“A veces lo que esperamos nunca llega, es lo
inesperado lo que te cambia la vida.”
Clom Morales.
Durante dos días seguidos fueron a la
playa y permanecieron ahí desde la mañana hasta que el sol desapareció. La piel
de Sandra comenzaba a tomar un color tostado que, según Cecilia, le sentaba muy
bien. Ella, por su parte, había intentado disfrutar de las vacaciones como si
Sebastián no estuviera tan cerca suyo. Habló con Juan Manuel unas cuántas veces
y las horas fluyeron como arena entre las manos. El domingo llegó, pasó y las
encontró sentadas en un barcito despidiéndose de los días en soledad.
—Brindemos por nosotras. —levantó el
vaso Cecilia y Sandra la imitó.
—Por nosotras. —chocaron los vasos y
enseguida se tomaron una fotografía para inmortalizar ese momento.
—Mañana llega Pablo y se nos acaba la
joda. —dijo bromeando.
—¡Pobre, Pablo! Si es un sol. —la
amonestó.
—Sí que lo es. Pero… no me digas que
solas no la pasamos bien.
—¡Sí, eso sí! —volvieron a brindar.
Al salir, decidieron ir a dar un
paseo por la costa. Caminaron por la playa, envueltas en la brisa marina.
Sandra, con varias copas encima iba más relajada que de costumbre. Cecilia,
aprovechó su soltura y le preguntó;
—¿Qué onda Juan?
—Bien…
—¿Bien? ¿Nada más?
—Es… —pensar en él siempre la hacía
sentir rara. Por un lado, la llenaba de felicidad saber que por fin había
encontrado un hombre como el que ella quería; trabajador, responsable,
centrado. Y buena persona, sobre todo. Pero, por otro, enumerar sus cualidades
le ratificaba lo mal que estaba haciendo las cosas con él. Se merecía mucho más
de lo que Sandra le estaba dando o, más bien, de lo que era capaz de darle. —
perfecto para mí. —dijo por fin. Mintiéndole y mintiéndose.
—Guau… Qué lindo es encontrar la
pareja perfecta, ¿no? —disfrazó su ironía con una sonrisa que Sandra no notó.
—Sí. Me hubiese encantado conocerlo
antes. Antes de tu primo, antes de todo…
—Las cosas y las personas llegan
cuando las necesitamos. Por algo, te cruzaste con Juan Manuel.
—Puede que tengas razón.
Regresaron al departamento y, como se
habían acostado bastante tarde, no oyeron los golpes en la puerta a la mañana
siguiente. Cecilia se despertó cuando Pablo gritó su nombre desde la vereda. Se
acercó al balcón con los ojos pegados y los vio. Al principio, creyó que debido
al sueño estaba confundida pero cuando les abrió…
—Juan… ¿Qué hacés acá?
—Vine a darle una sorpresa a tu
amiga. ¿Duerme?
—Sí. Nos acostamos re tarde anoche.
—¿Y para mí no hay recibimiento?
—preguntó Pablo indignado por la falta de atención de Cecilia que solo se había
percatado de Juan.
—¡Sí, perdón! —se colgó de su cuello
y lo besó por todos lados.
—Buenos… —dijo Sandra y se detuvo al
ver la escena. ¿Qué hacía Juan Manuel ahí?
—¡Sorpresa! —le sonrió.
—Ho… la… —se le acercó y le dio un
beso en la mejilla. —No me habían dicho nada. —miró a Cecilia y a Pablo.
—No sabíamos nada… —explicó Cecilia y
Pablo la interrumpió;
—Yo sí, sabía. Hablamos durante la
semana y a mí se me ocurrió decirle si quería venir unos días. ¿Hice mal?
—alternó la mirada entre Sandra y su novia.
—No, para nada. —comentó enseguida y
se giró para sonreírle a Juan que daba vueltas por la sala y ojeaba el balcón.
—Es muy lindo, che. —dijo
refiriéndose al departamento.
—Sí, muy cómodo.
Los hombres habían comprado algo para
desayunar así que dispusieron la mesa; Sandra se metió al baño mientras que
Cecilia preparaba el desayuno. Mate para las mujeres, café con leche para los
hombres. A los pocos minutos, estaban los cuatro conversando sobre la playa, el
vuelo… y los planes que habían estado pensando para los días que quedaban.
Pablo encaró el tema diciendo;
—Con Juan decíamos de alquilar un
coche para recorrer las playas. Nos quedan cinco días así que, podríamos hacer
cinco playas diferentes. ¿Te acordás el nombre del lugar donde se hospedaron
los vecinos, Ceci?
—No, no me acuerdo.
—Bueno, pero… ¿Juan, donde vas a
dormir vos? —preguntó Sandra y todos se quedaron callados.
—Emm… bueno, pensaba proponerte que
alquiláramos algo para vos y para mí. Estuve mirando unas habitaciones por acá,
para que estemos cerca…
—Ah, bueno… —se dedicó a tomar el
mate que su amiga le había dado y se perdió en sus pensamientos.
Ella había venido a pensar qué hacer
con él, qué hacer con su relación. ¿Y ahora? Definitivamente no iba a poder
recapacitar mucho compartiendo la cama con él. Aunque, a decir verdad, se había
pasado más tiempo analizando la figura de Sebastián que su relación con Juan
Manuel.
—¿Les parece que nos preparemos para
la playa? —preguntó Cecilia para cortar el ambiente extraño que se había
desparramado alrededor, mientras guardaban las cosas del desayuno.
—Sí, el día está hermoso. Más tarde
vamos a ver lo del coche y mi habitación. —el comentario de Juan no le pasó
desapercibido a Sandra. Debía hablar con él porque claramente había sido muy
descortés con su pregunta de más temprano.
Salieron los cuatro. Cecilia y Pablo
caminaban adelante abrazados, haciéndose arrumacos mientras que Juan y Sandra
apenas si se rozaban. Una vez que dejaron que los demás se alejaran, Juan fue
quien habló primero;
—Pensé que te ibas a poner contenta
de verme. Que te iba a sorprender. Te pido disculpas si me precipité. No debí
venir.
—No, no. —se frenó y lo tomó de la
mano. Debía arreglar las cosas.
—Sí. Si te hubieses visto la cara con
la que me miraste…
—¡Perdón! —le rogó con la mirada. —
No te esperaba, nada más. Sí, me sorprendí, pero… de verdad, no me molesta que
te quedes ni nada. Es que… bueno, había pensado en pasar estos días con los
chicos y…
—No hace falta que me expliques. De
verdad. —retomaron la caminata en silencio.
—¡Juan! —Pablo se detuvo más adelante
y le señaló algo. Cuando se acercaron vieron un cartel de alquiler.
—¿Querés que preguntemos? —lo animó
Sandra.
—Bueno. —Juan apenas sonrió—Vayan
yendo. Nosotros vamos a averiguar y los alcanzamos.
—Mismo lugar, San. —le gritó Cecilia.
—Okey.
Juan Manuel no quiso perder la oportunidad
y se decidió por ese lugar aún sin ver otros. Dijo que temía que no encontrara
nada más cerca así que, señó la habitación y quedó con el dueño en regresar por
la tarde para dejar sus cosas. Los ambientes eran mucho más pequeños que el otro,
pero acogedor.
—¿Te gustó? —le preguntó mientras
retomaban el camino a la playa.
—Sí, estaba precioso. Chiquito pero
lindo.
—Si querés te podés quedar con los
chicos allá. No es obligación venirte conmigo.
—No, no. —lo abrazó—quiero quedarme
con vos.
Llegaron al mar y enseguida reconocieron
a sus amigos en el agua. Sandra se quitó la ropa y Juan la miró con ojos de
hambre. Estaba tostada, su piel brillaba y llevaba puesta un bikini super sexy
que, de un segundo a otro, había despertado un deseo inexplicable. La ayudó con
el protector y, con cada movimiento, depositaba besos pequeños en su cuello, en
su espalda.
—No veo la hora de tenerte para mí
solo. Estás hermosa.
—Gracias… —Sandra se dio vuelta y se
colgó de su cuello. Lo miró a los ojos y una vez más, se convenció de que él
era su hombre perfecto. Lo besó en la boca y juntos, avanzaron hacia el agua.
Pasaron el día divirtiéndose, riendo,
charlando. Sandra se dejó llevar por la paz y la tranquilidad que la presencia
de Juan le daba. Llegó la tarde y decidieron partir para que algunos movieran
sus cosas de departamento y otros, buscaran un auto para alquilar.
Una vez instalados, Sandra y Juan se
acomodaron en el sillón después de hacer el amor en la ducha y dormitaron un
ratito mientras esperaban el mensaje de Pablo para ver qué hacían de cenar.
El primo de Cecilia nos invitó a
cenar. ¿Contamos con ustedes?
Juan Manuel leyó el mensaje y miró a
Sandra que dormía apoyada en su regazo. Le dolió lo que estaba pensando, pero
debía comprobarlo. Debía ver qué les ocurría a los dos. Él estaba perdidamente
enamorado de ella y necesitaba saber qué le pasaba a ella con él. Entonces le
escribió a Pablo;
Contá con nosotros.
Pablo le respondió con un dedo hacia
arriba y ahí se terminó la conversación. Dos horas más tarde, los pasaban a
buscar por la puerta del edificio.
—¡Qué rápido alquilaron! —comentó
Sandra al subir.
—Sí. Conseguimos enseguida, por
suerte.
—¿Vamos a un restaurante, entonces?
—Sí. —respondió Pablo y arrancó.
—San… Pensé que ibas a decir que no.
—le dijo en un susurro Cecilia, que se había sentado en el asiento de atrás
para viajar con su amiga.
—¿Por?
—¡Ah! Digo…como va a estar Sebas y la
estúpida esa, pensé que quizás no querías venir.
—¿Qué? —Sandra la miró extrañada y
movió la cabeza en busca de Juan Manuel.
—¿Juan no te dijo que él nos había
invitado?
—No. —se cruzó de brazos envuelta en
bronca.
—Ups.
Ayy no me lo hagas sufrir a Juannnnnn
ResponderEliminargracias por compartir esta hermosa historia....pero no nos hagas esperar tanto por faavooooor.
ResponderEliminarX dios muy lindo lo de san y sebas pero pobre juan ya me da penitaaaaa
ResponderEliminarno no no!!! no debería haber hecho! me va a matar la ansiedad!
ResponderEliminarMuy mal Juan Manuel, no es por ahí.
ResponderEliminarEsta vez Sandra si se enoja es con razón ...
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