sábado, 27 de agosto de 2016

El pueblo de Kamil



La marea lo atraía como el polen a las abejas. Sentado sobre la fina arena en una playa solitaria, decidió hacerse a la mar. Un par de contactos, unos apretones de mano y cuando menos lo pensó, se encontraba lanzando amarras en un puerto lejano.
Creía que había hallado la felicidad entre la espuma y la sal. Creía que su destino se labraba en el vaivén de las olas. ¡Qué equivocado estaba! Su mundo y sus planes se desmoronaron cuando la vio atravesar el muelle atestado de pescadores. Miraba hacia los barcos amarrados mientras avanzaba hacia el suyo. Tenía el cabello lacio y una figura pequeña. Su sonrisa resplandecía en la mañana nublada.  Llegó al borde de su embarcación y preguntó por alguien. Un movimiento apresurado llamó su atención. Joan, su mejor amigo, avanzaba a largas zancadas por estribor, con la mirada fija en la muchacha que acababa de llegar.
Joan. Había conocido a ese noble hombre, un tiempo después de embarcarse. Joan era cordial, buen compañero y nunca se inmiscuía en ninguna disputa a bordo. Siempre estaba haciendo lo suyo, alejado del resto de la tripulación. Eran sus cualidades honorables las que lo había llevado a hablarle durante una noche tormentosa en la que la mayoría pretendía dormir. Desde que el mar les perdonó la vida y hasta el día de hoy, Joan era el hermano que había elegido.
La sonrisa de su amigo se ampliaba cada vez más, mientras avanzaba hacia ella. Había detenido el trabajo para observarlos. Se abrazaron y aún en la distancia pudo ver como los labios de Joan rozaban la blancura de su cuello. Todo lo demás ocurrió muy rápido.  Tanto que, no se dio cuenta cómo llegó a una mesa adornada, repleta de comida, en una casa humilde a pocos metros del muelle. Los arrumacos de la flamante pareja no lo dejaban concentrarse en las palabras dulces y amables de la dueña de casa. En lo único que pensaba era en las veces que había visto sonreír a Joan. Muy pocas.  Más tarde, mientras bebían una cerveza y observaban la luna balancearse sobre el mar, se enteró de los detalles. Kamil era la prometida de Joan. La próxima vez que atracaran en su puerto, se casarían.
Esa noche Joan durmió en la casa de sus futuros suegros. Él, como siempre, dormiría en su litera incomoda. Antes de abandonarse a los sueños, caminó por la costa. Sus pies se enterraban en la arena húmeda y el silencio del pueblito que renacía con el amanecer, lo invitaban a pensar. Se había enamorado de Kamil. No había duda. Se había enamorado como un idiota de la mujer su amigo.
La mañana trajo consigo un poco de paz. El ajetreado día lo mantuvo ocupado. Joan se había tomado unos días y no volvería a trabajar sino hasta que volvieran a zarpar. No había vuelto a ver a Kamil. Sin embargo y pese a estar fuera de servicio, su amigo, se acercaba a tomar una cerveza con él, como cada atardecer.
—Me pregunto… cuándo regresaremos.
—Tal vez en unos meses. ¿Por qué?
—Kamil quiere casarse antes de que nos vayamos.
—¿Por qué el apuro?
—No lo sé. De repente quiere casarse ya mismo. Habíamos quedado en que…
—¿Cuál es el problema? ¿Es que acaso no la amas?
—No es eso, amigo.
—¿entonces qué?
—Yo…
—¿tú, qué?
—Veras…Kamil no es la única…
—¿No le eres fiel?
—Desde que la conocí no he estado con nadie más. Es que… estoy casado.
—¿Casado?
—Sí. Mi esposa se llama Loana. Vive en mi pueblo. Y eso no es todo.
—¿Qué más?
—Tenemos una hija. Samira.  
La confesión de Joan solo había revuelto las aguas del océano que se agitaba en su interior.  Una vez que hubo terminado de hablar y de explicar, se mantuvo callado. No lo juzgaba. Sabia lo dura que podía ser la vida de un hombre en altamar. También sabia de las sensaciones que producían una mujer como Kamil.
—¿Qué piensas hacer?
—No lo sé.
Ya no hablaron más al respecto aunque siguieron cenando juntos en la casa de la muchacha. Joan se mostraba esquivo y pensativo. Kamil sufría por su indiferencia. Esa preocupación, la llevo a seguirlo en su caminata nocturna antes de ir a dormir. Se dio cuenta que lo seguía apenas llegado a la costa. Caminaron un buen rato y se sentaron al final de la playa a contemplar los rayos que iluminaban el firmamento y hacían bramar al mar.
—Ya no me quiere. ¿Por qué?
—¿El te ha dicho eso?
—No. Pero lo sé. No se quiere casar conmigo.
—Deberías hablar con él. —Intentó ponerse de pie, pero unas manos suaves lo retuvieron.
—Ya lo intenté.
—¿Qué quieres que haga?
—Habla con él. Dile que lo amo.
—Él lo sabe. —Se deshizo de su mano y la abandonó en la orilla.
El sol asomó tímido en el horizonte y trajo con él, el último día en aquel lugar. Joan apareció cerca del medio día con su bolso.
—¿Has tomado una decisión?
—Me casaré con ella. Nadie se enterará, jamás. Viajaría una vez al año.
—Joan…
—No lo digas. No hagas que cambie de opinión.  Te lo suplico. Es lo mejor.
—Creo que estas equivocado.
—No puedo romperle el corazón.
—Se lo romperás de todas maneras.
—No, si no se entera.
Esa noche, como despedida, la familia de Kamil se había esmerado más de lo normal. Mucha bebida, mucha comida. Para el final de la cena, el alcohol había recorrido su cuerpo y no podía mantenerse en pie. Intentaba no pensar, concentrarse en otras cosas como en lo plateado de la luna, y el brillo de las estrellas. Kamil salió detrás de él para agradecerle.
—Gracias. Gracias por hablar con él. Por hacerlo entender…
—No he sido yo.
—No me importa ya. Ahora que estamos casados…
—¿Casados?
—Sí. Joan y yo nos hemos casado esta mañana. —Kamil sonreía y le regalaba la blancura de sus dientes perfectos.
—No puedo creerlo. Lo ha hecho.
—¿Hacer qué?
—Nada. No importa ya.
—¿Qué ocurre? —Él se volvió de pronto, mirándola fijamente. Se acercó a tal punto que su respiración, rozaba sus mejillas.
—él no te merece, Kamil. —los ojos de ella, revoloteaban de acá para allá.
—¿Qué pasa aquí?—la voz de Joan, lo atravesó como un puñal. Kamil se rebulló y apresurada caminó hacia él.
—Sólo me estaba felicitando.
—Ya veo.
—No hace falta que le mientas, Kamil. Él sabe muy bien de que se trata todo esto. No puedo creer que lo hayas hecho.
—No hablaremos aquí. —Joan se movió rápidamente hacia él, intentando arrástralo fuera de la casa.
—Sí. Hablaremos aquí. —la cabeza le martillaba y cada segundo que pasaba se sentía más seguro. Tal vez fuese por el alcohol. —ella debe saberlo.
—¿Saber qué? —inquirió Kamil.
—No lo hagas. —suplico con las palabras y la mirada, Joan.
—Joan está casado.
Lo que siguió fue confusión. Llantos, gritos y un par de puñetazos en la cara. Despertó con el balanceó del mar. Sabía que se estaba moviendo. Vomitó antes que pudiese bajar de su litera. Cuando por fin se sintió mejor, subió a cubierta. Ahí estaba, ajustando cosas en el bauprés. Se acercó tambaleando porque la jaqueca no lo dejaba enfocar. La marea no ayudaba.
—Lo siento.
—Espero que estés contento.
—No lo estoy. Pero era lo mejor.
—No, no lo era. No para ella.
—Joan…
—No hables más. No quiero que vuelvas a dirigirme la palabra. Nunca más.
Caminó hacia la borda y allí permaneció, observando el pueblo de Kamil, hacerse cada vez más pequeño. 
Allí, en aquel lugar recóndito quedaban los resquicios de su amor y su amistad.

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