La gran
parte de la noche se la había pasado tomando. Comenzó con unas copas de vino, y
ahora cargaba un vaso de whisky, que temblaba entre sus dedos. La cabeza le
martillaba como si sobre sus hombros, se estuviese desarrollando un concierto
de música electrónica. Era la primera vez que asistía a esa clase de fiestas y
aunque no le gustase, su nuevo empleo lo requería. Rodeado de hombres con
smoking y damas con vestidos largos se rebullía en el único lugar que había
hallado paz; la barra. Se acomodó y
desde allí, observaba el panorama, siempre con un vaso en la mano. Y para
agregarle una pizca de picante, estaba esa maldita carta. Esa que
había recibido de manos de un extraño y que si era verdad lo que decía, le
daría vueltas la vida, patas para arriba.
Fue mientras jugueteaba con la
tercera copa de vino cuando lo vio entrar por la puerta principal. Parecía
salido de una película bizarra o de una fiesta de disfraces. Caminó entre la muchedumbre, como si se
tratase de un famoso. Como si a nadie le importase su atuendo. Una mujer de
pelo castaño largo, le extendió la mano y juntos recorrieron el salón, mientras
ella lo presentaba ante ciertos personajes, que parecían iguales o más
importantes que él. Llevaba puesta una capa azul que caía a sus pies y rozaba
las baldosas al pasar. Pero aunque su vestimenta le parecía extraña y fuera de
lugar, era su sombrero alto lo que le impedía quitar los ojos de él. ¿Cómo
alguien atendería una fiesta como aquella, vestido de esa manera? Luego, juzgo
impropio criticar a alguien cuando él mismo, con sus pantalones rayados, no era
un ejemplo a seguir.
—¿Todo está bien?—quiso saber el barman
que lo atendía, mientras él se removía en la silla buscando al extraño de la
capa y el sombrero entre la multitud.
—¿Quién es? —preguntó mientras lo
ubicaba entre las columnas de mármol, hablando animadamente con un grupo de
mujeres.
—Merlín. —Respondió el hombre sin
detener la limpieza de la barra.
—¿Merlín? ¿El inmortal? —el barman
asintió. —No puedo creerlo. Pensé que…
—Sí. Todo el mundo pensó lo mismo.
Pero ya ve. Ahí está, igual que siempre pero mejor que nunca.
Desde que lo había visto entrar, no
había apartado su mirada del anciano. Lo seguía con ojos de gato a través de la
pista, del pasillo y del salón. Lo vio conversar con las damas, con los
caballeros y hasta con los mozos que lo atendían con reverencia y dedicación. Y
a pesar que esa era la primera vez que lo veía, conocía con detalles la
historia del mago inmortal. Sabía que solía desaparecer por tiempos prolongados
y que siempre resurgía como el ave fénix entre las cenizas. Volvía a la luz,
con la misma sonrisa carismática y los mismos trucos. Trucos que nadie conocía
pero sabían que poseía. Sabía también, que tenía fieles discípulos, a los que
supuestamente, iniciaba en el arte oscuro. Sin embargo, nunca creyó que fuese
un hechicero de verdad. Él, que venía de antepasados críticos y analíticos, no
podía entender qué era eso de la magia, de los trucos y los conjuros.
Simplemente, no le creía. Aún pese a la maldita carta.
A medida que pasaban los minutos,
más se convencía que aquel era un impostor. Un simple hombre que había vuelto a
la vida una fabula antigua, con la inmortalidad como única prueba. Y bueno,
obvio que el atuendo y la actitud lo ayudaba.
El alcohol galopaba por sus venas
con la rapidez del rayo cuando lo vio venir. No podía focalizar en los detalles
por razones obvias, pero sí veía una masa amorfa de color azul acercársele
lentamente. En medio de esa ilusión óptica oyó la voz del barman.
—Viene por usted.
—¿Por mí? —Murmuró.
Cuando la maza se volvió de un azul
profundo como el del océano en el horizonte, perdió la conciencia. Se despertó
en una cama muy cómoda y con la luz del sol arrebolándole las mejillas.
—Buenos días.
Abrió los ojos un poco más y lo
divisó parado a los pies de la cama. Intentó incorporarse pero la punzada en la
sien se lo impidió. Volvió la cabeza hacia atrás y permaneció allí, observando
el techo.
—En unas horas, se sentirá mucho
mejor. —la voz del mago, llegaba a sus oídos como los violines que había oído
durante la fiesta. —Tendrá muchas preguntas y créame, que con gusto las
responderé. Pero por ahora…
—¿Qué hago aquí?
—Lo conduje a mi habitación anoche.
Estaba usted en un estado deplorable. El barman me pidió ayuda, y…
—¿El barman?—“Debe ser uno de sus
discípulos”. Se dijo mientras recapacitaba.
—Sí. Pero eso no importa. Descanse y
cuando esté listo, venga a la cocina y beba un poco de café. Le sentará bien.
Oyó la puerta cerrarse y volvió a
intentar sentarse en la cama. Con esfuerzo y pese el incesante dolor, pudo
acomodarse. Los ojos le pesaban y el sueño y el cansancio, le jugaban una mala
pasada. ¿Sería aquel un sueño? Debía serlo. Se instó a volver a dormir para
despertarse de aquella locura. Rogó que la carta también fuese parte de
aquello.
El aroma a café y a tostadas le
despertó el apetito y terminó por despabilarse. Para su desconsuelo, seguía en
el mismo lugar. Salió de la cama y encontró su ropa perfectamente acomodada
sobre una silla. Se vistió y salió. Al final del pasillo divisó un ventanal
enorme desde donde se podía observar la gran ciudad. Calculó que debían ser las
diez de la mañana. Caminó hasta allí y lo encontró sentado en un sillón,
contemplando el horizonte. Con los ojos hundidos en el más allá.
—Buenos días, dormilón. —exclamó sin
mirarlo. —¿Se siente mejor?
—Sí, gracias. ¿Dónde estoy?
—En una de las habitaciones del
hotel. —Giró sobre sí y clavó sus ojos azules en él. —Venga. Beba un poco de
café. Hay tostadas también. Debe morir de hambre.
—Disculpe las molestias, señor
Merlín. Le agradezco mucho todo lo que ha hecho por mí… pero debo irme.
—No, hombre. Ninguna molestia. Que
siga usted bien. —Se volvió al punto en el horizonte que había abandonado
segundos atrás y no emitió palabra alguna, mientras su huésped se dirigía a la
salida en silencio.
Cuando sus manos acariciaron el
picaporte, se dijo que si dejaba pasar aquella oportunidad, no se lo perdonaría
jamás. Por eso, volvió lentamente sobre sus pasos, y regresó al living donde el
viejo mago lo esperaba tamborileando los dedos sobre el apoya brazos, con una
sonrisa de par en par.
—Muy bien. Siéntese y pregunte lo
que desee saber.
Esa mañana, Christopher Wilson se
convirtió en el primer y único periodista en entrevistar a Merlín, el mago
inmortal. Antes de partir, y tras una extensa charla, llevó a cabo la pregunta
que tenía atragantada desde muy temprano.
—Señor Merlín, dígame. ¿Por qué yo?
Habiendo tantos…con tanta trayectoria.
—¡Ja! Usted no sabe quién es. Y para
eso estoy aquí. Para ayudarlo a descubrir el poder que tiene dentro y…
—¿Yo? Yo no creo en la magia, señor.
Ya se lo dije. A pesar de todo lo que me ha contado en el día de hoy… A pesar
de esa carta de porquería— Merlín sonrió sarcásticamente— ¿Qué? ¿Acaso usted…?
No importa. —Se puso de pie impulsivamente— No me interesa. Créame que lo único
que me llama la atención, es su inmortalidad. Solo por eso fue que decidí
quedarme y…
—Sí, claro. —Rió mostrando todos los
dientes. —No se preocupe, Christopher. Su secreto está a salvo conmigo.

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