miércoles, 12 de febrero de 2020

LUC: Capítulo 4: Una hamburguesa y un beso



“Y fue entonces cuando comprendió que, sin amor, todos los besos saben a lo mismo.”
Desconocido.

No le escribiría.
No. No. No y no.
Había tomado una decisión e iría por ella aun cuando se le quedara el corazón atascado entre el pecho y el alma. Aun cuando supiera que jamás lo olvidaría.
—Romi. —la llamó antes de entrar al Instituto. Estaba feliz que tenía su auto de vuelta.
—San, ¿Todo bien?
—Sí. Solo llamaba para saber si estaba todo bien. Hoy al mediodía pasaron unas caritas raras por la vereda, pispeando todo.
—¿Querés que atienda por la ventanita?
—Por favor. Me voy a quedar más tranquila.
—Dale, ya mismo cierro y trabo la reja. No te preocupes.
—Gracias. ¿Te va a buscar tu novio?
—Sí.
—Perfecto. Apenas salgas avísame, ¿sí?
—Sí, tranquila. Un beso.
—Cuidate, Ro. Cualquier cosa, me llamás. Un besote.
El profesor los dejó salir unos diez minutos antes. 21:50 estaba en la puerta del instituto, enviándole un mensaje a Juan Manuel.
            Salí un ratito antes. Avisame cuando estés cerca y me acerco.
La respuesta de él, llegó enseguida.
            Estoy en la esquina.
Sandra leyó el mensaje y se asomó para ver de qué esquina hablaba. Giró la cabeza a un lado y al otro, hasta que lo vio levantar la mano. Se acercó lentamente, pensando en que Cecilia la levantaría en peso por el atuendo que había decidido usar. Jeans, botas y un sweater común y corriente. El único toque diferente era el peinado. Se había hecho una trenza que caía a un costado y, con el paso de las horas, algunos mechones ya deberían estar adornando el borde de su cara. En ese momento, mientras avanzaba hacia él, se dijo que, si quería intentar algo nuevo, debía cambiar ella también. Si quería dar vuelta la página, debía hacer unos pequeños retoques en su vida y su vestuario podría ser el primer paso.
—Hola. ¿Hace mucho que estás? —se dieron un beso entre sonrisas.
—No. Hará cinco minutos. ¿Cómo estuvo la cursada?
—Aburridísima. Pero el profesor se copó y nos dejó salir unos minutos antes.
—Buenísimo. ¿Vamos?
—Sí. Decime donde nos encontramos. Yo voy en mi auto y vos en el tuyo.
—Ah, ¿Tenés auto?
—Sí. Me lo entregaron esta mañana. Estuvo en el taller desde la semana pasada hasta hoy.
—Qué bueno. ¿Y no querés venir conmigo y después te traigo hasta acá?
—Mmm… No sé.
—¿Pensás irte antes que yo?
—¡No!
—Y… ¿Para qué dos autos, entonces? Además, donde pensaba llevarte es complicado el estacionamiento. Y, es medio tarde.
—Bueno. Dale. Me convenciste.   
Se subieron y antes de que salieran, el teléfono de Juan Manuel comenzó a vibrar con insistencia debajo de la cola de Sandra.
—Ups. Perdón. Es la costumbre. Siempre lo dejó ahí.
—A ver…—Sandra se despegó del asiento y le entregó el aparato.
—Hola. Sí. ¿Y qué vas a hacer? —Sandra jugueteaba con la bola de boliche que colgaba del espejo. —No, no. En menos de media hora estoy allá. Estoy cerca. Sí, decile que ya voy. No, no. Si llegan a atenderla antes que yo llegue, me avisas. Dale, chau.
—Tu nena. —Para esa altura Sandra ya sabía que su hija tenía seis años, que se llamaba Victoria y que era hermosa. Juan Manuel se había encargado de enviarle diez de sus mejores fotos.
—Vuela de fiebre. Emilia le dio un ibuprofeno, pero no baja. Están en la guardia.
—No te preocupes. —Sandra tomó la manija del auto y se dispuso a bajar cuando la mano de Juan la detuvo.
—Quiero volver a verte. Dejame ver cómo está Vicky y arreglamos.
—Dale. —se despidió con un beso y se alejó camino a su coche.
Cuando se sentó al volante, apoyó la cabeza sobre el respaldo y cerró los ojos. Había sido un día muy largo. Antes de salir, controló los mensajes del celular.  Leonardo que vivía arriba de la verdulería siempre le escribía si había algún problema en el barrio o si no había luz; como para que ella no se encontrara con ninguna sorpresa. Desde que empezó a cursar, era una costumbre revisar el teléfono para ver si había alguna novedad. Tenía un solo mensaje: unos minutos antes Juan Manuel le había escrito; seguramente antes de arrancar.
            Perdón.
Prometo compensarlo apenas pueda.
Un beso y gracias por entender.
Sandra le respondió que estaba todo bien y que le avisara cómo había encontrado a su hija. Para sus adentros, agradeció el contratiempo. Quería volar a su casa para meterse en la cama y descansar de una buena vez. Sin embargo, en el camino, su estómago le hizo saber que los planes cambiarían. Pensó que no había comido nada durante toda la tarde y recordó que poco tenía en la heladera de su casa. Decidió frenar en un Burger King y pedirse una hamburguesa. Hacía tiempo que no se daba el gusto. Buscó en el GPS el más cercano y allá fue. Mientras caminaba al local de Avenida Rivadavia y San Pedrito, el teléfono sonó en su bolsillo.
—Hola.
—¿Dónde estás?
—Emm… a punto de comprarme una hamburguesa. ¿Por? ¿Qué pasó con Vicky?
—Ya están camino a casa. Emilia me avisó que el médico le dijo que era angina, le recetó unos medicamentos y reposo. Nada grave, por suerte.
—Ajá. Qué bueno.
—Emilia dice que está dormida y que es al pepe que vaya hasta allá. Prefiere que me quede mañana con ella que tiene que trabajar. ¿Te jode si me esperas unos minutos y te acompaño con la hamburguesa?
—No, dale. Todavía no entré. Te esperó para pedir.
—Perfecto.
Quince minutos después, Juan Manuel entraba y la buscaba entre las mesas. Sonrió cuando la vio y ella se puso de pie para alcanzarlo.
—Al final vamos a poder cenar. —dijo ella.
—Sí. No era este lugar lo que tenía en mente, pero…
—Me moría de ganas de comer una hamburguesa.
—Bueno. Pidamos.
La charla con Juan le quitó de la cabeza esa necesidad de volver a su casa cuanto antes. Se sentía bien hablar con una persona interesante, repleta de viajes y experiencias, que tenía muchas cosas que contar e historias que compartir. El tiempo cuando estaba a su lado parecía volar. Tenían muchas cosas en común y eso a Sandra, le hacía el camino más fácil.
Después de cortar con Sebastián, y tras un tiempo prudencial en el cual aprendió a tragarse el dolor de estar lejos de él, intentó conocer otros hombres. Cecilia había sido la celestina en muchas oportunidades aún sin estar de acuerdo con ella. Sí, había conocido tipos lindos, sexys, pero… con ninguno podía mantener una conversación constante e interesante. Sí, se acostó con algunos de esos hombres y tampoco en la cama encontró una excusa para mantenerlos cerca. Ulises había sido el último y fallido intento. Un tipo de cuarenta y ocho años, alto, deportista. Lindo… muy lindo. Pero, a Sandra no le bastaba con las salidas y las cenas, o los besos robados en un auto. Y menos, cuando se enteró que jamás se había divorciado de su mujer, como él decía. Aquella relación también había calmado a Cecilia que parecía insistir en conseguirle pareja. A veces se preguntaba quién estaba más ansiosa por olvidar a Sebastián. Si ella, o su prima.
Juan Manuel era diferente y eso la relajó. Se permitió soltar su lado más simpático, aflojó la sonrisa y por unos minutos, cuando él la miraba con ojos tiernos, ella creía que se olvidaba de a poco, de Sebastián. Creía…
—Bueno… ¿Nos vamos? Ya son las doce y media y tengo una hora hasta casa.
—Dale. Te acompaño hasta el auto.
Caminaron los dos hasta el vehículo conversando sobre Europa, su historia, sus lugares. Él le contó que había vivido en Madrid por dos años y allá había conocido a Emilia. Sandra no preguntaba, en cambio, escuchaba todo lo que él quería compartirle. En esa hora y media, supo más de la vida de él que de cualquier persona a su alrededor. Bueno, sin contar a Cecilia que era su mejor amiga.
—Este es mi coche. —Sandra se frenó y sacó las llaves del bolsillo de la mochila.
—Se la aguantan estos, eh. —exclamó él dándole un golpecito al capot.
—Tiene el motor nuevo. De afuera está medio caído, pero es una máquina. Me lleva y me trae y eso, es suficiente.
—No, no. Me imagino. —él se apoyó en coche y la miró expectante. Ella se quería despedir, subir y regresar a su casa. Él, parecía querer algo más.
—¿Qué pasa?
—Me encantó haberte conocido, Sandra.
—A mí también. Ya te lo había dicho.
—Sí, es verdad. ¿Cuándo nos vemos?
—Hablamos en estos días, ¿te parece?
—Me parece. —se acercó y corrió unos mechones sueltos de la trenza mal hecha. —Si te beso ahora… ¿Qué pasaría?
—Nada.
Y eso ocurrió. Él la besó y no pasó nada.
                                           

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