viernes, 26 de julio de 2024

ATDLG: Capítulo 18

 

¿ACEPTAR?



ALEJANDRO

–Me ha dicho Quique que estuviste en el bar–comentó Hugo.

–Así es.

–¿Por qué no has entrado?

–No estoy listo, Hugo.

–Entiendo. ¿Quieres que te ayude con algo?

–No, gracias. Hoy me dedicaré a descansar. Los ejercicios a los que me someten en el hospital me dejan agotado. Lucía hoy no vendrá así que planeo tomarme todo con calma.

–Tu hija es maravillosa.

–Sí que lo es. Es un calco de Ana. Ojalá encuentre una pareja que la quiera como se lo merece. No como…

–Deja de castigarte, Alejandro. Es tiempo de pensar en el futuro. En lo que viene. ¿Cómo te está yendo con el psicólogo?

–Bien.

–Me alegro mucho. Ahora solo resta que esas piernitas decidan caminar.

–Veremos.

–Bueno, te dejo en paz. Nos vemos mañana.

–Adiós, Hugo.

El apartamento estaba ordenado, limpio. Había algunos libros y apuntes de Lucía dando vueltas por ahí. El tablero de ajedrez sin desarmar desde la última vez que habían jugado y el aroma a lavanda de un perfume que Ana utilizaba en las toallas, lo acompañaba y lo tranquilizaba. La silla de ruedas se había vuelto parte de él. Ahora solo resta que esas piernitas decidan caminar había dicho su amigo y para él, aquello no ocurriría jamás. Poco a poco se iba convenciendo de que no volvería a hacerlo. Que debía imaginar un futuro sentado en aquella silla. Al respecto, Gervasio había instalado dos preguntas en su cabeza y él no podía dejar de pensar en ellas.

–¿Cuándo hablaremos de su imposibilidad de caminar? –había preguntado en una de las sesiones.

–No lo sé. Yo ya he dicho todo lo necesario. Ya sabe todo acerca de las terapias, de lo que hago. Le he hablado del idiota ese que tiene de colega, aquel que dijo que yo no quería caminar. No sé qué más decirle.

–Lo recuerdo. Me dijo que le molestó muchísimo aquel comentario–comentó volviendo sobre su comentario.

–Demasiado. ¿Cómo yo no voy a querer caminar? Es lo que más deseo junto con…

–Uy, sí. Hábleme de sus deseos, Alejandro–interrumpió.

–Quisiera volver a caminar y ver a mi hijo. Mi hijo Juan–aclaró como si hiciera falta.

–El que está enojado con usted, ¿verdad?

–Sí. No lo he visto desde que me he marchado de la casa. He intentado comunicarme, pero no he tenido suerte.

–¿Lo llamó? –Alejandro negó con la cabeza–¿Le escribió? –volvió a negar–¿Y cómo es que lo intentó?

–Bueno, a decir verdad, yo no he hecho nada más que desear comunicarme con él. No sé cómo hacerlo. Estoy seguro de que me odia. A veces pienso que me ha odiado siempre.

–¿Por qué?

–Porque no he sido un buen padre. Lucía es distinta, es como Ana. Ella perdona. Perdona y olvida. Juan es como yo. Osco, duro y rencoroso.

–¿Y no ha intentado hablar con él después de la separación?

–No. Tengo miedo de hacerlo.

–¿Le teme a su hijo?

–Le temo al dolor de mi hijo. Temo enfrentarme a eso que yo mismo provoqué. Y la verdad es que me sueño erguido, de pie, hablando con Juan frente a frente. De hombre a hombre. Así sí podría acercarme, pero, desde aquí, desde esta silla… no soy más que un despojo, un Don nadie. Un inválido, un discapacitado. ¿Qué podría decirle, enseñarle, postrado aquí?

–¿Y si no vuelve a caminar? ¿No volverá a ver a su hijo?

¿Y si no vuelve a caminar? ¿No volverá a ver a su hijo?

Esas preguntas lo rondaban como hienas. La situación con Juan le dolía y mucho. Mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir. Pero… ¿qué hacer? ¿Cómo acercarse cuando sabía que lo rechazaría?

La soledad del lugar lo envolvía y su pena cobraba forma, se convertía en una sombra que ocupaba cada rincón y lo devoraba entero. Él, incapaz de luchar contra ella, se dejaba tragar por el dolor y la tristeza. Gervasio no había podido hacer mucho por esa sensación. Si bien se sentía más aliviado, porque hablar le hacía bien, no había recuperado la paz y aquellos pensamientos horribles seguían acompañándolo como el primer día.

***

–¿Un psiquiatra? –abrió los ojos bien grandes. Ahora sí que el mundo pensaría que se había vuelto loco, pensó.

–Sí. Un psiquiatra–dijo Gervasio con su calma habitual.

–¿Me medicarían?

–Sí. Alejandro, usted tiene que descansar, debe dormir. Y esos medicamentos lo ayudan a regularse.

–¿Usted me recomendará a alguien? ¿Dejaré de venir?

–Veamos. Vamos por partes. Sí, yo tengo colegas que puedo recomendarle que, estoy seguro sabrán cómo ayudarlo. Y en cuanto a lo otro, no. Por supuesto que no. Usted seguirá viniendo hasta que hayamos concluido.

–¿Hasta que me haya curado?

–Sí, pongámoslo así.

–Bien. Deme el contacto.

–Perfecto–Gervasio tomó un bolígrafo y anotó un número en el borde de una hoja que rasgó para entregársela a Alejandro. En otro momento se hubiese negado. Hoy necesitaba aferrarse a todo lo que lo mantuviera a flote. Por sus hijos.–. Llámela. Es una especialista espectacular.

–¿Es una mujer?

–Sí, ¿por qué? ¿Algún problema?

–No, no.

–Bien. He notado que ha venido solo hoy.

–Ana me ha dejado en la puerta y ha tenido que irse. Volveré en taxi.

–¿Podrá solo?

–Creo que sí. Espero que me toque un conductor considerado.

–Es un gran progreso, Alejandro. ¿Puede verlo? Va adquiriendo más independencia y eso es muy bueno.

–Sus preguntas me han hecho pensar, ¿sabe? Si no vuelvo a caminar, si no consigo recuperarme completamente, deberé aceptar esta realidad. Me quedaría sin opciones.

–Ajá.

–Deberé enfrentarme al mundo desde aquí. Por más que me pese.

–Por más que le pese –repitió–. Pero, venga. Es una gran noticia que quiera enfrentarse al mundo. O acaso, ¿usted no se quería morir?

–¡Cuánto tacto, Gervasio! ¡Cuánto tacto!

–Es cierto ¿o no? –Alejandro movió la cabeza asintiendo por fin–¿Sigue queriendo morirse?

–Cada tanto.

–Pero… no es todo el tiempo.

–No, todo el tiempo no.

–¡Otro paso más, pues! Metafóricamente hablando–se burló.

Salió del consultorio y esperó por varios minutos hasta que un taxi apareció. Las manos le transpiraban y apretaba la mandíbula con fuerza. Nervioso extendió su brazo y el conductor se detuvo. Bajó la ventanilla y le preguntó si necesitaba ayuda, a lo que Alejandro asintió, guardándose las ganas de responderle; ¡Y sí! ¡Claro que sí! ¡Qué pregunta tan estúpida!

El hombre se bajó del coche, abrió la puerta y esperó con paciencia a que Alejandro se acomodara en el asiento. Una vez listo, abrió el baúl y guardó la silla de ruedas. Apresurado, se montó y arrancó con rapidez hacia la dirección que le habían dado. Una vez allí, el mismo procedimiento, pero a la inversa. Solo que esta vez tuvo que sostenerlo para que no se fuera de bruces al piso al intentar pasarse del asiento a la silla de una vez.

–Gracias.

–No hay por qué.

Alejandro se quedó observando el auto partir y sonrió orgulloso por lo que acababa de hacer. Una pequeña victoria. Quizá ya no haría falta que Ana lo llevara y lo trajera todo el tiempo. Giró y contempló el edificio donde había vivido junto a su mujer y los niños. Desde que se habían separado no había regresado. La última vez que había estado allí, caminaba. Avanzó hasta la puerta y allí se quedó, observando la entrada. ¿Qué haría? ¿Qué buscaba? ¿Estarían sus muchachos en casa?

–¿Qué haces aquí? –la voz de Juan le llegó como un estallido. Allí estaba su niño. Alto, gigante… enorme. Enorme y enojado.

–Quise pasar a…

–Lucía no está. Puedes volver por donde viniste.

–Me gustaría hablar contigo, Juan–soltó a modo de susurro, intentando detener su caminata.

–Yo no tengo nada de qué hablar contigo. Ya se lo he dejado en claro a mamá. Ellas podrán ir a verte, compadecerse de ti, pero yo no. Yo no olvido todo lo que nos has hecho. Y si crees que, porque estás en una silla de ruedas y porque estuviste a punto de morirte, olvidaré cada uno de tus desplantes, estás equivocado. A ellas podrás convencerlas. A mí, no. Yo no soy ningún tonto.

–Ellas tampoco lo son.

–No, no lo son. Desafortunadamente aun creen en ti. Yo… yo ya perdí las esperanzas.

–Solo quiero decirte que lo siento mucho. En verdad lo siento, hijo. Sé que estuve mal y ojalá pudiera volver el tiempo atrás. Créeme que estoy pagando por mis errores.

–¡No! No lo sientes. Estas aquí porque ahora te toca depender de nosotros. Necesitas de alguien que te limpie el culo y por eso has venido. Por eso manipulas a mamá y a Lucía.

–Estás equivocado, Juan. Pero entiendo tu enojo.

–Vete de aquí y deja de dar lástima, papá.

Touché.

Las palabras de su hijo eran balas que atravesaban su cuerpo. Sabía y era consciente del dolor que Juan cargaba encima. Era el responsable, claro que sí. Pero una cosa era pensarlo y otra, enfrentarlo, verlo con sus propios ojos. Su muchacho se había convertido en un hombre; un hombre con convicción, con sentido, con visión. No habría palabras para convencerlo o para intentar explicarle.

Había perdido.

Aun cuando lograra caminar, bailar, saltar… ¿Podría recuperar a su hijo?

1 comentario:

  1. Hola Eri, gracias por este capítulo. Tanto por sanar ... como va a costar ese perdon 😔

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