UN MOTOQUERO LLAMADO GERVASIO
ALEJANDRO
Tenía la frente pegada al
vidrio y el corazón le palpitaba como si estuviese listo para un infarto. Las
pulsaciones aceleradas y la saliva espesa en su boca le molestaban. ¿Qué era
eso? ¿Un ataque de pánico? Cerró los ojos porque los vehículos, los ruidos, los
colores… la vida que seguía su ritmo en la Gran Canaria no lo ayudaba, al
contrario, tanta algarabía lo ponía de muy mal humor.
¿Había logrado salir de la
cama? Sí. ¿Había podido ducharse? Sí. ¿Había podido mantener limpio su espacio?
Sí. ¿Había podido pedir ayuda? Sí. Sin embargo, este nuevo paso que estaba
dando; el de viajar, el de salir, el de atravesar la puerta del que había sido
su refugio por casi cuatro meses, se le estaba haciendo muy difícil; demasiado,
podría decirse.
Ana conducía con lentitud,
como si quisiera que disfrutara del paisaje. Había elegido la ruta más larga–la
costera–para llegar al consultorio del psicólogo que habían encontrado para él.
Alejandro no había dicho ni una sola palabra desde que se subió al vehículo. Lo
único que lo tranquilizaba era la presencia de Lucía, su hija, en el asiento
trasero y la música que salía de sus auriculares; oía las canciones con el
volumen tan alto que sus padres podían escucharla desde donde estaban.
Había hallado en ella un
oasis. Un oasis en el que refrescarse, en el que encontrar la paz. Su hija se
había convertido en la luz del otro lado del túnel. Podía darse cuenta cuánto
se había apoyado en ella y aunque le parecía injusto para una adolescente, no
era capaz de soltar aquel salvavidas del que se aferraba con uñas y dientes.
Durante los casi cuatro meses
que habían pasado desde la primera vez en que lo visitó en el apartamento,
había ido cada día a verlo. A veces, solo miraban una película; bueno, ella lo
hacía. Él simplemente se regodeaba de la tranquilidad que su pequeña de
dieciséis años le transmitía. Aprovechaba el tiempo juntos para realmente descansar.
Otras, ella hacía su tarea con los auriculares puestos mientras que él
preparaba algo para comer. Otras, jugaban ajedrez.
Lucía le había comentado que
en su escuela se estaba organizando un campeonato y que le había pedido a Hugo
que le enseñara. Sabía que él y su padre se pasaban horas envueltos en partidas
larguísimas que, muchas veces, se veían interrumpidas por clientes. Enseguida,
puso todo de sí para llamar a su amigo y pedirle prestado el tablero que se
encontraba en el bar. Al día siguiente, comenzaron las clases. Alejandro no
supo si ella lo había tramado todo para que él se alejara cada vez más del
sillón que había sido su guarida, o si en verdad aquel torneo existía; aunque,
a decir verdad, tampoco le interesaba. Jugar con ella le hacía bien y por el
rato que duraba la partida, se olvidaba del dolor que cargaba encima.
–En cinco minutos estaremos
llegando–comentó Ana sabiendo que no habría respuesta por parte de ninguno de
los dos.
Lucía estaba inmersa en su
mundo y él… batallaba contra sí mismo para mantenerse estoico en su sitio.
Había sido todo un acontecimiento que él aceptara venir y ella sabía que estaba
haciendo un esfuerzo descomunal por ponerse bien, por buscar el camino de
vuelta. Ella misma había estado pidiendo ayuda para poder acompañarlo. No sería
nada fácil le habían dicho, pero estaba segura de que lo lograrían. No se
sentía tan optimista con respecto a su hijo. Juan estaba completamente negado a
tener algún tipo de relación con su padre y a pesar de que Ana le hablaba
muchísimo de las virtudes que había olvidado de Alejandro, el muchachito
parecía no querer dar el brazo a torcer.
–No sé por qué lo ayudas
tanto. No se merece ni un poco de tu amabilidad. Tantos años nos tuvo
abandonados por ese bar de porquería. Tantas noches solos. ¿Y ahora? ¡Ahora que
se muera!
–¡Juan! –el llamado de
atención de su madre, sumado a los gestos endurecidos y entristecidos ante su
comentario, hicieron que se retractase de sus palabras dos segundos después.
–Lo siento.
–Es tu papá y le debes
respeto.
–No diré más nada, entonces.
Pero solo lo hago por ti. Así que deja de pedirme que vaya a verlo porque no
quiero saber nada con él; del mismo modo que él no quiso saber nada de nosotros
por mucho, mucho, tiempo.
Ana escondía el sentir de su
hijo y le mentía a Alejandro. Le decía que Juan estaba ocupado, que había
salido, que no iba a verlo porque tenía mucho que estudiar. Él asentía en
silencio y no preguntaba mucho más y ella agradecía aquello; no quería contarle
sobre lo que en verdad sucedía.
Alejandro respiró profundo
cuando el coche se detuvo en el estacionamiento especial que utilizaban las
personas con alguna discapacidad. Lucía se apresuró a buscar la silla de ruedas
y Ana a abrirle la puerta. Si hubiese podido, huía de allí. Correría montaña
abajo, lejos bien lejos del consultorio de un psicólogo. Pero le había
prometido a Lucía que lo intentaría.
–No es necesario que te
quedes. Simplemente que vayas a conocerlo–le había dicho su pequeña con los
ojos cargados de lágrimas. Si algo podía sacar de bueno entre tanta desgracia
era el vínculo que estaba construyendo con su hija.
–Lo intentaré.
Y allí estaba, intentándolo.
Una vez más. Aun le parecía muy cercano el día en que huyó despavorido de aquel
primer consultorio psicológico. Pero pondría todo de sí por aguantar, por
dejarse ayudar.
–Con permiso–Ana ingresó
primero y abrió la puerta para que Alejandro entrara.
–Buenas tardes. Usted debe ser
Alejandro–saludó el caballero de ojos alegres.
–Así es–respondió ella por él
y el psicólogo sonrió.
–Puede esperarlo afuera, si
desea–fue una orden disfrazada de sugerencia a la cual Ana acató de inmediato.
–Claro, claro. Ale, estaremos
aquí afuera.
–Muchas gracias–dijo el
caballero y cerró la puerta dejando del otro lado el oxígeno a través del cual
Alejandro respiraba–¿Viven muy lejos de aquí? –quiso saber.
–Diez minutos.
–Bien–el hombre que llevaba
una barba tupida, lentes y tatuajes en los brazos lo observó con atención por
unos largos minutos. Tan largos que Alejandro comenzó a incomodarse en la
silla.
–¿No va a preguntarme nada?
–No.
–¿Qué clase de terapia es
esta? ¿No debería estar averiguando sobre mí, sobre mi pasado; sobre por qué
estoy en esta silla?
–No.
–Ustedes los psicólogos suelen
estar más locos que nosotros, ¿eh?
–¿Quiénes son nosotros?
–Nosotros. Quienes no somos
psicólogos–aclaró–. Ustedes son… raros.
–Eso es cierto. Tiene razón,
sí.
–¿Cuántos años tiene?
–¿Yo?
–¿Quién más? Parece muy joven.
–Tengo treinta y nueve.
–Si me lo cruzara en la calle
jamás pensaría que es psicólogo.
–Ah, ¿sí? ¿Y qué pensaría?
–Pensaría que es un peluquero
de esos modernos o quizás un barbero. O motoquero. Lo imagino montado en una
Harley, tarareando una canción de rock and roll–dijo.
–No está muy lejos de la
verdad. Tengo una moto y voy a la barbería–se acarició la barba y sonrió con
ganas–. Si yo lo cruzara por la calle… –se apoyó en su asiento y se llevó la
mano a los labios como para analizarlo mejor–. Usted tiene cara de jugador del
Barza. Se parece a Gabriel Milito, pero sin los rulos, claro.
Esta vez fue el turno de
Alejandro de reírse. Hacía tanto que no lo hacía que hasta sintió como que algo
le dolió al mover los músculos del rostro.
–Loco y ciego–agregó.
–¡Ey! Loco sí… ciego, también–señaló
sus lentes y los dos se rieron hasta que poco a poco, el ambiente mutó. El
silencio volvió a reinar en el consultorio, pero en esta oportunidad no había
resquemor ni tensión.
–Sufro de depresión–confesó
Alejandro sin mirarlo.
–¿Cómo lo sabe?
–Me quiero morir. Tengo tantos
deseos de…
El nudo que llevaba atado a su
garganta desde hacía meses apareció así, sin más. La angustia de sentirse tan
vulnerable doblegó sus palabras y ya no pudo hablar. Solo lloró. Lloró y lloró.
El psicólogo había cambiado de posición. Había llevado su asiento junto a la
silla de ruedas y había apoyado su mano sobre el hombro de Alejandro. Aquel
roce no había hecho más que recrudecer el llanto. No lo apuró, no lo consoló.
No dijo nada. Simplemente, con su mano allí, le indicaba que no estaba solo. Y
así, Alejandro se permitió llorar la pérdida de su mujer, la venta del bar, la
mala relación con su hijo, su pasado. Todo su dolor.
–Mi nombre es Gervasio. Me
encantaría volver a verlo la semana que viene–dijo cuando por fin la calma
regresó.
–¿Gervasio? ¿Ese es su nombre?
–el otro asintió– ¡Usted sí que es raro!
–Entre raros nos entenderemos,
entonces.
***
Lucía se quitó los auriculares
cuando lo vio salir del consultorio. Ana soltó la revista que estaba ojeando y
esperó a que él se acercara. Ninguno hablaba. Las dos lo observaban, pero
ninguna soltaba la pregunta; aquello que tanto querían saber.
–Tengo un poco de hambre–dijo
él y el clima se distendió.
–Bien. Hay un lugarcito muy
bonito por aquí cerca–dijo Ana apresurada.
–Quisiera ir a la costanera–pidió
él y las dos se sorprendieron que no quisiera volver corriendo a su cueva.
–Está bien. Pediremos algo
para llevar o compraremos en el camino.
Lucía se acercó y deslizó las
palabras que, al parecer, nadie quería pronunciar.
–¿Estás bien, papá?
–Sí.
–¿Volverás? –quiso saber
ansiosa.
–Sí–Lucía se colgó de su
cuello y lo besó en las dos mejillas. Alejandro le regaló una sonrisa tímida.
Aún continuaba con las emociones a flor de piel tras el episodio vivido junto a
Gervasio–. Gervasio se llama. ¿Pueden creerlo? ¿Qué clase de nombre es ese?
–Yo tengo un tío que…
Conversaron sobre los nombres
extraños que los rodeaban hasta que Ana descendió a comprar algo para comer. Mientras
esperaban, Lucía y él, charlaban sobre las particularidades de su psicólogo.
Ella le comentó que era un especialista muy reconocido en la isla, que mucha
gente conocida se trataba con él y que les había costado bastante conseguir un
turno.
–Debe costar mucho dinero.
–Seguramente. Por eso,
prométeme que no lo arruinarás, papá.
–No lo arruinaré–dijo y estiró
la mano para acariciar la rodilla de su hija–. Gracias por estar hoy aquí. Sin
ti…
–Ni que lo digas, papá. ¡Allí
viene mamá! ¿Qué crees que ha comprado?
Ana regresó con unos
sándwiches y algunas bebidas, encendió el motor y se alejaron hacia la costa. Le
había gustado la idea de Alejandro y se sentía contenta de que no quisiera
regresar a su apartamento enseguida. El mar, el sol, le sentarían muy bien.
Condujeron a lo largo de la
GC-2 hacia el oeste y llegaron hasta el Charco de las Palomas. El calor no era
tan insoportable y las nubes que tapaban el sol cada tanto colaboraban en
moverse para regalarles un paisaje bonito. Descendieron y buscaron una banca
para acomodarse. El azul del mar se extendía hasta donde los ojos podían ver.
El poco viento hacía que las olas besaran con suavidad las rocas. La calma del
lugar los reconfortó. Tanto que aun después de devorar la comida, permanecieron
allí cada uno inmerso en sus cuestiones.
Lucía tomaba fotografías de
diferentes ángulos; había desarrollado un gusto particular por aquello y le
había pedido a su madre que la anotase en algún curso. Ana se perdía en la inmensidad
y pensaba cómo le diría a Alejandro que ya había estado preguntando sobre el
divorcio. Sabía que no era un buen momento y rogaba que él se hiciera fuerte
rápido para poder conversarlo. Y él, sentado en su silla, luchaba con los
demonios internos que le decían que debía volver a su guarida, esconderse y
naufragar en las aguas del dolor.
Como si un pequeño diablito
caricaturesco, le hablara por sobre el hombro, la oscuridad lo llamaba. Del
otro lado, un angelito lo obligaba a observar la imagen completa. Ellos tres,
en aquel sitio, juntos; su hija sonriendo mientras ubicaba el celular en
diferentes posiciones para fotografiar una roca. Y Ana, relajada con los ojos
entrecerrados, simplemente estando allí junto a él. La luz le decía, le gritaba,
que tenía mucho por qué luchar, que simplemente tenía que saber mirar.

Por fin Ale se está dejando ayudar...
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