“La besé con tanta pasión que comenzó a llover entre
sus piernas.”
Danns Vega
Barajó la posibilidad de hacer un escándalo
en el auto y pedirle a Pablo que la llevara de vuelta al departamento. Sin
embargo, llegó al restaurante y adoptó la misma postura que se había encargado
de ensayar una y otra vez, desde el día en que se separaron. Una postura
distante, lejana, amarga, agría. Con esa idea entró al lugar. Con esa idea
caminó detrás de Juan. Con esa idea se acercó a la mesa donde la boca de
Sebastián estaba siendo devorada por una anaconda de vestido rojo. Cuando se
sentó, esa idea la había abandonado por completo.
—Tami, te presento a Pablo, a mi
prima ya la conocés. Y ella es Sandra, su amiga y él es...
—Mi novio. —completó Sandra.
—Hola, ¿Cómo va? —saludó Juan.
Se acomodaron cada uno en su lugar.
Sebastián había quedado en la otra punta de la mesa. Juan Manuel, justo delante
de ella. Se quitó el saco y lo acomodó en la silla. Cuando giró se encontró con
la mirada de Tamara, observándola sin descaro.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
—Nada, te veo cara conocida.
—Ah, ¿sí? ¿De dónde?
—Sí. Quizás pasaste por el local
alguna vez.
—¿Qué local? —preguntó Cecilia
agregándose a la conversación.
—Tami trabaja en una tienda en San
Justo. —explicó Sebastián y miró a Sandra.
—¡Qué bien! ¡Era hora! —se burló
Cecilia. —Digo… ¡En hora buena!
—No, Tami. —le dijo Sandra haciendo
énfasis en el diminutivo de su nombre y retomando la conversación. —Yo no
compro nada en San Justo. Así que…
—Bueno. Igual, deberías… —y se rio
detrás de la copa de vino.
A Sandra se le estaba subiendo la
bronca de una manera demasiado rápida e incontrolable. Indudablemente Tamara
era una yarará como había dicho Cecilia. Cuando estaba a punto de responderle con
una barbaridad, la mano de Juan la detuvo a tiempo. Se miraron. Él le sonrió y
ella respiró hondo para empujar las palabras bien al fondo. Entrelazó sus dedos
con los de él, en forma de agradecimiento. A Sebastián el contacto no le pasó
desapercibido. Indignado, pasó el brazo por sobre los hombros de su novia y la
buscó con la mirada. Si ella creía que era un pendejo, se comportaría como tal.
—¿Pedimos? —preguntó Pablo.
—Sí. Claro.
Una vez que aparecieron las bebidas
para los recién llegados, Sandra extendió el brazo y le pidió al novio de su
amiga que le llenara la copa. Se tomó la mitad en unos pocos segundos. Y así,
comenzó su noche.
—Seba… ¿Cómo es eso de que te dieron
vacaciones? —Quiso saber Pablo.
—Sí. Uno de los chicos tuvo un
problema con su familia y me pidió que cambiáramos las fechas.
—Y, además, lo teníamos organizado,
¿no? —dijo Tamara con cizaña.
—¡Qué suerte! —celebró Pablo sin
prestarle atención al comentario.
—Seh…
—Che…¿Y estás en blanco?
—Sí, sí. Me pagan muy bien y el
trabajo está piola. Nos encargamos del diseño de muchas cosas. A veces, marcas,
a veces, libros…
—¿Y cuándo pensás dar las materias
que te faltan? —inquirió Cecilia.
—Este año me recibo.
—¡Y estás viviendo solo me dijo Susi!
—agregó Pablo y levantó la copa. —¡Salud por todo eso!
—¡Salud!
Esa noche Sandra se enteró de muchas
cosas nuevas que pasaban en la vida de Sebastián. Ya no vivía con Susana.
Habían alquilado su casa de toda la vida y ahora él se había mudado a Ramos Mejía.
Trabajaba en una empresa de diseño importante. Y…
—Igual, solo solo no está. Yo dejé mi
cepillo de dientes hace rato. —acotó Tamara sumándole al comentario una risita
socarrona.
—¿Están viviendo juntos? —preguntó
Pablo sorprendido.
—¡No! —respondió Sebastián y sobre él
se escuchó el sí de Tamara que, al oír su respuesta, inmediatamente, lo observó
incrédula.
—Bueno… a ver qué tenemos por acá.
¿Qué pediste, Juan? —dijo Cecilia para cambiar el tema.
Conversaron mientras cenaban. Juan,
Pablo y Sebastián charlaban de las últimas noticias económicas, del gobierno,
Brasil. Tamara no dejaba de ver el teléfono celular y Sandra y Cecilia se
hacían caras burlándose de ella.
—Sandra… — Tamara interrumpió la
conversación de los hombres y las risitas de las chicas e hizo que todos le
prestaran atención. —¿Cuántos años tenés?
—Treinta y cuatro. ¿Por?
—Ah… pensé que eras más grande.
Sandra se puso de pie en un segundo.
Ni las manos de Juan ni los tirones de Cecilia fueron suficientes. Debía irse
de ahí o cometería un gran error. La estúpida esa le importaba poco, el
problema era Pablo y Cecilia. No quería hacer escándalos ni hacerlos quedar
mal. Por ellos y también por Juan Manuel que tampoco se merecía ser testigo de
su lado más oscuro.
—Salgo a fumar.
—¿Te acompaño? —le preguntó Juan que
ya se ponía de pie.
—No. Voy sola. —y se alejó dando
largas zancadas.
—Ah… ¡Pero qué carácter! —acotó
Tamara y Cecilia la fulminó con la mirada.
La nicotina estaba relajando su
cuerpo, sí, pero no así su mente. Quería matar a esa idiota. Quería matarla con
sus propias manos. Quería clavarle los grisines en los ojos y meterle…
—¿Me convidas uno? —Sebastián se
había detenido a unos pocos pasos de ella. ¿Cómo la había encontrado si se
había encargado de dar toda la vuelta para que nadie la viera?
—¿Desde cuándo fumás?
—Desde hace… dos años. —se acercó un
poco más. —Uno cada tanto.
—Mira vos… —Sandra metió la mano en
el bolsillo trasero del pantalón y le extendió la caja de cigarrillos. Se alejó
cinco pasos hacia atrás. Necesitaba distancia.
—Hermosa noche. —cortó el silencio él
y ella apenas movió la cabeza.
Sandra dio las últimas dos pitadas y
enseguida sacó un chicle del otro bolsillo. Sebastián se había apoyado en el
capot de uno de los autos estacionados. Sus largas piernas se cruzaban por
donde ella debía pasar para regresar al restaurante. Miró hacia ambos lados y
buscó la ruta correcta para evitar la cercanía.
—Nos vemos adentro. —le dijo y avanzó
hacia el lado contrario.
—Esperá. Vamos juntos. —el arrojó el
resto del cigarrillo y lo pisó.
—No, no… yo… necesito ir al baño.
—dio un paso y él se cruzó en su camino. —Permiso… —un paso hacia la derecha,
un paso a la izquierda. Parecían estar bailando. —Sebastián… —ella se detuvo y
él la imitó.
No supo cómo, de qué manera, en un
segundo los brazos de él estaban en su cuello y la empujaban hacía adelante. Su
boca se abrió y ella se dejó devorar por esos labios que tanto había añorado.
El beso fue arrasador. Tanto, que las manos de Sandra apretaban el pelo de
Sebastián, con desesperación. Su pelvis se acoplaba a su cintura y sentir la
erección de él rozándola, la estremeció. En ese mismo momento se derritió
dentro de su ropa interior. Él lo supo enseguida. Sin dejar de besarla la llevó
hacía un costado del estacionamiento donde la sombra de los árboles y un
pequeño paredón impedían la visión. La espalda de Sandra terminó contra… ¿una
pared? ¿un auto? ¿Dónde estaba apoyada? No lo sabía y tampoco pensaba pasar
mucho tiempo descifrando el misterio. Prefería dejarse llevar por esa boca que
ahora mordía su oreja y en esa lengua que dibujaba girones en su piel.
Las manos hábiles de Sebastián le desabrocharon
el pantalón. ¡Iban a tener sexo en plena calle! Acaso… ¿Estaban locos? ¡Sí, lo
estaban! ¡Pero la locura sabía tan deliciosa! La ropa interior también se
deslizó hasta el piso y en un segundo la acomodó a horcajadas. Sandra agradeció
haberse puesto una remera larga esa noche. La embestida fue certera y fatal. El
alarido que salió de la boca de Sandra, se murió entre la clavícula y el cuello
de Sebastián que, a su vez, le clavaba los dedos en sus nalgas. Ella
simplemente explotó de una manera feroz; extraña, irreal. Sebastián la manejaba
a su antojo; siguió gozando unos segundos más hasta que él salió de ella y
eyaculó fuera de su cuerpo. La escena era grotesca, pero de lo más excitante
que le había pasado en la vida.
—Me encanta coger con vos. —le
confesó Sebastián mientras se acomodaba los pantalones. Lejos de parecerle
vulgar el comentario, a Sandra le sonó como música para los oídos.
—A mí también…—le dijo ella con el
poco aliento que le quedaba e imitando sus movimientos. No quiso pensar ni
racionalizar lo que acababan de hacer.
—Verte llegar con él… —Sandra le tapó
la boca la mano. —¡Shh!
—San… —Juan Manuel la buscaba.
Sebastián por instinto la rodeó con su cuerpo.
La remera negra que llevaba puesta se
camuflaba con la oscuridad de la noche. Encerrada en sus brazos, cayó en la cuenta
de que habían hecho el amor contra la pared del estacionamiento. Esperaron unos
minutos para asomarse.
—¿Qué le vas a decir? —le preguntó en
el oído haciéndola vibrar nuevamente.
—La verdad. —Sebastián abrió los
ojos.
—Que salí a fumar.
Sandra se alejó de él y avanzó hacía
las luces del restaurante. Sebastián la siguió tiempo después. Cuando se sentó
a la mesa, no la encontró. No pudo preguntar. Sin embargo, Cecilia lo sacó de
la preocupación;
—Se fueron. Sandra se sentía mal. —le
dijo.
—Ah… ¿Pedimos postre? —preguntó con
normalidad y Pablo y Tamara dijeron que sí enseguida. Cecilia, en cambio, no
respondió.
Debía hablar con Sandra con urgencia.

Muy buen capitulo, por favor, pese al fresco tengo mucho calor!!;
ResponderEliminarSebastián...
ResponderEliminarAyyyyyy, problemas
ResponderEliminarQué momento!!!!🤦
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