ABRIR EL CORAZÓN O…
NADIA
Ben estaba radiante. Allí, en
aquel sitio repleto de niños, de padres, de ruidos, había sido feliz y Nadia no
podía más que sentirse orgullosa de haberlo logrado. En las fotos que le habían
enviado sus amigas y Becca, podía percibirse la emoción y la felicidad a través
de la pantalla. Y no solo la de él, sino la de todos.
Todo había sido perfecto;
ahora le tocaba continuar con su tratamiento y afrontar una nueva sesión de
quimioterapia.
Se anudó con gracia el
turbante negro que eligió para ese día, preparó un bolso con algunas
pertenencias, los medicamentos, el cargador del celular; repasó en su mente la
lista y salió de la habitación preparada. Ben había asistido a la escuela aún
pese a sus ruegos de quedarse en casa descansando después de un fin de semana
agotador. Nadia se había negado; lo necesitaba ocupado ese día.
El sonido del celular en su
cartera detuvo su andar hacia la puerta. Una llamada de José.
–Hola.
–Estoy abajo. ¿Estás lista?
–Sí. Enseguida nos vemos.
Nadia colgó, tomó las llaves y
salió decidida. Tener a José cerca la tranquilizaba y no podía negar que la
presencia de su hermana también la llenaba de alegría. No habían hablado del
pasado y de los rencores; tampoco de cuánto tiempo se quedaría en la isla, pero
no importaba. Se había extendido un manto de tregua entre ellas y su hijo
estaba feliz. Eso era lo que quería, exactamente eso.
–Con todos los preparativos
para la fiesta, no he podido preguntarte cómo estás–comentó José mientras se
abrochaba el cinturón de seguridad.
–Bien.
–¿Bien? Así, sin más. ¿Bien?
–No sé qué quieres
escuchar–dijo ella con los ojos pegados al espejo retrovisor, atenta al
tránsito–. Esta hora es un martirio. Debimos salir un poco antes.
José no dijo nada; en cambio,
se dedicó a observar el paisaje que le regalaba la Gran Canaria. Nunca había
salido de Alovera y se sentía emocionado ante todo lo que veía. Le hubiese
encantado hacer miles de preguntas, pero callaba. Nadia, acostumbrada a las
subidas y bajadas, a las montañas, al mar, poco comentaba sobre el tema.
–Becca me ha dicho que planea
quedarse una semana más. ¿Lo sabías? –ahora sí, la atención de Nadia se colocó
de lleno sobre su amigo.
–No.
–Me lo ha contado en la
fiesta. Dice que quiere pasar más tiempo con su sobrino.
–¡Qué alegría, José! Ben
estará feliz. De seguro él ya lo sabe.
–Yo creo que sí. Esos dos han conectado
de una manera extraordinaria.
–Sí… –dijo con nostalgia.
–Nadia, vuelvo a preguntar.
¿Cómo estás? –José posó su mano sobre la de Nadia–. No quiero un simple: bien.
–José. No es el día ideal para
tener conversaciones profundas. No hoy. No ahora, al menos. Hoy necesito
energía para lo que se viene. Ya verás de lo que te hablo. Te pido una…
–¿Una tregua?
–Sí. Una tregua suena bien.
–Está bien. Tregua concedida,
pero solo por hoy. Hay muchas cosas sucediendo en tu vida y un simple bien no
basta.
Llegaron al hospital. Nadia
caminó apresurada hacia el ala correspondiente. José la seguía detrás
intentando no perderla de vista. Su amiga avanzaba en automático sin
notar su presencia. No se quejaría; había ido para eso. Para estar. Nada más.
Así es que caminaba en silencio, como un guardaespaldas.
Se anunció en la recepción de
una sala amplia con sillones cómodos y grandes ventanales. La luz del sol que
se esparcía por el lugar, colaboraba para que el clima fuese ameno y
disfrutable. José esperó a que ella hiciera los trámites pertinentes y cuando
la vio dirigirse hacia él, se acercó.
–Debes darle tus datos a aquella
mujer si quieres entrar conmigo. ¿Estás seguro, Jo? Mira que ya lo he hecho
antes y serán horas muy largas.
–No tengo nada más qué
hacer–agregó y caminó hasta el escritorio de la muchacha.
–¿Ya? –preguntó cuando regresó
y él asintió, tomándola de la mano.
–Sí. Otra aventura juntos,
cariño–la atrajo hacia él y la abrazó. Nadia se acurrucó en su pecho y respiró
hondo. ¡Qué sensación tan hermosa! La de contar con su amistad.
–Disculpen–una voz masculina
interrumpió el momento y se separaron a regañadientes.
–Doctor Aguirre. ¿Cómo está?
–Bien. Bien. Sabía que hoy le
tocaba una nueva sesión y quise pasar a ver cómo seguía todo. ¿Cómo está? ¿Cómo
viene el tratamiento?
–¿Los dejo? –preguntón José
con picardía. Ya había oído ese nombre antes.
–¡No! ¡Qué va! –respondió
Nadia con apuro–. Quédate, José. En cualquier momento nos hacen pasar.
–Me alegra que haya venido
acompañada de su… –deslizo el doctor.
–Amigo–completó José y
extendió su mano–. José María Rearte. Un placer.
–¡Qué tal! Nicolás Aguirre.
–¿Es usted el doctor de Nadia?
¿El oncólogo? –José muy bien sabía que a su amiga la atendía una mujer, pero, aun
así, jugó el papel de desconcertado solo para divertirse un poco.
–No. Soy médico clínico. Suelo
atender en la guardia. Allí conocí a Nadia. Fui yo quién…
–El doctor fue quién encontró
el cáncer–completó ella.
–Así es. Y me siento
responsable y comprometido con su salud.
–Ya lo imagino–deslizó José
risueño.
–Nadia Santana–llamaron desde
un extremo y ella agradeció que la jugada entre esos hombres se diera por
acabada.
–Todo marcha muy bien, doctor.
Gracias por preocuparse. Adiós–se despidió ella sin más.
–¡Eso mismo! Gracias por preocuparte,
Nicolás–acotó José con saña y fue tras los pasos de su amiga.
***
Nadia le sonreía a la
enfermera que, con paciencia y dedicación, se ocupaba de ella. Ya le habían
colocado la vía por la cual le llegaría el medicamento que atacaba el cáncer y
que, a su vez, volvía su cuerpo un campo de batalla. Alrededor de ellos, otros
pacientes en la misma situación. Algunos acompañados, otros no. La mayoría
dormía y unos pocos, leían o escuchaban música a través de sus auriculares.
Todo se decía en susurros, nadie elevaba la voz. Una vez que la mujer se alejó,
José se acercó a ella y acarició su frente como si fuera una niña.
–Eres una guerrera, una
amazona–Nadia sonrió y extendió el brazo para devolverle la caricia.
–Gracias por venir hoy. Significa
mucho para mí que estés aquí. De verdad.
–Lo estás haciendo muy
bien–soltó y ella lo observó confundida–. Todo. Lo has logrado, Nadia. ¿No lo
ves? Has podido construir un futuro con tu hijo, trabajas en un sitio que amas
y estás rodeada de gente que te adora. Espero que puedas ver los frutos que te está
dando tu valentía y tu coraje.
–Lo sé. Aunque…
–Aunque esto…–señaló el
lugar–no estaba en los planes, ¿verdad? –ella negó con efusividad, pero sin
perder ni un centímetro de sonrisa.
–He hecho las paces con esta
situación. Hoy te he respondido bien, así… sin más, porque es la verdad.
Estoy bien. Estoy enfocada en recuperarme, en hacer todo lo que debo hacer para
estar mejor. Para sobrevivir. Sé que lo lograré solo hay que tener paciencia y
fe.
–¿Qué te preocupa, entonces? –interrumpió.
–Qué no, quién.
–Tu hijo–ella asintió y poco a
poco sus ojos se llenaron de lágrimas.
–Habla conmigo, Nadia. Dime lo
que está martirizándote.
–A veces pienso que, de haber
tenido pareja, de haberme casado con Diego… Si ese hubiese sido el caso hoy,
Ben no estaría tan solo.
–No lo está.
–Eso me mortifica. Es lo único
que me preocupa.
–Ben está bien. Está acompañado,
es un niño amado. Aquí en Canarias o en Madrid. Deja de pensar tonteras que
haberte venido a vivir aquí ha sido la mejor decisión que has tomado en tu
vida; junto con la de continuar con el embarazo de mi ahijado, por supuesto.
Además, no siempre la presencia de los padres es sinónimo de compañía. Si no,
mírate tú. No has vuelto a saber de él y él tampoco ha querido saber de
ustedes. Tú tienes padre, pero es como si no lo tuvieras. ¿O me equivoco?
–Tienes razón. Eso es muy
cierto.
Nadia respiró y le sonrió con
amor. Los ojos comenzaron a pesarle, producto del cansancio del fin de semana y
José la animó a que durmiese un poco. Aunque intentó no hacerlo, el sueño la
venció poco después. Él tomó una revista de las que había debajo de una mesita
junto a la cama y ojeó los titulares para hacer tiempo. Todo se resumía a
esperar. Esperar a que el veneno se esparciera por el cuerpo de su amiga.
Esperar a que el cáncer reaccionara y el tumor se achicara. Esperar a que Nadia
se salvara.
Al cabo de media hora, se puso
de pie y fue por un café no sin antes dejarle un mensaje en su celular
avisándole que enseguida regresaba. Salió y preguntó por la cafetería y hacia
allí fue. No deseaba beber esa porquería de café de máquina así que, recorrió
los pisos hasta llegar al gran comedor.
–Otra vez tú–comentó José al
toparse con Nicolás en la línea de pedidos.
–Así parece. ¿Nadia?
–Duerme. He salido por un café
y regreso a su lado.
–Bien.
José analizaba con recelo la
espalda del doctor y pensaba que el destino parecía empeñado en que su amiga
acabara con uno de ellos. Sonrió ante la ironía y dio un paso cuando la fila se
movió.
–¿Puedo hacerle una pregunta?
–el doctor se giró y lo enfrentó. Lucía nervioso y José supo exactamente qué
iba a decirle. ¡Era tan obvio!
–¿Qué quiere saber? ¿Si Nadia
y yo somos pareja? –los ojos del doctor se abrieron sorprendidos. Asintió
avergonzado.
–Pues, no. Somos amigos. Como
hermanos, prácticamente.
–Y ella… ¿está comprometida?
¿Está con alguien?
–Eso deberás preguntárselo a
Nadia. ¡Vamos! Te toca.
El doctor dudó unos largos
segundos en elegir su bebida y una vez que lo hizo, se movió a un costado, sin
alejarse demasiado de José que lo observaba divertido. ¡Lo sabía! El doctor
tenía intenciones claras con su amiga. Ahora, la pregunta era si Nadia estaba
dispuesta a darse la oportunidad de abrir su corazón al amor.
–¿Algo más? –le preguntó José
al doctor ya con su café entre las manos.
–Lo acompaño. Sí, bueno…Me
gustaría hacerle algunas preguntas más.
–Puede venir conmigo, pero
sepa que no le diré nada más sobre Nadia. Todo lo que quieras saber, se lo
tendrá que preguntar a ella. No me gustan los chismes.
–Es que siento que no me da la
oportunidad–lo interrumpió nervioso–. No sé cómo acercarme.
–¡Pues! ¡A averiguarlo! –le
palmeó la espalda con la mano libre y se alejó riendo por lo bajo.
Nadia estaba despierta cuando
José se apareció con el café.
–No quise traerte porque no sé
si puedes beber durante la sesión.
–No, no. Estoy bien. Lo que sí
necesito, es un caramelo. En mi cartera encontrarás algunos. ¿Café de maquina?
–¡Ni en sueños! He tenido que
caminar por todo el hospital para conseguirlo.
–¡Me imaginé!
–¿Cómo estás?
–Bien. Los efectos no
comienzan sino hasta dentro de unos días. Estoy feliz de que esta sea la última
de las más fuertes, José. Es realmente agotador.
–¿Agotador? Agotador es
esquivar las preguntas del doctor.
–¿Qué doctor?
–¡Vamos! Somos grandes ¿No te
interesa el doctor Aguirre? Porque él parece estar bastante interesado en ti.
–¡No quiero hablar de eso!
–Okey. Pero, déjame decirte
que vayas preparándote porque el caballero está decidido.
–¡¿Quién te dijo eso!?
–¡No sé! Dijiste que no querías
hablar de eso, pues… no hablaremos.

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