miércoles, 28 de octubre de 2015

Duerme Buenos Aires.

"La virtud del texto está en los diálogos, en la verosimilitud de ellos, pues son repetitivos y a veces ni siquiera se escuchan entre sí los personajes. Buena reflexión final antecedida  de un título convincente. En conjunto, bien elaborado. Adelante. " Ricardo Tejerina. 



Buenos Aires dormía y yo estaba más despierto que nunca.
El picaporte giró y tus pasos huecos y silenciosos, recorrieron el comedor. Te vi pasar en puntas de pie, tratando de hacer el menor ruido posible. Sabía de donde venías. Lo sé desde hace tiempo.
Estaba esperando tu reacción, al no encontrarme dormido en la cama. Esa cama que compartimos por tantos años. Escuché el agua correr, y supuse que estabas lavándote los dientes. Siempre lo haces antes de acostarte. Esperé. No tardaste mucho en aparecer por el living y encontrarme sentado en el silloncito, junto a la ventana.
—¿Qué haces ahí, Ricardo? —me preguntaste sorprendida, con los ojos bien abiertos.
—Te estaba esperando.
—¿Para? Vamos a dormir. Estoy muerta.
Como viste que no te seguí, te volviste enseguida. Me miraste detenidamente, de arriba abajo y descubriste la botella sobre la mesa.
—Estuviste tomando. Con razón. ¡Dale! Vamos a la cama. Mañana me tengo que levantar tempranísimo.
—Andá a dormir. Yo me quedo acá. Esperándote.
—¿Esperándome? Acá estoy, Ricardo. —Como no te respondí, agregaste; —Estás borracho.
No lo estaba. La realidad era que casi no había probado el licor. Preferí mantenerme lúcido y atento para enfrentarte. Creo que no fue una buena idea. Tengo tanto que decir, que no sé por dónde empezar. Tal vez, hubiera sido mejor, estar un poco “entonado”.
—¿Qué mirás?
—A vos.
—¿Qué tengo?
—No sé.
—No sé qué querés decir. No te entiendo, Ricardo. ¿Venís a la cama?
Hiciste el segundo intento, pero al verme decidido a permanecer allí, te acercaste a la perilla, y prendiste la luz. No sé qué fue lo que viste, pero tus ojos desorbitados, parecían salírsete de las cuencas. Te apoyaste en la pared para no caerte. De un segundo a otro, empalideciste y tu piel brillante, se volvió opaca y lánguida. Tuviste que sentarte.
—¿Que hacés con eso en la mano?—Esgrimiste. Como si no supieras lo que pensaba hacer.
—¿Con qué? ¿Con esto? —Y te apunté.
Jamás te vi tan asustada, ni tan quieta. Te habías quedado congelada y tus ojos casi ni parpadeaban. Tus manos temblaban involuntariamente. Me di cuenta porque tratabas de ocultar su movimiento, ubicándolas debajo de tus piernas. Hasta creo que podía escuchar el latido de tu corazón. Un sonido fresco, que retumbaba en toda la habitación. Buenos Aires dormía y vos y yo, estábamos más despiertos que nunca.
—¿Desde cuándo? —Fueron tus primeras palabras, después de un escrutinio concienzudo al entorno hostil que me rodeaba.
—Bastante.
—Hablemos.
¿Qué creías? Que con un simple “hablemos”, íbamos a solucionar los problemas que nos aquejan desde hace tanto tiempo. Problemas que suspendimos en el aire, como dándoles pausa, para seguir con nuestra rutina monótona y ficticia. Un “hablemos” no borraba la vergüenza, el desconsuelo y el dolor. Ya no hacía falta hablar, porque todo lo habías dicho con hechos, con movimientos, con llegadas tardes, con madrugadas de zapatos en la mano,  y excusas baratas. Sin decir una palabra, me habías dejado todo bien en claro.
—Por favor Ricardo. No hace falta que…—te largaste a llorar como una nena. ¿Cuántas veces te permitiste ese regalo, el de mostrarme tus verdaderos sentimientos? Pocas. Las justas y necesarias. 
—¿No hace falta que qué?
—Que lleguemos a esto. Yo te puedo explicar.
Aunque confieso que tenía ganas de oír tus razones, me insté a recordar todas esas noches que te esperé con la cena lista, y una rosa sobre la mesa. Tu favorita. Las veces que te fui a buscar al trabajo, para sorprenderte, y ya te habías ido. Traté de pensar en las llamadas que me propinabas, diciéndome que te tenías que quedar sí o sí. No. No necesito que me expliques nada.
Me viste moverme, y te tapaste los ojos, como si te diera repugnancia verme, o al menos, eso sentí. Verte ahí, embullada en ese enorme sillón, que te tragaba y te comía, me dio pena. Pero, no me diste pena vos, sino yo. Yo me di pena. Como si de un momento a otro, todo volviera a su lugar, caí en la cuenta que nada de lo que estaba pasándonos, valía la pena ser vivido.
Hace unas horas, pensaba matarte y matarme yo. Terminar con tanta amargura. Ahora que te veo detenidamente, no vale la pena. No vale la pena morir por vos.
Buenos Aires dormía y yo estaba más despierto que nunca. 

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