—Leo…—No
la oyó.—Leo… —Tampoco lo hizo. Por eso, revoleó el repasador y caminó
apresurada al living. —¡Leo!
—¿Qué?
—¿No
vas al lavadero, y me traes el mantel que dejé sobre el secarropas? Quiero
poner ese y…
—¿Qué
cosa?
—El
mantel, Leo. Sobre el secarropas. —él la miraba sin entender lo que sus labios
decían. —¡En el lavadero!
—Ahí
voy.
—¡Dale,
Leo! Estoy preparando la cena para tu hermana y no doy abasto. Alcanzáme el
mantel. — No se movió. Seguía atento a las repeticiones del último partido de
Racing. — ¡Ahora! —Elevó la voz y por fin se levantó.
Noelia se hizo a un lado y
lo vio dirigirse a la cocina. Más exactamente, al cajón donde suelen guardarse los
manteles y repasadores.
—¡Al
lavadero, Leo!—vociferó.
Ella se acercó a la mesada y
estaba dispuesta a seguir preparando la cena cuando la voz de su marido le
llegó como un de javu, unos segundos antes que hablará. Por eso, le respondió
casi al mismo tiempo que hizo la pregunta.
—¿Dónde?
—Sobre
el secarropas, Leo. ¿Sabes lo que es un secarropa, no? — Le gritó desde la
cocina.
—Sí.
Pero no lo veo. ¿Segura que está acá?
Noelia se mordió los labios.
Suspiró y antes de salir y dirigirse al lavadero, le dio una oportunidad más.
—Sí. Estoy segura. Lo dejé ahí para que se seque. Fijate
si no lo apoyé en…. No. Tiene que estar ahí.
Podía oírlo repetir. “Sobre
el secarropa. Sobre el secarropa.” Y luego la frase culminante. La que le da el
fin a todas y a cada una de las situaciones en las que a Leo se le pide buscar
algo en algún lado.
—Noe. No lo encuentro. No debe estar acá. Seguramente lo…
—Sí. Está ahí. Fijate bien.
—¿De qué color es?
—Blanco, Leo. El único que tenemos.
—En el secarropa… Blanco… ¡No! Acá no est…—No alcanzó a
terminar la frase, que Noelia ya lo miraba con ojos de rabia desde la puerta
del lavadero. Parecía haberse tele trasportado.
—¿Qué?—levantó un hombro para no darle importancia a la
actitud impaciente de su mujer. La desafió. — No está. Vení, mirá vos.
—Leo…—él la observó con ojos sorprendidos. Como quien
contempla la calma, antes de la tempestad. —
¿Qué es eso blanco que esta sobre el secarropa?
—¿Qué cosa? —Levantó el mantel y se lo mostró— ¿Esto?
—Sí.
—¡Ahhh! No lo había visto.
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