viernes, 23 de octubre de 2015

Santa



“El suplicio de un papel lo ha convertido en fugitivo.
Y no es de aquí porque su nombre no aparece en los archivos, ni es de allá porque se fue.” (Mojado. Ricardo Arjona) 

En algún lugar de Estados Unidos, de Puerto Rico, de Grecia, de República Dominicana. En algún lugar, donde siempre podemos encontrar a quien esté dispuesto a ayudar. 

1
Lo despabiló el pinchazo en el costado izquierdo. Por un segundo, creyó que como siempre, los resortes de su cama destartalada, lo habían vuelto a pinchar. No tardó mucho en darse cuenta que el dolor se debía a otra cosa.
El color blanco de una pared humedecida, fue lo primero que vio cuando sus ojos remolones, decidieron enfocar. No recordaba cómo había llegado a esa habitación. Ni se daba cuenta, si en realidad lo era o no. O era todo producto de un mal sueño o un espejismo. Trató de enumerar sus últimos recuerdos, ponerles color y situación. Ponerles nombre y fecha. Hizo un primer intento, pero el dolor en la costilla y un fuerte mareo, lo alejaron de ellos y lo abandonaron en el vacío. Lo dejaron solo, con el sonido de las olas de fondo,  en aquel lugar que no reconocía.
—Buenos días. —una voz ronca y tímida le hablaba desde un rincón de la pieza.
La cama en la que yacía crujió, y el cuerpo dio un respingo cuando quiso incorporarse. Lo siguiente fue una mano que lo empujaba hacia atrás y lo devolvía a la misma posición cómoda, en la que se encontraba.
—No, hombre. Quédese ahí. Quietito. Se le va a abrir la herida. —La misma voz. Solo que un poco más cerca.
Le hizo caso porque cómo estaba, no podía hacer otra cosa. No hizo falta volver a intentarlo para darse cuenta que estaba mal herido.  Se durmió profundamente, unos minutos después. 

2
Parpadeó. Las mismas huellas de humedad, pero esta vez acompañadas por un leve aroma que su olfato no reconocía y que empapaba el ambiente. No le molestó. Lentamente, acarició su lado izquierdo con la  mano móvil que se movía curiosa a través de su piel. Sintió lo áspero de la gasa y se estremeció al notar el calor que emanaba de la zona. Ese calor, contrastaba con el frio de sus extremidades.
Se movió, como pudo, y se destapó. Respiró aliviado cuando divisó sus piernas enteras, sin ningún rasguño aparente. Pero aún así, no se movieron. Sin importar cuánto se esforzara, sus piernas no le respondían. Dolorido y agarrándose de los caños oxidados de la cama, se tiró al piso. Desde esa posición pudo notar mas detalles de la habitación. Un espejito sobre una pequeña mesita con ropa y con un frasco con medicina. Un vaso de agua completaba el paisaje. Descalzo y apretándose el costado, se arrastró hasta el espejo y lo atrajo hacia él. Se sintió obnubilado por el reflejo.
Sin embargo, lo que vio, no hizo más que prolongar el dolor que sentía su cuerpo y que ahora se trasladaba a su alma. Porque allí, frente a sí mismo, recordó lo que no quiso y hubiese preferido olvidar.
Recordó la barca, la gente, el dolor, la angustia y la desazón. Recordó la impotencia, el desarraigo y los ojos de su mujer despidiéndose de él, en aquel puerto lejano. Recordó la tormenta y los gritos de los niños.
Hincó los dedos sobre la gasa, hasta que se tiñeron de rosa. Rechinaron sus dientes y sintió en todo el cuerpo, el frio del agua helada, golpeándole cada músculo. La sal se le hizo carne en la boca.
—Por fin despertó. —Reconoció esa voz. Giró sobre sí y se encontró con un hombre que lo observaba desde las alturas. ¿Acaso no pensaba ayudarlo?
Su cara le hacía pensar en Santa Claus. No tanto por la barba blanca que le cubría la piel dorada por el sol, sino por la mirada benévola y apacible. Hasta se lo imaginó con las manos repletas de regalos. Se desconcertó por unos segundos, pero luego volvió en sí. Volvió a verse tirado en el suelo, en esa habitación húmeda de paredes blancas y con aroma delicioso.
Se observaron ambos. Hasta que por fin el hombre sonrió sobre sus hombros y se acercó a él con un paso lento, pero seguro. Intentó levantarlo. Él lo rechazó sin hablar. Todavía no sabía porque no había roto en un grito. Un grito que lo liberara de tanta angustia y dolor. Aunque el grito lo desgarrara por dentro, su boca no esbozó ni un solo sonido.
—No tenga miedo, hombre.  Acá estamos tranquilos. ¿Se siente bien? ¿Recuerda su nombre?
No hubo respuesta. Una lágrima deslizándose por la mejilla derecha habló por sí misma y por él.
—No se preocupe. Entiendo. Cuando esté más tranquilo y seguro… me busca en el muelle. Ese que está allí. —Señaló a través de la ventana y salió.
¿Cómo pensaba que iba llegar hasta allí? La rabia se deslizó esta vez,  pero por la mejilla izquierda.

3
“Una barca naufragó el pasado… “ “Dos de los sobrevivientes han sido deportados a…”
No continuó leyendo. No había sido buena idea recibir el periódico. No hacía más que recordarle su circunstancia y su destino fatal. Sus piernas seguían estáticas. Las visitas de Santa eran continuas. Lo obligaba a tomarse la medicina, le hablaba del mar, de sus peces y de Carmen.
Carmen era quien perfumaba la habitación y los alrededores con menta, con miel, y con mil aromas distintos. Ella le traía la comida, el periódico y algunos libros que, por desgracia,  ya había leído.
—Usted sí que es callado. ¿No me va a contar de donde viene?—El silencio rodeaba sus sentimientos y los ahogaba una y otra vez en ese mar en el que había naufragado. En ese mar que se había llevado en cada ola, su sueño. Su sueño de progresar, de cambiar, de crecer. Un mar que lo devolvió a la costa, invalido.  
La mañana en que “Santa” le narró los acontecimientos que lo llevaron a pescar  durante aquella noche fatal, y de cómo lo encontró, le paralizaron el corazón. Lo llenaron de sentimientos dispares. Pasaba de la felicidad de verse a salvo en tierra firme, a amargarse por la soledad, la desesperación y la agonía de verse tan lejos. Pero aunque sus sentimientos lo mareaban y lo agotaban, la única constante que permanecía inmutable era el hecho de estar vivo en el cuerpo pero muerto en el corazón.
En un momento entendió porque Carmen le seguía trayendo los periódicos, pese a su negativa. Claro. Ella quería que él la suerte con la que había corrido. La suerte de haberse topado con “La Paloma”, el barco de Santa y no con el de la guardia costera. La suerte que había tenido de dejar sus piernas en el mar, por nadar un poco más allá.   

4
Santa y Carmen le trajeron un regalo. Una vieja silla de ruedas que consiguieron en el siguiente pueblo y que a modo de préstamo, canjearon por un cajón repleto de peces a entregar mes a mes. Volvió a ver el azul del mar. Volvió a llorar de la misma manera que había llorado tendido en el piso. Añoró más que nunca haberse quedado en su país, en su lugar, con su mujer.

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