Kevin ha sido condecorado tres veces por su valentía en Irak e Irán,
consecutivamente. Kevin ha logrado sobrevivir al asedio constante, en las
noches donde las estrellas se ocultan tras el humo y el fuego. No ha perecido
ante las balas, el fuego o la muerte. Ha enterrado a sus amigos, a sus
compañeros y ha salido erguido, con la frente en alto. Ha cargado muertos sobre
su espalda, en varias ocasiones. Kevin ha disparado más de un millón de balas a
lo largo de su carrera militar.
Hoy ha regresado
de la guerra con un brazo menos, pero con el pecho henchido de orgullo y
compromiso. Desafortunadamente para él, la junta militar ha decidido que no
puede regresar a combate. Su mujer, Natalie, salta de alegría por la noticia.
Él, en cambio, se limita a encender un cigarrillo y a hacer sonar su cuello; de izquierda a derecha
y luego hacia el otro lado.
Natalie prepara huevos
revueltos en su cocina blanca de granito, en un rincón de Texas. Sophie, su
hija, juega sobre una manta en el piso, mientras pregunta constantemente por su
padre. Kevin ha salido muy temprano, antes del amanecer y no ha regresado a
desayunar. Las dos devoran los huevos, el pan y el tocino y se limitan a
esperar. La niña juega y sonríe. La madre, en cambio, está más atenta al
teléfono que a su hija.
Hace,
aproximadamente, seis horas que Kevin ha salido.
Natalie decide
dejar a su hija con su madre, y salir a buscarlo por las vacías calles de Big
Spring. Conduce lentamente por la 22, dobla en Saint George y se dirige a la
casa de los padres de Kevin. Apaga el motor frente a la casa de sus suegros. No
ha estado allí en meses. Mientras Kevin está de servicio, sus padres vienen de
visita. No al revés. Aún así, no hay mucho que ver. El remolque de Tom, el
hermano de Kevin, sigue en el mismo sitio. El parque de Big Spring sigue igual
de seco, árido y desolado. Y el silencio amontona las hojas sobre la vereda,
tal y como la última vez. Susan abre la puerta, y sale a recibirla con el gesto
tenso que la caracteriza.
—Se ha ido hace
unas horas.
—¿Cuántas?
—Dos o tres.
—¿Hacia dónde?
—No lo ha
mencionado.
—¿Cómo estaba?
—Raro.
—Dios mío…
Siguió su camino
y apretó el acelerador. Sabía donde podría estar. Lo que no sabía era cómo lo
iba a encontrar. Es decir, en qué estado. La noche anterior le había dicho algo
que, en ese momento no le pareció importante. Ahora, cobraba otro sentido.
—¿En qué piensas?
—En lo que haré.
—¿Con qué?
—Con mi vida,
Natalie. —Giró sobre sí, y le dio la espalda. Hablaban con la luz apagada y en
murmullo, tratando de no despertar a la niña, que dormía a escasos metros de su
cama.
—Disfrutar de tu
hija.
—¿Disfrutarla? No
puedo siquiera cargarla.
—Si has podido
cargar tu rifle, arrojar tus bombas y enterrar a Jack con un solo brazo…podrás
cargar a tu hija.
No hablaron más.
Ninguno durmió sino hasta entrada la madrugada. Natalie creyó que aquello no
era más que una conversación. Que sus pasos cautelosos en medio de la noche, y
su salida no tenían relación con sus palabras. Pero ahora sí. Kevin nunca se
había comportado de esta manera. Cada vez que regresaba, aunque un poco más
frío y retraído, intentaba poner su mejor sonrisa y disfrutar de su beba lo más
que pudiese. Hasta que la despedida tocaba la puerta, y las lagrimas y los abrazos eternos. Pero
desde hace una semana, desde que regresó con un brazo menos y desde que la
Junta tomó aquella decisión, no ha sido el mismo.
Conduce
apresurada hasta Comanche Lake y ve al final de la calle Village, la camioneta
roja de Kevin. Su corazón se acelera, de la misma manera que lo hace su coche.
Frena desesperadamente y no lo ve dentro del vehículo. Se quita el cinturón,
baja y del apuro, deja las llaves puestas, la puerta abierta. Corre hacia la
Cheroki de su marido, con las lágrimas amontonadas en sus párpados. También
está abierta. Mira hacia ambos lados. No hay nadie a la vista. Abre y la chapa
ruje ante su estrepitoso movimiento. Ahí, sobre el asiento del acompañante,
yace una foto de Sophie en sus brazos y el cargador de su Beretta 9mm. Su respiración,
se agita a cada segundo. ¿Dónde está? Sus pies la dirigen al lago, donde han
ido a nadar en varias ocasiones. No quiere enfrentarse a la verdad, pero debe
hacerlo. Su corazón lucha dentro del pecho por regresar al auto, pero sus
piernas apresuran el paso. Se acerca al muelle. Se dirige al final, lentamente.
Ahora parece que sí, que sus piernas coinciden con su corazón. No desea ver lo
que está a punto de ver.
—¡Kevin! —Grita
con la boca bien abierta y los pulmones cargados de desolación al tiempo que se
desmorona sobre la madera húmeda.
—¡Aquí estoy! —Le
responde una voz ronca desde la orilla.
Y ahí estaba.
Sentado sobre la grama, con su uniforme militar. Con su único brazo apoyado en
la rodilla, sosteniendo su arma.
Natalie corrió
hasta su marido y se abalanzó sobre él. Él quedó tendido sobre el pasto verde y
ella sobre él, sobre su pecho, llorando a mares.
—Chsss…Ya pasó.
—Arrojó la Beretta al lago y con su única mano, acarició a su mujer una vez
más.

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