¿ACEPTAR?
ALEJANDRO
–Me ha dicho Quique que
estuviste en el bar–comentó Hugo.
–Así es.
–¿Por qué no has entrado?
–No estoy listo, Hugo.
–Entiendo. ¿Quieres que te
ayude con algo?
–No, gracias. Hoy me dedicaré
a descansar. Los ejercicios a los que me someten en el hospital me dejan
agotado. Lucía hoy no vendrá así que planeo tomarme todo con calma.
–Tu hija es maravillosa.
–Sí que lo es. Es un calco de
Ana. Ojalá encuentre una pareja que la quiera como se lo merece. No como…
–Deja de castigarte,
Alejandro. Es tiempo de pensar en el futuro. En lo que viene. ¿Cómo te está
yendo con el psicólogo?
–Bien.
–Me alegro mucho. Ahora solo
resta que esas piernitas decidan caminar.
–Veremos.
–Bueno, te dejo en paz. Nos
vemos mañana.
–Adiós, Hugo.
El apartamento estaba
ordenado, limpio. Había algunos libros y apuntes de Lucía dando vueltas por
ahí. El tablero de ajedrez sin desarmar desde la última vez que habían jugado y
el aroma a lavanda de un perfume que Ana utilizaba en las toallas, lo
acompañaba y lo tranquilizaba. La silla de ruedas se había vuelto parte de él. Ahora
solo resta que esas piernitas decidan caminar había dicho su amigo y para
él, aquello no ocurriría jamás. Poco a poco se iba convenciendo de que no
volvería a hacerlo. Que debía imaginar un futuro sentado en aquella silla. Al
respecto, Gervasio había instalado dos preguntas en su cabeza y él no podía
dejar de pensar en ellas.
–¿Cuándo hablaremos de su
imposibilidad de caminar? –había preguntado en una de las sesiones.
–No lo sé. Yo ya he dicho todo
lo necesario. Ya sabe todo acerca de las terapias, de lo que hago. Le he
hablado del idiota ese que tiene de colega, aquel que dijo que yo no quería
caminar. No sé qué más decirle.
–Lo recuerdo. Me dijo que le
molestó muchísimo aquel comentario–comentó volviendo sobre su comentario.
–Demasiado. ¿Cómo yo no
voy a querer caminar? Es lo que más deseo junto con…
–Uy, sí. Hábleme de sus
deseos, Alejandro–interrumpió.
–Quisiera volver a caminar y
ver a mi hijo. Mi hijo Juan–aclaró como si hiciera falta.
–El que está enojado con
usted, ¿verdad?
–Sí. No lo he visto desde que
me he marchado de la casa. He intentado comunicarme, pero no he tenido suerte.
–¿Lo llamó? –Alejandro negó
con la cabeza–¿Le escribió? –volvió a negar–¿Y cómo es que lo intentó?
–Bueno, a decir verdad, yo no
he hecho nada más que desear comunicarme con él. No sé cómo hacerlo. Estoy
seguro de que me odia. A veces pienso que me ha odiado siempre.
–¿Por qué?
–Porque no he sido un buen
padre. Lucía es distinta, es como Ana. Ella perdona. Perdona y olvida. Juan es
como yo. Osco, duro y rencoroso.
–¿Y no ha intentado hablar con
él después de la separación?
–No. Tengo miedo de hacerlo.
–¿Le teme a su hijo?
–Le temo al dolor de mi
hijo. Temo enfrentarme a eso que yo mismo provoqué. Y la verdad es que me sueño
erguido, de pie, hablando con Juan frente a frente. De hombre a hombre. Así sí
podría acercarme, pero, desde aquí, desde esta silla… no soy más que un
despojo, un Don nadie. Un inválido, un discapacitado. ¿Qué podría decirle,
enseñarle, postrado aquí?
–¿Y si no vuelve a caminar?
¿No volverá a ver a su hijo?
¿Y si no vuelve a caminar? ¿No
volverá a ver a su hijo?
Esas preguntas lo rondaban
como hienas. La situación con Juan le dolía y mucho. Mucho más de lo que estaba
dispuesto a admitir. Pero… ¿qué hacer? ¿Cómo acercarse cuando sabía que lo
rechazaría?
La soledad del lugar lo
envolvía y su pena cobraba forma, se convertía en una sombra que ocupaba cada
rincón y lo devoraba entero. Él, incapaz de luchar contra ella, se dejaba
tragar por el dolor y la tristeza. Gervasio no había podido hacer mucho por esa
sensación. Si bien se sentía más aliviado, porque hablar le hacía bien, no
había recuperado la paz y aquellos pensamientos horribles seguían acompañándolo
como el primer día.
***
–¿Un psiquiatra? –abrió los
ojos bien grandes. Ahora sí que el mundo pensaría que se había vuelto loco,
pensó.
–Sí. Un psiquiatra–dijo
Gervasio con su calma habitual.
–¿Me medicarían?
–Sí. Alejandro, usted tiene
que descansar, debe dormir. Y esos medicamentos lo ayudan a regularse.
–¿Usted me recomendará a
alguien? ¿Dejaré de venir?
–Veamos. Vamos por partes. Sí,
yo tengo colegas que puedo recomendarle que, estoy seguro sabrán cómo ayudarlo.
Y en cuanto a lo otro, no. Por supuesto que no. Usted seguirá viniendo hasta
que hayamos concluido.
–¿Hasta que me haya curado?
–Sí, pongámoslo así.
–Bien. Deme el contacto.
–Perfecto–Gervasio tomó un
bolígrafo y anotó un número en el borde de una hoja que rasgó para entregársela
a Alejandro. En otro momento se hubiese negado. Hoy necesitaba aferrarse a todo
lo que lo mantuviera a flote. Por sus hijos.–. Llámela. Es una especialista
espectacular.
–¿Es una mujer?
–Sí, ¿por qué? ¿Algún
problema?
–No, no.
–Bien. He notado que ha venido
solo hoy.
–Ana me ha dejado en la puerta
y ha tenido que irse. Volveré en taxi.
–¿Podrá solo?
–Creo que sí. Espero que me
toque un conductor considerado.
–Es un gran progreso,
Alejandro. ¿Puede verlo? Va adquiriendo más independencia y eso es muy bueno.
–Sus preguntas me han hecho pensar,
¿sabe? Si no vuelvo a caminar, si no consigo recuperarme completamente, deberé
aceptar esta realidad. Me quedaría sin opciones.
–Ajá.
–Deberé enfrentarme al mundo
desde aquí. Por más que me pese.
–Por más que le pese
–repitió–. Pero, venga. Es una gran noticia que quiera enfrentarse al mundo. O
acaso, ¿usted no se quería morir?
–¡Cuánto tacto, Gervasio! ¡Cuánto
tacto!
–Es cierto ¿o no? –Alejandro
movió la cabeza asintiendo por fin–¿Sigue queriendo morirse?
–Cada tanto.
–Pero… no es todo el tiempo.
–No, todo el tiempo no.
–¡Otro paso más, pues!
Metafóricamente hablando–se burló.
Salió del consultorio y esperó
por varios minutos hasta que un taxi apareció. Las manos le transpiraban y
apretaba la mandíbula con fuerza. Nervioso extendió su brazo y el conductor se
detuvo. Bajó la ventanilla y le preguntó si necesitaba ayuda, a lo que
Alejandro asintió, guardándose las ganas de responderle; ¡Y sí! ¡Claro que sí!
¡Qué pregunta tan estúpida!
El hombre se bajó del coche,
abrió la puerta y esperó con paciencia a que Alejandro se acomodara en el
asiento. Una vez listo, abrió el baúl y guardó la silla de ruedas. Apresurado,
se montó y arrancó con rapidez hacia la dirección que le habían dado. Una vez
allí, el mismo procedimiento, pero a la inversa. Solo que esta vez tuvo que
sostenerlo para que no se fuera de bruces al piso al intentar pasarse del
asiento a la silla de una vez.
–Gracias.
–No hay por qué.
Alejandro se quedó observando
el auto partir y sonrió orgulloso por lo que acababa de hacer. Una pequeña
victoria. Quizá ya no haría falta que Ana lo llevara y lo trajera todo el
tiempo. Giró y contempló el edificio donde había vivido junto a su mujer y los
niños. Desde que se habían separado no había regresado. La última vez que había
estado allí, caminaba. Avanzó hasta la puerta y allí se quedó, observando la
entrada. ¿Qué haría? ¿Qué buscaba? ¿Estarían sus muchachos en casa?
–¿Qué haces aquí? –la voz de
Juan le llegó como un estallido. Allí estaba su niño. Alto, gigante… enorme.
Enorme y enojado.
–Quise pasar a…
–Lucía no está. Puedes volver
por donde viniste.
–Me gustaría hablar contigo,
Juan–soltó a modo de susurro, intentando detener su caminata.
–Yo no tengo nada de qué
hablar contigo. Ya se lo he dejado en claro a mamá. Ellas podrán ir a verte,
compadecerse de ti, pero yo no. Yo no olvido todo lo que nos has hecho. Y si
crees que, porque estás en una silla de ruedas y porque estuviste a punto de
morirte, olvidaré cada uno de tus desplantes, estás equivocado. A ellas podrás
convencerlas. A mí, no. Yo no soy ningún tonto.
–Ellas tampoco lo son.
–No, no lo son.
Desafortunadamente aun creen en ti. Yo… yo ya perdí las esperanzas.
–Solo quiero decirte que lo
siento mucho. En verdad lo siento, hijo. Sé que estuve mal y ojalá pudiera
volver el tiempo atrás. Créeme que estoy pagando por mis errores.
–¡No! No lo sientes. Estas
aquí porque ahora te toca depender de nosotros. Necesitas de alguien que te
limpie el culo y por eso has venido. Por eso manipulas a mamá y a Lucía.
–Estás equivocado, Juan. Pero
entiendo tu enojo.
–Vete de aquí y deja de dar
lástima, papá.
Touché.
Las palabras de su hijo eran
balas que atravesaban su cuerpo. Sabía y era consciente del dolor que Juan
cargaba encima. Era el responsable, claro que sí. Pero una cosa era pensarlo y
otra, enfrentarlo, verlo con sus propios ojos. Su muchacho se había convertido
en un hombre; un hombre con convicción, con sentido, con visión. No habría
palabras para convencerlo o para intentar explicarle.
Había perdido.
Aun cuando lograra caminar,
bailar, saltar… ¿Podría recuperar a su hijo?
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Hola Eri, gracias por este capítulo. Tanto por sanar ... como va a costar ese perdon 😔
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