“La soledad se descubre a menudo, en la necesidad de
un abrazo.”
Dulce Chacón. La voz dormida.
La notificación había llegado la
semana anterior; debía desalojar. Ya había puesto en venta el Fiat, había
dejado de asistir al Joaquín y había vendido algunos muebles. No le dejaría
nada a ese hombre, absolutamente nada. Si quería la casa, la tendría, pero los
recuerdos y las cosas se irían con ella. Juan Manuel estaba atestado de trabajo
y apenas había venido a verla algunas tardes. Sandra no le reclamó, no insistió.
Estaba tan triste que, estando sola, era de la única manera que podía ser ella
y dejar afuera el dolor de tener que abandonar su hogar. Cecilia estaba
presente constantemente a través de mensajitos y audios. Después de las
confesiones de aquella noche, no se habían vuelto a ver, aunque se sentían más
unidas que nunca.
Tal y como había sugerido Sebastián,
Sandra había conseguido seguir con el negocio, pagando un mínimo alquiler. Comunicándose
directamente entre abogados, el día anterior habían hecho los trámites
necesarios. Lo había hecho por Romina más que nada y aunque se arrepentía de su
decisión cada cinco minutos, sabía que debía quedarse con la única fuente de
empleo que, por el momento la mantendría a flote. Buscó una casita económica para
alquilar como quien busca una aguja en un pajar. Todo estaba muy caro y con lo
poco que sacaba apenas alcanzaría para sostenerse. No se desanimó y, así y
todo, hizo el depósito para un departamento de un ambiente en una planta baja
que estaba medio decaído pero muy barato. Cecilia y Pablo le aseguraron que la
ayudarían a ponerlo lindo. Juan Manuel apenas supo de las condiciones del lugar
puso el grito en el cielo.
—¿Por qué no me esperaste? Podríamos
haber visto otra cosa.
—¿Para qué?
—Para que decidiéramos. Te hubiese
ayudado con la plata, si era necesario, para que buscaras algo mejor que eso.
—Voy a vivir yo, Juan.
—Estuve pensando… podrías venirte
conmigo a Villa Luro. Por lo menos un tiempo hasta que…
—¡No! Ya no voy a tener el auto,
necesito estar cerca del local. No me puedo ir a Capital.
—Vende el fondo de comercio y venite
conmigo. Buscamos algo por acá y hasta podrías seguir con la carrera.
—¡No, Juan! Gracias, igual. —suavizó
la frase porque sabía que si continuaba con ese tono ardería Troya.
Y así habían discutido porque él no
quería que ella se mudara a ese lugar y ella se había encaprichado con irse.
Desde aquella vez, Juan Manuel se abstenía de dar opiniones y apenas si le
respondía los mensajes. Sandra sabía que, en cualquier momento, un ultimátum
tocaría a su puerta y no le iba a quedar otra que dar la cara. Sebastián
también había estado mudo; ni un solo mensaje desde la vez que la ayudó el día
de lluvia y le pidió que le diera una nueva oportunidad. Ella tampoco tuvo
tiempo de pensar en él con todo el vaivén de la casa. Y hoy, mientras envolvía
las últimas cosas y caía en cuenta de que ya no dormiría allí, pensó en escribirle,
pero… aun así, no lo hizo.
El papel de diario que Leo le había
conseguido se acababa y debía aún, envolver la poca vajilla que había quedado a
lo largo de los años. Mientras sacaba los platos y los colocaba en el piso,
pensaba en las cenas, en los almuerzos compartidos. Pensaba en el guiso de
lenteja que tanto disfrutaba, en los estofados, en los fideos. Había intentado
a aprender a cocinar como su abuela, pero no lo había logrado y había desistido
en copiar sus recetas mágicas. Sonrió para no llorar.
—San… —Romina la encontró sentada en
el suelo, envuelta en polvo y rodeada de cosas.
—Hola. —su voz, al igual que su alma
estaba completamente apagada.
—¿Mañana vamos juntas a comprar? —se
acomodó a su lado.
—No, Ro. Mañana entrego el auto. Vas
a tener que ir solita.
—No te preocupes. —apoyó la mano
sobre su hombro y ese “no te preocupes” poco tenía que ver con la compra en el
mayorista. Iba más allá y Sandra lo entendió.
—Vamos a estar bien. —dijo para darse
ánimo.
—Claro que sí.
—Gracias por tu gran ayuda, Ro. —la
miró y no pudo evitar emocionarse. La seguiría viendo, sí, las cosas en el
negocio no cambiarían por el momento, pero sería muy diferente. Todo aquello,
indudablemente, sonaba a despedida. Y Sandra se había despedido tantas veces en
su vida que no soportaría una más.
Se abrazaron y ahí permanecieron por
unos largos minutos. Romina le habló de su ex novio, de los nuevos robos en el
barrio y la mañana pasó sin muchos sobresaltos. Para el mediodía habían
embalado lo último que quedaba y con ayuda de Leo, lo subieron todo al auto.
Sandra dejaría las cajas en su nuevo departamento y regresaría para terminar de
cerrar la casa.
—Mañana viene Guille a ver lo de la
reja que me pediste, San. —le dijo su vecino.
—Perfecto. Quiero que esta parte
quede cerrada. Voy a tener que mandar a hacer una distinta para la parte de
adelante también porque ahora tendremos que abrir por acá. —dijo señalando la
vidriera. —La persiana ya no nos va a funcionar.
—Pero podés seguir entrando por el
costado y…
—No. No quiero pisar más el fondo.
Voy a ver como hago con los cajones de cerveza, de gaseosa... Por lo pronto los
metí adentro, veré más adelante.
—Bueno… mañana, Romi, si Sandra no
está, vengo yo y le explico al herrero, ¿les parece?
—Sería genial, Leo. Gracias.
Se subió al auto y arrancó. Iba bien
bajito por el peso que llevaba así que tardó más de lo que pensaba en llegar.
Puso balizas y estacionó justo en la puerta de la que sería su nueva casa.
Pablo y Ceci la habían ayudado a pintar y el color blanco había resaltado los bordes
de ladrillo a la vista de la puerta y de las ventanas. Habían tenido que hacer
un gran esfuerzo en quitar los grafitis que habían permanecido ahí por años. Se
bajó y se acercó a la puerta. Abrió sin prestarle atención al lío que había en
el comedor y apoyó las llaves para volver al auto y empezar a descargar las
cajas. El sol de la tarde iluminaba todo excepto su corazón. Estaba agarrando
la primera cuando notó la presencia de alguien junto al vehículo. Levantó la
vista y ahí estaba. Traía puesto un jogging y un buzo viejo. La barba igual, el
pelo algo más largo y la media sonrisa dibujada en la cara.
—Vine a ayudarte. —le dijo Sebastián
y dio un paso para meter la cabeza dentro del baúl y sacar otra de las cajas.
—¿Y el trabajo?
—Me pedí el día.
No dijo nada más y ella tampoco
preguntó. Siguió yendo y viniendo, bajando las cosas que, como un rompecabezas
había acomodado en los asientos del auto para no tener que hacer tantos viajes.
Una vez que el Fiat recuperó su altura, lo cerró y entraron los dos.
—Es chico, pero para vos… —comentó
observando las dimensiones del departamento. —va a estar bien.
—Eso mismo pensé yo. —Sandra rió por
lo bajo porque aquella apreciación distaba enormemente de lo que había dicho
Juan Manuel cuando entró por primera vez. —¿Cómo sabías que…?
—Cecilia.
—Claro… ¡Qué tonta!
—No quería que lo hicieras sola.
—¿Te pidió que vengas?
—No. Me comentó que hoy te mudabas
definitivamente y le pedí la dirección.
—Gracias por venir. —se detuvo en el
umbral de la puerta que separaba la cocina de la habitación y lo miró. Los
hombros anchos, la postura firme. Las manos en la cintura y los ojos observando
las molduras de la pared.
—No me voy a ir. —dijo, leyéndole la
mente—Decime qué más hago. Veo que acá todavía falta pintar…
—Sí. Solo pude con la pieza, el baño
y esta parte de la cocina. Me quedaron esas paredes. Hay que rasquetear primero
y después darle una mano de blanco. Ese color es horrendo. —dijo refiriéndose
al azul marino de la pared junto a la ventana. —Quiero aclararlo porque al ser
chico necesito que sea más luminoso. Ahora vengo.
Sebastián se quedó en el comedor
dando vueltas alrededor de las cajas mientras Sandra se encerró en el baño a
intentar tranquilizarse. Era un día de muchas emociones y necesitaba respirar
para poder llegar al final, ilesa. La presencia de Sebastián poco hacía por su
salud mental. Tomó aire, se armó una cola en el pelo y salió a enfrentar la
situación. Cuando atravesó la puerta, él ya estaba subido a un banco que había
encontrado, y con la lija en la mano, estaba dedicándose a la pared. Sin
mirarla le dijo;
—Vas a estar bien, San. Vas a ver.
—Ojalá. —tragó con fuerza y se
acercó—¿Qué hago?
—Hoy no vamos a poder pintar.
Deberíamos pasar el enduido y mañana recién, si es que está seco… darle la
primera mano de blanco.
—Ajá… Bueno, me pongo a acomodar las
cosas si vos estás con esto.
—Dale. Traje unas facturas, están el
auto. Más tarde merendamos, si querés.
—Genial.
Sandra se perdió entre las cajas y
los rótulos que había hecho. Sebastián fue bastante rápido con la lija y para
las seis de la tarde, tenían la pared lista para el comenzar a pintar al día
siguiente. Los platos y la mayoría de los utensilios ya estaban dentro de los
muebles para cuando terminaron las tareas. Él salió a buscar el paquete de
facturas y ella puso la pava para los mates. Al regresar, lo vio entrar con dos
bolsas. Se acomodaron en las sillas y usaron el banco como mesa para apoyar el
termo y la comida.
—Esto es para vos. —le dijo él y
extendió una de las bolsas.
—¿Qué es?
—Un regalo.
—A ver…
Envuelto en un papel, un rollito se
abrió delante de sus ojos. Lo extendió lentamente y mientras se hacía más
grande la sorpresa en sus ojos se hizo visible. ¿Cómo podía recordarlo si
apenas lo había mencionado una vez? Era un cuadro pintado sobre un papel
flexible donde un velero navegaba sobre un mar calmo. Las estrellas y la luna a
lo alto parecían guiar el camino del navegante. Sandra recordó el momento
exacto en que lo habló con él.
Caminando hacia la parada después de
una de sus tantas noches juntos, Sebastián le preguntó cuál era su sueño.
—Si pudieras hacer cualquier cosa,
¿qué harías?
—Recorrería el mundo en un velero.
—le respondió sin pensarlo demasiado.
—¿En un velero?
—Sí, en un velero. Me imagino el mar
iluminado por la luna y el vaivén de las olas debajo de mis pies. La inmensidad
y yo.
“La inmensidad y yo” leyó en un
extremo del cuadro y sonrió. Levantó la mirada y se detuvo en la de él. ¡Cómo
podía ser tan especial! ¡Como algo tan insignificante como un cuadro podría
valer tanto para ella!
—Te acordaste.
—Claro. Lo encontré hace unas semanas
en una tienda y apenas lo vi, supe que era tuyo. Le pedí al artista que le
escribiera la frase.
—Gra…cias… —se puso de pie, dispuesta
a abrazarlo. Él hizo lo mismo, leyendo sus movimientos. Pero se volvió a sentar
y sirvió el primer mate.
—Va a quedar muy lindo. —comentó él
como para hacer conversación.
—Sí. Es chico, como te decía, y
además barato. Conseguí tratar directamente con el dueño, dejando la
inmobiliaria de lado.
Se embarcaron en una charla sobre
precios y alquileres. Él le habló del suyo, de la renovación de contrato. Un
tema derivó a otro, el termo se llenó dos veces más y recién cuando fueron las
20:15 se dieron cuenta de que había anochecido y ellos no se habían movido de
ahí.
—Tengo que volver a cerrar las
ventanas…—comentó Sandra, mientras apartaba las cosas.
—Voy con vos. —dijo él.
—No. No hace falta. Ya hiciste mucho.
—Voy.
—Está bien.
Entrar y encontrar las habitaciones
vacías, los rincones libres, las paredes sin un solo cuadro, fue mucho más
triste de lo que ella creía. Por la tarde se había salido apresurada, envuelta
en la vorágine de cosas por hacer y no se había percatado de lo que dejaba
atrás. Dio un paso y se detuvo. El silencio era aplastante. Sebastián la tomó
de la mano y entrelazó los dedos con los suyos. Ese gesto valía más que mil
palabras. Ella no quería dejarse doblegar por los recuerdos, pero… le era
imposible. El calor de la mano de él, le dio la fuerza necesaria para avanzar.
—Es solo una casa. Los recuerdos te
los llevas con vos. —le dijo cuando la vio detenerse y acariciar la mesada de
la cocina.
—Lo sé.
En silencio terminó de trabar los
postigos y revisar que no se hubiera olvidado de nada. Sebastián la seguía como
una sombra y su presencia le daba ánimo para cumplir con la tarea. Al entrar a
una de las habitaciones, la vio caminar hacia un extremo y agacharse. Enseguida
se acercó a ver qué había encontrado.
—¿Qué es?
—Porcelana.
—¿De dónde? —giró sobre sus pies. La
habitación estaba completamente vacía. El placar con las puertas abiertas de
par en par, también vacío.
—Es de uno de los platos de mi
abuela. —se sentó en el suelo, aplastada por el dolor que cargaba sobre sus
hombros.
¿Cómo había llegado eso ahí? Lo tomó
como una señal. Era ella, era ella que le hacía llegar el mensaje. En su palma,
un recorte de porcelana, de un plato que no había visto ese día, tenía dibujada
una pequeña rosa roja; la favorita de la mujer que la crió, que le regaló sus
días. Para otra persona podría haber sido una mera casualidad, pero para Sandra
que estaba acostumbrada a mantener ese tipo de comunicación con su abuela, no
lo era. Cerró el puño y se puso de pie. Sebastián no le permitió avanzar. La
envolvió en sus brazos y ella se dejó cuidar porque hoy, más que nunca,
necesitaba no sentirse tan sola.

Estoy enamorándome de Sebastian
ResponderEliminarQué hermoso!!!!❤️❤️❤️
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