viernes, 3 de abril de 2020

LUC: Capítulo 12: Una persona inesperada



“A veces lo que esperamos nunca llega, es lo inesperado lo que te cambia la vida.”
Clom Morales.

Durante dos días seguidos fueron a la playa y permanecieron ahí desde la mañana hasta que el sol desapareció. La piel de Sandra comenzaba a tomar un color tostado que, según Cecilia, le sentaba muy bien. Ella, por su parte, había intentado disfrutar de las vacaciones como si Sebastián no estuviera tan cerca suyo. Habló con Juan Manuel unas cuántas veces y las horas fluyeron como arena entre las manos. El domingo llegó, pasó y las encontró sentadas en un barcito despidiéndose de los días en soledad.
—Brindemos por nosotras. —levantó el vaso Cecilia y Sandra la imitó.
—Por nosotras. —chocaron los vasos y enseguida se tomaron una fotografía para inmortalizar ese momento.
—Mañana llega Pablo y se nos acaba la joda. —dijo bromeando.
—¡Pobre, Pablo! Si es un sol. —la amonestó.
—Sí que lo es. Pero… no me digas que solas no la pasamos bien.
—¡Sí, eso sí! —volvieron a brindar.
Al salir, decidieron ir a dar un paseo por la costa. Caminaron por la playa, envueltas en la brisa marina. Sandra, con varias copas encima iba más relajada que de costumbre. Cecilia, aprovechó su soltura y le preguntó;
—¿Qué onda Juan?
—Bien…
—¿Bien? ¿Nada más?
—Es… —pensar en él siempre la hacía sentir rara. Por un lado, la llenaba de felicidad saber que por fin había encontrado un hombre como el que ella quería; trabajador, responsable, centrado. Y buena persona, sobre todo. Pero, por otro, enumerar sus cualidades le ratificaba lo mal que estaba haciendo las cosas con él. Se merecía mucho más de lo que Sandra le estaba dando o, más bien, de lo que era capaz de darle. — perfecto para mí. —dijo por fin. Mintiéndole y mintiéndose.
—Guau… Qué lindo es encontrar la pareja perfecta, ¿no? —disfrazó su ironía con una sonrisa que Sandra no notó.
—Sí. Me hubiese encantado conocerlo antes. Antes de tu primo, antes de todo…
—Las cosas y las personas llegan cuando las necesitamos. Por algo, te cruzaste con Juan Manuel.
—Puede que tengas razón.
Regresaron al departamento y, como se habían acostado bastante tarde, no oyeron los golpes en la puerta a la mañana siguiente. Cecilia se despertó cuando Pablo gritó su nombre desde la vereda. Se acercó al balcón con los ojos pegados y los vio. Al principio, creyó que debido al sueño estaba confundida pero cuando les abrió…
—Juan… ¿Qué hacés acá?
—Vine a darle una sorpresa a tu amiga. ¿Duerme?
—Sí. Nos acostamos re tarde anoche.
—¿Y para mí no hay recibimiento? —preguntó Pablo indignado por la falta de atención de Cecilia que solo se había percatado de Juan.
—¡Sí, perdón! —se colgó de su cuello y lo besó por todos lados.
—Buenos… —dijo Sandra y se detuvo al ver la escena. ¿Qué hacía Juan Manuel ahí?
—¡Sorpresa! —le sonrió.
—Ho… la… —se le acercó y le dio un beso en la mejilla. —No me habían dicho nada. —miró a Cecilia y a Pablo.
—No sabíamos nada… —explicó Cecilia y Pablo la interrumpió;
—Yo sí, sabía. Hablamos durante la semana y a mí se me ocurrió decirle si quería venir unos días. ¿Hice mal? —alternó la mirada entre Sandra y su novia.
—No, para nada. —comentó enseguida y se giró para sonreírle a Juan que daba vueltas por la sala y ojeaba el balcón.
—Es muy lindo, che. —dijo refiriéndose al departamento.
—Sí, muy cómodo.
Los hombres habían comprado algo para desayunar así que dispusieron la mesa; Sandra se metió al baño mientras que Cecilia preparaba el desayuno. Mate para las mujeres, café con leche para los hombres. A los pocos minutos, estaban los cuatro conversando sobre la playa, el vuelo… y los planes que habían estado pensando para los días que quedaban. Pablo encaró el tema diciendo;
—Con Juan decíamos de alquilar un coche para recorrer las playas. Nos quedan cinco días así que, podríamos hacer cinco playas diferentes. ¿Te acordás el nombre del lugar donde se hospedaron los vecinos, Ceci?
—No, no me acuerdo.
—Bueno, pero… ¿Juan, donde vas a dormir vos? —preguntó Sandra y todos se quedaron callados.
—Emm… bueno, pensaba proponerte que alquiláramos algo para vos y para mí. Estuve mirando unas habitaciones por acá, para que estemos cerca…
—Ah, bueno… —se dedicó a tomar el mate que su amiga le había dado y se perdió en sus pensamientos.
Ella había venido a pensar qué hacer con él, qué hacer con su relación. ¿Y ahora? Definitivamente no iba a poder recapacitar mucho compartiendo la cama con él. Aunque, a decir verdad, se había pasado más tiempo analizando la figura de Sebastián que su relación con Juan Manuel.
—¿Les parece que nos preparemos para la playa? —preguntó Cecilia para cortar el ambiente extraño que se había desparramado alrededor, mientras guardaban las cosas del desayuno.
—Sí, el día está hermoso. Más tarde vamos a ver lo del coche y mi habitación. —el comentario de Juan no le pasó desapercibido a Sandra. Debía hablar con él porque claramente había sido muy descortés con su pregunta de más temprano.
Salieron los cuatro. Cecilia y Pablo caminaban adelante abrazados, haciéndose arrumacos mientras que Juan y Sandra apenas si se rozaban. Una vez que dejaron que los demás se alejaran, Juan fue quien habló primero;
—Pensé que te ibas a poner contenta de verme. Que te iba a sorprender. Te pido disculpas si me precipité. No debí venir.
—No, no. —se frenó y lo tomó de la mano. Debía arreglar las cosas.
—Sí. Si te hubieses visto la cara con la que me miraste…
—¡Perdón! —le rogó con la mirada. — No te esperaba, nada más. Sí, me sorprendí, pero… de verdad, no me molesta que te quedes ni nada. Es que… bueno, había pensado en pasar estos días con los chicos y…
—No hace falta que me expliques. De verdad. —retomaron la caminata en silencio.
—¡Juan! —Pablo se detuvo más adelante y le señaló algo. Cuando se acercaron vieron un cartel de alquiler.
—¿Querés que preguntemos? —lo animó Sandra.
—Bueno. —Juan apenas sonrió—Vayan yendo. Nosotros vamos a averiguar y los alcanzamos.
—Mismo lugar, San. —le gritó Cecilia.
—Okey.
Juan Manuel no quiso perder la oportunidad y se decidió por ese lugar aún sin ver otros. Dijo que temía que no encontrara nada más cerca así que, señó la habitación y quedó con el dueño en regresar por la tarde para dejar sus cosas. Los ambientes eran mucho más pequeños que el otro, pero acogedor.
—¿Te gustó? —le preguntó mientras retomaban el camino a la playa.
—Sí, estaba precioso. Chiquito pero lindo.
—Si querés te podés quedar con los chicos allá. No es obligación venirte conmigo.
—No, no. —lo abrazó—quiero quedarme con vos.
Llegaron al mar y enseguida reconocieron a sus amigos en el agua. Sandra se quitó la ropa y Juan la miró con ojos de hambre. Estaba tostada, su piel brillaba y llevaba puesta un bikini super sexy que, de un segundo a otro, había despertado un deseo inexplicable. La ayudó con el protector y, con cada movimiento, depositaba besos pequeños en su cuello, en su espalda.
—No veo la hora de tenerte para mí solo. Estás hermosa.
—Gracias… —Sandra se dio vuelta y se colgó de su cuello. Lo miró a los ojos y una vez más, se convenció de que él era su hombre perfecto. Lo besó en la boca y juntos, avanzaron hacia el agua.
Pasaron el día divirtiéndose, riendo, charlando. Sandra se dejó llevar por la paz y la tranquilidad que la presencia de Juan le daba. Llegó la tarde y decidieron partir para que algunos movieran sus cosas de departamento y otros, buscaran un auto para alquilar.
Una vez instalados, Sandra y Juan se acomodaron en el sillón después de hacer el amor en la ducha y dormitaron un ratito mientras esperaban el mensaje de Pablo para ver qué hacían de cenar.
            El primo de Cecilia nos invitó a cenar. ¿Contamos con ustedes?
Juan Manuel leyó el mensaje y miró a Sandra que dormía apoyada en su regazo. Le dolió lo que estaba pensando, pero debía comprobarlo. Debía ver qué les ocurría a los dos. Él estaba perdidamente enamorado de ella y necesitaba saber qué le pasaba a ella con él. Entonces le escribió a Pablo;
            Contá con nosotros.
Pablo le respondió con un dedo hacia arriba y ahí se terminó la conversación. Dos horas más tarde, los pasaban a buscar por la puerta del edificio.
—¡Qué rápido alquilaron! —comentó Sandra al subir.
—Sí. Conseguimos enseguida, por suerte.
—¿Vamos a un restaurante, entonces?
—Sí. —respondió Pablo y arrancó.
—San… Pensé que ibas a decir que no. —le dijo en un susurro Cecilia, que se había sentado en el asiento de atrás para viajar con su amiga.
—¿Por?
—¡Ah! Digo…como va a estar Sebas y la estúpida esa, pensé que quizás no querías venir.
—¿Qué? —Sandra la miró extrañada y movió la cabeza en busca de Juan Manuel.
—¿Juan no te dijo que él nos había invitado?
—No. —se cruzó de brazos envuelta en bronca.
—Ups.
                             

6 comentarios:

  1. Ayy no me lo hagas sufrir a Juannnnnn

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  2. gracias por compartir esta hermosa historia....pero no nos hagas esperar tanto por faavooooor.

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  3. X dios muy lindo lo de san y sebas pero pobre juan ya me da penitaaaaa

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  4. no no no!!! no debería haber hecho! me va a matar la ansiedad!

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  5. Esta vez Sandra si se enoja es con razón ...

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