domingo, 19 de abril de 2020

LUC: Capítulo 15: Una medida de bronca y dos de tequila.


“Quise ahogar mis penas en licor, pero las condenadas aprendieron a nadar.”
Frida Kahlo

Romina la convenció. Romina la llevó obligada a Thaler a festejar su cumpleaños. Llegó una hora más tarde porque hasta último momento no estaba segura de ir. Hasta que un mensaje de su ayudante más fiel, la hizo correr al baño, ducharse y arreglarse un poco para acercarse a Morón aquel viernes. Se dijo que la salida le haría bien y que necesitaba un momento de esparcimiento y de conectar con otra gente que no fueran Cecilia, Juan Manuel, Leo, Romina y los habituales clientes del negocio. Ya comenzaba a extrañar las noches de cursada en el Joaquín. Ya necesitaba ocupar su tiempo en otra cosa porque se estaba volviendo loca.
—Hola…
—¡Viniste! —Romina la alcanzó en un abrazo sincero. —¡Qué alegría! Sentate. Ya pedimos unas pizzas.
—Genial. —Verla tan contenta la animó.
Colgó la bandolera que traía en el respaldo de la silla y encima de ella, colocó el saquito de hilo. En la mesa había diez personas, si se contaba ella. A su lado una pareja que… ¿Discutía? Le pareció escuchar unas frases llamativas, pero como la música estaba fuerte no lograba discernir qué ocurría. Más allá otras chicas, de la edad de Romina, reían a carcajadas. Y de este lado dos varones que poco interactuaban con el resto. A pesar que buscó, Sandra no encontró al novio de la cumpleañera entre los presentes.
—Ro… —la llamó. —¿Y Joaquín?
—Ni me hables. —una revoleada de ojos llamativas y un—; Después te cuento.
Llegaron las pizzas y con ellas las ganas de que la cena se terminara lo más rápido posible. Si bien al principio se había sentido feliz de haber ido, media hora después de su llegada, se concentró en su celular, que era lo más interesante que había a su alrededor. Devoró tres porciones en menos de quince minutos. Una vez que terminó, buscó en su cartera la billetera y…
—¿Ya te vas? —le preguntó Romina.
—Sí. Estoy muerta. Quería venir un ratito a saludarte. Ya cumplí…
—¡Ahora viene el brindis! ¿Podes esperar una media hora más?
—Mmm… Bueno, media hora. —volvió a su celular.
Entraba y salía de Facebook y de Instagram. Revisaba los estados de WhatsApp una y otra vez. ¿Qué más podía hacer por media hora? Regreso a las redes sociales y una vez que terminó ahí, siguió con los estados nuevos que iban apareciendo a cada momento. No entendía como las personas eran capaz de subir lo que estaban haciendo todo el tiempo. Le parecía patético, pero… ahí estaba abriendo el primer estado. Luego el siguiente y…
Una foto de una cerveza. De fondo el ventanal que separaba las mesas de la otra sección. Giró la cabeza y desde donde estaba pudo ver el mismo cartel luminoso que aparecía en el fondo de la foto de Sebastián. Nerviosa se puso de pie y lo buscó por cada uno de los grupos que había, hasta que lo divisó en una mesa de varones. Se sentó inmediatamente.
—¿Te sentís bien? —Por fin habló el chico que tenía enfrente.
—Sí, gracias.
Media hora. Media hora más y se iba. Con suerte no se cruzaban. El mozo tardó un poco más en traer las copas de sidra para celebrar el cumpleaños de Romina. Tanto, que el karaoke comenzó antes de que pudieran cantar el feliz cumpleaños. La gente se iba amontonando alrededor de las mesas cercanas al escenario y a Sandra se le hacía casi imposible no armar un revuelo para salir. Cuando levantó la vista, lo vio parado con un vaso en la mano riendo de alguna ocurrencia justo delante de la puerta de salida.
—¡Buenas noches, Thaler! —gritó el animador y todos respondieron con euforia. —Vamos a dar comienzo a esta noche de karaoke que hoy, por ser un día especial, arranca un poco más temprano que de costumbre. Bueno, quince minutos antes… No es tanta diferencia, ¿no? Hoy tenemos cuatro cumpleaños. ¿Verdad?
En ese momento a Sandra se le prendió fuego la cara y quiso esconderse debajo de la mesa. Giró sobre su asiento y le dio la espalda al escenario desde donde, seguramente, nombrarían a Romina y todos mirarían hacia ese lado; incluso Sebastián.
—Bien. Me informan que los cumpleañeros son: Gastón. —lo buscó con la mirada hasta que unos brazos se alzaron entre las mesas—Un fuerte aplauso para él. Iván. ¿Dónde estás, Iván? Allá… Bien. Un aplauso para el muchacho. ¿Cuántos cumplís? ¿Veinte? ¡Saquen a este pendejo de acá! —Bromeó y todos se rieron. Sandra continuaba con la mirada fija en el plato con restos de muzzarella esperando a que nombraran a su amiga. —Barbie. ¡Ey, Barbie! —continuó el animador. — ¿Cómo estás? Barbie, les cuento, es fiel a los viernes de karaoke en Thaler. ¡Feliz cumple, Barbie! Y… por último, Romina. Romi… ¿Dónde andas? Allá. Un fuerte aplauso para los cuatro y ahora sí les vamos a cantar el feliz cumple a todos ellos. Pero antes, le vamos a pedir a los cumpleañeros que se acerquen al escenario, por favor.
Las amigas de Romina se esmeraron para ser oídas; a los gritos, como para que todo el mundo las miraras comentaron a cantar:
—¡Romi! ¡Romi! ¡Romi!
—Ahora sí. Están los cuatro acá con nosotros. Y podemos, entre todos cantarles… a la una, a las dos y a las tres…
Terminaron de entonar las estrofas del feliz cumpleaños y el animador estaba lejos de querer soltar a su amiga para que la noche siguiera como lo tenía planeado. La media hora que le había prometido, se había convertido en una. Sandra se quería ir, pero ahora Sebastián estaba ubicado justo delante de la puerta de salida. Debía camuflarse para que nadie la viera. Debía pasar desapercibida. Debía…
—Quiero que elijas a una persona de tu eterna confianza para que suba y juegue con vos esta noche.
—A mi amiga Sandra.
¿Qué? ¿Oyó bien?
—¡Sandra, amiga de Romina! Al escenario por favor. ¿Cuál es tu amiga?
—La de vestido. Esa.
—¡Piedra libre para Sandra!
Y no tuvo otra opción que girarse y enfrentar no sólo al público, al animador y a su amiga, sino también a Sebastián que, para ese momento, seguro ya la había visto. Sonrió por inercia y antes de pararse, porque sabía que no iba a poder zafar y que si se negaba sería peor, agarró el vaso de tequila que el chico de enfrente acababa de pedir y se lo tomó de un solo trago. Borracha. Borracha era la única manera de aguantarse aquel papelón.
—Un aplauso para Sandra, que se animó. —dijo mientras la ayudó a subir al escenario.
—Estás despedida, Romina. —le dijo ella cuando estuvo a su lado.
Cuando llegó el turno de Gastón, unos brazos cercanos a la puerta se sacudieron con ganas.
—¿Y? ¿Quién sube?
—Sebastián, se ve que tiene ganas de jugar. —comentó y Sandra no pudo evitar buscarlo con la mirada. Él se acercaba con los ojos fijos en ella. 
—Bueno, ahora estamos todos. ¿Saben que es noche de…?
—¡Karaoke! —gritó el público.
—Ey, Ey… —Sandra se acercó al costado del escenario y se prendió a la remera del mozo que justo pasaba por ahí. —Traeme algo bien fuerte. —le rogó.
—Enseguida, bombón.
—Primera canción para Iván y Federico. ¿Están listos?
Sonaba “Provócame” de Chayanne y el público los abucheó. El trago de Sandra iba por la mitad cuando le tocó el turno a Barbie y a Yanina. Se defendieron con bombón asesino y pudieron permanecer en el escenario porque movieron la cola al compás de la música. Después le llegó el turno a Gastón y a Sebastián. La rompieron. Hicieron vibrar a todo el mundo con el tema “Mujer amante” de Rata Blanca. Sandra sabía a que Sebastián le gustaba cantar y que, junto a Pablo, solían juntarse a zapar cada tanto. Lo que él no sabía era que…  
—Y por último… vamos a ver qué pasa con Romi y Sandra. —dijo el animador y les entregó el micrófono. El trago ya se había acabado y había comenzado otro.
Le gustaba cantar y lo hacía bastante bien. No se consideraba una super estrella o que tuviese una voz privilegiada, pero creía que al menos, no desafinaba. Para ellas, un lento. El piano con los acordes de Franco de Vita y “Buen perdedor” inundó el bar. Romina tosió y comenzó a entonar las primeras estrofas hasta que la miró a Sandra y la animó a seguirla.
Temerosa se acercó el micrófono a los labios y cantó…

No tienes por qué disimular
Esas lagrimas están de más
Si tienes que irte vete ya
Sin embargo, esperaba
Que te quedaras, pero
El agua hay que dejarla correr
Mientras yo me tragaba palabras
Que no pude decir
Y si el viento hoy sopla a tu favor
Yo no te guardaré rencor
Claro que se perder
No será la primera vez
Hoy te vas tú, mañana me iré yo
Seré un buen perdedor
El mundo no cambiará
Alguien sin duda ocupe tu lugar

Romina la dejó sola en la segunda oración y se movió a un costado, dejando que Sandra se luciera. No sabía que tuviese una voz tan armoniosa y dulce escondida. La gente estaba completamente enamorada de ella, de sus ojos cerrados, de cómo apretaba el micrófono con una mano y con la otra jugueteaba con el volado de su vestido floreado, como en trance. Terminó la canción y tras un segundo de silencio, el público la ovacionó.
—¡Ah, bueno! ¿Romina? ¿Vos sabías del talento de tu amiga? —se acercó el animador.
Sandra aún con los ojos cerrados, dio un paso hacia atrás y sintió una mano helada rozando la suya. Parpadeó y reaccionó. Por primera vez había cantado ante una audiencia que no fuesen sus abuelos. Por primera vez había dejado escapar su voz para que la escuchasen los demás. Otra primera vez junto a Sebastián.
—Bueno, bueno… tenemos a los finalistas de esta noche. Por un lado, Gastón y Sebastián. Fuerte el aplauso. Y por otro, Sandra y … ¿Romina? —se burló. —Bien. Ahora vamos a definir quién se va a llevar las dos botellas de champagne de regalo. Esta vez… la canción la eligen ellos. Cada uno tendrá unos minutos para elegir una canción de nuestra lista y esa canción… la cantará el equipo contrario. Así que, Gastón y Sebastián piensen una canción para las chicas y ustedes, chicas, para los muchachos.
Sandra supo enseguida qué canción elegiría para Sebastián. No dejó que Romina opinará al respecto, directamente pregunto;
—¿Pueden ser en inglés?
—La que quieran.
—Ya la tenemos, entonces. —dijo sonriente. El tercer trago ya se le había subido a la cabeza.
—Bien. ¿Ustedes, chicos?
—Sí. —Respondió Sebastián y en ese momento, para los dos, no existió nadie más que ellos y las canciones que cada uno había elegido para el otro.
—Arrancan los varones. A ver… las mujeres eligieron…
“Love of my life” de Queen comenzó a sonar y Sebastián la buscó con la mirada.

Love of my life, you've hurt me
You've broken my heart and now you leave me
Love of my life, can't you see?
Bring it back, bring it back
Don't take it away from me, because you don't know
What it means to me
Love of my life, don't leave me
You've stolen my love, you now desert me
Love of my life, can't you see?
Bring it back, bring it back (back)
Don't take it away from me
Because you don't know
What it means to me

Aquella canción era suya, de ellos. Él se la había tarareado en más de una oportunidad. Ella entrecerró los ojos y se llevó el vaso a la boca. Gastón intentó mantener el tono, pero no pudo. Cuando terminaron fueron aplaudidos sí, pero no con la misma euforia que al principio.
—Parece que las chicas eligieron bien, eh. Aunque… veremos qué han elegido los varones.
La canción empezó de una vez, sin intro comenzó la pista de Mr. Big y su canción “To be with you”. La misma que Sandra había estado cantando una y otra vez debajo de la ducha en los hoteles donde escondieron su amor durante unos meses. Esa canción de la que solo conocía el estribillo y que Sebastián había buscado para ella y que tanto los referenciaba. La voz de Sandra se rasgó y cantó…

Hold on, little girl
Show me what he's done to you
Stand up, little girl
A broken heart can't be that bad
When it's through, it's through
Fate will twist the both of you
So come on baby, come on over
Let me be the one to show you
I'm the one who wants to be with you
Deep inside I hope you feel it too (feel it too)
Waited on a line of greens and blues (waited on a line)
Just to be the next to be with you.

Cuando abrió los ojos solo lo vio a él. Lo vio cantar con ella esa canción que tenía mucho de los dos. Él sabía que ella pensaría en la ducha, en el hotel, en todo lo que los unía como un entramado perfecto armónico y con el tempo exacto. Los dos juntos habían sido rock.
Se bajó del escenario mareada, envuelta en aplausos. Buscó su silla, agarró su cartera y el saco y salió a la calle. La humedad de los últimos días de febrero, atontaban a cualquiera. Miró hacía ambos lados y recordó que no había venido en el auto. Tomó su celular y buscó la aplicación de Uber. En eso estaba cuando Sebastián salió a su encuentro.
—¿Ya te vas?
—Sí.
—¿No vas a celebrar tu victoria?
—Eso no fue una victoria. Eso fue… humillante.
—¿Humillante? ¡La rompiste! —levantó la ceja y volvió al aparato. Sebastián que había salido a buscarla, imaginándola en sus brazos y besándola como la había besado en Brasil, se encontró con la pared infranqueable en la que a veces se convertía Sandra. Esa que lo alejaba y lo disminuía. Esa que odiaba tanto. —¿Y tu novio? ¿No vino hoy?
—No. Y veo que tampoco vino… ¿Cómo se llamaba? ¿Tami?
—Ja. Siempre igual, vos.
—¡Vos también! Sebastián… dejemos de hablarnos. No nos escribamos más, por favor. Es…
—¿Es qué? Es complicado, sí. Siempre lo fue. Desde el primer día.
—Es injusto.
—Injusto.
—Sí. Injusto. Para Juan Manuel, para Tamara, para vos y para mí.
—Injusto es que vos y yo queramos estar juntos y no lo hagamos. —dio un paso hacia adelante.
—Yo creo que te dejé en claro…—su cabeza era un bombo. Entre los tragos y la tensión, no podía hilvanar una idea.
—No me importa.
—No seas…
—¿Un pendejo?
—Caprichoso.
—En Brasil me di cuenta de que esto…—la acorraló contra la pared. —no se terminó. Que estos dos años fueron… una pausa.
—¿Una pausa?
—Sí. Yo necesitaba madurar un poco más, lo reconozco. Y vos…
—Llegó el Uber. —Sandra pasó por debajo de su brazo y corrió hasta el auto que la esperaba en la puerta del bar.
Se subió y se hundió en el asiento. A sus espaldas quedaba Thaler, la mirada ardiente de Sebastián, Queen y Mr. Big. Quedaban, como habían sido los últimos años, en pausa.



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