Ayer la oí por primera vez.
Si bien fue un susurro extraño, en un lenguaje inteligible, la oí. Habla. Sé
que no pasara mucho hasta que podamos entablar conversaciones interesantes. Bajo
las estrellas que bañan el cielo, o bajo las tormentas nocturnas que iluminan
la noche con sus relámpagos. Estoy seguro, que no pasará mucho.
A Francesca no le costó
nada. Ella tardó muy poco en poder comunicarse conmigo, a pesar de que tenía
muy arraigada su lengua materna. Desafortunadamente, yo ya no recuerdo la mía.
Hace tanto que estoy aquí que ya ni me acuerdo de donde vengo. Mi recuerdo más
lejano tiene que ver con mi llegada a esta enorme casa. Recuerdo la oscuridad y
la luz que me empapó, cuando los vi por primera vez. Desde aquel momento y
hasta ahora, todo para mí, transcurre aquí, en este jardín. Tal vez apenas
llegué si recordaba mi procedencia, como ella hoy, como Francesca ayer. Pero ya
no.
Desde que se fue Francesca,
nunca más volví a hablar con nadie. Si bien no estoy solo, los hermanos
Wilimberg están sentados un poco más adelante, nunca nos llevamos bien. Ellos
jamás me aceptaron y yo tampoco hice el esfuerzo por caerles bien. No me
importaba, Francesca y yo éramos todo lo que necesitábamos. El uno para el otro. ¡Cuánto la extraño! Pero
no quiero pensar en eso ahora. Me pone muy triste. Y el día está demasiado
bello como para arruinarlo con recuerdos penosos.
Esta pobrecita a mi lado,
que me mira descaradamente, pronuncia palabras que solo ella se entiende. Ya me
lo podrás contar todo y con lujo de detalles, mujer. Trato de hacerle alguna
seña, como para que se quede tranquila, pero este cuerpo inútil no me permite
hacerlo. No me deja calmar sus nervios y sus miedos. Pobrecita. Sé cuantas
emociones encontradas debe estar experimentando en este momento. Tan lejos de
todos, de su lugar, de su familia. Y yo acá, junto a ella, sin poder abrazarla.
Hace una semana que está a mi
lado. Ya me ha contado todo acerca de su familia y yo le hablado de los
hermanos Willimberg. Ella está de acuerdo conmigo. Ninguno de los dos, los
soportamos. Como su nombre era muy difícil de decir, la ayudé a elegir otro más
común. De todas las posibilidades que he oído a lo largo de mi estadía aquí, o
las pocas que recuerda mi cabeza desmemoriada, el que más le gustó fue Sara. Y
así se hace llamar ahora: Sara. Y yo le dije el mío, obviamente. Hablamos por
largas horas. De día y de noche. Pese a las miradas incisivas de nuestros
vecinos, nosotros seguimos hablando. No paramos. Eso es lo que nos mantiene
despiertos, alertas.
Sara y yo nos amamos. Creo
que la amo más de lo que amé alguna vez a… Francisca, Fabricia… bueno, a ella.
A Sara muchísimo más. Es la luz de mis
ojos. Uno de los hermanos Willimberg también está enamorado de ella. Lo sé
porque de vez en cuando lo observo y me doy cuenta de sus miradas furtivas y
socarronas. Pero Sara es mía. Solo mía.
Ayer la cambiaron de lugar.
No sé qué problema hubo, que decidieron hacer espacio. Sara fue a parar a la
otra punta del jardín. Pensé que luego iría yo, pero sigo aquí, junto a las
piedras. Y los otros también, en el mismo lugar. Desde el sitio en el que está,
no la puedo oír. Aunque grite, su voz no llega a mí. Espero el momento en que
decidan trasladarme o devolvérmela. La extraño tanto o más que a…. a…. a alguien que conocí alguna vez. Ella sonríe
desde lejos, pero no me basta. No me alcanza.
He decidido moverme. He
decidido alcanzarla. La quiero a mi lado. No soporto esta soledad. Paso las
noches tratando de recordar, en vano, nuestra última conversación. Sólo sé que
era algo acerca de tomates. Necesito oírla una vez más.
Lo he decidido. Cueste lo
que me cueste, mañana amaneceré a su lado.
No llegué a su lado, en
cambio terminé desparramado sobre las tres piedras que me rodeaban. Mi barba
quedo desquebrajada, y mis pies jamás se separaron del suelo que pise desde el
día en que llegué. Puedo oír las risas de los hermanos Willimberg. Malditos.
El sol salió, y no me queda
nada más que hacer, que esperar a que ella no me olvide… como yo me olvidé de… Allí vienen con la pala. Me despedí de ella
solapadamente, tratando de ocultar mi última lagrima.
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