—Vieja…
¡Qué bueno que están estos ravioles! —dijo con la boca repleta de tuco. Sin
prestarle atención a la mirada de Soledad, sentada a su lado.
No
era la primera vez que Ramiro halagaba la comida de su madre. Y honestamente, lo bien que hacía, porque cocina
espectacularmente bien. Pero ese día, el comentario le dolió. Le dolió porque
la noche anterior, había criticado sus pizas. Que le faltaba sal, que la
muzzarella que había comprado era una cagada, que dónde estaban las aceitunas.
—Le
podrías pasar la receta a Sole, má —agregó. Definitivamente se hundió hasta la cintura,
en un lodo espeso del que le iba a costar salir.
—Sí.
Encantada. Es una pavada. Mirá… —Soledad ya no oía lo que su adorada suegra le
explicaba acerca de la salsa, de los tomates y de la mar en coche. Ella solo
tenía ojos para los gestos de aprobación de su marido, mientras devoraba su
plato de ravioles. —… Y eso es todo. Los ravioles los compro en la fábrica de
pastas de la vuelta. Ya no los amaso… Las manos no me dan más.
—¿Te
acordás vieja, los domingos de pasta casera? Esos días sí que se comía bien.
— “¿Esos
días se comía bien?”. Se preguntó para sí, Soledad. La ira se iba trasladando a través de sus
venas. Tragó un sorbo de gaseosa para suavizar su bronca.
—Sí.
Esos domingos eran barbaros. ¡Qué épocas! ¿Queres más, Sole?
—No
gracias.
—¿No
te gustó? —bromeó.
—Sí,
claro. Esta riquísimo.
—Come
otro poquito, gorda. Mirá que hasta el sábado que viene... no volvemos a comer
las delicias de mamá.
—No.
Dije que no. No quiero más. —Le dijo seriamente. —Gracias María, estaba
exquisito. —aclaró amablemente, mirándola a su suegra a los ojos.
—Está
bien. Te perdono.—sonrió la mujer.
Después del almuerzo y luego
del café, llevaron a Juanchi a un cumpleaños. Una vez que lo dejaron, y ya
camino a casa, Soledad escupió las primeras palabras, desde la
partida.
— “¿Come
otro poquito, gorda. Mirá que hasta el sábado que viene, no volvemos a comer
las delicias de mamá? ¡Sos un forro!—se cruzó de brazos y miró fijamente a
través del vidrio.
—Ah…
era eso. Yo presentía que estabas enculada por algo, pero no sabía por qué.
—!Y
si! ¿como para no estarlo? Siempre la comida de tu mamá es mejor que la mía.
—No,
gordita. —extendió uno de sus brazos para acariciarle la cabeza, pero ella se
corrió. —Ah… esta heavy la cosa.
—¿¡Me
estas boludeando!?
—No. —rió— Bueno… Entendeme, me encanta la comida de la vieja. Ojo, la tuya
también, eh. Es riquísima.
—Pero
no como la de tu mamá.
—Y…
no.
—Te
odio.
—No
te pongas así. Podes aprender algunas recetas. Decíle que te explique. Ella no
tiene problemas.
—Sí,
claro. Pero por el momento y hasta que yo aprenda, llevate un bolsito y quedáte con
tu mamá.
Muy real este diálogo...pensé que ella iba a estallar en la mesa familiar, pero se contuvo jajaja.
ResponderEliminar¡Genia! "¡Andá, ahora vas a comer bien todos los días" ¡jajaja!
ResponderEliminarjajajaja TAL CUAL!
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