viernes, 22 de mayo de 2020

La última canción: Capítulo 23: ¿Perdonar? Jamás.


“Perdónaselo todo a quien nada se perdona a sí mismo.”
Confucio.

Le dolía todo, pero, aun así, su alma irradiaba felicidad. Se subió al colectivo y se sentó en un asiento en el fondo. Le escribió a Romina dejándole saber que llegaría más temprano al negocio y que ella se quedaría tiempo completo. Después, a Cecilia que la volvió loca con mensajes durante todo el fin de semana. La había estado esquivando hasta que ya no pudo y le escribió para que se quedara tranquila;
Buen día. Estoy bien.
Yendo al negocio, volviendo a la rutina.  
Las dos tildes se volvieron azules en cuestión de segundos y un…
            ¿Te puedo llamar?
Le preguntó Cecilia y ella le respondió;
            Sí. Dale.
Enseguida, la cara de su amiga aparecía en la pantalla.
—¿Cómo es eso que ya estás yendo a trabajar? —le preguntó. Del otro lado, se la podía escuchar ir y venir.
—Tengo que cubrir a Romi. Estuvo sola todo el fin de semana. Tengo que ir, Ceci.
—¿Y cómo te sentís? Creo que deberías haber esperado…
—Mejor. —No le diría que había casi corrido a la parada pensando que alguien la estaba siguiendo. Supuso que la sensación se iría con el tiempo y eligió no pensar demasiado en eso. De lo contrario, no volvería a salir de su casa nunca más.
—¿Cuándo vas al médico?
—El viernes.
—Bien.
—Cecilia… ¿Para qué llamaste?
—Emmm… Recién corté con mi primo. —un silencio raro se extendió en la línea y después un grito que la dejó prácticamente sorda— ¡Amiga! ¡Estoy tan feliz! —Sandra sonrió. Le llevó menos tiempo en confesar el verdadero motivo de la llamada que lo que ella había creído —¡Quiero todos los detalles! ¡Quiero saber todo!
—Ceci…
—¡Ay, Sandra! ¡Qué felicidad! ¡Por fin! ¡Por fin los dos dejaron de ser tan idiotas! Te juro que…
—¡Cecilia! —dijo ofendida por el comentario.
—¿Qué? ¡Bueno! ¡Es la verdad! Quiero que me cuentes todo. ¿Qué pasó? ¿Cómo fue esa reconciliación?
—Ceci…
—¿Sí? Perdón, perdón… te escucho. Estoy tan emocionada que no te dejo hablar.
—Me tengo que bajar. Voy a guardar el teléfono. Más tarde hablamos.
—¡¿Qué?! ¡Maldita!
—Te quiero.
—Yo no.
Sandra caminó hasta el negocio con una sonrisa que le hacía doler el rostro herido. Así pasó por la verdulería y saludó a Leo, que enseguida se abalanzó sobre ella. La abrazó tan fuerte que el contacto le hizo acordar a su abuelo quien solía estrujarla contra su pecho como queriendo metérsela dentro. Pensó que quizás el accidente la había puesto demasiado sensible porque la preocupación de su vecino, le hizo escapar alguna que otra lágrima que supo esconder.
—Dios mío… Cuando Romina nos contó no lo podíamos creer.
—Fue un gran susto, pero ya estoy mejor. —dijo sonriendo e intentando dejarlo más tranquilo.
—¿Mejor? ¡Tenés la cara como un globo!
—¡Leo! —lo amonestó su mujer que acababa de bajar. —¿Cómo estas, San?
—Dolorida, pero bien. Viva.
—A eso hemos llegado. A agradecer que no nos maten. ¡Por el amor de Dios!
—Es cierto… ¿Ustedes? ¿Los mellis?
—Arriba con mi mamá. —la cara de Leonardo hizo reír a Sandra y distendió el ambiente. —No seas malo que bien que te gusta que te cocine. —lo reprendió.  
—Me voy a abrir. ¿Vino el herrero, Leo?
—Sí. —metió la mano en el bolsillo del pantalón y se lo extendió—Ahí está el presupuesto y su número.
—Gracias. Por todo. —caminó hasta la vereda y se detuvo cuando lo vio salir del pasillo de la que había sido su casa hasta hace unos pocos días.
—Buen día. —le dijo, pero ella no le contestó. Se quedó parada esperando a que él saliera y la dejara pasar para abrir el negocio. Sin embargo, él se detuvo y la miró con atención. —¿Qué te pasó?
—Me robaron. —respondió con sequedad.
—¿¡Qué?! ¿Cuándo?
—No importa. —dio un paso para entrar, pero Aníbal se interpuso.
—Quiero ser parte de tu vida, Sandra. Sé que no tuvimos un buen comienzo, pero estoy dispuesto a…
—Yo no quiero que lo seas. No gastes tu energía.
—Dame una oportunidad. Como un acto de buena fe, te permití quedarte con el local…
—¿Un acto de buena fe? —la bronca hacía que la sangre bombeara con fuerza en su cabeza. Debía calmarse. La herida de la frente le tiraba, las manos le transpiraban.
—Sí. Me parece que el precio del alquiler es tan bajo que…
—¡Hijo de puta! —murmuró y le dio un empujón. Caminó con rapidez hacía el fondo. Aníbal llegó unos minutos después que ella.
—Deberías agradecerme. —Haberlo dejado hablando solo había empeorado las cosas— Podría haberme quedado con todo. —le espetó con el ceño fruncido igual que lo hacía su abuelo cuando se enojaba. El parecido físico era extraordinario. La personalidad… la personalidad era otra cosa.  
—No quiero hablar más con vos. Tengo que trabajar. —Sandra abrió la reja y luego la puerta. Cuando estaba por atravesarla lo oyó decir;
—Pienso mudarme esta semana. Espero que tu actitud sea otra porque, de lo contrario, voy a tener que meditar muy bien si renovarte el contrato. —dijo aquello y se fue dejando tras de sí una estela amarga que a Sandra le hizo revolver el estómago. Lo odió más que nunca.
—¡Hijo de mil putas!
Intentó concentrarse en el trabajo; hizo una lista de las cosas que faltaban, abrió la caja, controló las cuentas y separó la plata para pagarle a los proveedores. Luego, se internó en las heladeras y separó la mercadería que había que devolverle al lechero. En eso estaba cuando el teléfono sonó;
—¿Cómo te sentís? —escucharlo la relajó un poco. Había llegado tan contenta…
—Bien. ¿Vos?
—Con mucho trabajo. ¿Esta noche nos vemos?
—Emm… no sé.
—¿No tenés ganas?
—¡Por supuesto que sí!
—¿Entonces?
—Está bien. Cierro y voy para tu casa.
—Te paso a buscar.
—No hace falta.
—Vas a llegar más rápido. Me muero de ganas de verte.
—Yo también.
—Nos vemos más tarde.
Sandra cortó y dejó el teléfono cuando escuchó que alguien entraba. Romina se tapó la boca con las dos manos cuando la vio levantarse del banquito donde se encontraba revisando la heladera.
—¡Por Dios!
—¿Tan mal se ve?
—Horrible.
—¡Gracias!
—Perdón… —se acercó y la abrazó. —¿Cómo estás?
—Acá… dándome cuenta que debí quedarme en casa.
—¡Sí! ¡Debiste! Yo no tenía problema de venir hoy. Lo sabés.
—No, Ro. Ya estuviste todo el fin de semana. No… es un abuso.
—Traje el termo porque… claramente ya no podremos calentar agua. Deberíamos comprar una pava eléctrica.
—Sí, tenés razón. Abro unas galles…
Hablaron sobre las ventas, sobre la reja nueva, sobre los nuevos chismes del barrio y sobre la presencia de Aníbal en la casa que les trastocaría toda la rutina. Aún más de lo que lo había hecho.
—Es un sorete, hijo de puta. Yo no puedo entender cómo alguien así salió de la panza de la santa de mi abuela. —murmuró por lo bajo para que el muchacho que acababa de entrar no la oyera.
—¿Entonces va a vivir acá?
—¡Sí! —le devolvió el mate a su amiga mientras le cobraba a un cliente— Veinticinco. Gracias—le dijo al adolescente y retomó la charla con Romina— Y el muy cínico me dijo que debería agradecerle por dejarme quedar con el negocio. ¿Podés creer?
—Terrible.
—Sí… ¡Lo odio! ¡Lo odio, Romina!
—Bueno… ¿Y cómo pasaste tu fin de semana? ¿Fue Ceci a verte?
—No.
—¿Estuviste sola?
—No.
—¿Juan Manuel?
—Nop.
—Sandra…
—Estuve con Sebastián.
—¿Sebastián? ¿Sebastián primo de Cecilia?
—Ajam.
—¡Apa! ¡Apa! Sentate ahí y me contás todos los detalles.
—Jamás, Romina. No hay detalles.
—¿Están saliendo? ¿Y Juan Manuel? ¿Qué onda? Yo pensé que lo suyo iba bien serio…
Llegaron unos cuántos clientes que le impidieron seguir charlando. El mediodía y la salida del colegio hicieron que Romina también se pusiera a ayudar a pesar de no haber venido a trabajar. Bajaron la persiana a las 13:30.
—¿Qué vas a hacer? —quiso saber Romina.
—Me voy a quedar acá, acomodando algunas cosas…
—¿Querés venirte a casa?
—No, no…
—¡Dale! Picamos algo y después te acompaño de vuelta. Te va a hacer bien salir un poco. —Sandra le agradeció y accedió. En el camino, mientras Romina hablaba de su papá y de sus hermanos, ella se preguntaba por qué nunca le había prestado atención a la historia que le estaba contando. Tampoco la había tenido nada fácil y con cada paso, Sandra la admiraba un poco más. Llegaron a una especie de casilla que parecía caerse a pedazos. Romina abrió la puerta y la invitó a seguir. Cruzaron el patio y pasaron el costado de la casita de madera. En el fondo, había otra de material y de dos pisos. Hacía allí se dirigieron. El corazón de Sandra se aflojó un poco al atravesar la puerta y encontrar las comodidades básicas dentro.
—La casilla era de mi tío, el hermano de mi papá. —explicó Romina como si estuviera leyendo los pensamientos de su amiga.
—Ah… Pensé que vos y tus hermanos …
—No. Ya no. Antes sí. Cuando éramos tres. —se dirigió a la cocina y abrió la heladera—¿Sanguchito de milanesa?
—Perfecto. Y… ¿no hay nadie? —preguntó mirando alrededor.
—Mi papá está trabajando. Es albañil. Te dije, ¿no? Mis dos hermanos más grandes…Mmm… uno está con él en una obra y el otro es plomero gasista. Si no anda por acá, debe estar en alguna casa. Mi hermana, la que me sigue a mí, últimamente se la pasa más en lo del novio que acá y la más chica está en la escuela.
—Tu mamá falleció cuando nació… Natalia.
—Natalie. Sí.
Romina iba y venía trayendo el tomate, la lechuga, la mayonesa. Sandra la observaba con atención y de pronto se odió. Había estado siempre tan abocada a sus dramas que jamás se percató de que alguien tan cercano y a quien podía denominar como una amiga, tuviera una vida tan sufrida. Siempre habló más de ella que lo preguntó por sus asuntos. Y de pronto, se dio cuenta que así había hecho con todo el mundo. Se había metido en su caparazón y había sido ella, su dolor y nada más. Y nadie más.
—Gracias por recibirme en tu casa, Ro.
—Gracias por venir. Ahora sí… Quiero saber qué pasó con Juan. —Sandra sonrió y comenzó con su relato. Aunque esta vez, se aseguró de dejarla hablar también a ella, para que juntas compartieran sus sentimientos.
El negocio se movió bastante durante la tardecita. Tuvo que reponer la heladera de las bebidas en dos oportunidades. Sebastián entró cuando un cliente salía. La observó guardar la plata en la caja, acomodarse el mechón de pelo que le caía sobre el rostro y…
—¡Estás hermosa! —le dijo y ella se sobresaltó. Estaba tan concentrada en el cálculo que no lo oyó entrar.
—Ey… —sonrió complacida de verlo.
Sebastián se acercó, dio una vuelta detrás del mostrador y la abrazó. Olió su perfume, ese que permanece en el hueco del cuello y aguarda a que alguien especial lo note. Tomó su rostro con cariño y antes de besarla, controló los golpes de su rostro.
—Sigue inflamado.
—Ya sé. Todos me miran como si fuera un monstruo.
—Mi monstruo… —acercó la boca y la besó lentamente.
—Malo… —se apartó con delicadeza. —Cierro la caja y vamos.
—Genial.
Conversaron sobre su día; él le habló de la campaña que estaban diseñando con su equipo y que debían entregar a fin de mes. Y ella de la vida de Romina, de la que poco sabía. Se subieron al coche y en el camino pidieron empanadas.
—Perdón por no cocinar, pero no tengo absolutamente nada en la heladera. Estuve muy ocupado durante todo el fin de semana…
—Ah, ¿sí?
Unos arrumacos, una cena tranquila. Sandra sentía que de a poco recuperaba la paz que alguna vez había sentido. Acostada en el sillón de Sebastián con sus dedos acariciando su cabello, nada podría ser mejor.
—¿Viste a tu papá, hoy? —Y así se iba la sensación de paz. ¡Adiós! ¡Chau! ¡Arrivederci!
—Sí. —se sentó de golpe. —¿Tenés gasas?
—En el baño. ¿Te ayudo?
—No. Yo puedo.
Se encerró en el baño y se miró al espejo. ¿Dejaría que la presencia de Aníbal estropeara el momento con Sebastián? No, por supuesto que no, pero… 
—¿Estás bien? —le preguntó del otro lado de la puerta.
—Estoy enojada. —le confesó mientras se quitaba la venda. Debía serle sincera no sólo porque quería que él supiera que el problema no era suyo, o de ellos, sino que quería ser honesta sobre sus sentimientos y ser capaz de una vez por todas, hablar con el corazón. —Con él. —aclaró.
—¿Te hizo algo?
—No. Solo con su presencia logra enloquecerme. ¡Auch! No quiero verlo nunca más. Me gustaría que… que se muera. Eso. Que se muera.
—Abrime…
—Voy. —la puerta se abrió y Sandra siguió con la limpieza. Sebastián la observaba con brazos cruzados, apoyado en el marco de la puerta.
—¿Por qué tanto odio?
—¿Por qué? Porque me abandonó. Porque abandonó a sus papás. Porque jamás volvió. Porque cuando lo hizo fue porque se enteró que podía sacarme la casa. Por todo eso. Ah, y porque es un criminal que estuvo preso…
—Te importa más de lo que querés admitir. Cuando se odia es porque hay un sentimiento… si no, simplemente ignorás.
—Nunca le voy a perdonar lo que hizo… Nunca. Mi abuela esperó por muchos años… se murió sin volver a ver a su único hijo. ¿Qué clase de persona hace eso?
—No te digo que lo perdones…
—Estoy cansada. ¿Vamos a dormir?
Hasta ahí llegaba su sinceridad.



3 comentarios:

  1. Ojalá Sandra pueda curar su herida que aún duele y mucho!
    Si bien Sandra cuenta con su amiga incondicional Cecilia,en Romina también encontró alguien en quién confiar,lo bueno de la amistad que se está forjando es eschuchar y ser escuchado es algo mutuo,y hoy se vio reflejado en este capítulo.
    Gracias Eri por hacernos suspirar con estos personajes tan reales!!

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  2. odio al padre de Sandra, o sea flaco quien sos? a mi me habla asi y la trompada que le doy queda tirado en la calle. Vera no hay nada que puedas hacer para que cambie mi opinion de el

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