lunes, 18 de mayo de 2020

La última canción: Capítulo 22: locos enamorados.


“Cuando el amor no es locura, no es amor.”
Pedro Calderón de la Barca.

—¿Mate o té? —le preguntó desde la puerta con la cara iluminada.
Aún pese a tener el rostro morado por el golpe y algo hinchado, había un reflejo particular que tenía razón de ser; una leve sonrisa pedía permiso para mostrarse constantemente. Había pasado el fin de semana más hermoso desde que había perdido a su abuela. El duelo había durado demasiado y era momento de animarse a salir. Sebastián había sido claro la noche anterior, cuando habían conversado hasta la madrugada después de hacer el amor.
—¿Querés ser mamá? —le había preguntado en un punto de la charla y ella se había quedado muda.
¿Quería ser mamá? Después del berrinche que la alejó completamente de él, no se había vuelto a preguntar lo mismo. Al contrario, se había esmerado en cuidarse y en no quedar embarazada. Sin embargo, desnuda y con la sensación de sus besos aun sobre su piel, no había nada que no deseara más que formar una familia con Sebastián.
—La verdad, San. Y no quiero que te pongas a pensar en cuántos años tengo yo, ni cuántos tenés vos. ¿Qué es lo que realmente querés?
—Me encantaría formar una familia. —se detuvo ahí. No aclaró que lo quería con él y solamente con él.
—A mí también. —le confesó y a Sandra el rostro se le volvió luna e iluminó la habitación. —Pero… —el cuerpo se le tensó de inmediato. —Tranquila… escuchá. —la besó con dulzura y continuó—; Necesito vivir muchas cosas todavía…
—Entiendo…—Sandra se alejó y él la atrajo de nuevo.
—No me estás dejando hablar. Necesito vivir muchas cosas todavía con vos. Sí, quiero todo. Quiero hijos, perros, casa…pero antes, Sandra, quiero que vos termines la carrera. Quiero que salgamos a cenar, que volvamos a cantar, que despertemos juntos en distintos lugares. Quiero que aprendamos el uno del otro sin correr. Sin saltarnos nada. Quiero todo en el tiempo que venga, cuando venga. No quiero decirte ahora que tengamos un hijo porque sí, me encantaría, pero hoy, esta noche… quiero hacerte el amor y en lo único que estoy pensando es en eso. Solo en eso. No hay mañana. Solo hoy.
—Solo hoy.
—Hoy. Mañana veremos.
Pestañeó borrando el eco de sus palabras y repitió;
—¿Mate o té?
—Mate. ¿Voy por unas facturitas?
—No. No te vayas. —le rogó.
Desayunaron en la cama y cerca del mediodía decidieron ponerse a pintar. Rieron como nunca lo habían hecho. Se contaron secretos que jamás se habían compartido y dejaron libre ese amor que los unía y los reconocía.
—¡Quedó precioso!
—Sí, ¿no?
—Gracias. —se colgó del cuello de Sebastián y lo besó sin detenerse en nada más que su boca.
—¿Nos damos un baño?
—Dale.
El baño fue baño y algo más.
Sandra se reía de las ocurrencias de Sebastián mientras se cepillaba el pelo antes de acostarse. La cotidianeidad y la normalidad entre los dos era tal que no parecía que habían estado dos años separados. Parecía que había sido una simple pausa y nada más. Un comentario sobre Brasil llamó la atención de ella que enseguida quiso saber;
—¿Tu novia se dio cuenta lo que pasó en el estacionamiento de Jurere?
—No. ¿Y Juan Manuel?
—Nunca me lo dijo. Aunque él siempre sospechó que algo pasaba. Desde el cumpleaños de Cecilia.
—Ese día me di cuenta que no te había superado. Que todo lo que yo había construido era una fachada. Que me importabas igual o más que antes. Cuando supe que tenías novio me… —se detuvo.
—¿Qué? —le preguntó Sandra, divertida.
—Quiero hablarte de Tamara, San. —le dijo con seriedad.
—¡Uff! No quería tocar ese tema, pero ya veo que es imposible.
—Sí. Es un tema delicado que, estoy seguro, nos va traer algunos dolores de cabeza.
—¿Por?
—¿Querés chocolate? —le preguntó camino a la cocina.
—No. Vení y hablá. ¡Cobarde! —se rio de su propio humor.
Al levantarse para guardar el cepillo, se vio en el espejo que tenía en la puerta del placar. A pesar de que los moretones seguían ahí, encontró entre la nariz y la frente, a la Sandra que había sido tres años atrás. La felicidad había llegado a sus ojos y sabía que en cualquier momento se expandiría a todo su cuerpo.  
—Puede que no te guste tanto esta historia. ¿Segura que no querés un chocolate?
—Bueno, dale. ¡Endulzame la velada!
—¿Con maní?
—Siempre.
Lo escuchó contarle la historia que tenía con Tamara y en el camino iba adivinando lo que él iba pensando a medida que avanzaba con los detalles de la relación. La conoció en un bar, en una de las tantas veces que había salido a tomar solo. Al principio, todo empezó como una amistad que, sin buscarlo, pasó al plano sexual. En ese momento Sandra lo detuvo:
—Sin demasiadas descripciones, por favor.
—Bueno. Voy al grano. Empezamos a salir. Los meses pasaron y le propuse mudarse conmigo.
—¿Cuántos meses pasaron?
—Un año más o menos. Cuando te encontré en el colectivo ya estábamos muy mal y verte… no ayudó.
—¿Y convivieron?
—No. Ese mismo día le pedí que esperáramos un poco.
—Lo pateaste a ver qué pasaba. —Sebastián asintió—¿Y qué pasó?
—Se enojó, obvio. Pero seguimos… a pesar de saber que todavía te llevaba clavada dentro mío. —Sandra no dijo nada. Él esperó unos segundos y continuó; —Creí que podía seguir con Tamara a pesar de todo. Y así lo hice. Nos separamos varias veces… fuimos y vinimos. Ella todavía cree que podemos volver.
—¿Y cómo llegaron a Brasil?
—Lo de Brasil fue…Uf, no sé. Teníamos pensadas las vacaciones hacía un tiempo ya. Le dije que no, que no quería ir. Insistió. Vino el cumpleaños de Cecilia y… bueno, pedí cambiar las vacaciones a mi compañero para poder irme lo antes posible.
—Entonces eso de que te cambiaron por un problema…
—Mentira.
—Ajá… ¿Y?
—¿Vos querés que te diga que me volví loco cuando te vi con Juan Manuel? ¿Qué nunca pensé que iba estar tan celoso? Al otro día, le dije a Tamara que viajáramos juntos. Simple despecho.
—Vos le dijiste a Ceci que ya te habías cansado de intentarlo conmigo.
—¿Cuándo?
—Te escuché cuando la llamaste.
—Estaba enojado. Muy enojado. Aunque después de lo que pasó en el estacionamiento ya no tuve dudas.
—¿Y ahora?
—Ahora me llama, me viene a buscar… Es una buena mina, ¿sabes?
—¿Pero aclaraste las cosas con ella?
—Sí.
—¿Sabe de lo nuestro? —apenas soltó la pregunta se arrepintió. La cara de Sebastián mutó y se transformó en algo que le causó gracia y a la vez la excitó.
—¿Qué es lo nuestro? —se acercó en cuatro patas. A Sandra le pareció que sus dientes se habían convertido en colmillos. La sonrisa clavada en el rostro y en los ojos una chispa ardiente que significaba una sola cosa. —¿Qué somos, Sandra? —se detuvo a unos pocos centímetros de su boca.
—No sé. —se animó a acercarse ella y antes de rozar sus labios le dijo; —¿Lo averiguamos? —y con la osadía que ninguno reconoció, sacó la lengua y lo saboreó con premura.
Sebastián, ante ese gesto, se arrojó sobre ella y devoró su boca que se abrió como una fruta madura. Siguió por su cuello y con rapidez le quitó la remera que tenía puesta. Sus pechos lo invitaron a meterse de lleno entre ellos y el gemido de Sandra le dejó saber que iba por buen camino. Fue por la ropa interior y se deshizo de ella en su segundo. Se abocó a darle placer hasta que ella le suplicó que la penetrara. Cuando estuvo dentro de ella se detuvo y la miró a los ojos. Ella levantó la mirada y se encontró con sus ojos marrones que esperaban a que conectaran.
—Escuchame bien lo que te voy a decir. —Sandra respiraba agitada debajo su pecho. Hacía un esfuerzo por dejar de lado las sensaciones físicas que la arrasaban y prestarle atención. —Te amo. No te puedo prometer qué va a pasar mañana, solo te puedo decir que hoy no quiero separarme de vos.
—Solo hoy. —dijo, repitiendo las palabras que él le había dicho la noche anterior.
—Solo hoy.
Se sintieron de una manera diferente los dos. El orgasmo fue devastador. La piel sudaba, el corazón aún seguía agitado, y los ojos continuaban cerrados. Sebastián salió de ella, se quitó el preservativo y se alejó hacía el baño. Sandra buscó su ropa y se metió entre las sábanas. Cuando lo vio venir, sonrió. Era prácticamente imposible que sintiese deseos de volver a hacer el amor cuando recién acababan de terminar. Pero… con Sebastián siempre había sido así.
—Estás colorada. —le dijo mientras se ponía los boxers.
—No.
—Sí. Y me encanta.
—¿Qué va a pasar mañana? —le preguntó Sandra mientras se arrimaba a él.
—Mañana vos vas al negocio yo a la empresa y a la noche nos vemos de nuevo. En mi casa esta vez.
—Ya lo tenés todo pensado.
—¡Por supuesto! —Sebastián bostezó y Sandra supo que en cualquier momento se quedaría dormido. Los ojos, pesados, comenzaban a cerrarse con lentitud. Lo observó hasta que por fin cayó en el mundo de los sueños. Cuando corroboró que no podía escucharla, le dijo;
—Te amo, Seba. —cerró los ojos y se durmió ella también.



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