jueves, 11 de agosto de 2016

El borracho y el inmortal



La gran parte de la noche se la había pasado tomando. Comenzó con unas copas de vino, y ahora cargaba un vaso de whisky, que temblaba entre sus dedos. La cabeza le martillaba como si sobre sus hombros, se estuviese desarrollando un concierto de música electrónica. Era la primera vez que asistía a esa clase de fiestas y aunque no le gustase, su nuevo empleo lo requería. Rodeado de hombres con smoking y damas con vestidos largos se rebullía en el único lugar que había hallado paz; la barra. Se acomodó  y desde allí, observaba el panorama, siempre con un vaso en la mano. Y para agregarle una pizca de picante, estaba esa maldita carta. Esa que había recibido de manos de un extraño y que si era verdad lo que decía, le daría vueltas la vida, patas para arriba.
            Fue mientras jugueteaba con la tercera copa de vino cuando lo vio entrar por la puerta principal. Parecía salido de una película bizarra o de una fiesta de disfraces.  Caminó entre la muchedumbre, como si se tratase de un famoso. Como si a nadie le importase su atuendo. Una mujer de pelo castaño largo, le extendió la mano y juntos recorrieron el salón, mientras ella lo presentaba ante ciertos personajes, que parecían iguales o más importantes que él. Llevaba puesta una capa azul que caía a sus pies y rozaba las baldosas al pasar. Pero aunque su vestimenta le parecía extraña y fuera de lugar, era su sombrero alto lo que le impedía quitar los ojos de él. ¿Cómo alguien atendería una fiesta como aquella, vestido de esa manera? Luego, juzgo impropio criticar a alguien cuando él mismo, con sus pantalones rayados, no era un ejemplo a seguir. 
            —¿Todo está bien?—quiso saber el barman que lo atendía, mientras él se removía en la silla buscando al extraño de la capa y el sombrero entre la multitud.
            —¿Quién es? —preguntó mientras lo ubicaba entre las columnas de mármol, hablando animadamente con un grupo de mujeres.
            —Merlín. —Respondió el hombre sin detener la limpieza de la barra.
            —¿Merlín? ¿El inmortal? —el barman asintió. —No puedo creerlo. Pensé que…
            —Sí. Todo el mundo pensó lo mismo. Pero ya ve. Ahí está, igual que siempre pero mejor que nunca.
            Desde que lo había visto entrar, no había apartado su mirada del anciano. Lo seguía con ojos de gato a través de la pista, del pasillo y del salón. Lo vio conversar con las damas, con los caballeros y hasta con los mozos que lo atendían con reverencia y dedicación. Y a pesar que esa era la primera vez que lo veía, conocía con detalles la historia del mago inmortal. Sabía que solía desaparecer por tiempos prolongados y que siempre resurgía como el ave fénix entre las cenizas. Volvía a la luz, con la misma sonrisa carismática y los mismos trucos. Trucos que nadie conocía pero sabían que poseía. Sabía también, que tenía fieles discípulos, a los que supuestamente, iniciaba en el arte oscuro. Sin embargo, nunca creyó que fuese un hechicero de verdad. Él, que venía de antepasados críticos y analíticos, no podía entender qué era eso de la magia, de los trucos y los conjuros. Simplemente, no le creía. Aún pese a la maldita carta.
            A medida que pasaban los minutos, más se convencía que aquel era un impostor. Un simple hombre que había vuelto a la vida una fabula antigua, con la inmortalidad como única prueba. Y bueno, obvio que el atuendo y la actitud lo ayudaba.
            El alcohol galopaba por sus venas con la rapidez del rayo cuando lo vio venir. No podía focalizar en los detalles por razones obvias, pero sí veía una masa amorfa de color azul acercársele lentamente. En medio de esa ilusión óptica oyó la voz del barman.
            —Viene por usted.
            —¿Por mí? —Murmuró.
            Cuando la maza se volvió de un azul profundo como el del océano en el horizonte, perdió la conciencia. Se despertó en una cama muy cómoda y con la luz del sol arrebolándole las mejillas.
            —Buenos días.
            Abrió los ojos un poco más y lo divisó parado a los pies de la cama. Intentó incorporarse pero la punzada en la sien se lo impidió. Volvió la cabeza hacia atrás y permaneció allí, observando el techo.
            —En unas horas, se sentirá mucho mejor. —la voz del mago, llegaba a sus oídos como los violines que había oído durante la fiesta. —Tendrá muchas preguntas y créame, que con gusto las responderé. Pero por ahora…
            —¿Qué hago aquí?
            —Lo conduje a mi habitación anoche. Estaba usted en un estado deplorable. El barman me pidió ayuda, y…
            —¿El barman?—“Debe ser uno de sus discípulos”. Se dijo mientras recapacitaba.
            —Sí. Pero eso no importa. Descanse y cuando esté listo, venga a la cocina y beba un poco de café. Le sentará bien.
            Oyó la puerta cerrarse y volvió a intentar sentarse en la cama. Con esfuerzo y pese el incesante dolor, pudo acomodarse. Los ojos le pesaban y el sueño y el cansancio, le jugaban una mala pasada. ¿Sería aquel un sueño? Debía serlo. Se instó a volver a dormir para despertarse de aquella locura. Rogó que la carta también fuese parte de aquello.
            El aroma a café y a tostadas le despertó el apetito y terminó por despabilarse. Para su desconsuelo, seguía en el mismo lugar. Salió de la cama y encontró su ropa perfectamente acomodada sobre una silla. Se vistió y salió. Al final del pasillo divisó un ventanal enorme desde donde se podía observar la gran ciudad. Calculó que debían ser las diez de la mañana. Caminó hasta allí y lo encontró sentado en un sillón, contemplando el horizonte. Con los ojos hundidos en el más allá.  
            —Buenos días, dormilón. —exclamó sin mirarlo. —¿Se siente mejor?
            —Sí, gracias. ¿Dónde estoy?
            —En una de las habitaciones del hotel. —Giró sobre sí y clavó sus ojos azules en él. —Venga. Beba un poco de café. Hay tostadas también. Debe morir de hambre.
            —Disculpe las molestias, señor Merlín. Le agradezco mucho todo lo que ha hecho por mí… pero debo irme.
            —No, hombre. Ninguna molestia. Que siga usted bien. —Se volvió al punto en el horizonte que había abandonado segundos atrás y no emitió palabra alguna, mientras su huésped se dirigía a la salida en silencio.
            Cuando sus manos acariciaron el picaporte, se dijo que si dejaba pasar aquella oportunidad, no se lo perdonaría jamás. Por eso, volvió lentamente sobre sus pasos, y regresó al living donde el viejo mago lo esperaba tamborileando los dedos sobre el apoya brazos, con una sonrisa de par en par.
            —Muy bien. Siéntese y pregunte lo que desee saber.
            Esa mañana, Christopher Wilson se convirtió en el primer y único periodista en entrevistar a Merlín, el mago inmortal. Antes de partir, y tras una extensa charla, llevó a cabo la pregunta que tenía atragantada desde muy temprano.
            —Señor Merlín, dígame. ¿Por qué yo? Habiendo tantos…con tanta trayectoria.
            —¡Ja! Usted no sabe quién es. Y para eso estoy aquí. Para ayudarlo a descubrir el poder que tiene dentro y…
            —¿Yo? Yo no creo en la magia, señor. Ya se lo dije. A pesar de todo lo que me ha contado en el día de hoy… A pesar de esa carta de porquería— Merlín sonrió sarcásticamente— ¿Qué? ¿Acaso usted…? No importa. —Se puso de pie impulsivamente— No me interesa. Créame que lo único que me llama la atención, es su inmortalidad. Solo por eso fue que decidí quedarme y…
            —Sí, claro. —Rió mostrando todos los dientes. —No se preocupe, Christopher. Su secreto está a salvo conmigo.


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