“Todos somos malos en una historia mal contada.”
Desconocido.
—¡No! —gritó y se sentó en la cama.
El pulso acelerado. La respiración agitada.
—San… San...—la voz de Sebastián le
sonó lejana. —San… ¿Qué pasa?
—Una pesadilla. —se echó hacia atrás
intentando olvidarse del asalto, del golpe y de la sensación horrenda que
acababa de revivir en el sueño.
Se removió entre las sábanas varias
veces. Intentó volver a dormir, pero no lo logró. Quiso salir de la cama para
no despertarlo, pero su mano la detuvo antes de apoyar los pies en el suelo.
—Quedate. Yo tampoco puedo dormir.
Sebastián extendió el brazo y la
invitó a acomodarse sobre su pecho. Con calma acarició su brazo varias veces
hasta que por fin habló;
—Me hiciste mucha falta. —confesó.
—Vos también. Aunque no quise verlo e
intenté reprimir esa angustia, siempre te extrañé. A toda hora, todo el tiempo.
—Esa madrugada en que te fuiste…
—detuvo su movimiento y cerró los ojos. Regresó a esa noche en que Sandra lo
llamó “pendejo” y lo abandonó.
Dos años atrás
Se quedó sentado sobre la cama hasta
que alguien tocó la puerta y le avisó que se había terminado el turno. Salió a
medio vestir, ciego, dolido. No podía creer que, de un momento a otro, todo se
hubiera ido a pique cuando parecía que la felicidad los invadía. ¿Qué había
dicho? ¿Qué había pasado?
Llegó a su casa y el silencio fue
demoledor. Susi ya no estaba y no tenía con quién hablar. Se recostó y le mandó
un mensaje.
No entiendo nada. Explicame por
favor qué mierda pasó.
Esperó en vano la respuesta de Sandra.
La falta de comunicación, sacó lo peor de él. El dolor, el desconocimiento y la
angustia, se volvieron bronca y resentimiento. Jamás se había sentido así y aquello
lo desorientaba por completo. Sentía que no era capaz de calmar la tormenta que
se desataba en su interior; una tormenta que arrasaría, sin miramientos, con
todo lo que se cruzara en su camino.
Una semana después, y porque no
contestaba sus mensajes, Cecilia vino a visitarlo. Sin decir que se había
enterado por Sandra directamente, llegó en el momento indicado. Lo encontró
distinto. No reconoció al primo que tan buenos consejos le había dado sobre su
relación con Pablo. Verlo así le destrozó el corazón. En su mente hizo una
lista de todas las barbaridades que le diría a su amiga apenas la viera, aunque
enseguida se arrepintió; ella tampoco lo estaba pasando nada bien.
Aunque doliera por dos, había
prometido no contar ni meterse.
—¿Qué pensás hacer? —le preguntó con
seriedad mientras se arremangaba para lavar la pila de trastes sucios que se
habían apilado en la bacha.
—No sé. Dejá eso, después lo lavo yo.
—Sí, claro. —no le hizo caso y siguió
con su tarea—¿Y el laburo en la librería?
—Nada. No me volvieron a llamar. —abatido
se sentó en una silla y escondió la cabeza entre sus manos.
—¿Y la carrera?
—No me rompás las pelotas, Cecilia.
—se puso de pie y la dejó sola en la cocina. Atrás de él se fue ella para
seguir la discusión. Sabía que la única manera que Sebastián se sacara la ira
era hablando. Si se lo guardaba, estaría así por mucho tiempo más. Y, viendo
como tenía la casa, si no reaccionaba, las cosas se volverían mucho peor.
—Tenés que terminarla. —dijo
retomando el asunto de la carrera— Puedo hablar con Pablo para que….
—¡No! ¡Dejame solo! —le cerró la
puerta del baño en la cara, pero lejos de amedrentarse, Cecilia siguió
hablando.
—No te voy a dejar solo. Y no puedo
creer que estés así por una mina. ¡Dejate de joder! —herirle el orgullo era una
de las artimañas que había estado pensando para hacerlo reaccionar.
—¿¡Mirá quién habla!? —abrió y la
enfrentó— Te recuerdo que hace unos meses estabas en esta misma casa llorando
porque creías que Pablo te metía los cuernos. A mí me dejaron sin ninguna
explicación en un telo. ¿Podés creerlo? ¡En un telo, Cecilia! —caminó hasta la
habitación y atrás se fue ella.
—No puedo creer que Sandra haya hecho
una cosa así.
—Yo tampoco.
—Pero… ¿Qué fue? ¿Qué pasó?
—¡No sé! ¡No sé!
—Bueno… ahora lo importante es lo que
vos vas a hacer. O te quedás acá sin hacer nada, de brazos cruzados como un gil
o hacés algo por tu vida.
—Ya sé. Pero… no hay nada, Cecilia.
No hay nada. No puedo encontrar un trabajo estable. Y ahora que lo pienso, lo
que me dijo Sandra…
—¿Qué te dijo?
—Que soy un pendejo, eso me dijo.
—¿En qué sentido?
—En todos los sentidos que te puedas
imaginar. Creo que ella, no sé… no ve un futuro conmigo.
—Yo pensé que estaban re bien.
—¡Yo también! Y de pronto salió con
ser mamá y no sé qué… y yo me reí. Pensé que era un chiste. No sé. Me puse
nervioso.
—¿Te dijo que quería ser mamá?
—Sí. O algo así… ya ni me acuerdo
cómo fue.
—¿Y vos que le dijiste?
—Me reí, te estoy diciendo. Y después
le dije que todavía teníamos mucho tiempo para pensar en eso que…
—Ahora entiendo un poco más.
—¿Qué?
—Vos… ¿Sabes algo de la historia de
Sandra? ¿Te habló alguna vez de sus orígenes? ¿De sus viejos?
—No. Solo sé que hace muy poco falleció
su abuela. Vivía con ella, ¿no?
—Sí, pero carga con un pasado triste.
Muy triste. —Sebastián se sentó sobre la cama y la invitó a acercarse con una
seña.
—Ah, ¿Sí? ¿Qué? ¡Contame!
Y Sandra lo escuchó. Lo escuchó
hablar de su historia como si se refiriera a otra persona. Sin conectar las
palabras que usaba Sebastián con su pasado. Cecilia había violado su intimidad,
pero… había logrado que él no la odiase. Él había entendido su dolor mucho
antes que ella. Giró y se apoyó sobre sus brazos para mirarlo. Le contaba su
historia con los ojos cerrados, como si fuera un cuento. En ese momento, Sandra
lo amó más que nunca. Por el respeto con el que conectaba las palabras, por la
comprensión de sus errores y, sobre todo, por elegirla aun estando tan dañada.
—Pablo, efectivamente, me consiguió
un trabajo en una empresa de diseño. Yo entré siendo el “che, pibe” y en un
año, me pasaron a planta y empecé a trabajar con un equipo.
—Menos mal que aceptaste la oferta de
Ceci.
—Costó. Hasta que me convencí de que
tenía que seguir viviendo sin vos. —abrió los ojos y la fulminó con la mirada.
—Y cuando ese pensamiento me atravesó, las cosas se fueron acomodando,
cambiando. Surgió la posibilidad de mudarme.
—Creciste.
—Sí.
—Me alegro que lo que pasó te haya
llevado a eso, a esa madurez.
—Sí, como te dije, creo que lo
necesitaba. Hasta que un día, estuve en paz. Y ese día… te encontré en el
colectivo.
—Y todo volvió a comenzar.
—No. —se sentó en la cama y la instó
a que ella se acercara aún más. —No es lo mismo. Ni vos ni yo somos los mismos.
¿No te das cuenta?
—Seba, yo sigo… —bajó la mirada
avergonzada. Ella, mejor que nadie, sabía que los fantasmas seguían rondándola.
Que las heridas de su pasado, de su soledad, aún no había cerrado. —rota.
—¿Rota?
—Sí. Tengo tanto miedo.
—¿A qué? ¿Qué es lo que tanto te
asusta?
—La soledad.
—No estás sola. Estoy acá. —Sandra
revoleó la cabeza, intentando quitarse los pensamientos de encima. —Entiendo
que lo que pasó con tus papás haya dejado una huella difícil de borrar. Te juro
que lo entiendo. Pero no podés pasarte la vida aferrada a ese sentimiento.
Terminás de la manera en que no queres estar. Sola.
—Lo haces tan fácil. ¡Igual que
Cecilia! Para ustedes las cosas son muy simples. Es blanco o es negro. Es por acá
o por allá. Para mí, no. Desde que mi abuela se fue, estoy perdida, Sebastián.
Perdida. ¿Alguna vez te sentiste así?
—Mmm…No sé. Creo que no.
—Entonces no me vas a entender del
todo. Es como… como andar sin tener rumbo fijo. Hacer las por inercia, porque
las tenés que hacer. Así estaba cuando te encontré. Y tenerte fue como… como un
vaso de agua para un sediento. Tenía tanta sed que te tomé de golpe y cuando me
faltaban un par de sorbos, preferí quedarme sin nada antes de que me quitaran
el vaso. No sé si se entiende.
—¡Qué metáfora!
—No te burles. No sé cómo explicarlo…
Te vuelvo a repetir que no es fácil.
—Tenés miedo que te abandone como te
abandonaron tus papás.
—Así parece.
—Dejate querer. Esa es la clave.
—¿Vos crees que no lo intenté?
—¿De verdad, lo hiciste? ¿Te
arriesgaste por alguien? Porque conmigo, no. Ni siquiera ese día en el colectivo…
—le dijo para distender la conversación y hacerla reír.
—Ese día te daba charla y vos me
contestabas con monosílabos, Sebastián. Entendí que seguías enojado.
—No, ya no estaba enojado. Lo estuve
al principio hasta que te entendí. Hasta que entendí que lo que te alejó de mí,
además de mi inmadurez, lo reconozco… fue el miedo a ser feliz sin pensar en el
día de mañana. En el hoy.
—Pero más tu inmadurez. —le dijo y le
sonrió con sinceridad.

Se están confesando, que bueno!!!
ResponderEliminarPero ahora cuesta esperar,!!
estoy enamorada de Sebastian y, aunque entiendo a Sandra, quiero cachetearla para que reaccione jajaja
ResponderEliminar