jueves, 11 de agosto de 2016

La sonrisa de marfil



Cinco días atrás, había decidido cambiar de vida. Había comprado una camioneta, con la que planeaba recorrer el país de su mano. Deseaba desesperadamente, huir del sitio que lo había visto convertirse en narcotraficante. Si bien estaba al tanto de las dificultades que atravesaría en el afán de salirse del negocio, estaba dispuesto a hacerlo por ella. Por ella sería capaz de desmantelar al mismo cartel de Juárez, si era necesario. Por eso, decidió desaparecer.
                —Nos vamos,  ya mismo. —Vociferaba mientras metía los vestidos que le había regalado, en un pequeño bolso.
                —Pero… ¿Por qué, Joaquín? ¿Por qué tanta prisa?
                —En el camino te explico. Ahora, vámonos. —Levantó el edredón, que fácil cedió a su fuerza, y tomó las dos bolsas negras que había debajo. —Ten. Guarda esto también. —Las arrojo, mientras  se acercaba a la ventana.
                —¿Todo?
                —Sí. Todo, Emilia. ¡Apresúrate, mujer!
                —No me grites. No sé porque estás tan nervioso.
Unos minutos más tarde, las ruedas chillaban en un asfalto solitario y arremetían contra la ruta en dirección al sur. Joaquín inhalaba y exhalaba grandes bocanadas de aire. Emilia jugueteaba con el viento caliente que entraba por la ventana.
                —Tendríamos que haber comprado una con aire. Esto es un infierno. —Intentó sacar un tema de conversación, pero él  mantenía la vista en el camino y en el horizonte. Si miraba con detenimiento, podía ver  las venas marcadas en su cuello tenso. Lo conocía y sabía que no debía hacer preguntas. Por lo menos, no ahora. Se detuvieron entrada la noche en una gasolinera de paso. Ella corrió al baño y el permaneció junto al vehículo, mientras llenaban el tanque.
                —No son de por aquí, ¿no es cierto? —quiso saber el anciano que atendía el lugar.
                —Venimos del DF. —Mintió.
                —Oh. ¿DF? Mi hermana vive allí. Bonito. Muy bonito.
                —Sí, lo es. —Sacó la billetera y pagó lo que debía. Se montó, puso en marcha la camioneta y esperó. Y ahí venia ella, con su sonrisa de marfil y su vestido rosa. Con el pelo negro empapado, y los labios bien pintados.
                —¿Qué me ves? —le preguntó con la boca abierta y la mirada picara.
                —Nada. ¿Lista? —la vio asentir, mientras hurgaba en su cartera. —Hay en la guantera. —Emilia abrió el compartimento y sacó una goma de mascar. Le quito el envoltorio y en seguida, se la puso en la boca.
                —Me olvidé de traer el cepillo de dientes.
                —Compraremos en la siguiente parada.
Recorrieron los cien kilómetros que los separaban del siguiente pueblo, en silencio. No solo porque de a ratos ella se dormía, sino también porque ninguno de los dos se animaba a hablar de lo que estaba ocurriendo. La noche se cerraba a sus espaldas y la luna se escondía detrás de unos nubarrones enormes. Llovería. Al cabo de una hora, los gotones que azotaban el parabrisas, le dieron la razón. Emilia, que iba acurrucada a su lado, se despertó con el sonido de un estrepitoso trueno.
                —Tranquila. Solo fue un trueno. Sigue durmiendo. Faltan unos cuantos quilómetros aún. —Ella volvió a su posición y él se permitió observarla dormir. Igual que lo había hecho muchas otras veces. Dormía con los ojos apretados y los labios entreabiertos. Cuando su mirada la abandonó y volvió al camino, ya era demasiado tarde. Dos luces amarillas lo encandilaban de frente y no tuvo tiempo de nada.
La noticia del periódico local mencionó el accidente ocurrido en las afueras de la ciudad, entre una camioneta azul y un camión de ganado. Se encontraron dos cuerpos sin vida que, según la policía, habían fallecido en el acto.  Aun no se identificaban a las víctimas.  Sólo se sabía que se trataba de una mujer de unos treinta años y el conductor del camión, de unos sesenta.

Joaquín abrió los ojos y lo primero que vio fueron dos ojos azules, observándolo con insistencia. Sintió algo frio corriendo por su cuerpo y no supo acertar a qué se debía. Sin fuerzas, volvió a bajar los parpados. Vio la suciedad de la ropa y cuando quiso enfocar en las gotas que caían sobre su pantalón, un golpe seco en su mejilla izquierda, lo trajo de vuelta.
                —Vamos, hombre. —Otro cachetazo. —Traigan un poco de agua, carajo.
Alguien apoyó el borde de un vaso sobre los labios de Joaquín, que aún seguía sin poder abrir los ojos y le dio de beber. Cuando hubo terminado, le arrojó el resto a la cara.
                —Despierta, mierda.
Joaquín intentó en vano enderezarse y acomodarse. Estaba atado a una silla. Levantó la cabeza y se volvió a topar con esa mirada.
                —Mira. —Lo tomó de la barbilla y lo obligó a mirarlo—No tengo el tiempo, ni las ganas de estar aquí, viendo la cara de un traidor. O me dices donde está el dinero que me robaste, o te mueres aquí mismo. En esta pocilga.— Joaquín parpadeó e intentó articular.
                —A…a…a…g…u…a. —Balbuceó.
                —Habrá más agua cuando me digas que mierda hiciste con mi dinero.
                —No… no… no…
                —¿no qué? —Acercó su oído a la boca de Joaquín.
                —No sé de qué me habla.
                —Ah… —Giró sobre sus pies y caminó a su alrededor.—¡Asi que no sabe de lo que le estoy hablando! Parece que el accidente le hizo perder la memoria, ¿no? —Lo tomó del pelo y lo sacudió con fuerza. —Joaquín… Joaquín. Más vale que recuerdes lo que hiciste con mi dinero… porque sino…
                —Señor. —Una voz ronca irrumpió en el lugar.
                —¿Qué?
                —Encontramos un bolso con dinero en la camioneta que manejaba.
                —¿Cuánto?
                —Diez mil.
                —Ja. Perfecto. —Suspiró aliviado y se acercó al hombre cuyo cuerpo había resistido un accidente, un traslado y unas cuantas palizas. —Joaquín, querido. Ya está. No se martirice más. Se acabó. No hace falta que siga diciendo que no sabe nada de este asunto. Ya no es necesario que recuerde. Ya encontré lo que andaba buscando. —Le palmeó el hombro y se retiró.
Lo siguiente fue un fuerte golpe y el frio del piso, helándole la mejilla. Sentía la sangre deslizarse por la sien, la misma que bajaba por los párpados y le dejaba en la boca un sabor ferroso. No podía especificar el tiempo que había pasado tendido en el suelo. No sabía por qué estaba allí, ni quiénes eran esos hombres. Lo único que sabía, era que estaba al borde de la muerte.  Y ahí,  justo antes de que el ángel de la noche pose sus largos dedos sobre él y viniese a saldar sus cuentas, lo recordó todo. Recordó su sonrisa de marfil y sus labios entreabiertos. Recordó las luces y el accidente. Entonces por fin, cerró los ojos y se dejó llevar por aquello que lo arrastraba al más allá.
                —Qué bueno que te acordaste de mi, Joaquín. —La voz dulce de Emilia, lo acunó una vez más, antes del suspiro final.


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