lunes, 8 de julio de 2024

ATDLG: Capítulo 15

 

EFECTOS Y AFECTOS



NADIA

La tarde en que regresó del hospital tras la primera quimioterapia junto a Marina sintió que la cosa no había sido tan grave y creyó que podría hacerlo sin pedir demasiada ayuda. Ben la abrazó con fuerza cuando llegó y su cariño fue un bálsamo para ella y para su cuerpo. Paula se había ofrecido a cuidarlo por unas horas y Nadia agradeció que además de vigilar a su niño, la esperara con la cena preparada.

–¡No sé cómo haré para pagarte lo que haces!

–Es un placer ayudarte, Nadia. De verdad.

–Quédate a cenar con nosotros–le pidió Marina y la muchacha se negó porque se juntaría a estudiar con sus compañeros.

–Gracias por todo, Pau.

–Avísame si necesitas cualquier cosa. Adiós. Espero que disfruten la cena. ¡Adiós, Ben! –saludó y se marchó.

Marina y Nadia conversaron con él de lo que había hecho en la escuela, de sus tareas y de sus amigos, e intentaron distenderse un poco tras un día movilizador. Una vez cenados y tras lavar los trastos, Marina se despidió de los dos, prometiendo regresar al día siguiente.

–No creo que sea una buena idea que trabajes desde aquí–comentó al salir del baño y retomando la conversación.

–Necesito tener la mente ocupada con algo. Si bien, por prescripción médica, puedo quedarme en casa, me gustaría colaborar en lo que pueda.

–No estoy de acuerdo, pero bueno. Mañana al salir de la oficina, traeré tus cosas y tu computadora. Tengo una mesa plegable que podrías usar junto al sillón. ¿Qué dices?

–Me vendría muy bien, gracias.

–Mamá…

–¿Sí?

–Creo que sería una buena idea que durmieras en mi habitación y yo aquí, en el comedor.

–No, no… ¡¿Qué dices!? ¿Cómo se te ocurre?

–De ese modo estarás más cerca del baño… –su hijo había estado preguntando varias veces sobre los efectos de la quimioterapia y Nadia le había hablado de lo peor que podría ocurrirle para que, si llegase el caso, no se asustara o se preocupara.

–Buen punto, Ben–acotó Marina mientras tomaba su cartera.

–No, no… esa es tu…

–Nadia. Tu hijo tiene razón–interrumpió su amiga–. Además, de ese modo, no lo despertarás si llegas a levantarte en la madrugada. Él podrá descansar más cómodo aquí.

–¡Sí! Además… aquí está la televisión.

–¡Oh! Ahora entiendo todo. Había un plan detrás del ofrecimiento, ¿verdad? –su hijo sonrió con picardía–¡Ni sueñes que dejaré que veas la televisión antes de dormir! Ya sabes qué pienso de eso.

–Bueno… yo me voy. Hazle caso a ese muchacho. Tiene mucha razón.

–Veremos.

–Mañana estaré aquí con lo tuyo. Dejaré mi celular encendido junto a la cama por si necesitas algo. Cualquier cosa, me llaman. ¿Está bien? –dijo y miró al niño también.

–Sí–respondieron al unísono.

Marina se marchó, Nadia y Ben se metieron en la cama. Abrazados dejaron que el sueño se apoderara de ellos. La mañana traería otro día y ya verían qué harían con la cuestión de la habitación y dónde dormiría cada uno.

***

A Dios gracias le había dado el gusto o más bien había seguido el consejo de su hijo en cambiar de lecho. Los efectos de la quimioterapia no la afectaron enseguida, sino que fueron dos días después de haber comenzado el tratamiento que sintió cómo el cuerpo respondía al veneno que le habían inyectado para matar las células cancerígenas.

Dos días después había tenido que correr al baño porque las ganas de vomitar la atacaron de un momento a otro. Al cabo de dos horas estaba hecha un bollito en la cama, temblando de frío y con una migraña terrible. Ben llamó a Marina apenas notó la descompensación de su mamá y ella se apareció apenas pudo hacerlo.

–Dime qué necesitas. ¿Con qué te ayudo? –preguntó desesperada.

–Habla con Gloria. Quizá Ben pueda quedarse a dormir al lado. No quiero que pase la noche aquí preocupado.

–Ya mismo–Marina regresó al cabo de unos minutos–. No parece haber nadie en la casa.

–¿Qué día es?

–Jueves.

–Oh… Cierto. Se iban de paseo por el fin de semana.

–Yo me quedaré con ustedes aquí. Tú, descansa.

Marina y Ben pasaron la tarde afuera, hicieron compras y organizaron la cena. Le prepararon un caldo de verduras para ella, pero no pudo disfrutarlo; apenas lo probó, debió correr al baño a vomitar. Se instalaron en el comedor y allí armaron un bunker para pasar la noche. Su amiga se pidió el día siguiente en la oficina para poder quedarse todo el fin de semana junto a ellos y Nadia se lo agradeció con lágrimas en los ojos.

–¿Se ha dormido ya? –peguntó cuando la vio venir con una taza de té, cerca de las dos de la madrugada.

–Sí. Quería pasarse la noche despierto para cuidarte. Me ha costado convencerlo.

–Me apena que esté viviendo todo esto–dijo Nadia mientras le hacía lugar a su amiga en la cama.

–Estará bien.

–Se ha asustado cuando me vio hoy al regresar del colegio. Quiso llamar a Becca, ¿sabes?

–¿A tu hermana? –Nadia asintió.

–Lo convencí de que te escribiera a ti que estabas más cerca y llegarías pronto.

–No me extrañaría que lo hiciera en cualquier momento. Ben es pequeño, pero sabe exactamente qué clase de ayuda necesitas.

–La doctora Martín me ha dicho que serán solo unos días y luego me iré recuperando.

–Y, cuéntame… ¿serán quince sesiones así de fuertes?

–No. Cuatro de las más potentes. A esas les llaman rojas y luego once de las blancas, un poco menos invasivas.

–¿Y cuándo se te caerá el cabello?

–Estiman que después de la segunda. Pensaba ir a la peluquería pronto.

–¿Y si…?

–Marina. Ni siquiera Ben me ha hecho tantas preguntas–se burló.

–Es que no me has contado mucho y quiero saber. Perdón si suena muy mal–se disculpó.

–No te preocupes. Está bien que quieras saber. Anda… ¿Qué ibas a preguntar?

–Si estás así, tan descompuesta… ¿pueden seguir con el tratamiento?

–La semana que viene me harán un análisis de sangre y verán cómo se encuentran mis defensas. Si todo marcha bien, seguimos… si no, habrá que esperar para hacer la siguiente.

–Hay que reforzar las defensas, ¿entonces?

–Sí. Debo beber mucha agua. Me han dicho que ayuda muchísimo y comer sano, por supuesto. Así que espero que esta sensación de malestar se vaya enseguida así puedo probar bocado.

–Bien.

Las dos permanecieron en silencio, con la habitación en penumbras. La noche primaveral les regalaba un clima maravilloso; ni mucho frío ni mucho calor.

–¿Estás despierta? –preguntó Nadia.

–Sí.

–Gracias por todo lo que estás haciendo por nosotros. De verdad.

–No hay nada que agradecer. Me gustaría quedarme contigo todo el tiempo, pero…

–Lo sé. Y sabes que puedes irte tranquila. Ben y yo estaremos bien.

–No, Nadia. No puedo quedarme tranquila, aunque quisiera. Deberías considerar hablar con tu hermana.

–Ya lo haré. Pero no para pedirle ayuda con esto sino para que acompañe a mi hijo en su cumpleaños. Para lo demás, me arreglaré con Paula y contigo. Podré hacerlo. Ya lo verás.

–¿Y qué hay de tu amigo? ¿El tal José?

–No puedo pedirle que venga hasta aquí, Marina. Ya, por favor. Deja de preocuparte porque todo irá bien.

–Está bien…está bien.

Nadia se quedó dormida pero Marina tardó un poco más. En su cabeza seguía dándole vueltas al asunto de la compañía de su amiga. Sabía que podría hacerlo, pero estaba convencida de que, si tuviese a alguien a su lado, podría estar mejor. Mucho mejor.

El ruido de tazas la despertó. Marina roncaba a su lado. Sonrió y se sentó en la cama. Por suerte, el dolor de cabeza había mermado y el estómago no parecía estar revuelto. Se puso de pie y caminó hasta la puerta. La escena que encontró del otro lado, la maravilló. Su hijo, su niño adorado, preparaba el desayuno para todos. ¡Cuánto había crecido! A Nadia se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no alcanzó a soltarlas porque Ben la descubrió en el momento justo.

–Buenos días–saludó.

–¿Qué haces? –quiso saber conmovida con lo que veía.

–Preparo el desayuno. ¿Te sientes mejor, mamá?

–Un poco, sí.

–¿Quieres leche?

–No, cielo. Con un té es suficiente, pero déjame que te ayudo.

–No, no. Tú ve a acostarte. Yo te avisaré cuando todo esté listo.

–Ten cuidado, por favor.

–Yo puedo mamá.

Y efectivamente pudo. Marina abrió los ojos justo cuando Ben ingresaba a la habitación con la bandeja donde había colocado las tostadas y la mermelada. Luego, fue y vino varias veces con las tazas hasta que, al finalizar, se acomodó en la cama junto a ellas y los tres desayunaron juntos.

–¡Quisiera que todos mis viernes fuesen así! –comentó Marina.

–¡Y yo! –dijo Ben quien también había faltado al colegio.

–Yo no. Los dos deberían estar cada uno en su sitio. Tú en la oficina y tú en la escuela.

–¡Uf! Déjanos disfrutar, bruja–se burló su amiga y Ben sonrió ante el comentario–¿Qué haremos hoy, niño?

–¿Maratón de películas?

–¡Me encanta esa idea! –respondió ella y Nadia no pudo evitar emocionarse.

La vida no había sido fácil con ella; al contrario. Le había tocado atravesar momentos muy difíciles; momentos que aún le dolían y que habían marcado su destino. Sin embargo, situaciones como la que estaba viviendo en aquella cama, la hacían pensar que el camino que había recorrido había sido el correcto y el necesario para llegar a donde estaba y conocer a las personas que había conocido.

Apoyó su cabeza sobre el hombro de su amiga y allí permaneció escuchando la lista interminable de películas que su hijo deseaba ver.

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