viernes, 19 de julio de 2024

ATDLG: Capítulo 17

 

UN TURBANTE AMARILLO



NADIA

Le dio pausa al tutorial que estaba viendo en YouTube y caminó hasta la puerta. A través de la mirilla vio que su hermana esperaba a que le abriera. Sabía que llegaría en cualquier momento, pero Becca no había sido específica con la fecha y se había negado a que la recogieran del aeropuerto.

Nadia había estado bastante nerviosa por su llegada. No le había comentado nada sobre su situación y le había prohibido a su hijo mencionárselo en los audios y llamadas que intercambiaban. Ben había dicho que no lo haría y no lo hizo aun cuando los dos sabían que no era una buena idea. Y ahora, paradas las dos, a cada lado de la puerta, sintió que debió haberle contado qué ocurría con ella.

Se llevó la mano a la cabeza; allí donde hasta hace no mucho había estado su cabello largo, lacio y negro y maldijo no haberse puesto el pañuelo por la mañana. Becca volvió a tocar y Nadia juntó fuerzas para abrir.

–Por fin… –soltó Rebecca ofuscada por la tardanza.

–Hola…–saludó Nadia y le sonrió.

–Ho… –No pudo completar la frase porque la sorpresa fue arrasadora.

–Pasa. Disculpa la tardanza, estaba en el baño–mintió–. Ponte cómoda. Es una pena que no hayas querido decirme cuándo llegabas. Hubiésemos ido a buscarte. Ben está muy ansioso por tu llegada.

Nadia hablaba y hablaba. Becca en cambio, no se había deshecho de su cartera y la observaba con atención buscando qué decir. ¿Cómo no se lo había dicho? ¿Cómo Ben no lo había mencionado? ¿Por qué se lo habían ocultado? Sin querer, en su hermana, encontró aquellas imágenes que la perseguían una y otra vez. Las de los últimos días de Carmen. ¡Cuántas veces había visto esas secuelas en su madre! Aquella palidez, la pelusa en algunos sectores de la cabeza. Bajó la vista y le miró las manos; igual de resecas. Los recuerdos la golpearon tan fuerte y tan de repente que lo único que pudo hacer fue abrir los brazos y abrazar a Nadia.

–¿Por qué no me lo habías dicho? –preguntó con la voz temblorosa a punto de llorar.

–Lo siento. No había querido preocuparte–comenzó a decir ella.

–Debiste contármelo, Nadia–Becca se acercó un poco y acarició el rostro de su hermana con cariño.

No, no podía olvidar cuánto la había necesitado durante su vida y el dolor de no haber contado con ella en un momento tan duro, aún permanecía dentro. Sin embargo, verla así había removido una de las tantas capas que había puesto por sobre el amor que sentía por ella.

–No llores, por favor–le pidió Nadia.

–Lo siento–Becca se quitó las lágrimas del rostro, respiró profundo e intentó recuperar su postura.

–Perdóname. De verdad no quise preocuparte.

–¿Dónde está? –Nadia supo que no se refería a Ben sino al cáncer.

–Mamas.

–Y ya lo sabías cuándo fueron a verme.

–Sí.

–¿Por qué no me lo dijiste?

–Porque, repito, no quería preocuparte. Yo estoy bien. Vamos. ¿Quieres un café?

–No, gracias. ¿Y Ben?

–En la escuela. Llegará en un par de horas.

–¿Cómo lo ha tomado?

–Se ha preocupado, se ha asustado, por supuesto, pero se ha acostumbrado, también. Estamos en esta batalla juntos y nos está yendo muy bien.

–¿Cómo lo descubriste?

–¿Podemos hablar de otra cosa, Becca? Por favor–rogó con la mirada.

–Pues no. He estado en contacto con esto por bastante tiempo y quiero saberlo todo. Con lujo de detalles, en lo posible.

–Solo te diré que el tumor se ha estado achicando, que me queda una sesión de quimioterapia de las más duras y ya luego, vendrán otras menos dañinas. Que me siento muy mal después del tratamiento, pero al cabo de unos días, estoy bien. Como, salgo a caminar, trabajo desde aquí. Y mi oncóloga está feliz con los resultados. Estoy bien, Rebecca. De verdad.

–Conozco gente muy idónea en Madrid. Podríamos hacer una nueva consulta. Si tú quieres, yo podría…

–No. Gracias–suavizó–. Estoy bien. Quiero contarte sobre el cumpleaños de Ben. ¿Puede ser? Porque a eso has venido, ¿verdad?

–Sí. Tienes razón.

***

La felicidad de su hijo valió los nervios, la incomodidad, la intensidad vivida. Verlo colgarse del cuello de su tía había sido suficiente para ella. Eso era lo que había querido desde el momento en que supo que podría morirse. Porque esa era la cruda verdad: podía morirse. No lo haría si estaba en sus manos, claro, pero desafortunadamente y mal que le pese a todo el mundo, podía ocurrir.

Becca y Ben salieron a hacer las compras mientras ella se encargaba de acabar con algo del trabajo que le había quedado pendiente del día anterior. Nadia agradeció el gesto de su hermana y se avocó a terminar con todo para por fin, dedicarse de lleno a la cocina. Había un plan que seguir si quería que la fiesta del domingo fuese perfecta.

–¡Por fin están aquí! Creí que los habían raptado los extraterrestres–comentó Nadia al verlos entrar unas horas más tarde.

–Fuimos a conocer el hotel donde se hospedará la tía. Yo quise que se quedara aquí, pero no hay mucho lugar–agregó entristecido.

–Es cierto. Tengo la cena casi lista. A lavarse las manos. Vamos.

–Quiero mostrarte mis carpetas, tía–dijo Ben y fue hasta la habitación en busca de su mochila.

Becca se acercó a su hermana y se apoyó en la encimera a observarla. Llevaba un turbante amarillo en la cabeza y a decir verdad no se la veía flaca. Al contrario. Parecía fuerte.

–Lo has hecho mal–comentó y Nadia la miró extrañada. ¿A qué se refería? ¿A la comida?

–¿De qué hablas?

–Ven. Siéntate un momento–Nadia hizo caso y su hermana desarmó el turbante cuya tela cayó por sobre sus hombros.

–He estado viendo unos tutoriales, pero… no logro que me queden bien apretados, ¿sabes?

Becca comenzó a mover sus manos en silencio, estirando y enroscando cuando hacía falta. Una vez que finalizó, la acompañó hasta el espejo y las dos sonrieron ante el resultado.

–¡Ha quedado de maravilla! ¿Puedes enseñarme?

–Claro.

–Pero primero… ¡Mis carpetas! –se quejó Ben y las dos rieron con ganas.

Nadia permitió que su hijo se hospedara en el hotel con su hermana mientras ella, Paula y Marina cocinaban hasta el hartazgo. Habían conseguido un lugar muy bonito y accesible para celebrar el cumpleaños número once de Benjamín. Compañeritos de la escuela, amigos de los amigos, estaban todos invitados. Su hijo se merecía ese y muchos momentos de felicidad y Nadia, aunque cansada y agotada, se los daría. Uno a uno.

–Vicky quiere usar un vestido rojo con un escote que levanta muertos–comentó Marina mientras rehogaba cebollas en una sartén.

–¿Vestido rojo para el cumpleaños de un niño? –preguntó Paula y las hizo reír.

–Pero… ¡Déjenla en paz! Que se vista como quiera.

–Anda. Dinos si es que hay algún tío o amigo que valga la pena. Como para arreglarnos un poco, ¿verdad, Pau?

–¡Claro! ¿La tal Vicky sabe de alguien que nosotras no?

–Podrías invitar al doctor Aguirre. ¿Qué dices? –soltó Marina y dejó boquiabiertas al resto.

–¿Quién es el doctor Aguirre? –quiso saber la otra.

–Ya, basta. ¡Las dos! Tú cuida esas cebollas y tú, Paula… haz algo productivo. No sé. Café o té.

–Sí, sí. Pero primero cuéntame del doctor.

Nadia, Marina y Paula se divirtieron tanto que cuando Ben y su hermana llegaron con la cena, encontraron un desorden olímpico en el lugar. Las cosas terminadas, sí, pero todo hecho un desastre.

–¿Qué ha ocurrido aquí? –preguntó Ben al ingresar. Becca lo seguía detrás con las bolsas con comida.

–¡Llegaron justo a tiempo! –gritó Nadia.

–¿A tiempo para qué?

–¡Para limpiar! –respondió divertida.

–Huyamos, Ben. Huyamos de aquí.

Las risas y la algarabía continuaron durante toda la noche del sábado. Para el domingo, todo estaba listo y preparado para ser llevado al salón de fiestas. Ben se había querido duchar y preparar en la habitación de Rebecca y ella no se había negado, por supuesto. Se había comprometido a estar con el niño en horario.

–Gracias, Becca–había dicho Nadia emocionada con la relación entre ellos.

–Gracias a ti, por dejar de lado nuestra historia y permitirme disfrutarlo. Nunca lo olvidaré.

–Ni yo.

–¿Nos vemos en Catapum?

–Allí nos vemos. No lleguen tarde.

Nadia cerró la puerta y corrió al baño para terminar de prepararse. Una vez duchada, iría al salón a llevar la comida y las decoraciones. Becca le había enseñado a colocarse los turbantes de muchas formas así es que con rapidez se envolvió la cabeza con uno, se maquilló y se preparó para la fiesta de su hijo.

Nadia quería que aquel día fuese especial. Quería que él olvidase todo lo que habían atravesado en las últimas semanas, que el miedo y la preocupación le dieran lugar al disfrute, a la vida. Que su hijo hiciera foco en lo maravilloso que significaba estar vivos. No podía mentirse a sí misma; quería que, ante cualquier eventualidad del destino, su hijo tuviera un cumpleaños inolvidable.

Se alisó el vestido que había elegido para la ocasión, tomó su cartera, las llaves del auto y salió. Bajó las escaleras, apresurada porque debía subir una vez más para buscar todo lo que faltaba. Tan ensimismada estaba en ordenar las cosas en el baúl que no notó al caballero que se le acercaba por detrás.

–¿Necesita ayuda?

–No, gracias–dijo y se giró–¡Oh, Dios mío! ¡José! –se abalanzó sobre él y lo llenó de besos.

–¡Qué hermosa bienvenida! –agradeció él.

–¡Qué sorpresa tan grande!

–No quería perderme el cumpleaños de mi ahijado. He pensado que ya ha sido suficiente.

–Estará feliz de verte. ¡Estoy feliz de verte!

–Estás hermosa, Nadia.

–¡Ya! Por favor, ven. Ayúdame con esto.

El cumpleaños de Ben fue tal y como lo soñó. Con la gente querida. Con la familia, con los amigos. Nadia disfrutó de cada momento con su hijo como nunca antes.

¿Podría el cáncer haberla vuelto una persona más feliz?

Quizás.

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