DENTRO DEL POZO
ALEJANDRO
–Hola… hola… –la voz de Hugo se
hizo eco en el pequeño apartamento. Un bulto cubierto de mantas se podía
adivinar a través de la penumbra–. Ale… ¿estás bien? –nada–. Ale–se fue
acercando al sofá y estiró la mano para acariciar su espalda.
Alejandro se giró asustado
ante el contacto y la mirada que recibió de su mejor amigo, le dolió más que la
situación en la que estaba. Se había encerrado allí para regodearse de su
dolor, para sufrir lo que tuviese que sufrir y luego, cuando ya no hubiera
nada, quizá pudiera salir a ver la luz del sol. Por el momento, sentía que no
podía hacer otra cosa que permanecer así; solo y destruido.
–Déjame en paz, Hugo. Vete de
aquí.
–¿Has comido? Betty me dijo
que llevas días sin salir.
–Necesito dormir. Nada más.
–Hoy te toca ir al hospital.
Vamos. Yo te llevo. Quique se quedará en el bar.
–No iré. No planeo volver
allí.
–Ale, no puedes quedarte aquí.
Vamos, anímate.
–Sí, claro que sí. Claro que
puedo.
–Ale… Vamos. Pon un poco de ti,
hombre.
–¡DE. JA. ME EN PAZ!–gritó y
se cubrió la cabeza.
–Te desconozco.
–No eres el único. Vete de
aquí y déjame solo.
Hugo se alejó unos pasos,
sorprendido, dolido, preocupado por el estado en el que había caído su mejor
amigo. ¿Cómo ayudarlo? ¿Qué decirle? ¿Qué hacer? Betty, su mujer, le había
rogado que se desentendiera, le había dicho que Alejandro simplemente estaba
triste, pero él sabía que era mucho más que eso. Su amigo sufría y él no sabía
cómo actuar. ¿Debía levantarlo de la cama y obligarlo a ver a un médico? ¿Debía
hablarle de todo lo lindo que esperaba del otro lado de la puerta? Aunque,
pensándolo bien, no se lo ocurrían muchos ejemplos para darle y sacarlo del
pozo en el que estaba.
Con la cabeza repleta de
preguntas se acercó a la persiana y la levantó para que la luz del día
invadiera el lugar. La mugre y el desorden que descubrió le produjo arcadas. Definitivamente
esto era mucho más que una simple tristeza.
–Bueno. Acomodaré un poco este
desastre mientras te decides–dijo y comenzó a juntar los envoltorios del piso.
–Hugo. Necesito estar solo.
Por favor. Por lo que más quieras… vete–rogó con la poca fuerza que poseía.
–Alejandro, estoy aquí para
acompañarte. No estás solo. No sé qué debo hacer ni qué decirte, pero no me
iré–continuó con su tarea en silencio, intentando hacerle sentir su presencia.
No supo cuánto tiempo pasó;
media hora, una hora, ¿quizás? No lo sabía. Tan ensimismado estaba en su tarea estaba
que cuando la voz de Alejandro se proyectó en el lugar, por poco y no arroja la
escoba por el aire.
–Quiero morir–Hugo esperó a
que cerrara la idea, pero eso no sucedió. Era tan solo una confesión, nada más
que eso. El silencio volvió a ocuparlo todo y él prefirió no comentar–. Siento
que… –comenzó a decir nuevamente desde su escondite–que no puedo. No puedo.
Simplemente no puedo. No tengo fuerzas, Hugo. Siento que me duele el alma.
–Piensa en Lucía, en Juan–intentó
animarlo.
–Cuando pienso en ellos más
ganas de morirme me dan. No me necesitan. ¿Para qué me quieren? No valgo nada,
Hugo. No valgo nada–repitió y en su voz la congoja se hacía insostenible.
–Atravesaremos esto juntos. Yo
te ayudaré.
–No tengo fuerzas, no tengo
voluntad–Hugo permaneció a un costado con la necesidad de abrazarlo, de
infundirle su seguridad, pero no hizo nada. Conocía demasiado a su amigo; una
demostración de cariño no bastaría.
–Regresaré en unas horas.
La puerta se cerró y Alejandro
se giró para observar. Su amigo había acomodado las cosas, el lugar volvía a
oler a limpio y los rayos del sol, iluminaban la silla que había sido usada solo
para acercarse al baño. ¿Cuánto tiempo llevaba encerrado ahí? No lo recordaba.
Efectivamente, como le había explicado, no contaba con las fuerzas ni siquiera
para salir de la cama.
No había nada que lo motivase
a moverse. Nada ni nadie.
Giró y posó, una vez más, los
ojos en los poros de la pared. Y nuevamente, imploró que todo aquello se
acabara de una buena vez. Que Dios se lo llevara y lo liberara de tanto dolor.
***
–Hugo… –saludó Ana con
sorpresa. Hablaban vía mensajes, pero desde la última conversación en aquel
bar, no habían vuelto a verse.
–Tienes que acompañarme–le
pidió casi sin saludar.
–¿Ocurrió algo?
–Alejandro… se está dejando
morir, Ana. Hace varios días que no sale de su cama. No come… –Ana giró y se
alejó de la puerta de entrada, camino a la cocina.
–Pasa. ¿Quieres algo para
beber?
–No. No quiero nada. Quiero
que vengas conmigo. Quiero que me ayudes a convencerlo de que debe ver a un
especialista. Está atravesando una situación difícil. ¿No lo ves?
–Hugo, creí que había sido
clara la última vez.
–Esto va más allá de su
carácter, de lo que ocurre entre ustedes, en el negocio. Va más allá de todo.
Creo que ha caído en un pozo depresivo. Nunca lo había visto así.
–Y claro que estará deprimido.
No es para menos. Ha puesto su vida patas para arriba. ¿Qué esperábamos?
–Ana, te lo ruego. Por el amor
que alguna vez le tuviste. Por el cariño que nos tenemos. Por los viejos
tiempos, por lo que quieras. Por favor. Ven conmigo. ¡Ayúdame a sacarlo de allí!
–Hugo, yo… no…
–Mamá–la voz de Lucía los
sorprendió a los dos–creo que deberías ir con el padrino. Papá te necesita.
–Papá no necesita a
nadie–agregó dolida.
–No es así. No debemos abandonarlo–imploró
Hugo, intentando conservar la compostura. Estaba en verdad asustado. En su
mente, la confesión de Alejandro podía convertirse en realidad de un momento a
otro.
–No lograré nada. ¿No lo
entienden? Yo no puedo ayudarlo. Ya lo he intentado. Una y otra vez. Por años. ¿Qué
piensan que ocurrirá? ¿Que llegaré allí e irá al psicólogo como por arte de
magia? ¡¿Es que no lo conocen, acaso!?
–Al menos, intentémoslo–comentó
Hugo, desesperado–. Intentémoslo–repitió.
–Yo iré contigo, padrino–agregó
Lucia resuelta.
–Cariño, no creo que sea una
buena idea. Tu padre no es…–Ana quiso convencerla.
–No me importa. Iré.
–Sola, no. Ve por un abrigo. Déjame
avisarle a tu hermano.
–¡Gracias! –dijo Hugo
emocionado y esperanzado de que la presencia de ellas, ayudara a su amigo.
Lucía se montó al auto de su
madre, Hugo al suyo y los tres partieron camino al apartamento donde Alejandro
se sentía morir. El sol acariciaba los espacios sin ser notado. Cada una iba
preocupada por diferentes motivos.
–Hija. No te hagas ilusiones
con tu padre. No sé cuánto podremos hacer nosotras por él, si no pone de su
voluntad.
–Lo sé.
Lucía no quiso decirle a su
madre que hacía tiempo que notaba que Alejandro no estaba bien. Al principio,
había pensado que se trataba simplemente de una crisis matrimonial que creyó
acabada una vez que él se fue de la casa. Había tenido la esperanza de que la
distancia entre sus padres, le devolviera al hombre que ella recordaba había
sido cuando niña. Uno dulce, divertido. Sin embargo, nada sucedió. Al contrario.
Su padre se alejó más, mucho más.
–¿Estás lista? –le preguntó
Ana a su hija y ella asintió a medida que abría la puerta del auto.
Lucía y Ana descendieron y
siguieron a Hugo a lo largo del pasillo. Tras golpear y no recibir respuesta,
abrió y metió la cabeza dentro para ver cómo estaba la cosa. Todo seguía igual;
Alejandro hecho una bolita en el sillón, la luz bañando los rincones y la
soledad acompañándolo todo.
–Ale, he regresado–dijo al
entrar–. Y traje refuerzos.
–Permiso–la voz de Ana llegó a
sus oídos como un sueño y sintió que su corazón helado recibía un poquito de
calor.
–Papá…–¿Lucía? ¿Su hija estaba
allí? ¡No! No podía ser. No quería que lo viera en ese estado tan deplorable.
No quería que lo viera abatido, rendido, débil. Derrotado. Roto.
–¡Sácala de aquí, Ana! Saca a
mi hija de aquí–rogó entristecido, cubriéndose aún más.
–Lu… ¿vamos? Dejémoslos solos
un momento.
Hugo la invitó a salir, pero
ella no hizo caso. Se acercó al bulto que era su padre y acarició sus piernas
con cariño.
–Aquí estamos esperándote,
papá. Vuelve. Regresa. No importa cuánto te demores, pero vuelve. Te
necesitamos.
A Ana, la angustia y el dolor
le doblaron las rodillas. Tuvo que tomar una silla para sentarse porque sentía
que se desvanecería. No se imaginaba cuán duro había sido para ellos, cuánto
habían sufrido sus hijos, cuánto Lucía, en este caso, había extrañado a su
padre. Hugo y la joven se marcharon dejándolos solos unos segundos después.
–Ale… quiero verte. Déjame
verte–dijo cuando la puerta se cerró.
–¿Para qué?
–Sabes que me gusta mirarte a
los ojos cuando hablamos.
–No quiero que me veas así.
Deberían dejarme en paz.
–No lo haremos y lo sabes muy
bien. Ni yo, ni tus hijos, ni el pesado ese que tienes como amigo.
–Le he dicho a él también que
no lo quiero aquí. No quiero ver a nadie.
–¿Y qué quieres? Cuéntame.
–Quiero que se acabe. Quiero
que el dolor se acabe, Ana–ella se acercó y se sentó a su lado, descubriendo
poco a poco su cabeza. Debajo de la sábana, un rostro barbudo y demacrado la
observaba con pena. Sus ojos estaban enrojecidos de tanto aguantar el llanto. Aquel
hombre que se escondía debajo de la manta no era ni la sombra de lo que había
sido una vez. ¿Podían el dolor y la tristeza hacer tantos estragos?
–Debemos ir a ver a un médico–comentó.
–Ya he visto muchos. Nadie
puede ayudarme–dijo rehusándole la mirada.
–No lo lograrás solo.
–No tengo fuerzas, Ana. No
puedo, no quiero vivir. No tengo nada que ofrecer. No tengo nada para dar. Ni a
ti, ni a mis hijos. ¡Por Dios! Me he convertido en nada–se cubrió el rostro con
las dos manos, avergonzado.
–Ale… estás pasando por un
momento muy difícil–Ana acarició sus dedos primero y luego con amor fue
apartándolos– Pero pasará.
–¿A qué has venido? –por fin
la miró.
–A traer a tu hija. Lucía
quería verte.
–¿Mi hija quería verme? –la
observó con ojos de niño y Ana no pudo evitar emocionarse.
–Sí. Y mañana vendremos
nuevamente. Y pasado. Y pasado. Hasta que puedas salir de ahí e ir a ver a un
psicólogo… o un psiquiatra. Necesitas ayuda de un profesional, Ale.
–Ana yo…
–No hace falta que digas nada.
Durante una semana Ana y Lucía
regresaron cada tarde. Al principio solo hablaban entre ellas y él apenas si
respondía. Luego comenzó a preguntar y a participar un poco más, hasta que
lograron ayudarlo a ponerse de pie y meterse a la ducha. Aseado y afeitado,
regresó a la cocina donde lo esperaban con algo delicioso para cenar. Ninguna
de las dos había mencionado la ausencia de Juan y él tampoco había preguntado,
aun cuando le hubiese encantado saber qué ocurría con él o por qué no venía a
verlo.
Alejandro se permitió
disfrutar de las dos cuando estaban allí y también de esa necesidad de estar
solo. Él le había pedido a Ana que le permitiera tocar fondo, pero nunca se
había imaginado que aquello se llevaría todo de sí, sus fuerzas y sus ganas. Todo.
–Sufres de depresión, Ale. Y
necesitas ayuda.
–Lo sé–le había dicho a Hugo
en una de las tantas charlas que habían compartido. Charlas en las que su amigo
hablaba por horas y Alejandro apenas si comentaba alguna cosa.
–Que te hayas dado cuenta de
lo que sientes es un gran paso.
–Espero que sí.
Del otro lado de la puerta,
del otro lado… el mundo seguía andando. Hugo hacía malabares para que el bar
funcionara aun a costa de su propia vida. Ana dejaba de lado su dolor para
acompañar a su ex marido. Lucía intentaba recuperar al padre que nunca había
tenido y Juan… Juan simplemente prefería ignorar.
–Nos vemos mañana. Iremos en
busca de un psicólogo así que, si puedes… date una ducha, por favor… –comentó
Ana al despedirse.
Pero, desafortunadamente, Alejandro
no estuvo listo para dar ese paso. No esa semana, ni la siguiente… ni la otra.
Le llevó unas cuantas semanas poder salir de allí.

Muchas gracias Eri, que triste lo que vive Alejandro, que bueno que tiene ayuda... esperando el proximo capítulo
ResponderEliminarCada día amo más está historia
ResponderEliminar