¡Cuidame!
“Durará tanto como lo cuides y lo cuidarás tanto como
lo quieras.”
Desconocido.
El celular sonaba y sonaba. Sonaba de
nuevo; no dejaba de vibrar. Sandra retrasó esa llamada lo más que pudo. Sin
embargo, debía atenderlo en algún momento. Salió de la oficina del abogado,
donde había dejado las llaves de la casa y terminado de arreglar el contrato de
alquiler y por fin habló con Juan Manuel.
—¡Hola!
—¡Hola!
—¿Dónde estás? —sonaba acelerado,
preocupado. Sandra podría imaginar la cara, sus gestos, el movimiento de sus
manos.
—Saliendo de la oficina del abogado.
Acabo de entregar las llaves.
—Estoy en el negocio. ¿Te espero acá
o vas al departamento?
—Tengo que dejar el auto primero y
después vuelvo a mi casa.
—¿Cuál?
—Donde vivo desde ayer.
—Pasame la dirección del lugar donde
vas a entregar el coche y voy para allá. Después vamos a tu casa y hablamos.
¿Puede ser?
—¿Hace falta? —le dijo mientras
cruzaba la calle hacia el auto estacionado en la mano de enfrente.
—Sí. Quiero explicarte todo. No
quiero que pienses que…
—Juan. Por favor. No es necesario
lastimarnos más. —hablaba por ella también. No quería verse envuelta en un
sinfín de discusiones donde no iban a llevar a nada.
—Dame la dirección o te espero
directamente en el departamento. Vos elegí.
—Bueno… Ahí te paso. Espe…
No tuvo tiempo de cortar y abrir la
puerta porque de un momento a otro, un golpe seco la atontó. Se agarró la
frente y se tambaleó antes de caer al piso. Se miró la palma de la mano y en
ella vio sangre. ¿Qué pasaba? No tuvo tiempo de asustarse porque apenas si
reaccionó. A su lado, un hombre le arrebataba la cartera y la arrojaba dentro
del auto. Lo último que oyó antes de desmayarse del dolor fue;
—Vamos… vamos… dale… ¡Arrancá!
Abrió los ojos en la ambulancia.
Sobre ella dos enfermeros la atendían a consciencia. Quiso hablar, pero no
pudo. Sentía como si dentro de la garganta tuviese algo atravesado. Uno de
ellos le hizo seña que se echara hacía atrás; no se había dado cuenta de que
hacía fuerza para sentarse, y le pidió que descansara. Volvió a cerrar los
ojos. Los abrió en el hospital.
—¿Qué pasó? —preguntó por inercia. Su
mente revivía el episodio y había caído en la cuenta que aquello no había sido
más que un robo. —¡Me robaron! —gritó e intentó ponerse de pie. —¡Tengo que
hacer la denuncia!
—Señorita… cálmese. —una enfermera se
le acercó. —Tranquila que ya en unas horas si todos los estudios salen bien, se
va a poder ir a su casa. Llamamos a alguien de su lista telefónica para que
avisara a sus familiares. Está afuera.
—¿A quién? Yo no tengo familia. —la
frase le dolió, pero estaba acostumbrada.
—Ya lo hacemos pasar, pero por favor,
tranquilícese. En un rato va a pasar el médico y le va a explicar todo.
Sandra miró alrededor y no pudo
evitar pensar en Roxy. Las paredes blancas de aquella pequeña sala en la
guardia le producían nauseas. Tenía frío, temblaba. Cuando vio a Juan Manuel en
la puerta buscándola, el alma le volvió al cuerpo. Ver una cara conocida en esa
situación era como encontrar agua en el desierto.
—¡Sandra! —se acercó con pasos rápidos
y antes de abrazarla la miró con detenimiento.
—Me robaron. —le explicó.
—Sí. Ya hablé con un amigo que es policía.
Están buscando el auto. Pero… vos no te preocupes. —le acomodó los mechones
detrás de las orejas.
—No los vi. Venía hablando con vos…
—Yo sé. Supuse que algo había pasado
porque de pronto no te escuché más. Al rato me llamaron avisándome.
—Me duele mucho la cabeza.
—Te cocieron, por lo que parece.
—Sandra se llevó la mano a la frente y sintió la venda. —Te van a hacer una
placa para ver si está todo bien. Si no hay nada, en unas horas te vas a tu
casa.
—No me di cuenta… —repitió ella y él
la contuvo en un abrazo. —Creo que me golpearon contra la ventanilla o no sé…
—Ya pasó. Descansá.
El médico de guardia llegó, le dijo
lo mismo que había dicho Juan Manuel; una placa y si todo estaba bien, a casa.
Sandra seguía en un estado extraño, envuelta en una nube y no alcanzaba a
reaccionar. Cuatro horas después, Juan Manuel la llevaba a la comisaría a hacer
la denuncia formal. Mil preguntas, mil respuestas que repitió una y otra vez.
Cuando cayó la noche ya no sentía su cuerpo; le dolía todo. Se recostó en la
cama y se quedó profundamente dormida. Aún pese a las recomendaciones de Juan
que intentó mantenerla despierta la mayor parte del tiempo, sus ojos se
cerraron entrada la madrugada.
Despertó y apenas reaccionó, un
pinchazo la atravesó en su totalidad. Extendió el brazo y se encontró con un
cuerpo dormido a su lado. Juan Manuel roncaba con la boca abierta. Seguía
vestido. Como pudo se puso de pie y se tomó su tiempo para recuperar el
balance. Fue al baño y al encender la luz se vio. Su cara era un moretón
gigante. La venda parecía una curita en medio de tanta hinchazón. Buscó en los
cajones algún analgésico y cuando lo encontró se acercó a la cocina por un vaso
de agua. Le dolía hasta la punta del pelo.
—¿Dormiste bien? —Juan Manuel salió
de la habitación refregándose la cabeza.
—No sentí nada. Todo lo estoy
sintiendo ahora. ¡Me duele todo!
—Tu teléfono lo dejé en la mesa de
luz. Fue lo único que no se llevaron. Y gracias a eso me pudieron llamar.
—Gracias.
—San… tenés que ir hacer los trámites
del seguro …
—Hoy no. Necesito descansar.
—¿Querés que vaya yo?
—Bueno. Si no te molesta.
—No, al contrario. Ya aviso en la
oficina. No te preocupes. Vos, descansa.
Juan Manuel se dio una ducha y se
fue. Sandra volvió a la cama y se despertó porque oyó el celular vibrando sobre
la mesa. Atendió.
—¿Estás bien? —Sebastián sonaba
preocupado del otro lado.
—¿Ya te llegó el chisme?
—Acabo de cortar con Ceci. ¿Qué pasó?
—Me robaron el auto ayer. ¡Ay, no
llamé al hombre! Me va a matar. Seba… te hablo en un ratito. —le cortó y
enseguida llamó al señor a quien el día anterior se suponía le vendería el auto.
La charla duró más de lo esperado. El
hombre estaba realmente enojado y a Sandra, después de la cuarta vez que le
contó cómo habían sucedido las cosas, le regresó el dolor de cabeza. Le cortó
pidiéndole disculpas y diciendo que estaba en la oficina del seguro y que si
había novedades le avisaba. Una vez en silencio se echó hacia atrás y llamó a
Sebastián para dejarlo tranquilo.
—¿Cómo que te robaron el auto? ¿Qué
pasó? ¿Qué te hicieron?
—Me golpearon, pero…
—¡¿Qué?! ¿Por qué no me avisaste? —la
interrumpió.
—…estoy bien. Estuve en el hospital
hasta la noche y de ahí a la comisaría. Volvimos tarde a casa.
—¿Volvimos?
—Juan Manuel me llevó. Estaba
hablando con él cuando me asaltaron dos tipos. Se llevaron todo menos el
celular que tenía en la mano. Me llevaron al hospital, lo llamaron a él que era
la última persona con quien había hablado y después ya te conté…
—Fui a tu casa ayer y esperé por un
par de horas.
—Perdón. No tuve cabeza para
avisarte.
—Salgo de acá y me voy para allá.
—Seba… Juan está acá.
—¿No pudieron hablar?
—No, todavía.
—No me interesa. ¿Necesitas que te
lleve algo?
—No, no. Lo que necesito es estar
tranquila. No quiero escándalos, Seba. Por favor.
—Nadie va a hacer escándalos. A la tarde
estoy por ahí. Un beso.
—Un beso.
—San…
—¿Qué?
—Nada… nos vemos más tarde.
Juan Manuel llegó cerca del mediodía
con unas empanadas. Sandra apenas probó bocado. Le dolía tanto la cara que
masticar se volvía un martirio. No hablaron mucho, solo de los detalles del trámite
del seguro y nada más. Al cabo de unos minutos, el silencio los llevó directo
al lugar donde ninguno parecía querer ir.
—Perdón por lo que viste ayer. —le
dijo compungido. Se veía realmente arrepentido. A Sandra le dolió verlo así,
pero…
—¿Hace mucho? —estaba tranquila y eso
a Juan le sorprendió.
—No. Es una pavada. Una chica que
conocí en… una aplicación. Una boludez. ¡Soy un pelotudo! Perdoname, Sandra.
—No te preocupes. La verdad es que yo
iba a…
—…terminar.
—Ajá.
—Hace un tiempo ya, que me di cuenta
de que las cosas entre vos y yo, no salieron como quería. Al principio creí que
sí, pero el viaje a Brasil fue esclarecedor.
—Para mí también.
—¿Están juntos?
—No. —volvió a mentir y le dolió
hacerlo. Aunque la sonrisa de costado de Juan reveló lo poco que le creía.
—Espero que sean realmente felices y
que esta vez sí funcione.
—Yo también. —¿Qué más iba a decir?
—Me voy. —Juan se puso de pie y ella
lo imitó.
—Gracias. —extendió los brazos y lo
rodeó completamente. En verdad lo quería. No como él esperaba, pero en ese
tiempo se había convertido en alguien muy importante para ella.
—Estoy para lo que necesites.
Siempre. —la tomó con dulzura y se acercó lentamente. Sandra pensó que la
besaría en los hinchados labios, pero no. Le depositó un pequeño beso en la
coronilla justo al lado de la venda.
—Te quiero mucho. —le confesó ella.
—Yo también. —no le iba a decir que
la amaba. Ya no se lo diría nunca.
Sebastián llegó y entró hecho una
tromba a la casa. Cuando la vio los nervios se le subieron aún más. Quería
romper todo, estaba enloquecido. A Sandra le costó bastante calmarlo; le
explicó que estaba bien, que no tenía ninguna herida grave y lo distrajo
pidiéndole que le cambiara la venda y la ayudara a higienizarse la herida.
—Sentí que me moría… —le dijo en un
susurró mientras le quitaba con cuidado la venda en el silencio del baño.
—¿Cómo?
—Me moría si te pasaba algo. —bajó la
vista y la miró a los ojos. —Me muero si te pasa algo—repitió. —Mirá como tenés
la carita… —la pena y la bronca se mezclaron en su rostro y Sandra entendió
porque estaba tan enojado.
—Voy a estar bien.
—Claro que sí.
Sebastián se metió a la ducha con
ella, la enjabonó, la enjuagó y la secó. Sandra se dejó mimar como nadie lo había
hecho desde que era una nena. Una vez dentro de la cama, se volvió a quedar
dormida entre los brazos del amor de su vida.
Tendría el rostro golpeado y dolorido
pero su corazón estaba sano, rozagante y feliz.

ahhhhhh.....ahora sí me está gustando, cuentas claras
ResponderEliminarInsisto amo a Sebas!!!!!
ResponderEliminarSe van a acomodando las cosas. Me gusta Sebastián!!!
ResponderEliminardesde el capitulo 1 que creo que en algún momento le iban a robar, pero pensé en el negocio....estoy muy piscis!!! Genial la despedida con Juan, un capo...me gusta ese chico!
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