domingo, 12 de abril de 2020

LUC: Capítulo 14: El regreso


“Vivir es desviarnos incesantemente.”
Franz Kafka.

¿Qué mierda había hecho? ¿Qué mierda estaba haciendo? Se metió en el baño y abrió la ducha. Juan Manuel que hablaba con Emilia en el balcón no se percató de todo el tiempo que Sandra se tomó en el baño. Ella se miraba al espejo y se odiaba. Nunca, jamás había hecho una cosa como esa. Su lema siempre había sido: si las cosas no funcionan, antes de fijarse en otra persona, hay que terminar. ¿Y ahora? ¿Qué pensaba ahora? ¿Qué pensaba de lo que acababa de hacer en el estacionamiento del restaurante?
—¿Cómo está todo en Buenos Aires? —le preguntó a Juan que ahora miraba televisión desde la cama.
—Todo bien, por suerte.
—Me alegro.
Caminó hasta la cocina y puso agua a calentar en un jarrito que encontró. Se secó el pelo y buscó en su valija una camiseta para dormir.
—¿Por qué te bañaste de nuevo?
—Mmm… me gusta bañarme antes de acostarme. ¿No te lo había dicho?
—No.
—¿Querés un té? —le preguntó para esquivar el interrogatorio sobre la ducha. Decirle que estaba paranoica y que temía que él notara el perfume de Sebastián sobre su piel estaba totalmente fuera de discusión. O que estaba intentando lavar “sus pecados”…
—Dale.
—Me encantaría tomarme un té de tilo, tengo el estómago dado vuelta. Pero… solo hay común. —comentó como para hacer conversación y salió de la habitación.
En la soledad de la cocina por poco y no se pone a gritar como una loca. Debía confesarle lo que había pasado, debía decírselo, pero… lo perdería. Perdería a la única persona con la que contaba. Había que callar y jurar que jamás volvería a pasar. Nunca más. Por eso, apenas despertó, desbloqueó el contacto y decidida a dejarle bien en claro que aquello había sido un error y que…
            ¿Cúando volvés a Buenos Aires?
Decía el mensaje que Sebastián le acababa de escribir. ¿Es que acaso estaba leyéndole la mente?  ¿Cómo es posible tener esa conexión? La seguridad con la que había tomado el aparato, desapareció en un segundo. No le respondería. No. Había que cortar con esa tentación de raíz.
—¿Todo bien? —la sorprendió Juan Manuel que le traía un mate a la cama.
—Sí. Estaba leyendo un mensaje de Romi. Ya volvió de vacaciones.
—Ah. Y… ¿Qué hacemos hoy? ¿Querés ir con los chicos o preferís que salgamos vos y yo?
—Lo que vos quieras.
—Yo diría que deberíamos dejarlos un poco tranquilos, ¿no te parece?
—Sí. Tenés razón.
—¿Y si vamos a Canasvieiras? Es acá no más y podemos ir en taxi o capaz que caminando llegamos. No sé. ¿Qué decís?
—¿Canasvieiras? Mmm… no sé. Ceci me dijo que hay playas más lindas que esa. —Lejos estaba de decirle que allá se hospedaba Sebastián.
—Vamos y vemos. Si no nos gusta nos volvemos. Pero… ¡Arriba! —la tomó de la mano y la sacó de la cama. No tuvo más opción que rezarles a todos los santos para no cruzarlo.
Esos cuatro días siguientes poco se vieron con Cecilia y Pablo. Juan Manuel había decidido llevarla por todos lados, pero solos. Y Sandra también lo prefería. No quería cruzarse con Sebastián e intuía que su amiga algo sabía porque cuando se volvieron a ver después de la cena, Cecilia la había mirado raro.
La noche anterior a regresar, cenaron los cuatro en el departamento que alquiló Juan Manuel. Rieron, tomaron y conversaron hasta tarde. De a ratos, Sandra notaba que su amiga se olvidaba del enojo y se comportaba como siempre hasta que… parecía recordarlo y volvía a su posición distante. Aun así, brindaron por las vacaciones y desearon que se repita pronto.
—¿Café? —preguntó Sandra y todos dijeron que sí.
—Con un poquito de leche el mío, por favor. —le pidió Cecilia.
—Bien. Ya vengo.
Sandra levantó los platos del helado y se dirigió a la cocina. Estaba tan concentrada en la lucha con la cafetera que no oyó los pasos de Cecilia.
—¿Cuándo me lo vas a contar? —la sorprendió y Sandra por poco y no tira todo.
—¡Me asustaste, boluda! —la reprimió. —No sé de qué hablás.
—Me suponía que no ibas a decir nada. Quería darte la oportunidad, pero… se ve que no. ¡Mala amiga! —se alejó dejándola con la palabra en la boca.
Después del café, Pablo y Cecilia se retiraron. Apenas si se saludaron al salir. Sandra estaba molesta, nerviosa… ¿Sebastián le habría contado algo? Aprovechó a que Juan se lavaba los dientes en el baño y, mientras se fumaba el último cigarrillo del día en el balcón, le escribió.
            ¿Le contaste a tu prima lo que pasó?
Tamborileaba los dedos sobre la baranda a la espera de la respuesta. A los pocos minutos, el celular vibró.
            ¿Lo que pasó? Y… ¿qué pasó? (emoticón de guiño)
Sandra apagó el pucho en el piso, nerviosa y tecleó con rapidez antes de levantar la colilla para tirarla al tacho.
Es importante, Sebastián. Se lo contaste ¿o no?
Seguía en línea así que la respuesta vino enseguida.
No. ¿Por?
Sandra se desesperó.
            Lo sabe.
Sebastián le respondió enseguida.
            ¿Y?
¿Cómo y? ¿Acaso no le importaba lo que su prima supiera? Con ese pensamiento se fue a la cama donde los brazos y los besos de Juan Manuel la hicieron olvidar por unos minutos su preocupación. Una vez que acabaron, él se durmió enseguida y ella, en cambio, permaneció despierta observándolo.
¿Cómo era posible estar con dos personas a la vez? Bueno, si es que aquello que estaba viviendo podría considerarse como tal, claro. ¿Cómo es que podía seguir recibiendo el cariño y las caricias de Juan después de haberse entregado a la pasión de Sebastián? ¿Cómo podía ser capaz de besarlo y dejarse tocar por alguien a quien no amaba? Cayó en la cuenta de que Juan le importaba mucho más de lo que se animaba a reconocer. Lo quería, sí, y le gustaba también. ¿Podía amar a una persona, pero sentirse atraída por otra?
Ese pensamiento revoloteó por su cabeza durante todo el viaje.  
Buenos Aires la recibió con el sol, la humedad, el hartazgo y el desorden de siempre. Maldijo haber ido hasta lo de Cecilia en coche porque ahora debía encontrársela para sacarlo del garaje donde lo había guardado. Ya en el vuelo las cosas habían estado bastante tirantes como para acercarse en el mismo día.
Pablo fue quien se encargó de acompañarla hasta la cochera.
—¿Qué les pasa a ustedes dos? —le dijo mientras avanzaban.
—No sé. Está enojada conmigo.
—¿Y no sabés por qué?
—Puedo sospecharlo. Ya se le va a pasar.
—¡Ojalá!
—Gracias, Pablo. ¡Por todo!
Se despidieron y ella regresó a Isidro Casanova con la cabeza llena de problemas que tenían nombre: Cecilia, Juan Manuel y Sebastián.
            ¿Llegaste bien?
Le preguntó Juan y ella le respondió que sí. Le preguntó por su hija y él le envió una foto de la nena durmiendo a su lado. Sandra le mandó un emoticón y ahí se terminó la conversación.
Su casa, sus plantas, todo estaba en orden. Lo único inusual fue encontrarse con el freezer vacío. Se imaginó que la luz se había ido y que sus vecinos se habían llevado su comida para que no se pudriera. La valija quedó en el comedor, las llaves y el celular sobre la mesa. Se arrojó a su cama y abrazó a sus almohadones como si en vez de una semana se hubiera ido años.  
Al día siguiente se levantó tarde. Pensaba descansar dos o tres días más y el lunes volver a abrir el negocio. Mientras, seguiría preparando las materias que daría en febrero. Leonardo apareció cerca del mediodía con una caja donde estaban los cortes de carne de Sandra. Tomaron unos mates y se pusieron al día con los chismes del barrio. Por la tarde, decidió escribirle a Romina para preguntarle si le gustaría acompañarla al supermercado para reponer mercadería. Le respondió que sí y quedaron para el día siguiente bien temprano. Salió al patio y conectó la manguera a la canilla, la extendió y salió a la vereda para regar el pequeño jardín que tenía delante de la casa.
—Buenas tardes.
—Hola. ¿Sí? —le preguntó al hombre que la observaba con un gesto extraño.
—¿Sandra?
—Sí.
—¿Qué tal? Mi nombre es… Aníbal. Soy… tu papá.
La manguera se le resbaló de las manos y fue parar a la vereda donde la presión la hizo dar unas cuantas vueltas hasta que Sandra pudo atraparla con el pie.
—¿Qué hace acá? Pensé que había sido clara cuando llamó por teléfono.
—Sí, pero… me gustaría hablar con vos. Es algo importante, de verdad.
—No sé qué será, pero dudo que tenga que ver conmigo. —movía la manguera con ímpetu. Estaba nerviosa. Ese hombre, bajo, de anteojos y cabello canoso era su papá, quién con apenas unos pocos años de vida había decidido dejarla con sus abuelos para nunca más volver.
—Tiene que ver con vos. Y es… importante. —repitió.
—A ver. Diga. ¿Qué?
—Yo… estoy un poco enfermo. Estoy haciendo un tratamiento de….
—Al grano. No me interesa su salud.
—Es que… mirá, yo… necesito un lugar donde y, lo único que se me ocurrió… fue… bueno…—miró hacia la casa y Sandra no necesitó que completara la oración.
—¡Olvídese! Olvídese que yo le voy a dar algo del esfuerzo de mis abuelos. Usted no es nadie… ¿Me escucha? Nadie. Y no se va a quedar con un solo centavo de esta casa. ¡Váyase!
—Soy el hijo legítimo y me corresponde, Sandra. —Su tono cambió—Se me ocurrió que podíamos vender y repartir.
—¡Váyase! No lo quiero ver nunca más. Ya se lo dije. No va a conseguir nada, nada de esto. ¡Fuera!
—Quería hablar con vos tranquilo, pero veo que tendré que contactarme con un abogado. Parece que no entendés en la posición en la que estás.
—Usted no vuelve…—y lo apuntó con la manguera dispuesta a empaparlo con tal de que se fuera.
—Nos estamos comunicando. —el hombre se dio vuelta y se alejó por la vereda.
Sandra hervía de la bronca. Entró, cerró la canilla, guardó todo y llamó a Juan Manuel. Necesitaba asesorarse. Él le prometió pasar el domingo a verla y que, juntos, analizarían los papeles que tenía Sandra en su poder. Intentó tranquilizarla, pero seguía muy nerviosa y angustiada. No podía creer que una persona fuera tan insensible e interesada. No le entraba en la cabeza. Se duchó, cenó y se acostó. Intentó concentrarse en la serie de turno cuando oyó su celular.
            ¿Cómo estás?
Sebastián volvía a aparecer.
            Mal.
Le respondió con la verdad.
            ¿Querés que hablemos?
Sandra sonrió y escribió;
            Eso estamos haciendo. ¿Seguís en Brasil?
Enseguida recibió la respuesta junto a un emoticón sonriendo.
            No. Volvimos el lunes. ¿Por qué estás mal?
No quería contarle lo que había pasado con su papá. Él poco sabía de su historia familia y así prefería mantenerlo.
            Un día de porquería. Nada más.
Sebastián la llamó y ella no lo atendió.
            Quería escucharte la voz, pero se ve que vos no.
¿Estás en tu casa?
Sandra se había levantado de la cama y había ido por un chocolate. Sin dudas, los mensajes de Sebastián eran más interesantes que Netflix.
            Sí. Estoy en casa. Leyendo para el profesorado. ¿Vos?
Tardó un poco en contestarle. Durante ese tiempo de espera, Sandra devoró el chocolate con maní.
            En mi casa. Solo.
Sandra rio con ganas. Sabía leer entre líneas. Desconocía esa faceta de él y para decir verdad, le encantaba.    Qué bien. La soledad hace bien de vez en cuando.
Repuesta concisa.
            Puede ser. Aunque… no me gusta estar solo. Vos lo sabés.
Che… ¿Es muy tarde para decirte que vengas?
Sandra se sentó en la cama y releyó el mensaje una y otra vez.
            No, Sebastián. No te confundas.
Lo que pasó en Brasil no puede volver a pasar.
Esta vez la respuesta fue un audio de él.
            ¿Por qué no? A mí me gusta, a vos también… ¿Qué tiene de malo?
¿Estaba loco? ¿O había comido vidrio?
            Vos tenés novia y yo estoy con Juan Manuel.
No hagamos pendejadas.
Otro audio:
            No son pendejadas. Al contrario, estoy siendo maduro y realista.
 Quiero estar con vos. Y sé muy bien que vos querés estar conmigo.
No le respondió más. Ese último mensaje era demasiado. ¿Qué le estaba proponiendo?



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