lunes, 1 de agosto de 2016

En un rincón de Texas



Kevin ha sido condecorado tres veces por su valentía en Irak e Irán, consecutivamente. Kevin ha logrado sobrevivir al asedio constante, en las noches donde las estrellas se ocultan tras el humo y el fuego. No ha perecido ante las balas, el fuego o la muerte. Ha enterrado a sus amigos, a sus compañeros y ha salido erguido, con la frente en alto. Ha cargado muertos sobre su espalda, en varias ocasiones. Kevin ha disparado más de un millón de balas a lo largo de su carrera militar.
                Hoy ha regresado de la guerra con un brazo menos, pero con el pecho henchido de orgullo y compromiso. Desafortunadamente para él, la junta militar ha decidido que no puede regresar a combate. Su mujer, Natalie, salta de alegría por la noticia. Él, en cambio, se limita a encender un cigarrillo y a  hacer sonar su cuello; de izquierda a derecha y luego hacia el otro lado.
                Natalie prepara huevos revueltos en su cocina blanca de granito, en un rincón de Texas. Sophie, su hija, juega sobre una manta en el piso, mientras pregunta constantemente por su padre. Kevin ha salido muy temprano, antes del amanecer y no ha regresado a desayunar. Las dos devoran los huevos, el pan y el tocino y se limitan a esperar. La niña juega y sonríe. La madre, en cambio, está más atenta al teléfono que a su hija.
                Hace, aproximadamente, seis horas que Kevin ha salido.
                Natalie decide dejar a su hija con su madre, y salir a buscarlo por las vacías calles de Big Spring. Conduce lentamente por la 22, dobla en Saint George y se dirige a la casa de los padres de Kevin. Apaga el motor frente a la casa de sus suegros. No ha estado allí en meses. Mientras Kevin está de servicio, sus padres vienen de visita. No al revés. Aún así, no hay mucho que ver. El remolque de Tom, el hermano de Kevin, sigue en el mismo sitio. El parque de Big Spring sigue igual de seco, árido y desolado. Y el silencio amontona las hojas sobre la vereda, tal y como la última vez. Susan abre la puerta, y sale a recibirla con el gesto tenso que la caracteriza.
                —Se ha ido hace unas horas.
                —¿Cuántas?
                —Dos o tres.
                —¿Hacia dónde?
                —No lo ha mencionado.
                —¿Cómo estaba?
                —Raro.
                —Dios mío…
                Siguió su camino y apretó el acelerador. Sabía donde podría estar. Lo que no sabía era cómo lo iba a encontrar. Es decir, en qué estado. La noche anterior le había dicho algo que, en ese momento no le pareció importante. Ahora, cobraba otro sentido.
                —¿En qué piensas?
                —En lo que haré.
                —¿Con qué?
                —Con mi vida, Natalie. —Giró sobre sí, y le dio la espalda. Hablaban con la luz apagada y en murmullo, tratando de no despertar a la niña, que dormía a escasos metros de su cama.
                —Disfrutar de tu hija.
                —¿Disfrutarla? No puedo siquiera cargarla.
                —Si has podido cargar tu rifle, arrojar tus bombas y enterrar a Jack con un solo brazo…podrás cargar a tu hija.
                No hablaron más. Ninguno durmió sino hasta entrada la madrugada. Natalie creyó que aquello no era más que una conversación. Que sus pasos cautelosos en medio de la noche, y su salida no tenían relación con sus palabras. Pero ahora sí. Kevin nunca se había comportado de esta manera. Cada vez que regresaba, aunque un poco más frío y retraído, intentaba poner su mejor sonrisa y disfrutar de su beba lo más que pudiese. Hasta que la despedida tocaba la puerta,  y las lagrimas y los abrazos eternos. Pero desde hace una semana, desde que regresó con un brazo menos y desde que la Junta tomó aquella decisión, no ha sido el mismo.
                Conduce apresurada hasta Comanche Lake y ve al final de la calle Village, la camioneta roja de Kevin. Su corazón se acelera, de la misma manera que lo hace su coche. Frena desesperadamente y no lo ve dentro del vehículo. Se quita el cinturón, baja y del apuro, deja las llaves puestas, la puerta abierta. Corre hacia la Cheroki de su marido, con las lágrimas amontonadas en sus párpados. También está abierta. Mira hacia ambos lados. No hay nadie a la vista. Abre y la chapa ruje ante su estrepitoso movimiento. Ahí, sobre el asiento del acompañante, yace una foto de Sophie en sus brazos y el cargador de su Beretta 9mm. Su respiración, se agita a cada segundo. ¿Dónde está? Sus pies la dirigen al lago, donde han ido a nadar en varias ocasiones. No quiere enfrentarse a la verdad, pero debe hacerlo. Su corazón lucha dentro del pecho por regresar al auto, pero sus piernas apresuran el paso. Se acerca al muelle. Se dirige al final, lentamente. Ahora parece que sí, que sus piernas coinciden con su corazón. No desea ver lo que está a punto de ver.
                —¡Kevin! —Grita con la boca bien abierta y los pulmones cargados de desolación al tiempo que se desmorona sobre la madera húmeda.
                —¡Aquí estoy! —Le responde una voz ronca desde la orilla.
                Y ahí estaba. Sentado sobre la grama, con su uniforme militar. Con su único brazo apoyado en la rodilla, sosteniendo su arma.
                Natalie corrió hasta su marido y se abalanzó sobre él. Él quedó tendido sobre el pasto verde y ella sobre él, sobre su pecho, llorando a mares.
                —Chsss…Ya pasó. —Arrojó la Beretta al lago y con su única mano, acarició a su mujer una vez más.



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