“Cuando el amor no es locura, no es amor.”
Pedro Calderón de la Barca.
—¿Mate o té? —le preguntó desde la
puerta con la cara iluminada.
Aún pese a tener el rostro morado por
el golpe y algo hinchado, había un reflejo particular que tenía razón de ser;
una leve sonrisa pedía permiso para mostrarse constantemente. Había pasado el
fin de semana más hermoso desde que había perdido a su abuela. El duelo había
durado demasiado y era momento de animarse a salir. Sebastián había sido claro
la noche anterior, cuando habían conversado hasta la madrugada después de hacer
el amor.
—¿Querés ser mamá? —le había
preguntado en un punto de la charla y ella se había quedado muda.
¿Quería ser mamá? Después del
berrinche que la alejó completamente de él, no se había vuelto a preguntar lo
mismo. Al contrario, se había esmerado en cuidarse y en no quedar embarazada.
Sin embargo, desnuda y con la sensación de sus besos aun sobre su piel, no había
nada que no deseara más que formar una familia con Sebastián.
—La verdad, San. Y no quiero que te
pongas a pensar en cuántos años tengo yo, ni cuántos tenés vos. ¿Qué es lo que
realmente querés?
—Me encantaría formar una familia.
—se detuvo ahí. No aclaró que lo quería con él y solamente con él.
—A mí también. —le confesó y a Sandra
el rostro se le volvió luna e iluminó la habitación. —Pero… —el cuerpo se le tensó
de inmediato. —Tranquila… escuchá. —la besó con dulzura y continuó—; Necesito
vivir muchas cosas todavía…
—Entiendo…—Sandra se alejó y él la
atrajo de nuevo.
—No me estás dejando hablar. Necesito
vivir muchas cosas todavía con vos. Sí, quiero todo. Quiero hijos, perros,
casa…pero antes, Sandra, quiero que vos termines la carrera. Quiero que
salgamos a cenar, que volvamos a cantar, que despertemos juntos en distintos
lugares. Quiero que aprendamos el uno del otro sin correr. Sin saltarnos nada.
Quiero todo en el tiempo que venga, cuando venga. No quiero decirte ahora que
tengamos un hijo porque sí, me encantaría, pero hoy, esta noche… quiero hacerte
el amor y en lo único que estoy pensando es en eso. Solo en eso. No hay mañana.
Solo hoy.
—Solo hoy.
—Hoy. Mañana veremos.
Pestañeó borrando el eco de sus
palabras y repitió;
—¿Mate o té?
—Mate. ¿Voy por unas facturitas?
—No. No te vayas. —le rogó.
Desayunaron en la cama y cerca del
mediodía decidieron ponerse a pintar. Rieron como nunca lo habían hecho. Se
contaron secretos que jamás se habían compartido y dejaron libre ese amor que
los unía y los reconocía.
—¡Quedó precioso!
—Sí, ¿no?
—Gracias. —se colgó del cuello de
Sebastián y lo besó sin detenerse en nada más que su boca.
—¿Nos damos un baño?
—Dale.
El baño fue baño y algo más.
Sandra se reía de las ocurrencias de
Sebastián mientras se cepillaba el pelo antes de acostarse. La cotidianeidad y
la normalidad entre los dos era tal que no parecía que habían estado dos años
separados. Parecía que había sido una simple pausa y nada más. Un comentario
sobre Brasil llamó la atención de ella que enseguida quiso saber;
—¿Tu novia se dio cuenta lo que pasó
en el estacionamiento de Jurere?
—No. ¿Y Juan Manuel?
—Nunca me lo dijo. Aunque él siempre
sospechó que algo pasaba. Desde el cumpleaños de Cecilia.
—Ese día me di cuenta que no te había
superado. Que todo lo que yo había construido era una fachada. Que me
importabas igual o más que antes. Cuando supe que tenías novio me… —se detuvo.
—¿Qué? —le preguntó Sandra,
divertida.
—Quiero hablarte de Tamara, San. —le
dijo con seriedad.
—¡Uff! No quería tocar ese tema, pero
ya veo que es imposible.
—Sí. Es un tema delicado que, estoy
seguro, nos va traer algunos dolores de cabeza.
—¿Por?
—¿Querés chocolate? —le preguntó
camino a la cocina.
—No. Vení y hablá. ¡Cobarde! —se rio
de su propio humor.
Al levantarse para guardar el
cepillo, se vio en el espejo que tenía en la puerta del placar. A pesar de que
los moretones seguían ahí, encontró entre la nariz y la frente, a la Sandra que
había sido tres años atrás. La felicidad había llegado a sus ojos y sabía que
en cualquier momento se expandiría a todo su cuerpo.
—Puede que no te guste tanto esta
historia. ¿Segura que no querés un chocolate?
—Bueno, dale. ¡Endulzame la velada!
—¿Con maní?
—Siempre.
Lo escuchó contarle la historia que
tenía con Tamara y en el camino iba adivinando lo que él iba pensando a medida
que avanzaba con los detalles de la relación. La conoció en un bar, en una de
las tantas veces que había salido a tomar solo. Al principio, todo empezó como
una amistad que, sin buscarlo, pasó al plano sexual. En ese momento Sandra lo
detuvo:
—Sin demasiadas descripciones, por
favor.
—Bueno. Voy al grano. Empezamos a
salir. Los meses pasaron y le propuse mudarse conmigo.
—¿Cuántos meses pasaron?
—Un año más o menos. Cuando te
encontré en el colectivo ya estábamos muy mal y verte… no ayudó.
—¿Y convivieron?
—No. Ese mismo día le pedí que esperáramos
un poco.
—Lo pateaste a ver qué pasaba.
—Sebastián asintió—¿Y qué pasó?
—Se enojó, obvio. Pero seguimos… a
pesar de saber que todavía te llevaba clavada dentro mío. —Sandra no dijo nada.
Él esperó unos segundos y continuó; —Creí que podía seguir con Tamara a pesar
de todo. Y así lo hice. Nos separamos varias veces… fuimos y vinimos. Ella
todavía cree que podemos volver.
—¿Y cómo llegaron a Brasil?
—Lo de Brasil fue…Uf, no sé. Teníamos
pensadas las vacaciones hacía un tiempo ya. Le dije que no, que no quería ir.
Insistió. Vino el cumpleaños de Cecilia y… bueno, pedí cambiar las vacaciones a
mi compañero para poder irme lo antes posible.
—Entonces eso de que te cambiaron por
un problema…
—Mentira.
—Ajá… ¿Y?
—¿Vos querés que te diga que me volví
loco cuando te vi con Juan Manuel? ¿Qué nunca pensé que iba estar tan celoso?
Al otro día, le dije a Tamara que viajáramos juntos. Simple despecho.
—Vos le dijiste a Ceci que ya te
habías cansado de intentarlo conmigo.
—¿Cuándo?
—Te escuché cuando la llamaste.
—Estaba enojado. Muy enojado. Aunque
después de lo que pasó en el estacionamiento ya no tuve dudas.
—¿Y ahora?
—Ahora me llama, me viene a buscar…
Es una buena mina, ¿sabes?
—¿Pero aclaraste las cosas con ella?
—Sí.
—¿Sabe de lo nuestro? —apenas soltó
la pregunta se arrepintió. La cara de Sebastián mutó y se transformó en algo
que le causó gracia y a la vez la excitó.
—¿Qué es lo nuestro? —se acercó en
cuatro patas. A Sandra le pareció que sus dientes se habían convertido en
colmillos. La sonrisa clavada en el rostro y en los ojos una chispa ardiente
que significaba una sola cosa. —¿Qué somos, Sandra? —se detuvo a unos pocos
centímetros de su boca.
—No sé. —se animó a acercarse ella y
antes de rozar sus labios le dijo; —¿Lo averiguamos? —y con la osadía que
ninguno reconoció, sacó la lengua y lo saboreó con premura.
Sebastián, ante ese gesto, se arrojó
sobre ella y devoró su boca que se abrió como una fruta madura. Siguió por su
cuello y con rapidez le quitó la remera que tenía puesta. Sus pechos lo
invitaron a meterse de lleno entre ellos y el gemido de Sandra le dejó saber
que iba por buen camino. Fue por la ropa interior y se deshizo de ella en su
segundo. Se abocó a darle placer hasta que ella le suplicó que la penetrara.
Cuando estuvo dentro de ella se detuvo y la miró a los ojos. Ella levantó la
mirada y se encontró con sus ojos marrones que esperaban a que conectaran.
—Escuchame bien lo que te voy a
decir. —Sandra respiraba agitada debajo su pecho. Hacía un esfuerzo por dejar
de lado las sensaciones físicas que la arrasaban y prestarle atención. —Te amo.
No te puedo prometer qué va a pasar mañana, solo te puedo decir que hoy no
quiero separarme de vos.
—Solo hoy. —dijo, repitiendo las
palabras que él le había dicho la noche anterior.
—Solo hoy.
Se sintieron de una manera diferente
los dos. El orgasmo fue devastador. La piel sudaba, el corazón aún seguía
agitado, y los ojos continuaban cerrados. Sebastián salió de ella, se quitó el
preservativo y se alejó hacía el baño. Sandra buscó su ropa y se metió entre
las sábanas. Cuando lo vio venir, sonrió. Era prácticamente imposible que
sintiese deseos de volver a hacer el amor cuando recién acababan de terminar. Pero…
con Sebastián siempre había sido así.
—Estás colorada. —le dijo mientras se
ponía los boxers.
—No.
—Sí. Y me encanta.
—¿Qué va a pasar mañana? —le preguntó
Sandra mientras se arrimaba a él.
—Mañana vos vas al negocio yo a la
empresa y a la noche nos vemos de nuevo. En mi casa esta vez.
—Ya lo tenés todo pensado.
—¡Por supuesto! —Sebastián bostezó y
Sandra supo que en cualquier momento se quedaría dormido. Los ojos, pesados,
comenzaban a cerrarse con lentitud. Lo observó hasta que por fin cayó en el
mundo de los sueños. Cuando corroboró que no podía escucharla, le dijo;
—Te amo, Seba. —cerró los ojos y se
durmió ella también.

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