Hoy les voy a contar sobre la primera vez que me soñó. No fue casualidad. Creo que se debió en gran parte a la insistencia continua de pensar en mí. Minuto a minuto. Noche y día. Aún cuando luchaba por ocupar su mente en otras cosas, yo seguía allí. Latente, expectante.
Y así fue que pese a tantas batallas, perdió la gran guerra, dándose por vencida. Y aquí estoy. Me dejó por fin fluir y escaparme de sus pensamientos reprimidos. Me moldeó y me dejó ser.
Tal vez muchos crean que no soy lo suficientemente lindo. Incluso, pueden decirme "insulso", que no me ofendo. Porque ante sus ojos, soy éste, el único: Su príncipe azul.
Déjenme decirles que pese a todos los pronósticos, no fue una noche de luna llena y romántica cuando nos vimos por primera vez. Aparecí y me volví visible, una tarde calurosa de enero, mientras ella dormitaba bajo la parra de la abuela Nilda.No aparecí, ni antes, ni después. Más bien en el momento justo. Justo a tiempo para que me reconozca, me sienta y me viva.
Sentí el calor emanando de su piel morena y tersa. Me encendía como candela, aún en la distancia. Sentí como se estremeció al verme. Lloró de la emoción y mojó la hamaca azul-francia de la abuela. Lloró porque sé que en algún punto, no me creía real. Igualmente, la consternación fue mutua. Ella, por su parte y como dije antes, nunca pensó en que en verdad existía y yo, jamás imaginé conocer a aquella que me había dado la vida. Quien me había vuelto hombre.
Sonreí porque creyó estar soñando, y a pesar de estarlo, voló hacía mí en un aura magica que la envolvía y la hacía cada vez más mia. Aunque los dos sabíamos que la despedida podía
llegar en cualquier momento, nos aferramos a ese momento único, etéreo. Y a
pesar que nos entristecía, nos hacía sentir cada vez más vivos. —a mi
más que a ella, obviamente— !Que gracioso! Vivos en un sueño.
Esos pocos segundos que pasamos juntos, fueron eternos para los dos. Y así de especiales fueron todos nuestros encuentros. Sus abrazos, sus roces y su mirada brillante, me otorgaron la fuerza necesaria para esperar por ella hasta la siguiente noche o la siguiente siesta.
Nos frecuentamos. Nos quisimos. Nos deseamos. Yo la veía cada vez más bella. Cada vez más mía.
De pronto un día, sin despedirse, no volvió más. Aunque sé que sigue pensando en mi, de lo contrario no podría contarles esta historia, no volví a verla. Por eso, si la ven, díganle que la sigo esperando, en el mismo lugar agazapado de su mente y corazón. Si la ven diganlé que su príncipe azul sigue viviendo en sus sueños.
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