UN PEDIDO ESPECIAL
ALEJANDRO
–¡Qué alegría verlo aquí,
Alejandro!
–Gervasio–saludó con seriedad.
–Veo que recuerda mi
nombre–dijo el psicólogo mientras movía una de las sillas para hacerle lugar.
–¿Cómo olvidarlo? Tiene usted
un nombre de viejo. Bueno, todo en usted parece fuera de lugar.
–Noto que está más conversador
que la vez anterior.
–Sí. Me ha servido–recordar lo
que había sucedido la semana anterior; las lágrimas, la mano de Gervasio sobre
su hombro, el almuerzo frente al mar. Todo aquello lo había reconfortado–mucho.
–Cuánto me alegra–el hombre se
quitó los lentes y con el borde de su camisa limpió los cristales con esmero
durante varios minutos.
Alejandro desde su sitio
observó con parsimonia el consultorio austero que ocupaba el supuesto
reconocido psicólogo. Dos sillones pequeños, un escritorio y dos sillas; en una
de ellas, descansaba una mochila roja junto a un casco de motocicleta del mismo
color. ¡Ese hombre sí que era raro! Pensó y continuó su escrutinio. Las paredes
de un color celeste pastel y los cortinados de lo que sería una ventana, de
color azul más oscuro. Un azul que le recordó al mar que había visto la semana
anterior. Nada de cuadros, nada de nada. Tan impersonal que Alejandro sintió
que daba igual donde se encontrasen.
–¿Ya ha terminado? –quiso
saber Gervasio y le sonrió cuando sus ojos se encontraron con los de su
paciente.
–Me han dicho que es un
psicólogo muy conocido.
–Ah, ¿sí? No lo sabía.
–Que cuesta mucho conseguir un
turno con usted–agregó.
–Eso es cierto. Atiendo a
muchos pacientes y además trabajo en otros sitios.
–Me alegro por usted.
–Gracias.
Gervasio lo observaba en
silencio. Alejandro, igual que la ves anterior, sentía que la falta de palabras
lo incomodaba. Quería rellenar el espacio; hablar y hablar. Hablar de cualquier
cosa. Todo lo contrario que cuando estaba en su apartamento en el que prefería
el silencio y el vacío. Allí, frente ese par de ojos chiquitos de color verde y
esa barba larga con algunos cabellos rojizos, la boca le escocía por querer
decir algo; fuese lo que fuese.
–¿Nunca le dijeron que su
mirada obliga a hablar? –preguntó Alejandro y a Gervasio le divirtió.
–¿Cómo sería eso? –preguntó
curioso.
–Usted siempre mira así, como
largo… muy largo y uno siente que sí o sí tiene que decir algo.
–Y diga. Diga lo que quiera.
–¿Cualquier cosa?
–Sí.
–Pero no he venido aquí a
hablar de cualquier cosa.
–¿Y a qué ha venido?
–Vengo porque quiero curarme,
Gervasio. ¿Para qué más?
–¿Curarse de…?
–Depresión. Debería anotar lo
que le digo. Se lo he mencionado la semana anterior–el psicólogo asintió–.
Sufro de depresión desde que me dio un ACV. Bueno, quizá desde antes. Creo que
el ictus fue… la frutilla del postre.
–¿Venía sufriéndola de antes?
–Venía con muchos problemas.
–¿Cómo cuáles?
–¿Tiene tiempo? Deberá tomar
notas esta vez. Todo comenzó cuando…
Alejandro soltó su verdad como
nunca antes. Comenzó hablando del bar, de su venta; mencionó a Hugo, a Quique y
el episodio del robo que lo había complicado todo. Habló de su suegro, del
dinero que le había prestado y comentó que su ex mujer había intentado
convencerlo de no hacer el negocio. Por arriba, dijo que tenía dos hijos a lo
que Gervasio quiso saber cuántos años. La conversación se desvió hacia su
propia infancia cuando expresó que los jóvenes de hoy no valoran el trabajo y
el esfuerzo.
–Mi padre era un trabajador
incansable, ¿sabe? Sin embargo, nunca tuvo nada.
–¿A qué se dedicaba?
–Trabajaba para el ferrocarril
del estado. Pero luego llegaron las privatizaciones y perdió su trabajo.
Enfermó de tristeza y murió.
–¿Y usted? ¿Quedó con su mamá?
–Sí. Mis padres ya habían
enterrado dos hijos. El primero, más grande que yo, falleció en un accidente de
tránsito. Y el más pequeño lo hizo meses después de nacer.
–Es decir que después de que
su padre falleciera, solo quedaron usted y su madre.
–Así es.
Tiempo atrás
–¿Aló? Sí, sí. Aquí está.
Alejandro…–Gregorio me llamó a los gritos desde el teléfono que había en el
local.
–Sí, Don. ¡Dígame!
–Es para ti. Desde Argentina.
–¿Desde Argentina? –el corazón
me dejó de latir durante todo el tiempo que me llevó llegar hasta el aparato.
Le había enviado el número a mi madre para que llamara ante alguna urgencia.
Nunca antes lo había hecho. Una sola carta me había llegado de ella tiempo
atrás donde me contaba que su vecina la había ayudado a escribir esas líneas y
a enviarla–. Hola.
–¿Alejandro?
–¿Mamá?
–Sí, hijo.
–¿Cómo estás? ¿De dónde me
estás llamando?
–De un locutorio. Estoy bien,
no te preocupes.
–¡Me has dado un susto de
muerte! Pensé que solo llamarías ante una urgencia.
–Pues lo es. Tenía urgencia de
oír a mi hijo una vez más. ¿Cómo está todo por allí?
–Bien, mamá. Aún sigo
intentando juntar el dinero, pero sabes que aquí hay tantos gastos que…
–No, no. Tranquilo. No llamaba
para pedirte dinero. Solo quería decirte que te quiero mucho y que te extraño.
Espero que estés siendo feliz, Alejandro.
–Sí, mamá–eso intento, al
menos. Pensé.
–Bien. Se me está acabando el
tiempo. Ale, cuídate mucho.
–Lo haré. Te mando un beso muy
grande. Te quiero.
–Adiós.
Esa fue la última vez que la
oí; efectivamente se le estaba acabando el tiempo. Al mes el teléfono volvió a
sonar. De nuevo desde Argentina. Esta vez para avisarme que mi madre había
fallecido. En ese momento entendí que ella ya sabía el destino que le esperaba
y por eso había decidido llamar.
Admiré su valentía, su coraje
y me culpé mucho más de lo que ya lo hacía.
–Alejandro…
–Sí, perdón.
–¿En qué pensaba?
–En la última vez que escuché
la voz de mi madre.
–Quisiera que me cuente de eso,
pero desafortunadamente ya es tiempo de…
–Entiendo.
–Lo espero la semana que
viene, ¿sí?
–Sí.
–Y le voy a pedir un favor.
Necesitaría que realice una tarea. ¿Puede ser?
–Depende.
–Vaya a su bar. Vaya a verlo.
Vaya a ver al tal Quique y a Hugo, también.
–Muy bien. No ha necesitado
anotar sus nombres. Lo felicito.
–Ya ve. ¿Cree que podrá
hacerlo?
–No lo sé. No tengo muchos
deseos de encontrarme con ese sitio.
***
Colocó las manos sobre las
ruedas impidiendo que continuara avanzando. Ana entendió y esperó.
Sus ojos se clavaron en la
puerta de vidrio que lo separaba del pequeño bar que era lo único que le
quedaba. No había más patrimonio que ese. No contaba con nada más para
subsistir. Allí, entre esas mesas, entre esas sillas debía encontrar la salida.
Pero… ¿Cómo encontrarla en un espacio tan pequeño e insignificante?
–Ha sido una muy mala idea–soltó.
–Estabas seguro de venir
cuando saliste del consultorio.
–Sí, lo estaba. Es producto de
ese tal Gervasio; me mete ideas extrañas en la cabeza. No sé qué hacemos aquí. Vámonos.
No quiero entrar.
–Papá… –allí estaba Lucía una
vez más para tomar su mano con amor–dijiste que el psicólogo te pidió que
vinieras. Por algo debe ser, ¿no?
–Porque es un idiota, ¿por qué
más? ¡Vamos, Ana! Llévame a casa.
–Como tú quieras.
Cuando estaban por regresar al
auto, la voz de Quique los alcanzó. Alejandro maldijo no haber huido antes,
mucho antes. No contaba ni con las ganas ni con las fuerzas de enfrentarse a
nada o nadie que tuviese que ver con sus malas decisiones.
–¿Cómo están? Hola, Alejandro…
¡Qué alegría verte por aquí! –la voz de Quique sonaba agitada debido al rápido
trote que había dado para alcanzarlos.
–Hola, Quique–respondió con
sequedad.
Las mujeres no tardaron en
iniciar la conversación con el muchacho que parecía más interesado en hablar
con su jefe que con ellas. Alejandro no lo miraba. Bueno, sí. Miraba su ropa;
su camisa, sus jeans gastados. Sus manos velludas y el tatuaje que llevaba en
su anular como anillo de casamiento. Quique era una buena persona y su interés
era genuino, pero… pero él no podía conectar aún. No podía y con cada palabra
que salía de la boca de su ex mujer él más deseaba alejarse de allí.
–El bar poco a poco va
resurgiendo, Alejandro.
–Ah, ¿sí? –dijo por fin.
–Sí. Hugo está trabajando
muchísimo para que todo vaya mejorando. ¿Por qué no vienes esta noche?
–No, gracias–dijo serio.
–Haces mucha falta–soltó y
Alejandro solo movió la cabeza en señal de agradecimiento.
–Quique, estoy cansado. Lo
siento. Ana… ¿vamos? –Alejandro no esperó y comenzó a andar.
–Sí, sí. Adiós, Quique.
Salúdame a Hugo–se despidió ella.
–Sí, claro. ¡Esperamos verlo
pronto! A ver cuándo deja esa silla y camina de una vez, ¿eh? –le gritó a modo
de broma, pero él ni siquiera se volteó.
Ana caminaba a su lado. Lucía
venía hablando por teléfono con una amiga. La costanera estaba más concurrida a
esa altura del año. Se montaron al coche sin decir mucho. Antes de dirigirse al
apartamento donde dejarían a Alejandro, llevaron a Lucía a un cumpleaños.
–¿Estás bien? –quiso saber
Ana, una vez que su hija desapareció dentro de la casa.
–No ha sido una buena idea ir
hasta allí.
–¿Qué has sentido?
–Tristeza. Impotencia. Bronca.
Dolor. Angustia–Ana no dijo nada–. Me he equivocado tanto, Ana. Tanto que no sé
si me alcanzará la vida para enmendar mis errores.
–¿De cuáles hablas?
–De todos.

Ale está en el camino de sanar... me encanta Gervasio, ni hablar de Ana y Lucía, adrables
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