jueves, 14 de mayo de 2020

La última canción: Capítulo 21: La historia que no contó.


“Todos somos malos en una historia mal contada.”
Desconocido.

—¡No! —gritó y se sentó en la cama. El pulso acelerado. La respiración agitada.
—San… San...—la voz de Sebastián le sonó lejana. —San… ¿Qué pasa?
—Una pesadilla. —se echó hacia atrás intentando olvidarse del asalto, del golpe y de la sensación horrenda que acababa de revivir en el sueño.
Se removió entre las sábanas varias veces. Intentó volver a dormir, pero no lo logró. Quiso salir de la cama para no despertarlo, pero su mano la detuvo antes de apoyar los pies en el suelo.
—Quedate. Yo tampoco puedo dormir.
Sebastián extendió el brazo y la invitó a acomodarse sobre su pecho. Con calma acarició su brazo varias veces hasta que por fin habló;
—Me hiciste mucha falta. —confesó.
—Vos también. Aunque no quise verlo e intenté reprimir esa angustia, siempre te extrañé. A toda hora, todo el tiempo.
—Esa madrugada en que te fuiste… —detuvo su movimiento y cerró los ojos. Regresó a esa noche en que Sandra lo llamó “pendejo” y lo abandonó.

Dos años atrás
Se quedó sentado sobre la cama hasta que alguien tocó la puerta y le avisó que se había terminado el turno. Salió a medio vestir, ciego, dolido. No podía creer que, de un momento a otro, todo se hubiera ido a pique cuando parecía que la felicidad los invadía. ¿Qué había dicho? ¿Qué había pasado?
Llegó a su casa y el silencio fue demoledor. Susi ya no estaba y no tenía con quién hablar. Se recostó y le mandó un mensaje.
            No entiendo nada. Explicame por favor qué mierda pasó.
Esperó en vano la respuesta de Sandra. La falta de comunicación, sacó lo peor de él. El dolor, el desconocimiento y la angustia, se volvieron bronca y resentimiento. Jamás se había sentido así y aquello lo desorientaba por completo. Sentía que no era capaz de calmar la tormenta que se desataba en su interior; una tormenta que arrasaría, sin miramientos, con todo lo que se cruzara en su camino.
Una semana después, y porque no contestaba sus mensajes, Cecilia vino a visitarlo. Sin decir que se había enterado por Sandra directamente, llegó en el momento indicado. Lo encontró distinto. No reconoció al primo que tan buenos consejos le había dado sobre su relación con Pablo. Verlo así le destrozó el corazón. En su mente hizo una lista de todas las barbaridades que le diría a su amiga apenas la viera, aunque enseguida se arrepintió; ella tampoco lo estaba pasando nada bien.
Aunque doliera por dos, había prometido no contar ni meterse.
—¿Qué pensás hacer? —le preguntó con seriedad mientras se arremangaba para lavar la pila de trastes sucios que se habían apilado en la bacha.
—No sé. Dejá eso, después lo lavo yo.
—Sí, claro. —no le hizo caso y siguió con su tarea—¿Y el laburo en la librería? 
—Nada. No me volvieron a llamar. —abatido se sentó en una silla y escondió la cabeza entre sus manos.
—¿Y la carrera?
—No me rompás las pelotas, Cecilia. —se puso de pie y la dejó sola en la cocina. Atrás de él se fue ella para seguir la discusión. Sabía que la única manera que Sebastián se sacara la ira era hablando. Si se lo guardaba, estaría así por mucho tiempo más. Y, viendo como tenía la casa, si no reaccionaba, las cosas se volverían mucho peor.
—Tenés que terminarla. —dijo retomando el asunto de la carrera— Puedo hablar con Pablo para que….
—¡No! ¡Dejame solo! —le cerró la puerta del baño en la cara, pero lejos de amedrentarse, Cecilia siguió hablando.
—No te voy a dejar solo. Y no puedo creer que estés así por una mina. ¡Dejate de joder! —herirle el orgullo era una de las artimañas que había estado pensando para hacerlo reaccionar.
—¿¡Mirá quién habla!? —abrió y la enfrentó— Te recuerdo que hace unos meses estabas en esta misma casa llorando porque creías que Pablo te metía los cuernos. A mí me dejaron sin ninguna explicación en un telo. ¿Podés creerlo? ¡En un telo, Cecilia! —caminó hasta la habitación y atrás se fue ella.  
—No puedo creer que Sandra haya hecho una cosa así.
—Yo tampoco.
—Pero… ¿Qué fue? ¿Qué pasó?
—¡No sé! ¡No sé!
—Bueno… ahora lo importante es lo que vos vas a hacer. O te quedás acá sin hacer nada, de brazos cruzados como un gil o hacés algo por tu vida.
—Ya sé. Pero… no hay nada, Cecilia. No hay nada. No puedo encontrar un trabajo estable. Y ahora que lo pienso, lo que me dijo Sandra…
—¿Qué te dijo?
—Que soy un pendejo, eso me dijo.
—¿En qué sentido?
—En todos los sentidos que te puedas imaginar. Creo que ella, no sé… no ve un futuro conmigo.
—Yo pensé que estaban re bien.
—¡Yo también! Y de pronto salió con ser mamá y no sé qué… y yo me reí. Pensé que era un chiste. No sé. Me puse nervioso.
—¿Te dijo que quería ser mamá?
—Sí. O algo así… ya ni me acuerdo cómo fue.
—¿Y vos que le dijiste?
—Me reí, te estoy diciendo. Y después le dije que todavía teníamos mucho tiempo para pensar en eso que…
—Ahora entiendo un poco más.
—¿Qué?
—Vos… ¿Sabes algo de la historia de Sandra? ¿Te habló alguna vez de sus orígenes? ¿De sus viejos?
—No. Solo sé que hace muy poco falleció su abuela. Vivía con ella, ¿no?
—Sí, pero carga con un pasado triste. Muy triste. —Sebastián se sentó sobre la cama y la invitó a acercarse con una seña.
—Ah, ¿Sí? ¿Qué? ¡Contame!

Y Sandra lo escuchó. Lo escuchó hablar de su historia como si se refiriera a otra persona. Sin conectar las palabras que usaba Sebastián con su pasado. Cecilia había violado su intimidad, pero… había logrado que él no la odiase. Él había entendido su dolor mucho antes que ella. Giró y se apoyó sobre sus brazos para mirarlo. Le contaba su historia con los ojos cerrados, como si fuera un cuento. En ese momento, Sandra lo amó más que nunca. Por el respeto con el que conectaba las palabras, por la comprensión de sus errores y, sobre todo, por elegirla aun estando tan dañada.

—Pablo, efectivamente, me consiguió un trabajo en una empresa de diseño. Yo entré siendo el “che, pibe” y en un año, me pasaron a planta y empecé a trabajar con un equipo.
—Menos mal que aceptaste la oferta de Ceci.
—Costó. Hasta que me convencí de que tenía que seguir viviendo sin vos. —abrió los ojos y la fulminó con la mirada. —Y cuando ese pensamiento me atravesó, las cosas se fueron acomodando, cambiando. Surgió la posibilidad de mudarme.
—Creciste.
—Sí.
—Me alegro que lo que pasó te haya llevado a eso, a esa madurez.
—Sí, como te dije, creo que lo necesitaba. Hasta que un día, estuve en paz. Y ese día… te encontré en el colectivo.
—Y todo volvió a comenzar.
—No. —se sentó en la cama y la instó a que ella se acercara aún más. —No es lo mismo. Ni vos ni yo somos los mismos. ¿No te das cuenta?
—Seba, yo sigo… —bajó la mirada avergonzada. Ella, mejor que nadie, sabía que los fantasmas seguían rondándola. Que las heridas de su pasado, de su soledad, aún no había cerrado. —rota.
—¿Rota?
—Sí. Tengo tanto miedo.
—¿A qué? ¿Qué es lo que tanto te asusta?
—La soledad.
—No estás sola. Estoy acá. —Sandra revoleó la cabeza, intentando quitarse los pensamientos de encima. —Entiendo que lo que pasó con tus papás haya dejado una huella difícil de borrar. Te juro que lo entiendo. Pero no podés pasarte la vida aferrada a ese sentimiento. Terminás de la manera en que no queres estar. Sola.
—Lo haces tan fácil. ¡Igual que Cecilia! Para ustedes las cosas son muy simples. Es blanco o es negro. Es por acá o por allá. Para mí, no. Desde que mi abuela se fue, estoy perdida, Sebastián. Perdida. ¿Alguna vez te sentiste así?
—Mmm…No sé. Creo que no.
—Entonces no me vas a entender del todo. Es como… como andar sin tener rumbo fijo. Hacer las por inercia, porque las tenés que hacer. Así estaba cuando te encontré. Y tenerte fue como… como un vaso de agua para un sediento. Tenía tanta sed que te tomé de golpe y cuando me faltaban un par de sorbos, preferí quedarme sin nada antes de que me quitaran el vaso. No sé si se entiende.  
—¡Qué metáfora!
—No te burles. No sé cómo explicarlo… Te vuelvo a repetir que no es fácil.
—Tenés miedo que te abandone como te abandonaron tus papás.
—Así parece.
—Dejate querer. Esa es la clave.
—¿Vos crees que no lo intenté?
—¿De verdad, lo hiciste? ¿Te arriesgaste por alguien? Porque conmigo, no. Ni siquiera ese día en el colectivo… —le dijo para distender la conversación y hacerla reír.
—Ese día te daba charla y vos me contestabas con monosílabos, Sebastián. Entendí que seguías enojado.
—No, ya no estaba enojado. Lo estuve al principio hasta que te entendí. Hasta que entendí que lo que te alejó de mí, además de mi inmadurez, lo reconozco… fue el miedo a ser feliz sin pensar en el día de mañana. En el hoy.
—Pero más tu inmadurez. —le dijo y le sonrió con sinceridad.



2 comentarios:

  1. Se están confesando, que bueno!!!
    Pero ahora cuesta esperar,!!

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  2. estoy enamorada de Sebastian y, aunque entiendo a Sandra, quiero cachetearla para que reaccione jajaja

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