Todos perdimos un amor. Algunos lo perdieron por idiotas. A otros se los arrebataron, como se arrebata la cartera de una anciana en plena calle. Cabe aclarar que cuando hablamos de perdida, dícese de la pareja que nos abandona o nos engaña. O del amor que se fue con la vida porque Dios lo ha querido así. Tampoco hablo de mujeres u hombres específicamente. Hablo de los padres, de los amigos, de los compañeros, de nuestras mascotas. Hablo del amor perdido. Ese que cada tanto, nos viene a dar una cachetada de revés porque lo hemos olvidado, o dejado de lado.
En mi caso
y, afortunadamente, solo he perdido un par de amores. Mi perro Grako y mi amigo
Nahuel. A los dos me los arrebataron. Pero no quiero ponerme triste ni
sentimental. No quiero que crean que estoy acá para contarles acerca de mí. No.
Vengo a dar testimonio de lo importante que es sufrir una perdida. Al principio
no lo entendí.
Muchas veces
luchamos contra del destino. Renegamos de las decisiones que hemos tomado y nos
han llevado a donde estamos parados. No sólo nos quejamos de lo que hacemos
nosotros sino que también, culpamos a los demás. Y cuando hablo de los demás no
me refiero particularmente a las personas. Culpamos a éste, aquel, a Dios, al
universo y a la mar en coche. Todos tienen la culpa de la situación que estamos
pasando. Es su culpa que nosotros
hayamos perdido a alguien. Ojo que ese enojo es completamente normal. Nadie
quiere sufrir. Nadie quiere ser abandonado. Y menos que menos, nadie quiere
decirle “hasta siempre” a un ser querido.
Nahuel era
otro cantar. Hablo de él porque fue quien me enseñó, en sus últimos días, lo
importante que es atravesar por situaciones como la pérdida de un amor.
Por esos
momentos, cuando la enfermedad lo tenía tirado en una cama, hablábamos mucho de
mi perro. Él sabía muy bien todo lo que había significado Grako para mí y
cuanto había sufrido al perderlo. Una mañana, mientras tomábamos un té me dijo;
“Sufrir es parte del crecimiento. Hay que sufrir para aprender a valorar y a amar
mejor.” Yo me lo quedé mirando porque obviamente, me parecía una tontería. Con
diecisiete años no podía entender lo que me estaba diciendo.
Desafortunadamente, lo entendí después de que partió.
Lo que estoy
tratando de explicarles es que todos nos vamos a perder alguna vez. Algunos ya
nos perdimos hace mucho tiempo. Pero a lo que voy es que estas pérdidas nos van
a ayudar a ser más fuertes. Nos hacen dar cuenta cómo queremos ser y cómo no
queremos ser. Cómo queremos seguir viviendo. Cómo queremos amar. En simples
palabras; a amar mejor, más fuerte.
En mi caso,
yo aprendí a disfrutar de mis amigos y mi familia. Hablo con ellos casi todos
los días y organizo salidas y encuentros constantemente. No era así cuando
estaba Nahuel en mi vida. Nos dejamos de ver cuando él se cambió de colegio y
recién cuando me enteré que estaba enfermo, fue que volví a verlo. La pérdida
de Nahuel me enseñó mucho. Me enseñó que su paso por este mundo no había sido
en vano. Que había que seguir para adelante porque aunque doliera, el sol
seguiría saliendo para mí.
Todos
perdimos un amor. Sin embargo, hay que agradecer que pudiéramos amar alguna vez.
Porque gracias a ellos hoy, somos quienes somos. Su paso por nuestras vidas nos
moldeó, nos pulió y nos formó. Y quizás —y eso es lo que me gusta pensar— si no
se hubiesen ido, no hubiésemos sido iguales. Por lo menos yo. Hoy, aunque sin
Grako y sin Nahuel, creo que soy mejor. Mejor amigo, mejor hermano, mejor
compañero.

Muy bueno....
ResponderEliminarHermoso.
ResponderEliminar