía tan deliciosa! La ropa interior también se deslizó hasta el piso y en un segundo la acomodó a horcajadas. Sandra agradeció haberse puesto una remera larga esa noche. La embestida fue certera y fatal. El alarido que salió de la boca de Sandra, se murió entre la clavícula y el cuello de Sebastián que, a su vez, le clavaba los dedos en sus nalgas. Ella simplemente explotó de una manera feroz; extraña, irreal. Sebastián la manejaba a su antojo; siguió gozando unos segundos más hasta que él salió de ella y eyaculó fuera de su cuerpo. La escena era grotesca, pero de lo más excitante que le había pasado en la vida.
—Me encanta coger con vos. —le confesó Sebastián mientras se acomodaba los pantalones. Lejos de parecerle vulgar el comentario, a Sandra le sonó como música para los oídos.
—A mí también…—le dijo ella con el poco aliento que le quedaba e imitando sus movimientos. No quiso pensar ni racionalizar lo que acababan de hacer.
—Verte llegar con él… —Sandra le tapó la boca la mano. —¡Shh!
—San… —Juan Manuel la buscaba. Sebastián por instinto la rodeó con su cuerpo.
La remera negra que llevaba puesta se camuflaba con la oscuridad de la noche. Encerrada en sus brazos, cayó en la cuenta de que habían hecho el amor contra la pared del estacionamiento. Esperaron unos minutos para asomarse.
—¿Qué le vas a decir? —le preguntó en el oído haciéndola vibrar nuevamente.
—La verdad. —Sebastián abrió los ojos.
—Que salí a fumar.
Sandra se alejó de él y avanzó hacía las luces del restaurante. Sebastián la siguió tiempo después. Cuando se sentó a la mesa, no la encontró. No pudo preguntar. Sin embargo, Cecilia lo sacó de la preocupación;
—Se fueron. Sandra se sentía mal. —le dijo.
—Ah… ¿Pedimos postre? —preguntó con normalidad y Pablo y Tamara dijeron que sí enseguida. Cecilia, en cambio, no respondió.
Debía hablar con Sandra con urgencia.


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