“El engaño es una elección, no un error.”
Paulo Coelho
¿Cómo habían llegado de nuevo al
departamento? ¿Ella había manejado? ¿O había sido él? Y… ¿Cómo había llegado hasta
su cama? Pestañeó y se encontró con las luces de la calle que hacían dibujos
extraños sobre la pared. Desde ahí se podía oír que alguien preparaba algo en
la cocina. Giró y acomodó su almohada debajo de su cuello. Estaba vestida pero
descalza. ¿Cuándo se había quedado dormida? Lo último que recordaba era el
abrazo de Sebastián y la angustia que no había podido frenar y había inundado
la habitación de su abuela.
¿Por qué no se había ido? ¿Qué hora
era? En la mesa de luz, su celular. Extendió el brazo y miró la hora: 22:25.
Revisó mensajes y leyó los más importantes. A Cecilia no le respondió. A Romina
le avisó que estaba bien. Y a Juan Manuel que le preguntaba si podían verse al
día siguiente le contestó que sí y le agregó un: “Tengo que hablar con vos”.
La respuesta llegó cuando Sebastián entraba al cuarto con dos vasos en la mano,
la caja de una pizza y unas servilletas, más una botella de Coca-Cola. Cerró el
WhatsApp y decidió no prestarle atención a otra cosa que no fueran los ojos
marrones que le sonreían desde la puerta.
—¿Cómo…?
—Te quedaste dormida en el auto.
Estabas tan angustiada que manejé yo. Espero no te moleste.
—No.
—¿Tenés hambre?
—Un poco, sí.
Sebastián apoyó las cosas sobre la
mesa de luz y regresó con un mantel que extendió sobre la cama.
—Sé que no te gusta comer sobre la cama,
pero… al no haber mesa…
—Está bien.
Puso la pizza en el centro, sirvió la
bebida y se acomodó en el extremo. Devoraron las primeras porciones sin hablar.
Podía sentir la mirada de él sobre ella y hasta presintió el momento justo en
el que él ya no pudo contener las dudas. La boca se le abrió levemente y soltó
un;
—¿Por qué lo hiciste sola?
—¿Qué cosa? —se limpió la boca con la
servilleta.
—A la mudanza. ¿Y tu novio? ¿Por qué
no vino a ayudarte?
—Está complicado con el trabajo.
—Pero…—se contuvo— nada, olvídate.
—¿Qué? Decime.
—Pienso que siendo un día tan…
movilizante para vos, debería haber estado acá. Y creo que debería ser él quien
esté comiendo esta pizza sobre tu cama esta noche.
—Sí… quizás debería ser él, pero… no
está. Y quizás no esté más. —le dio un bocado a la porción para no seguir
hablando, por lo menos no durante los siguientes segundos después de haber
lanzado esa bomba.
—¿Lo vas a dejar? —En sus ojos vio una
chispa intensa que conocía muy bien.
—No sé. Mañana vamos a hablar de lo
que está pasando.
—¿Y qué está pasando?
—No pienso discutirlo con vos. ¡Ja!
¡Justo con vos! —revoleó los ojos.
—¿Por?
—Después de lo que pasó entre
nosotros, creo que serías la última persona a quien le contaría sobre la
intimidad de Juan Manuel y la mía.
—Okey… Puede que tengas razón.
—No, no. Estoy segura de que tengo la
razón.
Un silencio diferente se extendió
entre los dos. Algo se había roto en la armonía que habían estado compartiendo
hasta ese momento. Juan Manuel y su relación se habían metido entre los dos e
iba a ser difícil recuperar la paz que habían conseguido.
—Creo que deberías irte, Seba. Tu
novia te debe estar esperando. —Si él mencionaba a Juan ella iba a pincharlo también.
Ninguno de los dos tenía la cola limpia.
—No quiero dejarte sola. —ignoró
completamente su comentario. Amaba eso de Sebastián; nunca quería pelear.
—Voy a estar bien.
—Sí, ya sé que vas a estar bien. Vas
a llorar y mañana te vas a volver a poner esa armadura para que nadie vea lo
triste que estás. Mañana vas a volver a ser la misma que me dejó aquella
madrugada en el hotel.
—¿Otra vez?
—Sí, otra vez. Porque siempre es lo
mismo. Hay algo que no te deja ser feliz. ¿Qué es, Sandra?
—No sé de qué hablás.
—Sí que sabés.
—No, no sé. —dejó el vaso sobre la
mesa de luz y se puso de pie—No como más.
—Hablame.
—No sé qué querés que te diga.
—¿Qué sentís? ¿Qué estás pensando?
¿Qué te está pasando?
—Estoy triste, Sebastián. Acabo de
irme de la casa donde me crie, donde pasé los mejores años de mi vida.
Donde…—se detuvo antes de vomitar lo que tenía dentro. No quería asustarlo, no
quería que sintiera lástima por ella. Sebastián también se paró y se le acercó,
aunque se detuvo antes de alcanzar su cuerpo.
—Decilo. Donde… ¿qué?
—No importa.
—¡No! ¡Sí que importa! ¡Importás! ¡Me
importás! —la tomó de los hombros obligándola a que lo mirase a los ojos.
—No quiero. —agachó la cabeza y él la
soltó. El corazón de Sebastián se quebró dentro de él. Estaba peor de lo que
creía. Cecilia tenía razón. Había algo muy adentro de ella que la ataba, que la
amarraba y le impedía ser quien quería ser.
—Compré helado. —dijo mientras
juntaba la caja y se llevaba todo a la cocina.
—Deberías irte. —le dijo ella
secándose las lágrimas con las palmas, de espalda, para que él no la viera.
—No me voy. Esta noche vos y yo,
dormimos juntos.
—Pero…
—¿Querés helado?
—Sí.
—Busca una peli, mientras lavo esto.
Cuando Sebastián regresó, la pantalla
de la notebook estaba abierta en Netflix, y los almohadones acomodados para que
los dos pudieran recostarse. Le entregó un vasito con una cuchara y se sentó a
su lado. Eligieron el primer capítulo de una serie entre los dos y no se
durmieron hasta no terminar el último. Sebastián había pasado el brazo por
sobre los hombros de Sandra y ella se había permitido disfrutar de ese momento
tan… especial. La primera noche en su nueva casa estaba resultando ser una
experiencia sorprendente. Extraña, sí, pero… muy estimulante.
—Seba… —murmuró entredormida mientras
lo sentía apagar la computadora y apartarla de la cama.
—¿Sí?
—Gracias.
—Descansa.
Él se acostó con ella e hicieron el
amor. Sin embargo, no hubo penetración, ni besos, ni caricias. Solo hubo un
abrazo cómodo y un mimo al alma. Lo hicieron de una manera que jamás pensaron.
Se amaron en silencio, dormidos, enredados, uno con el otro. Y cuando
despertaron y se miraron a la siguiente mañana, se dieron cuenta de que sería
muy difícil volver a una vida donde no estuvieran uno junto al otro. Sandra lo
había descubierto el día anterior cuando lo vio rasqueteando su pared. Él,
cuando la abrazó y recibió su dolor, como un regalo que estaba vedado para casi
todo el mundo.
—¿Dormiste bien? —le preguntó
acariciando su brazo lentamente.
—Sí.
—Yo también. Tu cama es más cómoda
que la mía.
—Seba… —lo detuvo antes de que la
abandonara.
—¿Mmm?
—¿Por qué ahora? ¿Por qué no fue así
antes?
—Antes ni vos ni yo estábamos
preparados. —Sandra hizo un gesto raro y él agregó—; No me mires así. Yo era
algo inmaduro, lo reconozco, pero vos tampoco estuviste dispuesta a acompañarme
en el proceso. Una simple encrucijada y me dejaste ahí.
—Seba… yo… vos… —no le salían las
palabras. Ahora… ¿Quién era la inmadura?
—No es un reclamo. Yo lo entendí
tiempo después. Necesitábamos tiempo. Yo más que vos, tal vez. Y cuando estuve
listo, el destino te volvió a poner en mi camino, ese domingo en el colectivo.
—¿Y si no nos veíamos?
—Supongo que se iba a dar. Vos y yo
sabemos que esto no lo vamos a encontrar en otro lado por más que lo busquemos.
—Me hubiera gustado que esto pasara
antes. Antes de…
—¿De Juan Manuel?
—Antes de Juan Manuel, antes de
Tatiana… antes de todo. Antes. —repitió.
—A mí también. Verte con él en Brasil
fue una experiencia que sacó lo peor de mí. Estaba enloquecido.
—Verte con ella a mí tampoco me
pareció muy divertido.
—Ella ya no es parte de mi vida. Y
creo que después de esta noche…
—No nos confundamos. Esta noche fue…
—él se acercó juntando su cuerpo con el de ella.
—Esta noche, ¿qué?
—Yo estaba con las defensas bajas.
—sonrió con picardía ante el inminente beso que se acercaba.
La boca de Sebastián rozó la suya con
sutileza. Su lengua empujó y Sandra le permitió entrar para absorber su sabor.
Dos minutos después, ella estaba sobre él, recibiéndolo con el cuerpo y el
alma. No hubo tiempo de quitarse la parte de arriba de la ropa, solo lo
necesario como para estar uno dentro del otro. Hacer el amor con Sebastián
siempre había sido una experiencia inolvidable. Sin dudas amarlo era clave en
el intercambio porque nunca se había sentido así con otro hombre. Él, con solo
tocarla, alborotaba cada parte de su cuerpo.
Acabaron mirándose a los ojos.
Ninguno dijo nada porque no hubo necesidad.
—¿Qué vas a hacer hoy? —le preguntó
mientras se vestía.
—Entregar el auto, hablar con el
herrero para cerrar la parte de atrás y juntarme con Juan Manuel.
—Esta noche vuelvo. Me gustaría saber
cómo te fue con todos tus mandados.
—Tiempo, Seba. —se acercó, le
acarició la mejilla y lo besó con dulzura.
—¿El fin de semana pintamos?
—Bueno…
Sebastián se despidió de ella con un
beso largo, de esos que se dan cuando no hay ganas de irse. Sandra se duchó y habló
con Romina para saber dónde andaba y qué iban a hacer ese día. Quedaron en que
el negocio no abriría. Después, llamó al hombre a quien le entregaría el auto y
acordaron encontrarse a la tardecita. Sandra le agradeció porque quería ir a
Capital a ver a Juan y así podría regresar antes de tiempo. Pensó que lo mejor
sería acercarse al mediodía y resolver el asunto lo más rápido posible. Estaba
segura que él se desocuparía durante la hora del almuerzo así que hizo tiempo,
pasando por la verdulería de Leo y dejándole indicaciones para el herrero.
Cerca de las 11:30 partió hacia el centro.
En el camino, como nunca, puso
música. Claramente el humor de Sandra aquel día era otro. Estaba triste, sí, y
sabía que la mudanza le costaría bastante, pero haber despertado con Sebastián
a su lado, definitivamente había cambiado la melancolía por una sensación de
alegría que la invadía y no podía evitar. En Aspen sonaba Forneigner con su
canción “I want to know what love is” y no pudo evitar cantarla con todo
su corazón. La voz le salía como un río caudaloso y la gente que la escuchaba
al detenerse en un semáforo se quedaba embobada con su voz.
—¡Bravo! —le dijo una señora antes de
arrancar.
—Gracias. —Sandra sonrió avergonzada
y dejó de cantar.
Llegó a la oficina de Juan Manuel un
poco después de las doce del mediodía. Era la segunda vez que iba. Sabía que la
secretaria se llamaba Nancy porque él la nombraba todo el tiempo. No estaba
segura de que ella la reconociera, pero, aun así, se acercó a la recepción y se
anunció. La cara de la mujer la desconcertó.
—¿Está Juan?
—Eh… mmm, sí.
—¿Almuerza acá o se va? ¿Sabe?
—No… no… no sé. —tomó el teléfono y
Sandra la detuvo.
—Espere. Lo voy a sorprender. —le
sonrió y avanzó hasta la puerta de la oficina de Juan.
Golpeó levemente y entró pidiendo
permiso. Su cabeza apareció primero y al ver lo que pasaba dentro se detuvo en
seco. Sobre el escritorio una mujer con las piernas abiertas, Juan Manuel
encima de ella, besando uno de sus pechos con exasperación. No la oyeron porque
el teléfono sonaba sin parar; seguramente era Nancy que le advertía de su presencia.
Cerró con cuidado la puerta y ahí se quedó con la mano en el picaporte y la
madera lustrada delante de sus ojos. No había ira, ni bronca, ni tristeza. Nada.
—Señorita… —la voz de la secretaria
la despabiló. —¿Quiere dejarle un mensaje?
—Sí. —retrocedió y tomó el pedacito
de papel que la mujer le extendió. En él escribió;
No hacen falta más
palabras.
Que seas muy
feliz.
Te quiero, Sandra.
—Hasta luego. —se despidió y volvió
al auto con una sensación extraña.
La situación jugaba a su favor porque
ahora era libre de estar con Sebastián, pero… ¡La engañaba! Él, que decía
amarla, la estaba engañando con otra mujer. ¿Desde cuándo? Cuando el calor se
le amontonó en las mejillas se instó a pensar en el estacionamiento de Brasil y
en la noche anterior. ¿Quién era ella para reclamar? ¿Para sentirse
traicionada? Nadie. No tenía ni la moral ni la ética para siquiera pedirle
explicaciones. Su orgullo herido regresó a la oscuridad de la que había querido
salir y calladito, no se volvió a manifestar.

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ResponderEliminarSandra ya esta aclarando sus sentimientos y deja de sentir culpa!!!
ResponderEliminarAhhhh, se me cayó un ídolo!!jajajajja me gusta como lo saca de su vida.....fuira!!!!
ResponderEliminarQué capítulo!!! Dioossss
ResponderEliminarMe la veía venir y aunque no la hubiera engañado ya me caia mal que no la acompañe en un momento difícil. Aguante Sebaa!!!
ResponderEliminaramaba a Juan y no terminaba de cerrarme Sebas...(igual todavia no lo quiero) pero Juan me defraudo....
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