lunes, 27 de abril de 2020

LUC: Capítulo 17: Confesiones con fiebre



“Amar es buscar y ser buscado al mismo tiempo”
Yukio Mishima.

Llegó a su casa. Romina había cerrado, pero la estaba esperando con cara de preocupación. Le explicó lo que había ocurrido y como la vio más tranquila, se retiró. Una vez sola, se quitó la ropa, se metió en la ducha y después, directo a la cama. Ya entre las sábanas se permitió volver a llorar. Perdería la casa; aquel lugar donde había sido tan feliz. Donde sus abuelos le habían enseñado tanto. El dolor la atravesó completamente.
Se despertó de madrugada volando de fiebre. Volvió a bañarse para intentar bajarla. No lo logró. Preparó, como le había enseñado su abuela, una palangana con agua y vinagre. Buscó un repasador viejo y lo sumergió. Regresó al cuarto, se recostó y colocó el trapo sobre su frente. Después del quinto cambio, se volvió a dormir. Soñó que Sebastián estaba acostado junto a ella, que era quién le cambiaba los paños y la cuidaba. Le hablaba, le decía que ahora las cosas serían distintas, que él había entendido lo que ella necesitaba. La besaba y le repetía que la amaba. De pronto, la habitación se convertía en una especie de celda horrenda donde su verdugo era ni más ni menos que Juan Manuel. Él la observaba con desprecio desde la puerta. Ella intentaba ponerse de pie, pero los brazos de Sebastián y la fiebre se lo impedían.
Se despertó sobresaltada con el sonido de su celular. Eran las once de la mañana.
—Hola… —dijo con la garganta dolorida.
—Estaba preocupado. No me atendías. ¿Estás bien?
—¿Juan?
—Sí.
—Estoy enferma… ayer me mojé y …
—¡Uh! Esta noche voy para allá.
—No hace falta. Ceci viene a quedarse, ya hablé con ella.
—¿Segura?
—Sí. Tranquilo. Además, no quisiera que vengas y contagies a Vicky.
—Bueno… ¿Vas a ir al médico?
—Sí. En un rato.
—Avisame cómo te va, qué te dicen. ¡No vayas manejando, Sandra!
—No, no…
Cortó y le escribió a Cecilia para que no metiera la pata. Su amiga enseguida la llamó también.
—Salgo y me voy a tu casa.
—No, Cecilia. No. Te conté por si Juan pregunta o lo que sea… para que Pablo no meta la pata.
—¿Qué te duele?
—Todo.
—¿Te tomaste la fiebre?
—Todavía no.
—Salgo y voy para allá. No se discute.
A las seis de la tarde, Cecilia entraba por la puerta, seguida por Romina que se había hecho cargo del negocio durante todo el día.
—¡Mira cómo estás! —se acercó le dio un beso en la coronilla—¡Estás hirviendo!
—El doctor me recetó Ibuprofeno. Ahora me toca de nuevo y se me baja. —Cerró los ojos con pesadez y los volvió a abrir—¿Romi? ¿Todo bien?
—Sí. Está lloviznando, no anda nadie. En un rato cierro.
—Perfecto.
Cecilia le alcanzó un té con galletitas a la cama. Una vez que comió se sintió un poco mejor.
—Ya me enteré.
—¿Qué te dijo?
—Que te habías quedado con el auto y que te ayudó. Que fueron a su casa y… ¿tomaron mate?
—Así es.
—También me dijo que…
—Voy a perder la casa.
—Sí. No lo podía creer cuando me contó.
—Me quiero morir. No puedo creer que después del esfuerzo tan grande que hicieron, la casa le quede a este hijo de puta.
—¡Qué bronca! ¿Y no hay nada qué hacer?
—No. Las leyes son una mierda en este sentido. Sebastián dice que debería hablar con él, llegar a un acuerdo, para que me deje seguir con el negocio. Pero…
—Es una buena opción. ¿Juan Manuel qué opina?
—Todavía no le conté las últimas novedades.
—Ajá…—se contuvo de hacer comentarios— ¿Querés más galletitas? —le preguntó al ver que acababa de comerse la última.
—No, gracias.
Cecilia se llevó todo y regresó al cuarto. Se acostó junto a Sandra y ahí se quedó sin decir nada.
—Hablá. —le ordenó.
—No iba a decir nada.
—Sé lo querés decir o más bien, de lo que querés hablar.
—¡No! —Sandra se acomodó y se puso de costado para mirarla. Cecilia hizo lo mismo.
—Está cambiado.
—¡Te lo dije!
—Fue raro. ¿Sabés? Fue la primera vez que…
—Que… ¡Dale! No te detengas.
—Me sentí protegida. Antes no me pasaba y eso, también fue parte de la ruptura. Sentía que yo era quien lo cuidaba a él…Y nada. Ahora es distinto. Él está distinto.
—Él se muere por estar con vos, Sandra.
—Me dijo que le de otra oportunidad, ¿sabés?
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Qué vas a hacer?
—Nada.
—¡Dios mío!
—Ceci… ¿Qué voy a hacer con Juan Manuel? Con una mano en el corazón, si tengo que decir la verdad…lo quiero. Lo quiero de verdad. Me gusta como es. Y… la paso muy bien.
—Te la voy a hacer corta y fácil. ¿En quién pensas antes de ir a dormir? ¿En Juan o en Seba?
—En Sebastián.
—Ahí tenés la respuesta, entonces. Por mucho que lo quieras a Juan, nunca vas a sentir lo mismo que sentís por mi primo. Y mirá si no tengo razón que terminaron juntos en el restaurante de Brasil.
—¿Te contó?
—Uno más uno, dos. Estás jugando con fuego, Sandra. Te vas a quemar y… ¡muy muy feo!
—Lo sé. —Metió la cabeza entre las almohadas—¿Qué hago?
—Hablá con Juan Manuel. Cortalo.
—Lo voy a lastimar.
—Lo que estás haciendo es muchísimo peor.
—Justo que había encontrado al hombre ideal…
—Puede ser todo lo ideal que quieras, pero si no lo amás…
—¡Ya sé!
—Se merece que le digas la verdad. Y vos también deberías ser más sincera con vos misma. ¿Cuál es la verdad del asunto con Sebastián? ¿Qué te pasó realmente? Estabas muy enamorada de él y de pronto…
Sandra escuchaba a Cecilia y en su cabeza se sucedían las imágenes de las últimas horas con Sebastián.
Lo amaba como nunca había amado a nadie. Lo amaba con el cuerpo, con el alma… Sebastián se había convertido en la persona más importante de su pequeño mundo. Lo amaba tanto que le dolía. Le dolía depender de otra persona. Porque, aunque lo negara, él lo era todo para ella. Hasta que una tarde cualquiera, salió del taller y se subió al colectivo. En el viaje, mientras escuchaba la radio a través de sus auriculares, se fijó en una pareja que acababa de acercarse a ella. Él pidió un asiento para su mujer embarazada y se apostó a su lado apenas ella se sentó. La panza mediana de la chica era acariciada una y otra vez por él papá que hacía de guardián de los dos. Se sonreían, se miraban. En ese instante pensó en ella y en la posibilidad de tener un hijo de Sebastián; se imaginó en ese lugar, con el bebé en su vientre y a él mirándola con amor. Se imaginó en una casa que, seguramente, sería la suya porque Sebastián aún vivía bajo el techo de Susi, su mamá. Se imaginó a los dos contando las monedas para comprar los pañales, la leche y pagar las consultas médicas. Pensó que no contaba con una obra social porque su patrona no le había pagado jamás en blanco. Pensó que ella estaba preparada para ser madre porque… porque era grande y tenía una casa propia. Pero… ¿Y él? Él seguía estudiando Diseño Gráfico en la Universidad de Buenos Aires y cada tanto trabajaba por temporadas en una librería de San Justo. ¿Qué harían si algún test de embarazo daba positivo? Suponiendo que el amor lo pudiera todo y que fuera lo suficientemente fuerte para salir adelante y sobrellevar una familia, ¿Podría él crecer de golpe y convertirse en padre?
Se bajó en la parada de su casa e intentó quitar esos pensamientos de su cabeza. Trató de no pensar en el futuro, en la edad de Sebastián, ocho años menor que ella. Lo intentó…
Esa noche, como tantas otras noches, salieron a cenar y terminaron en un hotel alojamiento. Ni ella quería llevarlo a su casa ni tampoco quería acostarse con él en la casa de su mamá. Se besaron con el mismo fulgor que la primera vez meses atrás, e hicieron el amor con calma como siempre lo hacían. Sebastián le dedicaba tiempo a cada parte de su cuerpo y Sandra se lo agradecía con gemidos y suspiros. Después era su turno y así, acababan los dos envueltos en sudor y en miradas largas. Desnudos, contemplando la poca luz que iluminaba la habitación, se quedaron dormidos por unas horas. Cuando Sandra despertó, usó el baño y al salir, los ojos marrones de Sebastián la esperaban ansiosos por seguir devorando su piel. Ella lo observó con atención y de su boca se cayó una pregunta que marcó un antes y un después para los dos.
—¿Qué vamos a hacer?
—¿Con…? —él extendió el brazo invitándola a recostarse. Ella no se movió.
—Con esto. Con lo que nos pasa.
—Supongo que vivirlo. ¿Qué más?
—Seba… ¿Qué pasaría si te dijera que quiero ser mamá? —Y él hizo lo peor que pudo haber hecho. Se rio. —¿De qué te reís? —le preguntó cruzándose de brazos. El ambiente cambió de un momento a otro.
—De nada… me dio gracia. No sé. Deben ser los nervios. ¡Vení! ¡Veni a la cama conmigo!
—Respondeme.
—No sé qué querés que te diga. Si querés ser mamá… te felicito. —Se hundió. Se hundió hasta el inframundo y un poco más. ¿Te felicito le había dicho?
—Me voy a casa.
—¿Por qué?
—No quiero estar acá. —se agachó, levantó su ropa interior y comenzó a vestirse.
—Sandra… ¿Vos querés tener un hijo mío? ¿Eso es lo que me estás preguntando? ¿De eso estás hablando?
—No. No dije eso.
—No te entiendo. Pensé que esta relación era…
—¿Era qué?
—Que… bueno… —comenzó a tartamudear. —que sí, es seria, pero… no estaba pensando en el futuro. Por lo menos no así.
—¿Y qué esperás para el futuro, Sebastián?
—No sé. Recibirme, primero…
Y ahí, en ese hotel, le cayó la ficha. Él estaba en otro momento de su vida. Él necesitaba estar con alguien de su edad, alguien que pensara en salir los sábados a la noche, alguien con quien no debiera preocuparse por los años, la edad y, sobre todo, por el futuro. Ahí, semi desnuda, en ese cuarto de hotel se dio cuenta que él, tarde o temprano la dejaría. Que lo que tenían se diluiría y que él terminaría eligiendo su juventud y no la madurez y los planes de ella. Una lágrima se le escapó y, sin hacerle caso, tomó el pantalón y se lo puso.
—¿Qué dije?
—Nada.
—¿Por qué te vas?
—Porque no quiero estar acá. Te lo dije hace unos minutos. ¿Te lo tengo que repetir?
Se puso a la defensiva porque…porque antes de que él la dejara a ella, como la habían dejado todas las personas a su alrededor, ella lo dejaría primero.
—Vení. Hablemos. ¿Querés que pida algo? Quedate, San. —salió de la cama y fue a su encuentro.
—Dejame ir, Sebastián.
—¡No! —la tomó por las muñecas y la empujó contra su pecho. —Te amo. Te amo tanto.
—Yo a vos… —susurró y dejó que la besara una vez más.
—Tenemos muchas cosas que hacer antes de pensar en hijos, ¿no te parece? —el puñal se enterró más en su pecho.
—¿Cómo qué? —le preguntó y se alejó de su lado.
—No sé. Conocernos más, salir, viajar… convivir… Ya lo descubriremos. —dio un paso más. Ella uno hacía atrás. —¿Qué te pasa? —los gestos de Sebastián cambiaron al sentirla tan lejos.
—Tenemos que terminar. Esto… no funciona.
—¿Qué decís?
—Lo que escuchás.
—No entiendo. Si… nos amamos.
—No alcanza.
—¿No alcanza? —los ojos de Sebastián se abrieron de par en par— ¿Qué mierda te pasa, Sandra?
—Nada. No me pasa nada. Me voy. —agarró la cartera y su campera y caminó hasta la puerta.
—Sos una boluda. —se sentó en la cama y se agarró la cabeza.
—No va a funcionar porque vos sos un pendejo. —salió y así se terminó aquella historia de amor.
Cecilia la tapó y ella abrió los ojos. No estaba dormida, solo recordaba. La mirada brillosa por las lágrimas que se acumulaban dispuestas a salir.
—Creí que me abandonaría. Que se iría como se habían ido mis papás. —la verdad era esa. Simple. Ni siquiera a su psicóloga le había dicho que el punto de inflexión era ese. Que se sentía sola y que no se animaba a abrir su corazón por temor a que a la dejasen otra vez. Que no había nadie en el mundo que la quisiese…
—¡No! Él no te haría eso, jamás.
—No sé, Ceci. Él es chico…—la cara de Cecilia se transformó—Quiero decir que tiene mil proyectos. ¿Qué te hace pensar que no va a elegir su carrera, su futuro? ¿Qué tengo yo para ofrecerle?
—Todo lo que él necesita. Y no hace falta que tenga que elegir. No se trata de eso. Las dos cosas pueden ir juntas, de la mano.
—Hoy lo veo posible, hace dos años… el panorama era otro.
—Hace dos años no quisiste darle la oportunidad.
—Puede ser, pero…
—Pero…  elegiste dejarlo. Elegiste poner tus prejuicios por encima de lo que sentían. ¿Qué crees que pasó en estos dos años? ¿Qué crees que él hizo? Olvidarte, claramente no…
—Cortamos y su vida mejoró.
—Mejoró porque, a pesar de haber estado destruido, su ruptura hizo que él abriera los ojos. No lo justifico, pero lo que pasó entre ustedes lo ayudó a crecer, a madurar. Sufrió muchísimo y sé que intentó olvidarse de vos, pero… no pudo.
—Yo también lo intenté. Juan… no me lo va a perdonar jamás, Ceci.
—¿Y vos? ¿Te vas a perdonar volver a dejarlo ir?

4 comentarios:

  1. Vamos date una oportunidad de Vivir ese amor de película.
    Está para comerse las uñas!!!

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  2. Sólo se vive una vez,Sandra no lo dejes escapar ...
    Queremos más!!!!
    Gracias Eri

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  3. Ay que mal nos hace la inseguridad y el seguro el.otro piensa tal cosa, sin tomarnos el tiempo de preguntar

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  4. 0.17 del dia después de recibir ESE mensaje, y estoy llorando con este capitulo, sin poder dormir! ❤

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