“Que no hay, para olvidar amor, remedio como otro
nuevo amor o tierra en medio.”
Lope de Vega.
Juan Manuel habló desde que salieron de Recoleta hasta Isidro Casanova.
Sandra no escuchó absolutamente nada. Su cabeza se había quedado en el mensaje
que Sebastián le había escrito. Cada tanto, abría el WhatsApp y releía las
líneas una y otra vez. No podía creerlo. ¿Por qué? Bueno… más bien, ¿Para qué?
¿Con qué necesidad volvía a escribirle? Su mente tejía entramados extraños que
la llevaban por posibilidades distintas. ¿Quería retomar la relación? ¿Seguía
enamorado de ella? O… ¿Simplemente quería conversar como amigos, como
conocidos? ¿Había alguna intención encubierta? ¿Cuál? Tenía demasiadas
preguntas y quería que él le respondiera todas. Tomó el teléfono y cuando
estaba a punto de responder, Cecilia la interrumpió.
—San… ¿Estás bien?
—Sí. Mucho vino, me parece. —guardó el aparato una vez más. Se excusó
porque sabía que había estado distraída durante todo el viaje.
Cecilia la miró por el espejo retrovisor y supo enseguida que algo
pasaba. No quiso decir nada, pero no dejó de observarla en lo que quedó del
trayecto. La veía agarrar el celular, lo guardaba y al rato, de nuevo volvía al
principio. Juan Manuel y Pablo iban conversando animadamente y no se daban cuenta
de que ella venía en otro mundo.
—Llegamos. —dijo Pablo.
—Muchas gracias por la cena. La pasé muy bien. —Sandra se desabrochó el
cinturón y se despidió de sus amigos primero y dejó por último a Juan Manuel.
—Un gusto conocerte. —le dijo con sinceridad.
—Lo mismo digo, Sandra. ¿Te jode si le pido tu número a Pablo?
—No, no. Para nada. —le dio un beso y se bajó.
Esperaron que abriera la reja y entrara. Una vez que la vieron perderse
por el pasillo del costado de la casa, arrancaron. A los pocos minutos, Sandra
recibió un mensaje también de un número desconocido;
Hola. Soy Juanma.
Me gustó mucho conocerte. Me encantaría que
repitiéramos.
¿Qué decís?
Sandra sonrió, lo agendó como Juan M. y le respondió;
Arreglamos en cualquier momento. La pasé muy bien. Un
beso.
Dejó las llaves, la mochila y el celular sobre la mesa y se metió al
baño. Cuando se miró al espejo, se vio distinta. Cecilia se había pasado con el
maquillaje. Abrió la canilla y se lavó bien la cara. Se lavó los dientes y una vez
en la habitación, se puso el piyama. Se sentó en el borde de la cama y se
cepilló el pelo; odiaba acostarse despeinada porque al día siguiente su pelo
amanecía super enredado.
Con los ojos fijos en el placar, pensaba en Sebastián y en su mensaje.
Pensaba en Juan Manuel y esta nueva posibilidad que, para no mentir, le parecía
tentadora. ¿Qué hacer? Si le respondía a su ex significaba revivir los
sentimientos que, por dos años, pretendía arrancar de su corazón. Hablarle era
traerlo de nuevo a su vida para… ¿Para qué? Para volver a caer en la cuenta de
que un pibe como él no debía estar con una mujer como ella. Una mujer más
grande, con otras aspiraciones… con otra vida. ¡Por Dios! ¡Si él aún vivía con
su mamá! Ella necesitaba un hombre, un hombre que supiera lo que quería de su
futuro, con planes, con ideas, con sueños que pudiera cumplir con esfuerzo. Por
lo menos con un trabajo estable. Sin embargo, algo en su interior la empujaba a
ir corriendo hasta la cocina, tomar el celular y responderle. Contarle lo que
estaba pasando con su vida y preguntarle qué estaba haciendo él. Se moría de
ganas. No hizo nada de eso. Lavó el mate, acomodó sus cosas y se acostó.
La alarma sonó cinco horas después de que sus ojos se cerraron.
Entredormida, caminó hasta la cocina, puso la pava y se metió en la ducha; tardaba
exactamente lo que el agua en hervir. Salió con el pelo envuelto en la toalla y
apagó el fuego. Abrió la cajita decorada que Roxy le había regalado para un
cumpleaños y que ella decidió conservar aun estando despintada y con las
bisagras rotas. Cada mañana cuando preparaba su té, se acordaba de ella.
Conservarla era tenerla de nuevo con ella, aunque sea unos minutos—los que le tomaba
agarrar el té de turno y cerrarla para comenzar su rutina—cada día.
Con la taza humeando y a la espera de que se enfriara un poco, se
preparó unas galletitas con queso y dulce de batata. Se cambió de ropa y al
regresar, colocó todo en una bandejita de metal y así se dirigió al local que
tenía en la parte de adelante. Apoyó su desayuno en el mostrador, prendió las
luces y, levantó la cortina. Chequeó que las heladeras estuvieran llenas y que
las estanterías con golosinas y galletitas estuvieran repuestas. Todo estaba en
orden. Se sentó en una silla alta, y se bebió el té en tres sorbos.
Como siempre, la mañana era movida. Los chicos que iban a la escuela que
estaba a la vuelta de su casa, se acercaban a comprar golosinas o a sacar
fotocopias. Ese año había invertido en una fotocopiadora y había comenzado a
trabajar con las dos secundarias que tenía cerca. Los profesores le dejaban el
material y ella se encargaba de encarpetarlo y venderlo cuando lo necesitaran.
Aquel había sido un buen negocio.
Desde las siete y hasta las ocho y media todo era movimiento. Luego,
hasta las once y media la mañana solía ser tranquila y era durante ese momento
podía leer, armar resúmenes y adelantar trabajos. El negocio permanecía abierto
hasta las dos, cerraba y a las cuatro venía una chica a atender por la tarde,
hasta las siete y media.
—Buen día.
Sandra reconoció la voz antes de que pudiera verlo. Miró el reloj y,
efectivamente, era la hora en que él aparecía. Salió de atrás de las
estanterías y le sonrió. Leonardo era su vecino, quien también tenía un negocio
justo al lado del de ella. En este caso una verdulería. Todas las mañanas, a
las 9:30 se acercaba a tomar unos mates con ella.
—Hola, Leo. ¿Cómo andas?
—Bien, belleza. ¿Vos? ¿Tenés todo listo?
—Sí, claro. —Sandra sacó el equipo de mate y le extendió una silla para
que se sentara.
Leonardo tenía dos años menos que ella, estaba casado con una chica del
barrio y tenían dos hijos preciosos. La verdulería había sido de su papá y al
igual que el quiosco de Sandra, había estado cerrado por mucho tiempo después
de que, al pobre hombre, le quitaran la vida en un asalto. Leo no había querido
saber nada del local, pero, la llegada de sus mellizos y la falta de trabajo,
lo habían obligado a reabrir el negocio familiar. Muy parecido a lo que había
ocurrido con Sandra. Solo que a ella le había tomado bastante tiempo decidirse.
—Tranquila la mañana. ¿No?
—Muy. Este mes viene jodido.
—Mal. Pero… no hay que aflojar. Tu abuela y mi papá dirían eso.
—Mi abuela y tu viejo vivieron tiempos diferentes. Tiempos en los que el
respeto era lo primero. Hoy todo es una mierda.
—¡Qué pesimista! ¿Nos levantamos con el pie izquierdo? —bromeó.
—No, con un shock de realidad. ¡Uy, mirá quién viene ahí! Tu suegra.
—La puta madre. Ahora vengo. No dejés enfriar el mate. La despacho
enseguida.
La mañana transcurrió sin muchos sobresaltos. Llegó el mediodía, el caos
de la salida y entrada del colegio y luego la tan ansiada siesta. Bajó la
persiana, cerró todo con llave y le pegó un cartelito en la puerta a Romina, dejándole
saber las cosas que faltaban y que, si venía el proveedor, comprara. Se recostó
con un el libro de turno para intentar leer lo que necesitaba para el parcial
que se le venía encima. Avanzó unas hojas y lo cerró cuando oyó que había caído
un mensaje en el celular. Desde la noche anterior no había querido ni tocarlo.
No deseaba tentarse. Sin embargo, casi doce horas después de la última vez, no
pudo resistirse. Saltó de la cama y regresó con el aparato. Una vez ubicada en
su posición inicial, abrió el WhatsApp.
Buenas. ¿Cómo va todo? ¿Qué andas haciendo? ¿Hoy cursas?
No era Sebastián. Le respondió enseguida y le contó que sí, que en un
par de horas saldría de su casa para el instituto. Ella le preguntó que estaba
haciendo él e iniciaron una conversación fluida que duró hasta que ella se
subió al colectivo y le explicó que debía ponerse a leer sí o sí.
Me gustaría invitarte a comer. No sé si esta noche o
más cerca del fin de semana.
Sandra se quedó pasmada ante la invitación. ¿Qué esperaba? El tipo tenía
42 años y no estaba para dar vueltas. ¿Y ella? ¡Tampoco! No podía pasarse toda
la vida llorando por un amor que no podía ser. Quizás, salir con Juan era el
primer paso para olvidarse de Sebastián de una buena vez.
Me encantaría. Pone
el día y el lugar y ahí nos vemos.
Juan Manuel le explicó que los viernes pasaba a buscar a su hija por la
casa de su ex mujer y se quedaba con ella hasta el domingo a la tarde. Le dijo
que, si no le molestaba, se podían ver el jueves cuando ella salía del
instituto.
Te paso a buscar y
vamos a cenar.
La seguridad del mensaje anterior se desvaneció ante la inminente cita.
Sin embargo, no arrugó.
Perfecto.
No hablaron más. Ella intentó leer, pero fue en vano. Enseguida, regresó
al mensaje de Sebastián. Lo leyó una vez más. Cuando estaba a punto de borrar
el mensaje, notó el “escribiendo” debajo de su nombre. Esperó con el corazón en
la mano. ¿Qué le diría? ¿Le reclamaría la falta de respuesta?
Esperó.
Esperó.
Pero nada sucedió. Se desconectó a los pocos minutos.
Con la mirada perdida en las calles de Buenos Aires, Sandra dejó escapar
una lágrima pequeña, chiquita que poco expresaba lo que estaba sintiendo. ¡Lo
extrañaba tanto!

😢😢😢 pobre Sandra... que difícil...
ResponderEliminarMe Encanta Juan Manuel! ��
ResponderEliminarEspero esta vez ser del equipo correcto jajajja.
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