PRIMER PASO
NADIA
La fecha para su primera
quimioterapia se acercaba velozmente y sus nervios la tenían preocupada; por
más que intentara tomarlo con calma, dormía muy poco y se la pasaba imaginando
escenarios posibles en los que se daba la conversación con su hijo. Debía
hablar con Ben y ya no podía posponerlo más. ¿Cómo lo tomaría? Era la pregunta
que le quitaba el sueño. Nadia creía que algo intuía, pero nada decía. Entonces,
un día decidió contárselo por fin. Y la charla, tal y como pensaba, había
acabado con la cordura que había estado manteniendo en los
últimos tiempos.
Marina había tenido mucha
razón; su hijo no era ningún iluso y entendía muy bien de qué iba la enfermedad
que aquejaba a su madre. A Nadia le dolió saber que su pequeño conocía y
reconocía lo que el cáncer podía hacer en las personas. Por eso, cuando se lo
comentó, sus ojos se llenaron de lágrimas y una frase contundente terminó por
revolcar el alma achacada de Nadia.
–Puedes morirte, entonces.
Pestañeó varias veces antes de
abrir la boca. No podía darse el lujo de tenderse a llorar y arrastrar a su
hijo a aquella agonía contra la que ella misma batallaba día a día. Era un buen
momento para dar una lección; una buena lección. Una que Ben no olvidara jamás.
–Puedo morirme, sí.
Los ojos marrones de su niño
se convirtieron en agua. Sin embargo, ella fue más fuerte y pudo sostenerlo en
el momento más doloroso. Es que acaso… ¿eso no es lo que hacen los padres?
Ocultan, esconden, matizan sus dolores y preocupaciones para que sus hijos no
sufran tanto. Y así lo hizo ella. Soportó la pena de su niño y la acunó en sus
brazos hasta hacerla dormir.
–No es justo. Soy muy pequeño.
–¿Por qué no es justo?
–Eres una buena mamá. Eres una
buena persona.
–Las cosas ocurren, cielo. No
importa qué clase de gente eres.
–No quiero que te mueras.
–Yo tampoco quiero morirme,
pero… sabemos que algún día pasará; hoy o mañana. O en diez años, o en treinta.
Y tú también lo harás. Es la única certeza que tenemos.
–El abuelo de Camila murió de cáncer.
Sufrió mucho. La tía de Nahuel, también.
–¿Quieres que te muestre el
audio que me envió mi doctora?
Nadia le había pedido, en una de
sus consultas, que le explicara sin muchas complicaciones su situación para
que, llegado el momento, su hijo pudiera oír el diagnóstico y lo que ella debía
hacer. La doctora Martín no había tenido problemas; al contrario. Aquel audio
de dos minutos con cincuenta segundos lo había oído hasta el hartazgo:
prácticamente se lo sabía de memoria. En él, le decía cómo habían dado con
aquella bolita o bichito –como lo había definido– que estaba alojado en el seno
de su mamá. Que el cáncer de mamas era muy común y que había muchísimas cosas que
hacer para ganar la batalla. También agregó que la mayoría de las mujeres
logran vencerlo y, por último, se despidió con un saludo muy especial para Ben
quien, seguramente, estaría muy atento escuchando y ayudando a su mamá en ese
mismo momento.
Y así fue.
–¿Más tranquilo? –Nadia
acarició su cabello una vez que terminó de escuchar la voz de la doctora.
–Dice que hay mucho por
hacer–dijo y se secó las lágrimas que humedecían su rostro.
–Sí. Muchísimo. Y te lo he
querido contar porque pronto tendré que ir muchas veces al médico, estaré quizá
algo descompuesta. Los medicamentos para matar el bichito son muy fuertes y
puede que no pueda ir a trabajar… que deba quedarme en casa, en la cama.
–Nahuel dice que su tía se
quedó pelada.
–Sí. Seguramente deberé
cortarme el cabello porque las medicinas hacen que el pelo se caiga solo.
Entonces, la gente decide cortárselo antes de quedar como unos locos… –quiso bromear,
pero su hijo no parecía interesado.
–La doctora dice que muchas
mujeres se salvan.
–Sí.
–Pero otras, no.
–Otras, no.
–A mí me gustaría que tú
te salvaras.
–A mí también–su pecho subía y
bajaba, pero no sucumbiría. Respiró profundo y continuó–. Necesitaré de tu
ayuda, hijo. ¿Podrás ayudarme?
–Lo que tú quieras, mamá.
–Bien. En unos días me tocará
la primera sesión de medicina. Luego… una vez que me recupere, planearemos tu
cumpleaños número once. ¿Te parece?
–Quizás la tía Becca pueda
venir a ayudarnos.
–Puede ser. Ya lo veremos.
***
Las manos le sudaban de una
manera impresionante. La enfermera había sido amable y atenta y en verdad,
habían hecho de todo para que estuviera cómoda. Aun así, los nervios hacían
estragos en su cuerpo. Intentaba por todos los medios, calmarse… respirar profundo
y ¿ponerse en manos de Dios?
Aquella situación de tensión
le recordó al momento en que, también temblando, decidió hablar con Diego para
contarle sobre la oferta del señor Rojas para que trabajase en la empresa
exportadora de su hijo.
Años atrás
Caminaba a paso ligero directo
al bar en que habíamos quedado para cenar. Ben, con su padrino, estaría jugando
con los bloques que tanto le gustaban. Sabía que mi hijo ni siquiera se
acordaría de mí esta noche. Por eso, con tranquilidad me decidí a salir con
Diego.
Lo hallé en una de las mesas
del fondo del local; la música tranquila del lugar invitaba a la charla y la
reflexión; agradecí su elección. Era un sitio perfecto para conversar largo y
tendido.
–¡Estás hermosa! –lisonjeó
después de darme un tierno beso en los labios. Hacía cuatro días que no nos
veíamos. En parte por su trabajo y en parte porque necesitaba tiempo para armar
mi exposición y preferí no verlo mientras tanto.
–Gracias. Tú también.
–¿Ben?–tosí para aflojar los
nervios. Que me preguntase por mi hijo no ayudaba para nada.
–Muy bien. José debe estar pasándola
de lujo.
–Me puso muy feliz esta
iniciativa. Por momentos, esta semana, creí que estabas evitándome.
–No, no. No era eso–extendí mi
mano y acaricié la suya con cariño. ¡Maldición! ¡Es perfecto! Sí, es perfecto,
pero no lo amas, Nadia. Mi cabeza, mi voz interior, mis ganas… mis deseos, mis
miedos, todo… pero absolutamente todo estaba volviéndome loca.
–¿Ordenamos? –preguntó. Asentí
y me excusé al baño. Allí mojé mi rostro varias veces. Temblaba. Mis manos
estaban empapadas. Regresé con las palabras palpitándome dentro de la boca;
desesperadas por salir y acabar con esto de una vez. Pasara lo que pasara,
necesitaba hablar.
–Diego…
–He pedido por ti. Apenas te
fuiste, el mesero… –continuó hablando, diciéndome qué plato había elegido, pero
yo no podía oírlo.
–Necesito hablar de algo
importante–dije en uno de sus silencios.
–Dime.
–El señor Rojas me ha ofrecido
un trabajo en la empresa de exportación. ¿Te acuerdas que te comenté que su
hijo está al mando de…
–¡Sí! –interrumpió– ¡Eso es
maravilloso, Nadia! ¡Debemos brindar!
–La empresa me necesita en
Canarias, Diego. Deberé mudarme.
–¿Mudarte? –apoyó la copa
sobre la mesa y observó el mantel como si allí obtuviera todas las respuestas
del universo.
–No será mañana. Esperaré a
que Ben crezca un poco más y ya el próximo año, podré llevarlo a una guardería.
Es una buena oportunidad para mí y sé que será difícil, pero quiero hacerlo.
–Nadia… deja de hablar un
momento, por favor–ahora quien se alejó hacia al baño fue él. Regresó unos
cuántos minutos después.
–Lo siento–dije apenas lo tuve
frente a mí. En verdad lo sentía.
–Creí que nos casaríamos.
Estaba planeando…–metió la mano en el bolsillo de su saco y de allí tomó una
cajita oscura. Sabía que estaba pensando en eso.
–¡Me siento la peor mujer de
todas! –cubrí mi rostro con las dos manos, avergonzada.
–Creí que Ben se convertiría
en mi hijo, en nuestro hijo. Demasiados planes, al parecer.
–¿Y si te mudas con nosotros?
–la idea de José saltó de mi boca a modo de salvavidas.
–No, Nadia. Yo tengo mi vida
aquí. Mi carrera, mi consultorio, mis pacientes.
–¿No lo dejarías por mí, por
nosotros?
–¿Dejarías tú de lado esa
propuesta por mí?
–No.
–Ahí tienes tu respuesta,
entonces.
Esa noche lo nuestro se acabó.
Diego Hernández dejó de ser mi novio y el pediatra de mi hijo.
–¡Listo, hermosa! –la voz de
la enfermera la despertó. Se había quedado dormida durante la sesión.
–¿Puedo irme a casa?
–No todavía. Deberás quedarte
un poco más para ver cómo marcha todo. No más de una hora. Si te sientes lista,
podrás irte.
–Gracias.
–Te enviaremos a otra
habitación. ¿Hay alguien fuera esperándote?
–Sí. Mi mejor amiga.
–Bien. Le avisaremos para que
se encuentren allí, ¿está bien?
–Gracias.
La enfermera se marchó y al
poco tiempo regresó para acompañarla a otro lugar. Allí, en una especie de
comedor con sillones y televisión, la esperaba Marina con una sonrisa enorme.
Si estaba preocupada o asustada, no se le notaba.
–¡¿Cómo te sientes!?
–Bien, algo mareada, dormida,
pero bien.
–Es normal, dicen. Ya he
preguntado muchas cosas. Pero… ¡no he visto al doctor Aguirre por ningún lado!
¿Existe? ¿O es tu imaginación que anda creando doctores sexys por ahí?
–¡Marina! –Nadia sonrió
divertida y se dirigió a uno de los sillones. Su amiga se sentó a su lado y
tomó su mano con fuerza.
–Primer paso dado. ¿Vamos por
todo?
–¡Vamos por todo!
–De esta salimos…
–¡Juntas! –completó Nadia–. No
te des vuelta, pero allí viene el doctor que tanto buscabas.
–¡Nadia Santana! Me han dicho
que estabas por aquí–la voz alegre de él llegó a las amigas antes de que Marina
pudiera procesar lo que Nadia acababa de decirle.
–¡Así es, doctor! –intentó
ponerse de pie, pero él se lo impidió acercándose a darle un beso en cada
mejilla–. Le presento a mi amiga; Marina. Marina, él fue quien descubrió el
cáncer.
–¡Nadia! Deberé hacer algo
diferente para que no me recuerdes solo por eso–acotó risueño.
Marina los miró a los dos y
soltó una risita que Nadia reconoció enseguida pero que prefirió ignorar.

Pobre Nadia, que bueno pudo hablar con Ben... la vida misma. Gracias Erica
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