domingo, 23 de junio de 2024

ATDLG: Capítulo 12

 DENTRO DEL POZO



ALEJANDRO

–Hola… hola… –la voz de Hugo se hizo eco en el pequeño apartamento. Un bulto cubierto de mantas se podía adivinar a través de la penumbra–. Ale… ¿estás bien? –nada–. Ale–se fue acercando al sofá y estiró la mano para acariciar su espalda.

Alejandro se giró asustado ante el contacto y la mirada que recibió de su mejor amigo, le dolió más que la situación en la que estaba. Se había encerrado allí para regodearse de su dolor, para sufrir lo que tuviese que sufrir y luego, cuando ya no hubiera nada, quizá pudiera salir a ver la luz del sol. Por el momento, sentía que no podía hacer otra cosa que permanecer así; solo y destruido.

–Déjame en paz, Hugo. Vete de aquí.

–¿Has comido? Betty me dijo que llevas días sin salir.

–Necesito dormir. Nada más.

–Hoy te toca ir al hospital. Vamos. Yo te llevo. Quique se quedará en el bar.

–No iré. No planeo volver allí.

–Ale, no puedes quedarte aquí. Vamos, anímate.

–Sí, claro que sí. Claro que puedo.

–Ale… Vamos. Pon un poco de ti, hombre.

–¡DE. JA. ME EN PAZ!–gritó y se cubrió la cabeza.

–Te desconozco.

–No eres el único. Vete de aquí y déjame solo.

Hugo se alejó unos pasos, sorprendido, dolido, preocupado por el estado en el que había caído su mejor amigo. ¿Cómo ayudarlo? ¿Qué decirle? ¿Qué hacer? Betty, su mujer, le había rogado que se desentendiera, le había dicho que Alejandro simplemente estaba triste, pero él sabía que era mucho más que eso. Su amigo sufría y él no sabía cómo actuar. ¿Debía levantarlo de la cama y obligarlo a ver a un médico? ¿Debía hablarle de todo lo lindo que esperaba del otro lado de la puerta? Aunque, pensándolo bien, no se lo ocurrían muchos ejemplos para darle y sacarlo del pozo en el que estaba.

Con la cabeza repleta de preguntas se acercó a la persiana y la levantó para que la luz del día invadiera el lugar. La mugre y el desorden que descubrió le produjo arcadas. Definitivamente esto era mucho más que una simple tristeza.

–Bueno. Acomodaré un poco este desastre mientras te decides–dijo y comenzó a juntar los envoltorios del piso.

–Hugo. Necesito estar solo. Por favor. Por lo que más quieras… vete–rogó con la poca fuerza que poseía.

–Alejandro, estoy aquí para acompañarte. No estás solo. No sé qué debo hacer ni qué decirte, pero no me iré–continuó con su tarea en silencio, intentando hacerle sentir su presencia.

No supo cuánto tiempo pasó; media hora, una hora, ¿quizás? No lo sabía. Tan ensimismado estaba en su tarea estaba que cuando la voz de Alejandro se proyectó en el lugar, por poco y no arroja la escoba por el aire.

–Quiero morir–Hugo esperó a que cerrara la idea, pero eso no sucedió. Era tan solo una confesión, nada más que eso. El silencio volvió a ocuparlo todo y él prefirió no comentar–. Siento que… –comenzó a decir nuevamente desde su escondite–que no puedo. No puedo. Simplemente no puedo. No tengo fuerzas, Hugo. Siento que me duele el alma.

–Piensa en Lucía, en Juan–intentó animarlo.

–Cuando pienso en ellos más ganas de morirme me dan. No me necesitan. ¿Para qué me quieren? No valgo nada, Hugo. No valgo nada–repitió y en su voz la congoja se hacía insostenible.

–Atravesaremos esto juntos. Yo te ayudaré.

–No tengo fuerzas, no tengo voluntad–Hugo permaneció a un costado con la necesidad de abrazarlo, de infundirle su seguridad, pero no hizo nada. Conocía demasiado a su amigo; una demostración de cariño no bastaría.

–Regresaré en unas horas.

La puerta se cerró y Alejandro se giró para observar. Su amigo había acomodado las cosas, el lugar volvía a oler a limpio y los rayos del sol, iluminaban la silla que había sido usada solo para acercarse al baño. ¿Cuánto tiempo llevaba encerrado ahí? No lo recordaba. Efectivamente, como le había explicado, no contaba con las fuerzas ni siquiera para salir de la cama.

No había nada que lo motivase a moverse. Nada ni nadie.

Giró y posó, una vez más, los ojos en los poros de la pared. Y nuevamente, imploró que todo aquello se acabara de una buena vez. Que Dios se lo llevara y lo liberara de tanto dolor.

***

–Hugo… –saludó Ana con sorpresa. Hablaban vía mensajes, pero desde la última conversación en aquel bar, no habían vuelto a verse.

–Tienes que acompañarme–le pidió casi sin saludar.

–¿Ocurrió algo?

–Alejandro… se está dejando morir, Ana. Hace varios días que no sale de su cama. No come… –Ana giró y se alejó de la puerta de entrada, camino a la cocina.

–Pasa. ¿Quieres algo para beber?

–No. No quiero nada. Quiero que vengas conmigo. Quiero que me ayudes a convencerlo de que debe ver a un especialista. Está atravesando una situación difícil. ¿No lo ves?

–Hugo, creí que había sido clara la última vez.

–Esto va más allá de su carácter, de lo que ocurre entre ustedes, en el negocio. Va más allá de todo. Creo que ha caído en un pozo depresivo. Nunca lo había visto así.

–Y claro que estará deprimido. No es para menos. Ha puesto su vida patas para arriba. ¿Qué esperábamos?

–Ana, te lo ruego. Por el amor que alguna vez le tuviste. Por el cariño que nos tenemos. Por los viejos tiempos, por lo que quieras. Por favor. Ven conmigo. ¡Ayúdame a sacarlo de allí!

–Hugo, yo… no…

–Mamá–la voz de Lucía los sorprendió a los dos–creo que deberías ir con el padrino. Papá te necesita.

–Papá no necesita a nadie–agregó dolida.

–No es así. No debemos abandonarlo–imploró Hugo, intentando conservar la compostura. Estaba en verdad asustado. En su mente, la confesión de Alejandro podía convertirse en realidad de un momento a otro.

–No lograré nada. ¿No lo entienden? Yo no puedo ayudarlo. Ya lo he intentado. Una y otra vez. Por años. ¿Qué piensan que ocurrirá? ¿Que llegaré allí e irá al psicólogo como por arte de magia? ¡¿Es que no lo conocen, acaso!?

–Al menos, intentémoslo–comentó Hugo, desesperado–. Intentémoslo–repitió.

–Yo iré contigo, padrino–agregó Lucia resuelta.

–Cariño, no creo que sea una buena idea. Tu padre no es…–Ana quiso convencerla.  

–No me importa. Iré.

–Sola, no. Ve por un abrigo. Déjame avisarle a tu hermano.

–¡Gracias! –dijo Hugo emocionado y esperanzado de que la presencia de ellas, ayudara a su amigo.

Lucía se montó al auto de su madre, Hugo al suyo y los tres partieron camino al apartamento donde Alejandro se sentía morir. El sol acariciaba los espacios sin ser notado. Cada una iba preocupada por diferentes motivos.

–Hija. No te hagas ilusiones con tu padre. No sé cuánto podremos hacer nosotras por él, si no pone de su voluntad.

–Lo sé.

Lucía no quiso decirle a su madre que hacía tiempo que notaba que Alejandro no estaba bien. Al principio, había pensado que se trataba simplemente de una crisis matrimonial que creyó acabada una vez que él se fue de la casa. Había tenido la esperanza de que la distancia entre sus padres, le devolviera al hombre que ella recordaba había sido cuando niña. Uno dulce, divertido. Sin embargo, nada sucedió. Al contrario. Su padre se alejó más, mucho más.

–¿Estás lista? –le preguntó Ana a su hija y ella asintió a medida que abría la puerta del auto.

Lucía y Ana descendieron y siguieron a Hugo a lo largo del pasillo. Tras golpear y no recibir respuesta, abrió y metió la cabeza dentro para ver cómo estaba la cosa. Todo seguía igual; Alejandro hecho una bolita en el sillón, la luz bañando los rincones y la soledad acompañándolo todo.

–Ale, he regresado–dijo al entrar–. Y traje refuerzos.

–Permiso–la voz de Ana llegó a sus oídos como un sueño y sintió que su corazón helado recibía un poquito de calor.

–Papá…–¿Lucía? ¿Su hija estaba allí? ¡No! No podía ser. No quería que lo viera en ese estado tan deplorable. No quería que lo viera abatido, rendido, débil. Derrotado. Roto.

–¡Sácala de aquí, Ana! Saca a mi hija de aquí–rogó entristecido, cubriéndose aún más.

–Lu… ¿vamos? Dejémoslos solos un momento.

Hugo la invitó a salir, pero ella no hizo caso. Se acercó al bulto que era su padre y acarició sus piernas con cariño.

–Aquí estamos esperándote, papá. Vuelve. Regresa. No importa cuánto te demores, pero vuelve. Te necesitamos.

A Ana, la angustia y el dolor le doblaron las rodillas. Tuvo que tomar una silla para sentarse porque sentía que se desvanecería. No se imaginaba cuán duro había sido para ellos, cuánto habían sufrido sus hijos, cuánto Lucía, en este caso, había extrañado a su padre. Hugo y la joven se marcharon dejándolos solos unos segundos después.

–Ale… quiero verte. Déjame verte–dijo cuando la puerta se cerró.

–¿Para qué?

–Sabes que me gusta mirarte a los ojos cuando hablamos.

–No quiero que me veas así. Deberían dejarme en paz.

–No lo haremos y lo sabes muy bien. Ni yo, ni tus hijos, ni el pesado ese que tienes como amigo.

–Le he dicho a él también que no lo quiero aquí. No quiero ver a nadie.

–¿Y qué quieres? Cuéntame.

–Quiero que se acabe. Quiero que el dolor se acabe, Ana–ella se acercó y se sentó a su lado, descubriendo poco a poco su cabeza. Debajo de la sábana, un rostro barbudo y demacrado la observaba con pena. Sus ojos estaban enrojecidos de tanto aguantar el llanto. Aquel hombre que se escondía debajo de la manta no era ni la sombra de lo que había sido una vez. ¿Podían el dolor y la tristeza hacer tantos estragos?

–Debemos ir a ver a un médico–comentó.

–Ya he visto muchos. Nadie puede ayudarme–dijo rehusándole la mirada.

–No lo lograrás solo.

–No tengo fuerzas, Ana. No puedo, no quiero vivir. No tengo nada que ofrecer. No tengo nada para dar. Ni a ti, ni a mis hijos. ¡Por Dios! Me he convertido en nada–se cubrió el rostro con las dos manos, avergonzado.

–Ale… estás pasando por un momento muy difícil–Ana acarició sus dedos primero y luego con amor fue apartándolos– Pero pasará.

–¿A qué has venido? –por fin la miró.

–A traer a tu hija. Lucía quería verte.

–¿Mi hija quería verme? –la observó con ojos de niño y Ana no pudo evitar emocionarse.

–Sí. Y mañana vendremos nuevamente. Y pasado. Y pasado. Hasta que puedas salir de ahí e ir a ver a un psicólogo… o un psiquiatra. Necesitas ayuda de un profesional, Ale.

–Ana yo…

–No hace falta que digas nada.

Durante una semana Ana y Lucía regresaron cada tarde. Al principio solo hablaban entre ellas y él apenas si respondía. Luego comenzó a preguntar y a participar un poco más, hasta que lograron ayudarlo a ponerse de pie y meterse a la ducha. Aseado y afeitado, regresó a la cocina donde lo esperaban con algo delicioso para cenar. Ninguna de las dos había mencionado la ausencia de Juan y él tampoco había preguntado, aun cuando le hubiese encantado saber qué ocurría con él o por qué no venía a verlo.

Alejandro se permitió disfrutar de las dos cuando estaban allí y también de esa necesidad de estar solo. Él le había pedido a Ana que le permitiera tocar fondo, pero nunca se había imaginado que aquello se llevaría todo de sí, sus fuerzas y sus ganas. Todo.

–Sufres de depresión, Ale. Y necesitas ayuda.

–Lo sé–le había dicho a Hugo en una de las tantas charlas que habían compartido. Charlas en las que su amigo hablaba por horas y Alejandro apenas si comentaba alguna cosa.

–Que te hayas dado cuenta de lo que sientes es un gran paso.

–Espero que sí.

Del otro lado de la puerta, del otro lado… el mundo seguía andando. Hugo hacía malabares para que el bar funcionara aun a costa de su propia vida. Ana dejaba de lado su dolor para acompañar a su ex marido. Lucía intentaba recuperar al padre que nunca había tenido y Juan… Juan simplemente prefería ignorar.

–Nos vemos mañana. Iremos en busca de un psicólogo así que, si puedes… date una ducha, por favor… –comentó Ana al despedirse.

Pero, desafortunadamente, Alejandro no estuvo listo para dar ese paso. No esa semana, ni la siguiente… ni la otra. Le llevó unas cuantas semanas poder salir de allí.

2 comentarios:

  1. Muchas gracias Eri, que triste lo que vive Alejandro, que bueno que tiene ayuda... esperando el proximo capítulo

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