jueves, 28 de mayo de 2020

La última canción: Capítulo 24: Una canción para esta noche


“Los grandes amores dejan recuerdos en todas las canciones”
Anónimo.

Sebastián no quiso tocar el tema de su papá por dos razones; la primera, Sandra se molestaba demasiado fácil y aunque las cosas venían muy bien entre ellos, no quería arruinarlo con conversaciones que borraran las sonrisas. Y segundo, todavía no lograba dar con el epicentro del problema. Por un lado, ella se mostraba fría y lejana, pero al mismo tiempo, sentía que no podía soltar el tema. Podía entender el rencor, pero… ¿Con qué necesidad se aferraba a él? ¿Es que acaso no prefería olvidar?
La noche del viernes, ya sin la venda y con la herida cicatrizando, Sandra accedió a salir con él a algún lado. Lo había estado pateando con la excusa de que no quería que la vieran con la cara inflamada, ni con la frente vendada… y además estaba el tema de la plata. El negocio solo alcanzaba para los alquileres, para pagarle a Romina, los servicios y la comida. La plata que cobró del seguro del auto, se le escapó de las manos cuando pagó la reja y los impuestos.
—Yo te invito. —le había dicho él, tratando de que accediera.
—No. La semana que viene vamos. Es principio de mes y suele haber más ventas.
—¡Sos testaruda!
—¡Vos también lo sos!
—¿Yo?
—¡Sí! ¡Vos! Vamos la semana que viene, ¿sí?  
Y la semana que viene llegó. Llegó el viernes y Sebastián la pasó a buscar por su casa. Sandra lo esperaba con un gesto raro que no alcanzó a interpretar.
—¿Y esa cara?
—¿Tenemos que salir? Hace frío… ¿Por qué no nos quedamos y pedimos algo? Una peli… o terminamos de ver Vikingos.
—No. El fin de semana pasado estuvimos encerrados acá. Me prometiste que saldríamos. Vamos, dale. Agarrá tu campera. Paso al baño y nos vamos.
—¿Y dónde vamos? —le preguntó mientras se ponía la campera y buscaba un pañuelo.
—A Thaler.
—¿Morón?
—Si. —Sebastián salió del baño abrochándose los pantalones y la encontró cruzada de brazos en el pasillo.
—No voy a cantar, Sebastián.
—¿Por qué no?
—Porque… me duele la garganta. Porque no tengo ganas.
—¡Dale! ¿Vos te acordás como estaba la gente aquella noche en que estuvimos los dos?
—El karaoke es para ir con amigos. No, con pareja.
—¿Y quién dijo que vamos solos?
—¡¿Quién va?!
—Ceci y Pablo. Gastón y Paula, su novia.
—¿Y por qué me entero recién ahora?
—Porque… Me olvidé. ¿Vamos? —Sandra no se movió—Dale, vamos… la vamos a pasar re bien. ¡Vas a ver! Además, ya es hora de que empecemos a salir como…—y de detuvo.
—¿Cómo qué?
—Como novios, como pareja.
—Ah… No sabía que éramos novios. ¡Mirá vos! —Sebastián se acercó y la envolvió entre sus brazos.
—Dijimos que íbamos a vivir el hoy. ¿O no? —Sandra asintió perdida ya en su mirada—Hoy nos vamos a divertir. Y… ¡Les vamos a romper el culo al resto! —soltó una carcajada que retumbó en la pequeña casa.
—¡Ah! ¡Esto es una competencia! ¡Ya veo! —Ella enredó las manos en su cintura y sonrió—Cecilia canta horrible, Gastón también. Vamos a ver… Pablo y …
—Paula. ¿Ya estás saboreando la victoria?
—Puede ser.
En el coche se rieron tanto que a Sandra le dolía la panza. Le rogó que dejara de hacer chistes porque de lo contario se haría pis encima. Llegaron a Thaler y en la puerta se encontraron a Gastón y a la novia. Las presentaciones pertinentes y entraron. Se sentaron en una mesa cerca del escenario. Sandra le pidió a Sebastián que se ubicaran justo enfrente para que no tuviera que atravesar todo el lugar para llegar. Gastón y Paula resultaron ser una pareja muy divertida a lo que enseguida, la conversación se llenó de risas y de anécdotas. Él recordaba la noche de su cumpleaños cuando ella había robado su premio.
—Pau… ella canta tan bien como vos. —le dijo y Sebastián codeó a Sandra con disimulo.
—¿Cantás? —le preguntó Sandra, más concentrada en lo que había dicho Gastón que en el orgullo que le inflaba el pecho a Sebastián.
—Sí. Estoy estudiando en el conservatorio y además doy clases. —En ese momento Sandra fulminó a Sebastián con la mirada.
—Ah… Entonces, ya tenemos ganadora. —dijo y se llevó el vaso de cerveza a la boca para ocultar los nervios.
—¡Yo creo que sí! —comentó Gastón con sorna—Pero… confieso que van a estar cabeza a cabeza. Vos cantás muy bien, Sandra.
—¡Buenas! —Cecilia y Pablo llegaron en el momento justo. Se acomodaron y la charla siguió como si nada.
Hablaron de todo un poco, rieron, comieron y tomaron bastante. Sandra se había acabado el segundo trago cuando el animador se subió a la tarima para anunciar el comienzo del karaoke. Si o sí necesitaba estar un poco alcoholizada para poder llevar a cabo la competencia.  
—¿A quién se le ocurrió esta magnífica idea? —preguntó Pablo con ironía.
—¡A mi primo! —respondió Cecilia.
—¿Y quién me hizo acceder? —Cecilia esta vez no dijo nada y en cambio, le sonrió con dulzura. —Ya me estoy arrepintiendo.
—¡Somos dos! —comentó Sandra.
—Buenas noches a todos… con este frío que nos empaña los vidrios, vamos a comenzar esta noche de karaoke y diversión. Muchas parejas se han anotado y queremos creer que todos cantan hermosamente bien. ¿No? —el público gritó que sí—¡Así me gusta! Bien. El ganador o los ganadores, más bien, se llevarán de regalo una tarjeta de consumición libre. O sea que, si ganan, van a poder volver y… ¡Chuparse todo! —la gente aplaudía con ganas. —Bueno… ahí me dicen de la barra que todo, no. Ya verán qué se puede y que no. ¿Están listos?
La primera pareja que subió al escenario la rompió. Los seis cruzaron miradas y aunque nadie dijo nada, las ganas de levantarse e irse fueron mucho más grandes que cinco minutos atrás. La segunda, dos amigas algo borrachas, cantaron un clásico de la cumbia argentina y a pesar, de que todo el mundo aplaudió y cantó con ellas, ganó la primera. Así fueron pasando de a dos, hasta que fue el turno de Gastón y Paula. Compitieron con una pareja de hombres que desafinó tanto que ni siquiera los dejaron continuar. Luego, Cecilia y Pablo competirían con Sebastián y Sandra. Cuando dijeron los cuatro nombres, Cecilia se tapó la cara avergonzada mientras que Pablo y Sebastián la obligaban a ponerse de pie. Pablo lo hizo muy bien, tenía una voz muy dulce, pero… Cecilia, no tanto. Se reía más de lo que cantaba. Cuando sonó la canción que Sebastián había elegido, Sandra lo tomó de la mano para darse ánimos y abrió el tema, dejando salir su voz con seguridad. El público aplaudió tanto que Cecilia y Pablo bajaron avergonzados y tristes al finalizar la ronda.
La final: sin muchos rodeos fue entre el hombre de la primera pareja, Paula y Sandra. A Sebastián y a Gastón los desplazaron inmediatamente. Permanecieron en un costado haciendo de hinchada para sus mujeres.
—No sabía que Sandra cantase tan bien. —le dijo Pablo a Cecilia.
—Tiene tantas virtudes que ni ella las conoce a todas. Aunque… vos no te quedás atrás. —dijo y lo besó.
Paula brilló con una canción de Celine Dion que pocos hubieran podido entonar. El hombre se destacó con un tema de Rod Stewart y cuando fue el turno de Sandra y el tema que había elegido… los nervios comenzaron a subir por sus piernas y se alojaron en el estómago. Había decidido cantar esa canción solamente para dedicársela a él. No le importaba si su voz se lucía o no, menos si ganaba. Quería que él entendiera que aquella letra y que las palabras que saldrían de su boca, solamente tendrían sentido para los dos.
Amaba La oreja de Van Gogh. Al principio le había dedicado otros temas; cuando estaba sola y dolida de no tenerlo a su lado, cuando sus estados dependían de el color del día. “Deseo de cosas imposibles”, “Dulce locura” y “Cuídate” habían sido sus himnos en aquella época tan triste. Ahora, otro tema de una de sus bandas favoritas, había cobrado otro sentido desde que había vuelto a abrir su corazón.

Un día más vuelve a empezar
Duerme la luna en san Sebastián
Busco que hacer, oigo llover
Y pienso en ti
Qué guapo estás al despertar
Tan despeinado y sin arreglar
Me hace feliz verte a mi lado
Y pienso en ti
Vamos a querernos toda la vida
Como se quieren la noche y el día
Cuando hablan de ti
Vamos a querernos en cualquier vida
Porque prefiero dejarme morir
Que estar sin ti
Nada es igual cuando no estás
Cuando no vuelves de pasear
Oígo reír, hago equilibrio
Y pienso en ti
“Mi vida sin ti” terminó y para Sandra no había nadie más en Thaler que él, que sus ojos marrones, que su sonrisa ladeada. Él. Solo él. El público la ovacionó también a ella, pero no le importó. Solo quería que él leyera entre líneas lo que le estaba cantando a viva voz. Aquella era una declaración de amor y esperaba que lo interpretara así.
El animador rompió el ambiente con un;
—¡Guau! Tenemos dos grosas en esta tarima esta noche. ¿A quién elegirá la audiencia? Vamos con el aplausométro. Primero… Daniel. —Sandra no oía nada. Quería bajar del escenario y besarlo. —Paula… —el público se puso de pie y vitoreó a la novia de Gastón. Sandra seguía hipnotizada. —Y Sandra… —la gente sí que aplaudió, pero, no tanto como con Paula quien finalmente fue declarada la ganadora final de la noche. —¡Muchas gracias! Y… ¡Felicitaciones!
Sandra ni siquiera felicitó a Paula, bajó de la tarima y acortó la distancia entre ella y el hombre que la esperaba de pie y listo para recibir su alma. Había dado el salto y ahí estaba su red. Fue directo a su boca.
—Te amo. —le dijo por primera vez.
—Ya lo sabía. —la besó como si no existiera nadie más. —Despedite que nos vamos.
—¿Ya?
—Sí. Me muero por hacerte el amor.
—Yo también.
Cecilia los alcanzó en la puerta. Los abrazó y tomó la mano de cada uno. Se la notaba muy emocionada. Sandra sonreía y Sebastián alternaba las miradas entre las dos.
—Gracias. —les dijo conmovida.
—¿Por? —preguntaron los dos.
—Por dejar de lado su orgullo y arriesgarse a este amor. ¡Los amo! —Otra vez los atrajo hacia ella y les plantó un beso en la mejilla a cada uno.
—Nosotros también, Ceci. Ahora… si puede ser, me la quiero llevar de acá.
—Toda suya.
Esa noche. Una canción. Una tarima de madera y un micrófono habían unido los pedazos rotos de cada corazón. Los había pegado con un pegamento indestructible: el amor.


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