UN TURBANTE AMARILLO
NADIA
Le dio pausa al tutorial que
estaba viendo en YouTube y caminó hasta la puerta. A través de la mirilla vio
que su hermana esperaba a que le abriera. Sabía que llegaría en cualquier momento,
pero Becca no había sido específica con la fecha y se había negado a que la
recogieran del aeropuerto.
Nadia había estado bastante
nerviosa por su llegada. No le había comentado nada sobre su situación y le
había prohibido a su hijo mencionárselo en los audios y llamadas que
intercambiaban. Ben había dicho que no lo haría y no lo hizo aun cuando los dos
sabían que no era una buena idea. Y ahora, paradas las dos, a cada lado de la
puerta, sintió que debió haberle contado qué ocurría con ella.
Se llevó la mano a la cabeza;
allí donde hasta hace no mucho había estado su cabello largo, lacio y negro y
maldijo no haberse puesto el pañuelo por la mañana. Becca volvió a tocar y
Nadia juntó fuerzas para abrir.
–Por fin… –soltó Rebecca
ofuscada por la tardanza.
–Hola…–saludó Nadia y le
sonrió.
–Ho… –No pudo completar la
frase porque la sorpresa fue arrasadora.
–Pasa. Disculpa la tardanza, estaba
en el baño–mintió–. Ponte cómoda. Es una pena que no hayas querido decirme
cuándo llegabas. Hubiésemos ido a buscarte. Ben está muy ansioso por tu
llegada.
Nadia hablaba y hablaba. Becca
en cambio, no se había deshecho de su cartera y la observaba con atención
buscando qué decir. ¿Cómo no se lo había dicho? ¿Cómo Ben no lo había
mencionado? ¿Por qué se lo habían ocultado? Sin querer, en su hermana, encontró
aquellas imágenes que la perseguían una y otra vez. Las de los últimos días de
Carmen. ¡Cuántas veces había visto esas secuelas en su madre! Aquella palidez,
la pelusa en algunos sectores de la cabeza. Bajó la vista y le miró las manos;
igual de resecas. Los recuerdos la golpearon tan fuerte y tan de repente que lo
único que pudo hacer fue abrir los brazos y abrazar a Nadia.
–¿Por qué no me lo habías
dicho? –preguntó con la voz temblorosa a punto de llorar.
–Lo siento. No había querido
preocuparte–comenzó a decir ella.
–Debiste contármelo, Nadia–Becca
se acercó un poco y acarició el rostro de su hermana con cariño.
No, no podía olvidar cuánto la
había necesitado durante su vida y el dolor de no haber contado con ella en un
momento tan duro, aún permanecía dentro. Sin embargo, verla así había removido
una de las tantas capas que había puesto por sobre el amor que sentía por ella.
–No llores, por favor–le pidió
Nadia.
–Lo siento–Becca se quitó las
lágrimas del rostro, respiró profundo e intentó recuperar su postura.
–Perdóname. De verdad no quise
preocuparte.
–¿Dónde está? –Nadia supo que
no se refería a Ben sino al cáncer.
–Mamas.
–Y ya lo sabías cuándo fueron
a verme.
–Sí.
–¿Por qué no me lo dijiste?
–Porque, repito, no quería
preocuparte. Yo estoy bien. Vamos. ¿Quieres un café?
–No, gracias. ¿Y Ben?
–En la escuela. Llegará en un
par de horas.
–¿Cómo lo ha tomado?
–Se ha preocupado, se ha
asustado, por supuesto, pero se ha acostumbrado, también. Estamos en esta
batalla juntos y nos está yendo muy bien.
–¿Cómo lo descubriste?
–¿Podemos hablar de otra cosa,
Becca? Por favor–rogó con la mirada.
–Pues no. He estado en
contacto con esto por bastante tiempo y quiero saberlo todo. Con lujo de
detalles, en lo posible.
–Solo te diré que el tumor se
ha estado achicando, que me queda una sesión de quimioterapia de las más duras
y ya luego, vendrán otras menos dañinas. Que me siento muy mal después del
tratamiento, pero al cabo de unos días, estoy bien. Como, salgo a caminar,
trabajo desde aquí. Y mi oncóloga está feliz con los resultados. Estoy bien,
Rebecca. De verdad.
–Conozco gente muy idónea en
Madrid. Podríamos hacer una nueva consulta. Si tú quieres, yo podría…
–No. Gracias–suavizó–. Estoy
bien. Quiero contarte sobre el cumpleaños de Ben. ¿Puede ser? Porque a eso has
venido, ¿verdad?
–Sí. Tienes razón.
***
La felicidad de su hijo valió
los nervios, la incomodidad, la intensidad vivida. Verlo colgarse del cuello de
su tía había sido suficiente para ella. Eso era lo que había querido desde el
momento en que supo que podría morirse. Porque esa era la cruda verdad: podía
morirse. No lo haría si estaba en sus manos, claro, pero desafortunadamente y
mal que le pese a todo el mundo, podía ocurrir.
Becca y Ben salieron a hacer
las compras mientras ella se encargaba de acabar con algo del trabajo que le
había quedado pendiente del día anterior. Nadia agradeció el gesto de su
hermana y se avocó a terminar con todo para por fin, dedicarse de lleno a la
cocina. Había un plan que seguir si quería que la fiesta del domingo fuese
perfecta.
–¡Por fin están aquí! Creí que
los habían raptado los extraterrestres–comentó Nadia al verlos entrar unas
horas más tarde.
–Fuimos a conocer el hotel
donde se hospedará la tía. Yo quise que se quedara aquí, pero no hay mucho
lugar–agregó entristecido.
–Es cierto. Tengo la cena casi
lista. A lavarse las manos. Vamos.
–Quiero mostrarte mis
carpetas, tía–dijo Ben y fue hasta la habitación en busca de su mochila.
Becca se acercó a su hermana y
se apoyó en la encimera a observarla. Llevaba un turbante amarillo en la cabeza
y a decir verdad no se la veía flaca. Al contrario. Parecía fuerte.
–Lo has hecho mal–comentó y
Nadia la miró extrañada. ¿A qué se refería? ¿A la comida?
–¿De qué hablas?
–Ven. Siéntate un momento–Nadia
hizo caso y su hermana desarmó el turbante cuya tela cayó por sobre sus
hombros.
–He estado viendo unos
tutoriales, pero… no logro que me queden bien apretados, ¿sabes?
Becca comenzó a mover sus
manos en silencio, estirando y enroscando cuando hacía falta. Una vez que
finalizó, la acompañó hasta el espejo y las dos sonrieron ante el resultado.
–¡Ha quedado de maravilla!
¿Puedes enseñarme?
–Claro.
–Pero primero… ¡Mis carpetas! –se
quejó Ben y las dos rieron con ganas.
Nadia permitió que su hijo se
hospedara en el hotel con su hermana mientras ella, Paula y Marina cocinaban
hasta el hartazgo. Habían conseguido un lugar muy bonito y accesible para
celebrar el cumpleaños número once de Benjamín. Compañeritos de la escuela,
amigos de los amigos, estaban todos invitados. Su hijo se merecía ese y muchos
momentos de felicidad y Nadia, aunque cansada y agotada, se los daría. Uno a
uno.
–Vicky quiere usar un vestido
rojo con un escote que levanta muertos–comentó Marina mientras rehogaba
cebollas en una sartén.
–¿Vestido rojo para el
cumpleaños de un niño? –preguntó Paula y las hizo reír.
–Pero… ¡Déjenla en paz! Que se
vista como quiera.
–Anda. Dinos si es que hay
algún tío o amigo que valga la pena. Como para arreglarnos un poco, ¿verdad,
Pau?
–¡Claro! ¿La tal Vicky sabe de
alguien que nosotras no?
–Podrías invitar al doctor
Aguirre. ¿Qué dices? –soltó Marina y dejó boquiabiertas al resto.
–¿Quién es el doctor Aguirre? –quiso
saber la otra.
–Ya, basta. ¡Las dos! Tú cuida
esas cebollas y tú, Paula… haz algo productivo. No sé. Café o té.
–Sí, sí. Pero primero cuéntame
del doctor.
Nadia, Marina y Paula se
divirtieron tanto que cuando Ben y su hermana llegaron con la cena, encontraron
un desorden olímpico en el lugar. Las cosas terminadas, sí, pero todo hecho un
desastre.
–¿Qué ha ocurrido aquí?
–preguntó Ben al ingresar. Becca lo seguía detrás con las bolsas con comida.
–¡Llegaron justo a tiempo!
–gritó Nadia.
–¿A tiempo para qué?
–¡Para limpiar! –respondió
divertida.
–Huyamos, Ben. Huyamos de
aquí.
Las risas y la algarabía
continuaron durante toda la noche del sábado. Para el domingo, todo estaba
listo y preparado para ser llevado al salón de fiestas. Ben se había querido
duchar y preparar en la habitación de Rebecca y ella no se había negado, por supuesto.
Se había comprometido a estar con el niño en horario.
–Gracias, Becca–había dicho
Nadia emocionada con la relación entre ellos.
–Gracias a ti, por dejar de
lado nuestra historia y permitirme disfrutarlo. Nunca lo olvidaré.
–Ni yo.
–¿Nos vemos en Catapum?
–Allí nos vemos. No lleguen
tarde.
Nadia cerró la puerta y corrió
al baño para terminar de prepararse. Una vez duchada, iría al salón a llevar la
comida y las decoraciones. Becca le había enseñado a colocarse los turbantes de
muchas formas así es que con rapidez se envolvió la cabeza con uno, se maquilló
y se preparó para la fiesta de su hijo.
Nadia quería que aquel día
fuese especial. Quería que él olvidase todo lo que habían atravesado en las últimas
semanas, que el miedo y la preocupación le dieran lugar al disfrute, a la vida.
Que su hijo hiciera foco en lo maravilloso que significaba estar vivos. No
podía mentirse a sí misma; quería que, ante cualquier eventualidad del destino,
su hijo tuviera un cumpleaños inolvidable.
Se alisó el vestido que había
elegido para la ocasión, tomó su cartera, las llaves del auto y salió. Bajó las
escaleras, apresurada porque debía subir una vez más para buscar todo lo que
faltaba. Tan ensimismada estaba en ordenar las cosas en el baúl que no notó al
caballero que se le acercaba por detrás.
–¿Necesita ayuda?
–No, gracias–dijo y se
giró–¡Oh, Dios mío! ¡José! –se abalanzó sobre él y lo llenó de besos.
–¡Qué hermosa bienvenida! –agradeció
él.
–¡Qué sorpresa tan grande!
–No quería perderme el
cumpleaños de mi ahijado. He pensado que ya ha sido suficiente.
–Estará feliz de verte. ¡Estoy
feliz de verte!
–Estás hermosa, Nadia.
–¡Ya! Por favor, ven. Ayúdame
con esto.
El cumpleaños de Ben fue tal y
como lo soñó. Con la gente querida. Con la familia, con los amigos. Nadia
disfrutó de cada momento con su hijo como nunca antes.
¿Podría el cáncer haberla
vuelto una persona más feliz?
Quizás.

No hay comentarios:
Publicar un comentario