sábado, 6 de agosto de 2016

Abandonados en su presencia



Hola. Me llamo Ana. Tengo treinta y nueve años. No tengo hijos pero sí sobrinos. Cinco. Mis hermanas me han bendecido con esos angelitos. Son la luz de mis ojos.
                ¿Cómo? No escuché la pregunta. ¡Ah! ¿Por qué no tuve hijos? Bueno… ¿Por dónde empezar? Este es un tema muy complicado. Más bien, delicado, diría yo. A la gente se le da muy fácil eso de apuntar, señalar y comentar acerca de las decisiones del otro. Bueno, bueno. Está bien. No doy más vueltas. Al fin y al cabo, ya lo dije mil veces. Qué le hace una mancha más al tigre, ¿no?
                Te diría que todo comenzó con mi vieja. Nos abandonó cuando yo tenía seis años y nos dejó a mí, y a mis hermanas con mi viejo.  Se fue y nunca más la vimos. Marisa, la del medio, todavía la busca. ¡Ja! Yo paso. No quiero saber nada de esa hija de mil puta. Pero bueno. En fin… Ahí creo que empecé a darme cuenta que traer hijos al mundo no era una cosa que hacés así, a la que te criaste. ¿Entendés? Ahí creo que me avivé de que ser padre, no es moco de pavo.
                Bueno. Y entonces me crió mi viejo, solo. Me crío con su corazón roto y su orgullo de macho herido. Lamentando haber tenido tres pendejas de mierda (como siempre nos dice) con la yegua de María del Carmen.  Va… me crío como pudo ¿Entendés? Con sus aciertos y sus errores. No lo culpo. A los hombres de la generación de mi viejo, o el tuyo, no los criaron para cocinar, limpiar y hacer trenzas. Pobre. Ahora que pienso en las trenzas, me acuerdo de la vez que me llené de piojos. Fue al poco tiempo que se fue mi mamá. No hubo muchas vueltas. Como no se me iban con el champú que la tía Rosa nos había pasado, una tarde después del colegio, agarró una tijera y me cortó las trenzas al ras. Después me volvió a cortar más cortito. Tanto que, parecía un varoncito. No sé qué habrá pensado. Que si me cortaba las porras, los piojos se irían. Obvio que no. Después de eso, era un varoncito con piojos. ¡Pobre viejo!... ¡Que en paz descanse!
                Y así crecí, viste. Yendo de casa en casa, hasta que aprendí a hacer la comida. A lavar, a planchar y a ayudar a mis hermanas. En síntesis, a hacerme cargo de mi vida.
                Años más tarde llegó la secundaria, el viejo ya estaba más acomodado con nosotras. Había aprendido, digamos. Nos mandó a todas al colegio y nos obligó a terminar. Todas terminamos la escuela. Una noche, nos hizo jurar que jamás limpiaríamos baños. Que si era necesario hipotecar la casa, para que nosotras tuviésemos un titulo, lo hacía. Y así fue. Marisa terminó el profesorado y se recibió de maestra. Pero la boluda, en vez de trabajar un tiempo y ganar unos mangos, no. Se encajetó con un tipo y quedó embarazada. Se casaron, y ahí están: a los tumbos. ¿Cómo por qué? Porque ella está resentida. Está resentida porque no vivió su juventud, su libertad. Pero bueno, que se joda. Si le gustó el durazno, que se aguante la pelusa. 
                No es el caso de la más chica. Lorena. ¡Ay, Dios! Ella nunca quiso estudiar.  Me acuerdo cuando una vecina del barrio le preguntó que quería ser cuando sea grande y ella le contestó que mamá. ¡Mamá! ¿Podés creer? Bueno… cada loco con su tema. Pero bueno, ella se dedicó a buscar al padre de los ocho hijos que quería tener. Sí, sí. Escuchaste bien. Ocho. Ni más ni menos. Desgraciadamente, después de tener al tercero, a Luquitas… La vaciaron ¿Sabés? Un cáncer de ovarios galopante. Se salvo de milagro. Sí… Sí. Está bárbara. ¿Cómo? ¡No! Intentó seguir abogacía para darle el gusto al viejo, pero no hubo caso. En menos de lo cantó un gallo, ya estaba juntada con Pablo. 
                Y acá estoy yo. Bioquímica. Dando conferencias y congresos por el mundo.  Quién lo iba a decir, ¿no? Yo. La mayor de los Rivero, viajando por Europa.  Pase de tomarme el Sarmiento al Underground en Londres. Aún hoy me sorprende ver hasta dónde llegué. Sí. Claro que soy feliz. No… para nada. No siento que me falte algo. Sí, estoy muy enamorada…de mi trabajo. Amo lo que hago. No. No me imagino. Para nada. ¿Yo? ¿Levantándome a la madrugada a darle la leche a un bebé? Ja ja ja.  Tampoco cambiando sus cagadas. No. Eso no es para mí. Lo decidí hace mucho tiempo atrás.
                ¡Si, más vale! Perdí muchos amores y buenos amores, por esa decisión. Pero bueno, al que le gusta bien… y al que no, también.  Ojo, a veces lo pienso, eh. A veces me pregunto; ¿Qué vas a hacer Angie, cuando seas una vieja de mierda, hincha pelotas y sola? ¿Quién te va alcanzar la escupidera? Y ahí, te confieso que me amargo. Me la baja un poco. O cuando algún idiota te pregunta: ¿Cuál es el tuyo?, en el cumpleañitos de tu sobrino.
                Para mis hermanas, soy la solterona. La loca que cada año que pasa, se pone más quisquillosa; más rayada. Y en parte, tienen razón. No tengo ganas de fumarme a un nabo que no acepte que prefiera viajar, a cambiar pañales. Que prefiera chuparme una botella de vino hasta las dos de la mañana en un bar de Palermo, en vez de desvelarme con la fiebre y la tos de un crio. ¡No los aguanto! Ya me fumé varios. Y no quiero saber más nada. ¿Por qué sabés qué? A pesar que los tipos se sienten, o más bien, se creen, más liberados, más modernos… tienen el chip en la cabeza. La mayoría quiere ser padre, ¿sabés? Y aquí viene mi gran cuestión. Y es por esto que te voy a decir, que me mantengo firme y nadie me va a hacer dudar jamás… Sí. Gracias. No, no. Sin gas. Natural, por favor.
                Te decía… yo me pregunto… ¿Para qué quieren ser padres? ¿Para qué? ¿Acaso, nos los ves? No sólo a los hombres. A las mujeres, también, eh. Y ellas me dan más bronca todavía. Padres y madres… procreando criaturas que sólo vienen al mundo para cumplimentar una etapa en la vida de sus padres. Hombres y mujeres que crían monstruos sin corazón.  Pibes que no saben de valores, de respeto, de amor. Claro… los tienen, los mandan al maternal al año y pocos meses, después al jardín. Más tarde a futbol, a natación, a vóley y no están nunca con esos pibes. No les ponen límites y después se convierten en tipos infumables, como los que te mencionaba antes. ¿Por qué? Yo te voy a decir por qué. Por culpa de esta generación de mierda, que quiere tener hijos para encajar. Para ir a cenar en pareja con otro matrimonio, que al igual que ellos, tuvieron un pibe porque era lo que había que hacer. Y después los dejan matarse en el pelotero o que los atienda la animadora. No los entiendo. Igual, no todos son así, eh. No generalizo tampoco. Pero bueno, convengamos que de mi entorno, las únicas que se salvan son mis hermanas. Porque de mis amigas o colegas… tuvieron hijos y si les preguntás, no saben bien porqué.
                Yo te soy sincera. Te canto la justa en la cara. Yo sé que no voy a poder darle a un bebé lo que realmente necesita de mí. Lo sé. Soy consciente de eso. Me conozco y sé cuáles son mis limitaciones como ser humano. No pienso tener un hijo y abandonarlo, como lo hizo mi mamá conmigo, o como lo hacen la mayoría hoy, aún quedándose a su lado y durmiendo bajo el mismo techo.
                ¿Por qué ponés esa cara? ¿Vos… tenés hijos?

No hay comentarios:

Publicar un comentario