lunes, 26 de octubre de 2015

Historia de parejas IV. ¿Dónde? No lo encuentro.



—Leo…—No la oyó.—Leo… —Tampoco lo hizo. Por eso, revoleó el repasador y caminó apresurada al living. —¡Leo!
—¿Qué?
—¿No vas al lavadero, y me traes el mantel que dejé sobre el secarropas? Quiero poner ese y…
—¿Qué cosa?
—El mantel, Leo. Sobre el secarropas. —él la miraba sin entender lo que sus labios decían. —¡En el lavadero!
—Ahí voy.
—¡Dale, Leo! Estoy preparando la cena para tu hermana y no doy abasto. Alcanzáme el mantel. — No se movió. Seguía atento a las repeticiones del último partido de Racing. — ¡Ahora! —Elevó la voz y por fin se levantó.
Noelia se hizo a un lado y lo vio dirigirse a la cocina. Más exactamente, al cajón donde suelen guardarse los manteles y repasadores.
—¡Al lavadero, Leo!—vociferó.
Ella se acercó a la mesada y estaba dispuesta a seguir preparando la cena cuando la voz de su marido le llegó como un de javu, unos segundos antes que hablará. Por eso, le respondió casi al mismo tiempo que hizo la pregunta.  
—¿Dónde?
—Sobre el secarropas, Leo. ¿Sabes lo que es un secarropa, no? — Le gritó desde la cocina.
—Sí. Pero no lo veo. ¿Segura que está acá?
Noelia se mordió los labios. Suspiró y antes de salir y dirigirse al lavadero, le dio una oportunidad más.
            —Sí. Estoy segura. Lo dejé ahí para que se seque. Fijate si no lo apoyé en…. No. Tiene que estar ahí.
Podía oírlo repetir. “Sobre el secarropa. Sobre el secarropa.” Y luego la frase culminante. La que le da el fin a todas y a cada una de las situaciones en las que a Leo se le pide buscar algo en algún lado.
            —Noe. No lo encuentro. No debe estar acá. Seguramente lo…
            —Sí. Está ahí. Fijate bien.
            —¿De qué color es?
            —Blanco, Leo. El único que tenemos.
            —En el secarropa… Blanco… ¡No! Acá no est…—No alcanzó a terminar la frase, que Noelia ya lo miraba con ojos de rabia desde la puerta del lavadero. Parecía haberse tele trasportado.
            —¿Qué?—levantó un hombro para no darle importancia a la actitud impaciente de su mujer. La desafió. — No está. Vení, mirá vos.
            —Leo…—él la observó con ojos sorprendidos. Como quien contempla la calma, antes de la tempestad. —  ¿Qué es eso blanco que esta sobre el secarropa?
            —¿Qué cosa? —Levantó el mantel y se lo mostró— ¿Esto?
            —Sí.
            —¡Ahhh! No lo había visto.

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