EFECTOS Y AFECTOS
NADIA
La tarde en que regresó del
hospital tras la primera quimioterapia junto a Marina sintió que la cosa no
había sido tan grave y creyó que podría hacerlo sin pedir demasiada ayuda. Ben
la abrazó con fuerza cuando llegó y su cariño fue un bálsamo para ella y para
su cuerpo. Paula se había ofrecido a cuidarlo por unas horas y Nadia agradeció
que además de vigilar a su niño, la esperara con la cena preparada.
–¡No sé cómo haré para pagarte
lo que haces!
–Es un placer ayudarte, Nadia.
De verdad.
–Quédate a cenar con
nosotros–le pidió Marina y la muchacha se negó porque se juntaría a estudiar
con sus compañeros.
–Gracias por todo, Pau.
–Avísame si necesitas
cualquier cosa. Adiós. Espero que disfruten la cena. ¡Adiós, Ben! –saludó y se
marchó.
Marina y Nadia conversaron con
él de lo que había hecho en la escuela, de sus tareas y de sus amigos, e
intentaron distenderse un poco tras un día movilizador. Una vez cenados y tras
lavar los trastos, Marina se despidió de los dos, prometiendo regresar al día
siguiente.
–No creo que sea una buena
idea que trabajes desde aquí–comentó al salir del baño y retomando la
conversación.
–Necesito tener la mente
ocupada con algo. Si bien, por prescripción médica, puedo quedarme en casa, me
gustaría colaborar en lo que pueda.
–No estoy de acuerdo, pero
bueno. Mañana al salir de la oficina, traeré tus cosas y tu computadora. Tengo
una mesa plegable que podrías usar junto al sillón. ¿Qué dices?
–Me vendría muy bien, gracias.
–Mamá…
–¿Sí?
–Creo que sería una buena idea
que durmieras en mi habitación y yo aquí, en el comedor.
–No, no… ¡¿Qué dices!? ¿Cómo
se te ocurre?
–De ese modo estarás más cerca
del baño… –su hijo había estado preguntando varias veces sobre los efectos de
la quimioterapia y Nadia le había hablado de lo peor que podría ocurrirle para
que, si llegase el caso, no se asustara o se preocupara.
–Buen punto, Ben–acotó Marina
mientras tomaba su cartera.
–No, no… esa es tu…
–Nadia. Tu hijo tiene razón–interrumpió
su amiga–. Además, de ese modo, no lo despertarás si llegas a levantarte en la
madrugada. Él podrá descansar más cómodo aquí.
–¡Sí! Además… aquí está la
televisión.
–¡Oh! Ahora entiendo todo.
Había un plan detrás del ofrecimiento, ¿verdad? –su hijo sonrió con picardía–¡Ni
sueñes que dejaré que veas la televisión antes de dormir! Ya sabes qué pienso
de eso.
–Bueno… yo me voy. Hazle caso
a ese muchacho. Tiene mucha razón.
–Veremos.
–Mañana estaré aquí con lo
tuyo. Dejaré mi celular encendido junto a la cama por si necesitas algo.
Cualquier cosa, me llaman. ¿Está bien? –dijo y miró al niño también.
–Sí–respondieron al unísono.
Marina se marchó, Nadia y Ben
se metieron en la cama. Abrazados dejaron que el sueño se apoderara de ellos. La
mañana traería otro día y ya verían qué harían con la cuestión de la habitación
y dónde dormiría cada uno.
***
A Dios gracias le había dado
el gusto o más bien había seguido el consejo de su hijo en cambiar de lecho.
Los efectos de la quimioterapia no la afectaron enseguida, sino que fueron dos
días después de haber comenzado el tratamiento que sintió cómo el cuerpo
respondía al veneno que le habían inyectado para matar las células
cancerígenas.
Dos días después había tenido
que correr al baño porque las ganas de vomitar la atacaron de un momento a
otro. Al cabo de dos horas estaba hecha un bollito en la cama, temblando de
frío y con una migraña terrible. Ben llamó a Marina apenas notó la
descompensación de su mamá y ella se apareció apenas pudo hacerlo.
–Dime qué necesitas. ¿Con qué
te ayudo? –preguntó desesperada.
–Habla con Gloria. Quizá Ben
pueda quedarse a dormir al lado. No quiero que pase la noche aquí preocupado.
–Ya mismo–Marina regresó al
cabo de unos minutos–. No parece haber nadie en la casa.
–¿Qué día es?
–Jueves.
–Oh… Cierto. Se iban de paseo
por el fin de semana.
–Yo me quedaré con ustedes
aquí. Tú, descansa.
Marina y Ben pasaron la tarde
afuera, hicieron compras y organizaron la cena. Le prepararon un caldo de
verduras para ella, pero no pudo disfrutarlo; apenas lo probó, debió correr al
baño a vomitar. Se instalaron en el comedor y allí armaron un bunker para pasar
la noche. Su amiga se pidió el día siguiente en la oficina para poder quedarse
todo el fin de semana junto a ellos y Nadia se lo agradeció con lágrimas en los
ojos.
–¿Se ha dormido ya? –peguntó
cuando la vio venir con una taza de té, cerca de las dos de la madrugada.
–Sí. Quería pasarse la noche despierto
para cuidarte. Me ha costado convencerlo.
–Me apena que esté viviendo
todo esto–dijo Nadia mientras le hacía lugar a su amiga en la cama.
–Estará bien.
–Se ha asustado cuando me vio
hoy al regresar del colegio. Quiso llamar a Becca, ¿sabes?
–¿A tu hermana? –Nadia
asintió.
–Lo convencí de que te
escribiera a ti que estabas más cerca y llegarías pronto.
–No me extrañaría que lo
hiciera en cualquier momento. Ben es pequeño, pero sabe exactamente qué clase
de ayuda necesitas.
–La doctora Martín me ha dicho
que serán solo unos días y luego me iré recuperando.
–Y, cuéntame… ¿serán quince
sesiones así de fuertes?
–No. Cuatro de las más
potentes. A esas les llaman rojas y luego once de las blancas, un poco menos
invasivas.
–¿Y cuándo se te caerá el
cabello?
–Estiman que después de la
segunda. Pensaba ir a la peluquería pronto.
–¿Y si…?
–Marina. Ni siquiera Ben me ha
hecho tantas preguntas–se burló.
–Es que no me has contado
mucho y quiero saber. Perdón si suena muy mal–se disculpó.
–No te preocupes. Está bien
que quieras saber. Anda… ¿Qué ibas a preguntar?
–Si estás así, tan descompuesta…
¿pueden seguir con el tratamiento?
–La semana que viene me harán
un análisis de sangre y verán cómo se encuentran mis defensas. Si todo marcha
bien, seguimos… si no, habrá que esperar para hacer la siguiente.
–Hay que reforzar las
defensas, ¿entonces?
–Sí. Debo beber mucha agua. Me
han dicho que ayuda muchísimo y comer sano, por supuesto. Así que espero que
esta sensación de malestar se vaya enseguida así puedo probar bocado.
–Bien.
Las dos permanecieron en
silencio, con la habitación en penumbras. La noche primaveral les regalaba un
clima maravilloso; ni mucho frío ni mucho calor.
–¿Estás despierta? –preguntó
Nadia.
–Sí.
–Gracias por todo lo que estás
haciendo por nosotros. De verdad.
–No hay nada que agradecer. Me
gustaría quedarme contigo todo el tiempo, pero…
–Lo sé. Y sabes que puedes
irte tranquila. Ben y yo estaremos bien.
–No, Nadia. No puedo quedarme
tranquila, aunque quisiera. Deberías considerar hablar con tu hermana.
–Ya lo haré. Pero no para pedirle
ayuda con esto sino para que acompañe a mi hijo en su cumpleaños. Para lo
demás, me arreglaré con Paula y contigo. Podré hacerlo. Ya lo verás.
–¿Y qué hay de tu amigo? ¿El
tal José?
–No puedo pedirle que venga
hasta aquí, Marina. Ya, por favor. Deja de preocuparte porque todo irá bien.
–Está bien…está bien.
Nadia se quedó dormida pero
Marina tardó un poco más. En su cabeza seguía dándole vueltas al asunto de la
compañía de su amiga. Sabía que podría hacerlo, pero estaba convencida de que,
si tuviese a alguien a su lado, podría estar mejor. Mucho mejor.
El ruido de tazas la despertó.
Marina roncaba a su lado. Sonrió y se sentó en la cama. Por suerte, el dolor de
cabeza había mermado y el estómago no parecía estar revuelto. Se puso de pie y
caminó hasta la puerta. La escena que encontró del otro lado, la maravilló. Su
hijo, su niño adorado, preparaba el desayuno para todos. ¡Cuánto había crecido!
A Nadia se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no alcanzó a soltarlas porque
Ben la descubrió en el momento justo.
–Buenos días–saludó.
–¿Qué haces? –quiso saber
conmovida con lo que veía.
–Preparo el desayuno. ¿Te
sientes mejor, mamá?
–Un poco, sí.
–¿Quieres leche?
–No, cielo. Con un té es
suficiente, pero déjame que te ayudo.
–No, no. Tú ve a acostarte. Yo
te avisaré cuando todo esté listo.
–Ten cuidado, por favor.
–Yo puedo mamá.
Y efectivamente pudo. Marina
abrió los ojos justo cuando Ben ingresaba a la habitación con la bandeja donde
había colocado las tostadas y la mermelada. Luego, fue y vino varias veces con
las tazas hasta que, al finalizar, se acomodó en la cama junto a ellas y los
tres desayunaron juntos.
–¡Quisiera que todos mis
viernes fuesen así! –comentó Marina.
–¡Y yo! –dijo Ben quien
también había faltado al colegio.
–Yo no. Los dos deberían estar
cada uno en su sitio. Tú en la oficina y tú en la escuela.
–¡Uf! Déjanos disfrutar,
bruja–se burló su amiga y Ben sonrió ante el comentario–¿Qué haremos hoy, niño?
–¿Maratón de películas?
–¡Me encanta esa idea!
–respondió ella y Nadia no pudo evitar emocionarse.
La vida no había sido fácil
con ella; al contrario. Le había tocado atravesar momentos muy difíciles;
momentos que aún le dolían y que habían marcado su destino. Sin embargo,
situaciones como la que estaba viviendo en aquella cama, la hacían pensar que
el camino que había recorrido había sido el correcto y el necesario para llegar
a donde estaba y conocer a las personas que había conocido.
Apoyó su cabeza sobre el
hombro de su amiga y allí permaneció escuchando la lista interminable de
películas que su hijo deseaba ver.

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