“Detener amores es pretender parar el Universo…”
Silvio Rodríguez
Dos meses pasaron de esa noche y esa hamburguesa, de ese beso en la
calle. Dos meses de cenas, de salidas los domingos a la noche; de cines, de
teatros. Sandra jamás se había divertido tanto como con Juan Manuel. Ni
siquiera con Sebastián. Y eso le dolía. Le dolía disfrutar. Le dolía porque
sabía que aun pasándola genial con él, su corazón seguía anhelando los brazos
de otro, los besos de otro, las sonrisas y las miradas de otro, el cuerpo de
otro. De otro que no le había vuelto a escribir. De otro a quien ella tampoco
le escribiría. ¿Por qué? Porque era lo que debía ser. Estaba convencida de que
tarde o temprano se olvidaría de él y su corazón aceptaría a Juan de una vez
por todas. Su cuerpo ya lo había recibido y, a decir verdad, no la pasaba nada
mal. A pesar de no sentir esa sensación arrolladora que sólo había vivido junto
a Sebastián, se entregaba a las posibilidades sin escatimar en nada.
—Hola, Leo. ¿Cómo va? —le dijo a su amigo verdulero esa mañana de
viernes lluvioso.
—Tranqui. ¿Vos?
—Acá, renegando con el auto. Otra vez con unos problemas. Voy a cambiar
de mecánico. Lo llevo con Horacio y cada dos por tres, tiene un problema nuevo.
—Qué cagada. Mirá, puedo preguntarle a mi cuñado. Él conoce unos buenos
mecánicos por la zona. Después le escribo y te aviso.
—Gracias. Encima, esta noche tengo un cumpleaños. Y si no soluciono el
tema, me va a tocar viajar hasta capital en bondi.
—Ya mismo le mando mensaje.
A las doce del mediodía, Leo entraba con el celular en la mano. Del otro
lado, el supuesto mecánico.
—San. Hablá con el tipo. Según Yeye, es el mejor de Casanova.
—Hola.
Sandra le explicó con detalles los ruidos y lo que ocurría con su Fiat.
El hombre parecía saber cuál era el problema. Le dijo que acercara el auto y
que, seguramente, en unas horas lo tendría funcionando. Le pasó la dirección y
cortó.
—Gracias, Leo. Ya mismo cierro y lo llevo. No es tan lejos.
—Bárbaro.
Dejó el auto, volvió en colectivo hasta su casa y retomó su día como
cualquier otro. Esa tarde había decidido faltar al parcial de Historia de
Grecia. No había estudiado y ya estaba pensando en que le tocaría recursar. No
le preocupaba. Había podido meter casi todas las materias; menos esa. Y,
además, aprovecharía porque esa noche celebrarían el cumpleaños de Cecilia y
quería ir descansada. Y arreglada.
A las seis de la tarde, el mecánico la llamó y le avisó que,
desafortunadamente, no había podido conseguir el repuesto que necesitaba. Que,
con seguridad, al día siguiente lo tendría.
¿Qué iba a decir?
—Espero que para mañana esté. La verdad que lo necesito y mucho.
—Mañana antes de las doce, está listo. Le pido mil disculpas.
—Okey. Chau.
Corrió. Se bañó rapidísimo y tuvo que cambiar de vestuario a último
momento. No podía ponerse el pantalón blanco y viajar en colectivo. Así que
optó por un jean negro nuevo y una blusa color mostaza que le había regalado
Cecilia para su último cumpleaños y aún no había estrenado. Decidió pedirse un Uber
hasta Morón y de ahí tomar el 166 hasta Palermo para después agarrar el subte y
bajarse en Agüero. El camino sería largo, pero seguro. Antes de salir, le
escribió a su amiga y le dejó saber que llegaría más tarde porque iba a
viajando, a lo que Cecilia le respondió;
—¿Querés que le diga a Pablo que te vaya a buscar a Once? Venite en
tren.
—No, no. Yo llego cuando llego.
—¿Segura? Mirá que él no tiene drama.
—Ya sé que no. ¡Si es un santo! Pero no, gracias. Ya estoy camino a la
estación de Morón. Un beso.
—Nos vemos más tarde.
Dos horas después tocaba el timbre en el portero eléctrico.
—¡Ya bajo! —le dijo Cecilia del otro lado.
La sorpresa que se dio al ver a Sebastián con las llaves en la mano
acercarse fue tal que se echó hacia atrás como impulsada por un resorte. Se
obligó a permanecer quieta para que no se le notaran los nervios y la ansiedad
de volver a verlo. ¿Había bajado a recibirla porque era ella? No. Enseguida se
dio cuenta de que él ni sospechaba que quien había llegado era ella. Venía
atento a la búsqueda de la llave que le habían indicado y no había reparado en
quien esperaba del otro lado era Sandra. Cuando levantó la vista sus ojos se
encontraron. Tardó un poco más en abrir y cuando lo hizo, ambos permanecieron
tiesos observando al otro. El seguía con la misma barba que le había visto en
el colectivo. Seguía igual de hermoso que siempre.
—¿Vas a pasar? —le preguntó con sequedad. ¿A qué se debía ese tono? ¿A
que no le había respondido el mensaje?
—Sí. —dio un paso hacia adelante y…
—¡Sandra! ¡Sandra! —una voz la detuvo. Giró el cuello y vio a Juan
Manuel acercarse con dos botellas entre las manos. —¡Hola! —se acercó y la besó
en la boca. —¿Por qué no me dijiste que no tenías el auto? Podía haber ido a
buscarte. —le preguntó mientras la abrazaba y se metían dentro.
Sebastián se había quedado con las llaves en la mano, la puerta abierta
y las expresiones tiesas. Sandra se detuvo y los presentó;
—Juan, él es Sebastián. Es primo de Cecilia.
—Uy, perdón. No te vi. ¿Cómo va? —estiró la mano y Sebastián hizo lo
mismo.
—No pasa nada. Suban. Los están esperando.
—¿Vamos? —le preguntó Juan Manuel a una Sandra que se había convertido
en estatua y que no parecía querer moverse para ningún lado. Tenía la mirada
clavada en los ojos inyectados de Sebastián que también la miraba fijamente.
—Subí. Me voy a fumar un pucho.
—Fumá en el balcón. Ya es tarde.
—Ya subo.
—Okey.
Juan Manuel se metió al ascensor y apenas se cerró la puerta, Sandra
avanzó hasta Sebastián. Se detuvo a unos pocos pasos y lo miró con ternura.
¡Cuánto lo amaba! ¡Cuánto lo deseaba! ¡Cuánto…lo extrañaba! En ese momento
pensó que la edad no significaba nada, que no le importaba nada más que estar
entre sus brazos y sentirse amada por él.
—¿Vas a salir a fumar? ¿Te dejo las llaves?
—No. Sólo quería decirte que él…
—No hace falta que me expliques nada. Vos y yo no somos nada. Parece
buen tipo. Justo de la edad que estabas buscando.
Jaque mate.
Dejó que la puerta se cerrara de un golpe y se alejó de ella dando pasos
largos. ¿Qué esperaba? Intentó calmarse, guardarse las lágrimas, y a los pocos
minutos subió. El pequeño departamento estaba atestado de gente, tanto que,
para pasar de un lado a otro, casi todo el mundo debía moverse. Susana y
Rodrigo, Patricio y la novia, María y Juan a quien se acercó a saludar
enseguida. Algunos compañeros de trabajo y por supuesto, Sebastián. Cecilia
estaba radiante y Pablo no perdía oportunidad de abrazarla y susurrarle cosas
en el oído. Sandra y Juan Manuel conversaban en un extremo, aunque, el único
que hablaba era él porque ella no era capaz de entender lo que ocurría a su
alrededor. Apenas podía mover la cabeza y largar monosílabos para no parecer
perdida. Solo tenía ojos y oídos para una sola persona. Y esa persona estaba
apoyada en la mesada de la cocina saboreando una copa de vino, mientras
conversaba con el papá de Pablo.
—Bueno… llegó el momento de la torta. ¡A ver! —gritó María que se
acercaba con la bandeja.
Todos se acomodaron alrededor de la mesa y cuando la luz se cortó, Juan
Manuel la hizo girar sobre sus pies y devoró su boca con pasión. De la misma
manera que lo hacía siempre; no era raro en él y, hasta ese momento, no le
había molestado. Al contrario. Solo que ahora… era diferente. Cuando la soltó,
sintió la mirada de Sebastián sobre ellos dos, pero no quiso dejarse arrastrar
por ella. Cantaron el feliz cumpleaños, Cecilia sopló las velitas, la luz se
encendió y siguieron con las fotos.
—Me voy, Ceci. —le dijo Sandra después de probar la torta de Susi a la
que no se pudo negar.
—¿Ya? ¿Por qué?
—Porque… ya sabés por qué.
—Vení…—Cecilia la arrastró hasta la habitación y cerró la puerta. —¿Qué
pasó? Me di cuenta de las miradas de mi primo. Estimo que está así por Juan
Manuel.
—No sé. Pero no me hace bien estar acá. Me quiero ir.
—Eso que yo le dije. —refunfuñó.
—¿Qué le dijiste?
—Que estabas saliendo con alguien.
—¡Cecilia! ¿Por qué?
—¡Porque es la verdad!
—¿Y qué te dijo?
—No me dijo nada. Bah… solo me preguntó cuántos años tenía él.
—Dios…
—Ya está. Tarde o temprano esto iba a pasar. Acaso… ¿No es lo que vos
querías? ¿Olvidarte de él? Parece que Juan está cumpliendo su cometido, ¿o no?
—¿A vos te parece que lo esté cumpliendo?
—No, se ve que no. Pero ya está. ¿Juan te lleva a tu casa?
—Sí.
—Bueno. Lo siento mucho, Sandra, de verdad. Sé que no la pasaste muy bien,
pero… como te dije una vez, yo quiero a los dos en vida. No los quiero perder.
Espero puedan resolver esta situación.
—Lo dudo. Me voy.
Se despidieron de casi todos. Juan Manuel bajó con Sandra y juntos,
avanzaron hasta el auto de él. En el camino, el silencio fue raro, aplastante,
y apenas se sentó en el asiento supo que él diría algo con respecto a
Sebastián.
—¿Qué onda ese pibe? —¡Dicho y hecho!
—¿Quién?
—No te hagas la tonta. Sabés de quién hablo.
—Es el primo de Ceci. Ya te lo dije.
—¿Qué pasó entre ustedes?
—Nada.
—No me gusta que me mientan, Sandra. Si así va a ser nuestra relación,
pongamos fin acá y cada uno por su lado.
—Salimos unos meses, nada importante. —¡Mentirosa!
—¿Y?
—Y nada. Él tiene veinticinco años. Es un pendejo. —eligió esa palabra a
propósito.
Esa palabra había sido la última que le había dicho cuando se separaron.
Le había dicho “No va a funcionar nunca porque vos sos un pendejo.” Y se
marchó. Y lo dejó. Y en esa habitación no solo lo dejó a él, sino que también se
dejó el corazón sobre aquella cama donde se amaron por última vez.
—Vuelvo a repetir… ¿Y? Que sea un pendejo no tiene nada que ver. No soy estúpido.
—No pasa nada, de verdad. Solo que…que desde que nos peleamos no nos
habíamos vuelto a ver. Fue raro, nada más. —estiró la mano y acarició su
mejilla. Él aflojó el ceño y besó sus dedos con dulzura.
—¿Me puedo quedar a dormir en tu casa?
—¿Hoy?
—Sí. Pude cambiar el día con Emilia. —le explicó—Y lo más importante…
quiero estar con vos.
—Bueno. Quedate.
Pretender. Pretender.
Pretender. 
Mal,mal...muy mal.No se debe ilusionar a alguien para despuès romperle el corazòn.Juan Manuel no lo merece y me la veo venir
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