“Perdónaselo todo a quien nada se perdona a sí mismo.”
Confucio.
Le dolía todo, pero, aun así, su alma
irradiaba felicidad. Se subió al colectivo y se sentó en un asiento en el
fondo. Le escribió a Romina dejándole saber que llegaría más temprano al
negocio y que ella se quedaría tiempo completo. Después, a Cecilia que la
volvió loca con mensajes durante todo el fin de semana. La había estado
esquivando hasta que ya no pudo y le escribió para que se quedara tranquila;
Buen día. Estoy
bien.
Yendo al negocio,
volviendo a la rutina.
Las dos tildes se volvieron azules en
cuestión de segundos y un…
¿Te puedo llamar?
Le preguntó Cecilia y ella le
respondió;
Sí. Dale.
Enseguida, la cara de su amiga
aparecía en la pantalla.
—¿Cómo es eso que ya estás yendo a
trabajar? —le preguntó. Del otro lado, se la podía escuchar ir y venir.
—Tengo que cubrir a Romi. Estuvo sola
todo el fin de semana. Tengo que ir, Ceci.
—¿Y cómo te sentís? Creo que deberías
haber esperado…
—Mejor. —No le diría que había casi
corrido a la parada pensando que alguien la estaba siguiendo. Supuso que la
sensación se iría con el tiempo y eligió no pensar demasiado en eso. De lo
contrario, no volvería a salir de su casa nunca más.
—¿Cuándo vas al médico?
—El viernes.
—Bien.
—Cecilia… ¿Para qué llamaste?
—Emmm… Recién corté con mi primo. —un
silencio raro se extendió en la línea y después un grito que la dejó prácticamente
sorda— ¡Amiga! ¡Estoy tan feliz! —Sandra sonrió. Le llevó menos tiempo en
confesar el verdadero motivo de la llamada que lo que ella había creído
—¡Quiero todos los detalles! ¡Quiero saber todo!
—Ceci…
—¡Ay, Sandra! ¡Qué felicidad! ¡Por
fin! ¡Por fin los dos dejaron de ser tan idiotas! Te juro que…
—¡Cecilia! —dijo ofendida por el
comentario.
—¿Qué? ¡Bueno! ¡Es la verdad! Quiero
que me cuentes todo. ¿Qué pasó? ¿Cómo fue esa reconciliación?
—Ceci…
—¿Sí? Perdón, perdón… te escucho. Estoy
tan emocionada que no te dejo hablar.
—Me tengo que bajar. Voy a guardar el
teléfono. Más tarde hablamos.
—¡¿Qué?! ¡Maldita!
—Te quiero.
—Yo no.
Sandra caminó hasta el negocio con
una sonrisa que le hacía doler el rostro herido. Así pasó por la verdulería y
saludó a Leo, que enseguida se abalanzó sobre ella. La abrazó tan fuerte que el
contacto le hizo acordar a su abuelo quien solía estrujarla contra su pecho
como queriendo metérsela dentro. Pensó que quizás el accidente la había puesto
demasiado sensible porque la preocupación de su vecino, le hizo escapar alguna
que otra lágrima que supo esconder.
—Dios mío… Cuando Romina nos contó no
lo podíamos creer.
—Fue un gran susto, pero ya estoy
mejor. —dijo sonriendo e intentando dejarlo más tranquilo.
—¿Mejor? ¡Tenés la cara como un globo!
—¡Leo! —lo amonestó su mujer que
acababa de bajar. —¿Cómo estas, San?
—Dolorida, pero bien. Viva.
—A eso hemos llegado. A agradecer que
no nos maten. ¡Por el amor de Dios!
—Es cierto… ¿Ustedes? ¿Los mellis?
—Arriba con mi mamá. —la cara de
Leonardo hizo reír a Sandra y distendió el ambiente. —No seas malo que bien que
te gusta que te cocine. —lo reprendió.
—Me voy a abrir. ¿Vino el herrero,
Leo?
—Sí. —metió la mano en el bolsillo
del pantalón y se lo extendió—Ahí está el presupuesto y su número.
—Gracias. Por todo. —caminó hasta la
vereda y se detuvo cuando lo vio salir del pasillo de la que había sido su casa
hasta hace unos pocos días.
—Buen día. —le dijo, pero ella no le
contestó. Se quedó parada esperando a que él saliera y la dejara pasar para
abrir el negocio. Sin embargo, él se detuvo y la miró con atención. —¿Qué te
pasó?
—Me robaron. —respondió con sequedad.
—¿¡Qué?! ¿Cuándo?
—No importa. —dio un paso para entrar,
pero Aníbal se interpuso.
—Quiero ser parte de tu vida, Sandra.
Sé que no tuvimos un buen comienzo, pero estoy dispuesto a…
—Yo no quiero que lo seas. No gastes
tu energía.
—Dame una oportunidad. Como un acto
de buena fe, te permití quedarte con el local…
—¿Un acto de buena fe? —la bronca
hacía que la sangre bombeara con fuerza en su cabeza. Debía calmarse. La herida
de la frente le tiraba, las manos le transpiraban.
—Sí. Me parece que el precio del
alquiler es tan bajo que…
—¡Hijo de puta! —murmuró y le dio un
empujón. Caminó con rapidez hacía el fondo. Aníbal llegó unos minutos después que
ella.
—Deberías agradecerme. —Haberlo
dejado hablando solo había empeorado las cosas— Podría haberme quedado con
todo. —le espetó con el ceño fruncido igual que lo hacía su abuelo cuando se enojaba.
El parecido físico era extraordinario. La personalidad… la personalidad era
otra cosa.
—No quiero hablar más con vos. Tengo
que trabajar. —Sandra abrió la reja y luego la puerta. Cuando estaba por
atravesarla lo oyó decir;
—Pienso mudarme esta semana. Espero
que tu actitud sea otra porque, de lo contrario, voy a tener que meditar muy
bien si renovarte el contrato. —dijo aquello y se fue dejando tras de sí una
estela amarga que a Sandra le hizo revolver el estómago. Lo odió más que nunca.
—¡Hijo de mil putas!
Intentó concentrarse en el trabajo;
hizo una lista de las cosas que faltaban, abrió la caja, controló las cuentas y
separó la plata para pagarle a los proveedores. Luego, se internó en las
heladeras y separó la mercadería que había que devolverle al lechero. En eso
estaba cuando el teléfono sonó;
—¿Cómo te sentís? —escucharlo la
relajó un poco. Había llegado tan contenta…
—Bien. ¿Vos?
—Con mucho trabajo. ¿Esta noche nos
vemos?
—Emm… no sé.
—¿No tenés ganas?
—¡Por supuesto que sí!
—¿Entonces?
—Está bien. Cierro y voy para tu
casa.
—Te paso a buscar.
—No hace falta.
—Vas a llegar más rápido. Me muero de
ganas de verte.
—Yo también.
—Nos vemos más tarde.
Sandra cortó y dejó el teléfono
cuando escuchó que alguien entraba. Romina se tapó la boca con las dos manos
cuando la vio levantarse del banquito donde se encontraba revisando la heladera.
—¡Por Dios!
—¿Tan mal se ve?
—Horrible.
—¡Gracias!
—Perdón… —se acercó y la abrazó.
—¿Cómo estás?
—Acá… dándome cuenta que debí
quedarme en casa.
—¡Sí! ¡Debiste! Yo no tenía problema
de venir hoy. Lo sabés.
—No, Ro. Ya estuviste todo el fin de
semana. No… es un abuso.
—Traje el termo porque… claramente ya
no podremos calentar agua. Deberíamos comprar una pava eléctrica.
—Sí, tenés razón. Abro unas galles…
Hablaron sobre las ventas, sobre la
reja nueva, sobre los nuevos chismes del barrio y sobre la presencia de Aníbal
en la casa que les trastocaría toda la rutina. Aún más de lo que lo había
hecho.
—Es un sorete, hijo de puta. Yo no
puedo entender cómo alguien así salió de la panza de la santa de mi abuela. —murmuró
por lo bajo para que el muchacho que acababa de entrar no la oyera.
—¿Entonces va a vivir acá?
—¡Sí! —le devolvió el mate a su amiga
mientras le cobraba a un cliente— Veinticinco. Gracias—le dijo al adolescente y
retomó la charla con Romina— Y el muy cínico me dijo que debería agradecerle
por dejarme quedar con el negocio. ¿Podés creer?
—Terrible.
—Sí… ¡Lo odio! ¡Lo odio, Romina!
—Bueno… ¿Y cómo pasaste tu fin de
semana? ¿Fue Ceci a verte?
—No.
—¿Estuviste sola?
—No.
—¿Juan Manuel?
—Nop.
—Sandra…
—Estuve con Sebastián.
—¿Sebastián? ¿Sebastián primo de
Cecilia?
—Ajam.
—¡Apa! ¡Apa! Sentate ahí y me contás
todos los detalles.
—Jamás, Romina. No hay detalles.
—¿Están saliendo? ¿Y Juan Manuel?
¿Qué onda? Yo pensé que lo suyo iba bien serio…
Llegaron unos cuántos clientes que le
impidieron seguir charlando. El mediodía y la salida del colegio hicieron que
Romina también se pusiera a ayudar a pesar de no haber venido a trabajar.
Bajaron la persiana a las 13:30.
—¿Qué vas a hacer? —quiso saber Romina.
—Me voy a quedar acá, acomodando
algunas cosas…
—¿Querés venirte a casa?
—No, no…
—¡Dale! Picamos algo y después te
acompaño de vuelta. Te va a hacer bien salir un poco. —Sandra le agradeció y
accedió. En el camino, mientras Romina hablaba de su papá y de sus hermanos,
ella se preguntaba por qué nunca le había prestado atención a la historia que
le estaba contando. Tampoco la había tenido nada fácil y con cada paso, Sandra
la admiraba un poco más. Llegaron a una especie de casilla que parecía caerse a
pedazos. Romina abrió la puerta y la invitó a seguir. Cruzaron el patio y
pasaron el costado de la casita de madera. En el fondo, había otra de material
y de dos pisos. Hacía allí se dirigieron. El corazón de Sandra se aflojó un
poco al atravesar la puerta y encontrar las comodidades básicas dentro.
—La casilla era de mi tío, el hermano
de mi papá. —explicó Romina como si estuviera leyendo los pensamientos de su
amiga.
—Ah… Pensé que vos y tus hermanos …
—No. Ya no. Antes sí. Cuando éramos
tres. —se dirigió a la cocina y abrió la heladera—¿Sanguchito de milanesa?
—Perfecto. Y… ¿no hay nadie? —preguntó
mirando alrededor.
—Mi papá está trabajando. Es albañil.
Te dije, ¿no? Mis dos hermanos más grandes…Mmm… uno está con él en una obra y
el otro es plomero gasista. Si no anda por acá, debe estar en alguna casa. Mi
hermana, la que me sigue a mí, últimamente se la pasa más en lo del novio que
acá y la más chica está en la escuela.
—Tu mamá falleció cuando nació…
Natalia.
—Natalie. Sí.
Romina iba y venía trayendo el
tomate, la lechuga, la mayonesa. Sandra la observaba con atención y de pronto
se odió. Había estado siempre tan abocada a sus dramas que jamás se percató de
que alguien tan cercano y a quien podía denominar como una amiga, tuviera una
vida tan sufrida. Siempre habló más de ella que lo preguntó por sus asuntos. Y
de pronto, se dio cuenta que así había hecho con todo el mundo. Se había metido
en su caparazón y había sido ella, su dolor y nada más. Y nadie más.
—Gracias por recibirme en tu casa,
Ro.
—Gracias por venir. Ahora sí… Quiero
saber qué pasó con Juan. —Sandra sonrió y comenzó con su relato. Aunque esta
vez, se aseguró de dejarla hablar también a ella, para que juntas compartieran
sus sentimientos.
El negocio se movió bastante durante
la tardecita. Tuvo que reponer la heladera de las bebidas en dos oportunidades.
Sebastián entró cuando un cliente salía. La observó guardar la plata en la
caja, acomodarse el mechón de pelo que le caía sobre el rostro y…
—¡Estás hermosa! —le dijo y ella se
sobresaltó. Estaba tan concentrada en el cálculo que no lo oyó entrar.
—Ey… —sonrió complacida de verlo.
Sebastián se acercó, dio una vuelta
detrás del mostrador y la abrazó. Olió su perfume, ese que permanece en el
hueco del cuello y aguarda a que alguien especial lo note. Tomó su rostro con
cariño y antes de besarla, controló los golpes de su rostro.
—Sigue inflamado.
—Ya sé. Todos me miran como si fuera
un monstruo.
—Mi monstruo… —acercó la boca y la
besó lentamente.
—Malo… —se apartó con delicadeza. —Cierro
la caja y vamos.
—Genial.
Conversaron sobre su día; él le habló
de la campaña que estaban diseñando con su equipo y que debían entregar a fin
de mes. Y ella de la vida de Romina, de la que poco sabía. Se subieron al coche
y en el camino pidieron empanadas.
—Perdón por no cocinar, pero no tengo
absolutamente nada en la heladera. Estuve muy ocupado durante todo el fin de
semana…
—Ah, ¿sí?
Unos arrumacos, una cena tranquila.
Sandra sentía que de a poco recuperaba la paz que alguna vez había sentido. Acostada
en el sillón de Sebastián con sus dedos acariciando su cabello, nada podría ser
mejor.
—¿Viste a tu papá, hoy? —Y así se iba
la sensación de paz. ¡Adiós! ¡Chau! ¡Arrivederci!
—Sí. —se sentó de golpe. —¿Tenés
gasas?
—En el baño. ¿Te ayudo?
—No. Yo puedo.
Se encerró en el baño y se miró al
espejo. ¿Dejaría que la presencia de Aníbal estropeara el momento con
Sebastián? No, por supuesto que no, pero…
—¿Estás bien? —le preguntó del otro
lado de la puerta.
—Estoy enojada. —le confesó mientras
se quitaba la venda. Debía serle sincera no sólo porque quería que él supiera
que el problema no era suyo, o de ellos, sino que quería ser honesta sobre sus sentimientos
y ser capaz de una vez por todas, hablar con el corazón. —Con él. —aclaró.
—¿Te hizo algo?
—No. Solo con su presencia logra enloquecerme.
¡Auch! No quiero verlo nunca más. Me gustaría que… que se muera. Eso. Que se
muera.
—Abrime…
—Voy. —la puerta se abrió y Sandra
siguió con la limpieza. Sebastián la observaba con brazos cruzados, apoyado en
el marco de la puerta.
—¿Por qué tanto odio?
—¿Por qué? Porque me abandonó. Porque
abandonó a sus papás. Porque jamás volvió. Porque cuando lo hizo fue porque se
enteró que podía sacarme la casa. Por todo eso. Ah, y porque es un criminal que
estuvo preso…
—Te importa más de lo que querés
admitir. Cuando se odia es porque hay un sentimiento… si no, simplemente
ignorás.
—Nunca le voy a perdonar lo que hizo…
Nunca. Mi abuela esperó por muchos años… se murió sin volver a ver a su único
hijo. ¿Qué clase de persona hace eso?
—No te digo que lo perdones…
—Estoy cansada. ¿Vamos a dormir?
Hasta ahí llegaba su sinceridad.

Ojalá Sandra pueda curar su herida que aún duele y mucho!
ResponderEliminarSi bien Sandra cuenta con su amiga incondicional Cecilia,en Romina también encontró alguien en quién confiar,lo bueno de la amistad que se está forjando es eschuchar y ser escuchado es algo mutuo,y hoy se vio reflejado en este capítulo.
Gracias Eri por hacernos suspirar con estos personajes tan reales!!
Está muy buena, hasta el sábado!!
ResponderEliminarodio al padre de Sandra, o sea flaco quien sos? a mi me habla asi y la trompada que le doy queda tirado en la calle. Vera no hay nada que puedas hacer para que cambie mi opinion de el
ResponderEliminar