Camina por las calles de una ciudad que ha recorrido en otra vida, en
otro momento, en otro tiempo. Lleva en su antebrazo la marca sagrada de su llegada a la tierra.
Hoy, dos siglos después, ha regresado para terminar con lo que no pudo la
última vez.
No vuela, pero sus
pies parecen rozar la superficie. Lleva una capa larga, y una capucha enorme, tras
la que oculta sus ojos del color del fuego. Aunque los simples mortales no
pueden verla, se cuida de aquellos seres especiales que cohabitan en la tierra.
Esos que son capaces de percibirla a kilómetros de distancia. Esos mismos que
la amarraron una noche oscura y prendieron fuego ante los ojos suplicantes de
sus dos hijos, doscientos años atrás.
Ha decidido
quedarse con su cuerpo, con el mismo que quemaron una vez en la hoguera, y que
todo chamuscado se elevó hacia el cielo y voló, cuan pájaro en el aire. Dejando
atrás el llanto lastimero de sus niños, el cuerpo golpeado del que intentó
defenderla y las miradas condenatorias de aquellos que la arrastraron sobre el
lodo primero, y se regocijaron ante el olor de su piel quemada, después. El
mismo cuerpo que cargó con orgullo hasta la llegada de su tercera muerte
terrenal. Porque las brujas no mueren en la hoguera. Las brujas se vuelven más
poderosas con el fuego.
Y entonces, cuando menos lo esperan, regresan. Regresan sedientas de venganza.
Y entonces, cuando menos lo esperan, regresan. Regresan sedientas de venganza.
Su corazón late
impaciente y aprieta el paso. Todo ha cambiado, pero el sentimiento que la
recorre, es el mismo. Un sentimiento de repugnancia, de odio, de rencor. Llega
a la plaza central donde bajo las flores y los tibios rayos de sol, guarda en
sus cimientos, vestigios de su hoguera.
Un sonido la pone
en alerta. Sus pies se clavan en el suelo. Aprieta los puños con fuerza. Puede
sentirlo. Puede sentir esa sangre bombear, desde el corazón hacía sus
extremidades. Es un corazón puro, sin rencor.
—¡Qué pena!
—murmura en un idioma inteligible.
Gira sobre sus
pies, y su capa acaricia suavemente el verde que baña los alrededores. Eleva
cuidadosamente sus ojos y por fin lo ve venir. Trae una bolsa de madera entre
sus manos y sonríe. Sonríe como todos los niños a su edad. Como solían sonreír
sus niños. Sus sentidos perciben todo, absolutamente todo. Puede notar los vendedores
a su alrededor. Puede oír sus conversaciones. Pero sin embrago, cuando aquel
niño aparece en el horizonte de su mirada, todo lo demás se apaga. Solo se
detiene ante los latidos de su pequeño corazón y el tintineo de su risa
contagiosa. Clava sus ojos de fuego
sobre el niño, sin prestarle atención a su acompañante. Sus pies se elevan sobre la grama y se
desliza lentamente hacia él.
La sangre no miente. Esa sangre que corre a
través de las venas de ese pequeño, está maldita. Maldita por ella. Y si hoy
estaba aquí, era en busca de esa sangre. Se detuvo cuando la risa del niño se
detuvo. Su acompañante corrió hacia ella y pasó por su lado sin verla. Respiró.
Pero cuando se volvió hacia su presa, los ojos azules del niño la escrudiñaban
sin compasión. ¿Podía verla?
Dudó si hacerlo a
esa hora, en ese sitio. Sabía que debía cumplir con su tarea, pero su instinto
maternal le jugaba una mala pasada. Cerró los ojos y se trasportó por milésima
vez a aquella noche de horror. Volvió al humo, al fuego, al dolor y al llanto.
Y fue así, que recordó los ojos azules que le sonreían desde las sombras; la
mirada siniestra de aquel que la había delatado. Efectivamente, eran los mismos
ojos. Allí, delante de sus pies, yacía la descendencia de aquel maldito.
Un mechón de pelo
rubio revoloteó en su frente y ante el miedo, la bolsa de papel cayó al suelo, desparramando
las frutas a lo largo de la calle. Oyó su corazón latir más fuerte. Sí. Podía
verla. El maldito llevaba la misma esencia de sus ancestros. Sin embargo, éste no era igual que los anteriores.Éste niño era especial. Se agachó a recoger una manzana, sin dejar de
observar al pequeño que se mantenía tieso ante ella.
— ¿Es que acaso
no vas a correr si quiera? —Su voz lúgubre, hizo estremecer sus cuerdas
vocales. Hacía cuánto que no hablaba. El niño de cabellera dorada como el sol,
seguía inmóvil. Aunque podía percibir su temor, no apartaba la mirada de ella.
— ¡Pero cuánta valentía! —Se incorporó, oscureciendo el paisaje. Las nubes
borraron el celeste del cielo, y un viento huracanado golpeó las mejillas de
los asombrados transeúntes, que corrían para refugiarse de la inminente
tormenta. De un momento a otro, solo
ellos dos permanecían en las vacías calles de Salem. Un niño y una bruja.
—¿Qué pasa? ¿No
le temes a los rayos? —Y la tarde oscura brilló titilante ante los gritos del
firmamento. —O quizás…—Destapó su rostro arrugado y dejo ver sus ojos de fuego
y sus cicatrices satánicas. Las dos bolas anaranjadas que eran capaces de
ayuntar hasta los más extraños espíritus, se posaron sobre él. —No puedes ocultar tu miedo ante mí. Puedo
escuchar el bombeo de ese corazón temeroso que ansía desesperadamente correr
en busca de consuelo.
Y entonces, un
brillo resplandeció en la tarde que se había vuelto negra. Fue cuando los
dientes blancos del niño dorado, centellaron en la desolada ciudad.
—¿Cuál es la
gracia? La muerte no es para nada graciosa. No para un niño como tú.
La sonrisa del pequeño se hacía cada vez más grande, más blanca. Una
gota cayó sobre su nariz, y otra más y otra. La lluvia los embebió a los dos.
Las gotas heladas recorrían la cara de la bruja que intentaba controlar su ira.
Caían, también, sobre la del niño que no dejaba de sonreírle.
—No hace falta
que me mates. —Por fin habló.
—Ah. Con que
puedes hablar. —El niño asintió— Claro que hace falta. A eso he venido. No
puedo dejar este lugar sin saldar mis cuentas.
—Mis abuelos ya
han pagado sus cuentas.
—¡No! —Rujió el
cielo una vez más. —Tu sangre también tiene que pagar.
—No es necesario,
y lo sabes. —El azul de sus ojos se volvió más intenso. Su cabello brilló como
un faro en la oscuridad y de su piel blanca, destellos de cristal encandilaron
a la bruja. Hablaba como un hombre.
—Tú… tú no eres…—Titubeó.
—Sí y no.
—No me importa
quién eres. Aquí y ahora saldarás tu deuda.
—Yo no te debo
nada. Nadie en este tiempo, te debe nada. Lo sabes. De de otra manera, ya hubieses
acabado conmigo. Tu poder es enorme, y yo no puedo
hacer mucho. ¿Verdad?
La lluvia seguía
haciendo charcos en la calle, y los rayos no dejaban de caer en el horizonte.
Sin embargo, el niño inundaba de luz su alrededor. Sus ojos detenidos en los de
ella, sus labios abiertos y su rostro mojado.
Y fue cuando lo notó. El silencio. Ya no oía el latir del corazón de su
oponente. ¿Hacia cuánto que no lo escuchaba? Había estado tan ocupada
atemorizándolo, que no se había percatado de ese detalle. Todo era paz.
—Si no acabo
contigo ahora, mi alma no descansará en paz. Ni la mía, ni la de…
—Ellos descansan
en paz. Te lo puedo asegurar. Te lo vuelvo a repetir, no es necesario que
termines así. Sí me matas, la lluvia lavará mi sangre de tus manos, pero no por
mucho. Porque irás por más.
—Te equivocas.
Sólo quiero tu sangre. Tú… Tú eres el último. El ultimo de mi lista. Contigo se
acaba mi camino, mi karma, mi destino. Contigo me entrego a la muerte eterna y
te llevo conmigo para arder en el infierno.
—Si así lo
deseas. —Agachó la cabeza, y se arrodilló ante los ojos anaranjados. Su piel
volvió al color normal, blanquecino y pálido. Sus cabellos al amarillo del sol.
Ya no había luz en él. Y su corazón volvió a latir. Y entre la lluvia y el
viento lo vio rendirse ante ella. Le ofreció su vida, su sangre.
La bruja se
agachó, susurró palabras extrañas al oído del pequeño. Sonrió. Volvió a
cubrirse y se elevó por el aire. Mientras el sol se abría ante Salem, el sonido
de un corazón puro, latía una vez más a través del atardecer que recuperaba el
color.

Muy lindo!!
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