martes, 5 de mayo de 2020

LUC: Capítulo 19: Engañar al engañado


“El engaño es una elección, no un error.”
Paulo Coelho

¿Cómo habían llegado de nuevo al departamento? ¿Ella había manejado? ¿O había sido él? Y… ¿Cómo había llegado hasta su cama? Pestañeó y se encontró con las luces de la calle que hacían dibujos extraños sobre la pared. Desde ahí se podía oír que alguien preparaba algo en la cocina. Giró y acomodó su almohada debajo de su cuello. Estaba vestida pero descalza. ¿Cuándo se había quedado dormida? Lo último que recordaba era el abrazo de Sebastián y la angustia que no había podido frenar y había inundado la habitación de su abuela.
¿Por qué no se había ido? ¿Qué hora era? En la mesa de luz, su celular. Extendió el brazo y miró la hora: 22:25. Revisó mensajes y leyó los más importantes. A Cecilia no le respondió. A Romina le avisó que estaba bien. Y a Juan Manuel que le preguntaba si podían verse al día siguiente le contestó que sí y le agregó un: “Tengo que hablar con vos”. La respuesta llegó cuando Sebastián entraba al cuarto con dos vasos en la mano, la caja de una pizza y unas servilletas, más una botella de Coca-Cola. Cerró el WhatsApp y decidió no prestarle atención a otra cosa que no fueran los ojos marrones que le sonreían desde la puerta.
—¿Cómo…?
—Te quedaste dormida en el auto. Estabas tan angustiada que manejé yo. Espero no te moleste.
—No.
—¿Tenés hambre?
—Un poco, sí.
Sebastián apoyó las cosas sobre la mesa de luz y regresó con un mantel que extendió sobre la cama.
—Sé que no te gusta comer sobre la cama, pero… al no haber mesa…
—Está bien.
Puso la pizza en el centro, sirvió la bebida y se acomodó en el extremo. Devoraron las primeras porciones sin hablar. Podía sentir la mirada de él sobre ella y hasta presintió el momento justo en el que él ya no pudo contener las dudas. La boca se le abrió levemente y soltó un;
—¿Por qué lo hiciste sola?
—¿Qué cosa? —se limpió la boca con la servilleta.
—A la mudanza. ¿Y tu novio? ¿Por qué no vino a ayudarte?
—Está complicado con el trabajo.
—Pero…—se contuvo— nada, olvídate.
—¿Qué? Decime.
—Pienso que siendo un día tan… movilizante para vos, debería haber estado acá. Y creo que debería ser él quien esté comiendo esta pizza sobre tu cama esta noche.
—Sí… quizás debería ser él, pero… no está. Y quizás no esté más. —le dio un bocado a la porción para no seguir hablando, por lo menos no durante los siguientes segundos después de haber lanzado esa bomba.
—¿Lo vas a dejar? —En sus ojos vio una chispa intensa que conocía muy bien.
—No sé. Mañana vamos a hablar de lo que está pasando.
—¿Y qué está pasando?
—No pienso discutirlo con vos. ¡Ja! ¡Justo con vos! —revoleó los ojos.
—¿Por?
—Después de lo que pasó entre nosotros, creo que serías la última persona a quien le contaría sobre la intimidad de Juan Manuel y la mía.
—Okey… Puede que tengas razón.
—No, no. Estoy segura de que tengo la razón.
Un silencio diferente se extendió entre los dos. Algo se había roto en la armonía que habían estado compartiendo hasta ese momento. Juan Manuel y su relación se habían metido entre los dos e iba a ser difícil recuperar la paz que habían conseguido.
—Creo que deberías irte, Seba. Tu novia te debe estar esperando. —Si él mencionaba a Juan ella iba a pincharlo también. Ninguno de los dos tenía la cola limpia.
—No quiero dejarte sola. —ignoró completamente su comentario. Amaba eso de Sebastián; nunca quería pelear.
—Voy a estar bien.
—Sí, ya sé que vas a estar bien. Vas a llorar y mañana te vas a volver a poner esa armadura para que nadie vea lo triste que estás. Mañana vas a volver a ser la misma que me dejó aquella madrugada en el hotel.
—¿Otra vez?
—Sí, otra vez. Porque siempre es lo mismo. Hay algo que no te deja ser feliz. ¿Qué es, Sandra?
—No sé de qué hablás.
—Sí que sabés.
—No, no sé. —dejó el vaso sobre la mesa de luz y se puso de pie—No como más.
—Hablame.
—No sé qué querés que te diga.
—¿Qué sentís? ¿Qué estás pensando? ¿Qué te está pasando?
—Estoy triste, Sebastián. Acabo de irme de la casa donde me crie, donde pasé los mejores años de mi vida. Donde…—se detuvo antes de vomitar lo que tenía dentro. No quería asustarlo, no quería que sintiera lástima por ella. Sebastián también se paró y se le acercó, aunque se detuvo antes de alcanzar su cuerpo.
—Decilo. Donde… ¿qué?
—No importa.
—¡No! ¡Sí que importa! ¡Importás! ¡Me importás! —la tomó de los hombros obligándola a que lo mirase a los ojos.
—No quiero. —agachó la cabeza y él la soltó. El corazón de Sebastián se quebró dentro de él. Estaba peor de lo que creía. Cecilia tenía razón. Había algo muy adentro de ella que la ataba, que la amarraba y le impedía ser quien quería ser.
—Compré helado. —dijo mientras juntaba la caja y se llevaba todo a la cocina.
—Deberías irte. —le dijo ella secándose las lágrimas con las palmas, de espalda, para que él no la viera.
—No me voy. Esta noche vos y yo, dormimos juntos.
—Pero…
—¿Querés helado?
—Sí.
—Busca una peli, mientras lavo esto.
Cuando Sebastián regresó, la pantalla de la notebook estaba abierta en Netflix, y los almohadones acomodados para que los dos pudieran recostarse. Le entregó un vasito con una cuchara y se sentó a su lado. Eligieron el primer capítulo de una serie entre los dos y no se durmieron hasta no terminar el último. Sebastián había pasado el brazo por sobre los hombros de Sandra y ella se había permitido disfrutar de ese momento tan… especial. La primera noche en su nueva casa estaba resultando ser una experiencia sorprendente. Extraña, sí, pero… muy estimulante.
—Seba… —murmuró entredormida mientras lo sentía apagar la computadora y apartarla de la cama.
—¿Sí?
—Gracias.
—Descansa.
Él se acostó con ella e hicieron el amor. Sin embargo, no hubo penetración, ni besos, ni caricias. Solo hubo un abrazo cómodo y un mimo al alma. Lo hicieron de una manera que jamás pensaron. Se amaron en silencio, dormidos, enredados, uno con el otro. Y cuando despertaron y se miraron a la siguiente mañana, se dieron cuenta de que sería muy difícil volver a una vida donde no estuvieran uno junto al otro. Sandra lo había descubierto el día anterior cuando lo vio rasqueteando su pared. Él, cuando la abrazó y recibió su dolor, como un regalo que estaba vedado para casi todo el mundo.
—¿Dormiste bien? —le preguntó acariciando su brazo lentamente.
—Sí.
—Yo también. Tu cama es más cómoda que la mía.
—Seba… —lo detuvo antes de que la abandonara.
—¿Mmm?
—¿Por qué ahora? ¿Por qué no fue así antes?
—Antes ni vos ni yo estábamos preparados. —Sandra hizo un gesto raro y él agregó—; No me mires así. Yo era algo inmaduro, lo reconozco, pero vos tampoco estuviste dispuesta a acompañarme en el proceso. Una simple encrucijada y me dejaste ahí.
—Seba… yo… vos… —no le salían las palabras. Ahora… ¿Quién era la inmadura?
—No es un reclamo. Yo lo entendí tiempo después. Necesitábamos tiempo. Yo más que vos, tal vez. Y cuando estuve listo, el destino te volvió a poner en mi camino, ese domingo en el colectivo.
—¿Y si no nos veíamos?
—Supongo que se iba a dar. Vos y yo sabemos que esto no lo vamos a encontrar en otro lado por más que lo busquemos.  
—Me hubiera gustado que esto pasara antes. Antes de…
—¿De Juan Manuel?  
—Antes de Juan Manuel, antes de Tatiana… antes de todo. Antes. —repitió.
—A mí también. Verte con él en Brasil fue una experiencia que sacó lo peor de mí. Estaba enloquecido.
—Verte con ella a mí tampoco me pareció muy divertido.
—Ella ya no es parte de mi vida. Y creo que después de esta noche…
—No nos confundamos. Esta noche fue… —él se acercó juntando su cuerpo con el de ella.
—Esta noche, ¿qué?
—Yo estaba con las defensas bajas. —sonrió con picardía ante el inminente beso que se acercaba.
La boca de Sebastián rozó la suya con sutileza. Su lengua empujó y Sandra le permitió entrar para absorber su sabor. Dos minutos después, ella estaba sobre él, recibiéndolo con el cuerpo y el alma. No hubo tiempo de quitarse la parte de arriba de la ropa, solo lo necesario como para estar uno dentro del otro. Hacer el amor con Sebastián siempre había sido una experiencia inolvidable. Sin dudas amarlo era clave en el intercambio porque nunca se había sentido así con otro hombre. Él, con solo tocarla, alborotaba cada parte de su cuerpo.
Acabaron mirándose a los ojos. Ninguno dijo nada porque no hubo necesidad.
—¿Qué vas a hacer hoy? —le preguntó mientras se vestía.
—Entregar el auto, hablar con el herrero para cerrar la parte de atrás y juntarme con Juan Manuel.
—Esta noche vuelvo. Me gustaría saber cómo te fue con todos tus mandados.  
—Tiempo, Seba. —se acercó, le acarició la mejilla y lo besó con dulzura.
—¿El fin de semana pintamos?
—Bueno…
Sebastián se despidió de ella con un beso largo, de esos que se dan cuando no hay ganas de irse. Sandra se duchó y habló con Romina para saber dónde andaba y qué iban a hacer ese día. Quedaron en que el negocio no abriría. Después, llamó al hombre a quien le entregaría el auto y acordaron encontrarse a la tardecita. Sandra le agradeció porque quería ir a Capital a ver a Juan y así podría regresar antes de tiempo. Pensó que lo mejor sería acercarse al mediodía y resolver el asunto lo más rápido posible. Estaba segura que él se desocuparía durante la hora del almuerzo así que hizo tiempo, pasando por la verdulería de Leo y dejándole indicaciones para el herrero. Cerca de las 11:30 partió hacia el centro.
En el camino, como nunca, puso música. Claramente el humor de Sandra aquel día era otro. Estaba triste, sí, y sabía que la mudanza le costaría bastante, pero haber despertado con Sebastián a su lado, definitivamente había cambiado la melancolía por una sensación de alegría que la invadía y no podía evitar. En Aspen sonaba Forneigner con su canción “I want to know what love is” y no pudo evitar cantarla con todo su corazón. La voz le salía como un río caudaloso y la gente que la escuchaba al detenerse en un semáforo se quedaba embobada con su voz.
—¡Bravo! —le dijo una señora antes de arrancar.
—Gracias. —Sandra sonrió avergonzada y dejó de cantar.
Llegó a la oficina de Juan Manuel un poco después de las doce del mediodía. Era la segunda vez que iba. Sabía que la secretaria se llamaba Nancy porque él la nombraba todo el tiempo. No estaba segura de que ella la reconociera, pero, aun así, se acercó a la recepción y se anunció. La cara de la mujer la desconcertó.
—¿Está Juan?
—Eh… mmm, sí.
—¿Almuerza acá o se va? ¿Sabe?
—No… no… no sé. —tomó el teléfono y Sandra la detuvo.
—Espere. Lo voy a sorprender. —le sonrió y avanzó hasta la puerta de la oficina de Juan.
Golpeó levemente y entró pidiendo permiso. Su cabeza apareció primero y al ver lo que pasaba dentro se detuvo en seco. Sobre el escritorio una mujer con las piernas abiertas, Juan Manuel encima de ella, besando uno de sus pechos con exasperación. No la oyeron porque el teléfono sonaba sin parar; seguramente era Nancy que le advertía de su presencia. Cerró con cuidado la puerta y ahí se quedó con la mano en el picaporte y la madera lustrada delante de sus ojos. No había ira, ni bronca, ni tristeza. Nada.
—Señorita… —la voz de la secretaria la despabiló. —¿Quiere dejarle un mensaje?
—Sí. —retrocedió y tomó el pedacito de papel que la mujer le extendió. En él escribió;
No hacen falta más palabras.
Que seas muy feliz.
Te quiero, Sandra.
—Hasta luego. —se despidió y volvió al auto con una sensación extraña.
La situación jugaba a su favor porque ahora era libre de estar con Sebastián, pero… ¡La engañaba! Él, que decía amarla, la estaba engañando con otra mujer. ¿Desde cuándo? Cuando el calor se le amontonó en las mejillas se instó a pensar en el estacionamiento de Brasil y en la noche anterior. ¿Quién era ella para reclamar? ¿Para sentirse traicionada? Nadie. No tenía ni la moral ni la ética para siquiera pedirle explicaciones. Su orgullo herido regresó a la oscuridad de la que había querido salir y calladito, no se volvió a manifestar.



6 comentarios:

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  2. Sandra ya esta aclarando sus sentimientos y deja de sentir culpa!!!

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  3. Ahhhh, se me cayó un ídolo!!jajajajja me gusta como lo saca de su vida.....fuira!!!!

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  4. Me la veía venir y aunque no la hubiera engañado ya me caia mal que no la acompañe en un momento difícil. Aguante Sebaa!!!

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  5. amaba a Juan y no terminaba de cerrarme Sebas...(igual todavia no lo quiero) pero Juan me defraudo....

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