Cinco días atrás, había decidido cambiar de vida. Había comprado una
camioneta, con la que planeaba recorrer el país de su mano. Deseaba
desesperadamente, huir del sitio que lo había visto convertirse en narcotraficante.
Si bien estaba al tanto de las dificultades que atravesaría en el afán de
salirse del negocio, estaba dispuesto a hacerlo por ella. Por ella sería capaz
de desmantelar al mismo cartel de Juárez, si era necesario. Por eso, decidió
desaparecer.
—Nos vamos, ya mismo. —Vociferaba mientras metía los
vestidos que le había regalado, en un pequeño bolso.
—Pero… ¿Por qué, Joaquín?
¿Por qué tanta prisa?
—En el camino te
explico. Ahora, vámonos. —Levantó el edredón, que fácil cedió a su fuerza, y
tomó las dos bolsas negras que había debajo. —Ten. Guarda esto también. —Las
arrojo, mientras se acercaba a la ventana.
—¿Todo?
—Sí. Todo,
Emilia. ¡Apresúrate, mujer!
—No me grites. No
sé porque estás tan nervioso.
Unos minutos más tarde, las ruedas chillaban en un asfalto solitario y
arremetían contra la ruta en dirección al sur. Joaquín inhalaba y exhalaba
grandes bocanadas de aire. Emilia jugueteaba con el viento caliente que entraba
por la ventana.
—Tendríamos que
haber comprado una con aire. Esto es un infierno. —Intentó sacar un tema de
conversación, pero él mantenía la vista
en el camino y en el horizonte. Si miraba con detenimiento, podía ver las venas marcadas en su cuello tenso. Lo
conocía y sabía que no debía hacer preguntas. Por lo menos, no ahora. Se
detuvieron entrada la noche en una gasolinera de paso. Ella corrió al baño y el
permaneció junto al vehículo, mientras llenaban el tanque.
—No son de por aquí,
¿no es cierto? —quiso saber el anciano que atendía el lugar.
—Venimos del DF.
—Mintió.
—Oh. ¿DF? Mi
hermana vive allí. Bonito. Muy bonito.
—Sí, lo es. —Sacó
la billetera y pagó lo que debía. Se montó, puso en marcha la camioneta y
esperó. Y ahí venia ella, con su sonrisa de marfil y su vestido rosa. Con el
pelo negro empapado, y los labios bien pintados.
—¿Qué me ves? —le
preguntó con la boca abierta y la mirada picara.
—Nada. ¿Lista?
—la vio asentir, mientras hurgaba en su cartera. —Hay en la guantera. —Emilia
abrió el compartimento y sacó una goma de mascar. Le quito el envoltorio y en
seguida, se la puso en la boca.
—Me olvidé de
traer el cepillo de dientes.
—Compraremos en
la siguiente parada.
Recorrieron los cien kilómetros que los separaban del siguiente pueblo,
en silencio. No solo porque de a ratos ella se dormía, sino también porque
ninguno de los dos se animaba a hablar de lo que estaba ocurriendo. La noche se
cerraba a sus espaldas y la luna se escondía detrás de unos nubarrones enormes.
Llovería. Al cabo de una hora, los gotones que azotaban el parabrisas, le
dieron la razón. Emilia, que iba acurrucada a su lado, se despertó con el
sonido de un estrepitoso trueno.
—Tranquila. Solo
fue un trueno. Sigue durmiendo. Faltan unos cuantos quilómetros aún. —Ella
volvió a su posición y él se permitió observarla dormir. Igual que lo había
hecho muchas otras veces. Dormía con los ojos apretados y los labios
entreabiertos. Cuando su mirada la abandonó y volvió al camino, ya era demasiado
tarde. Dos luces amarillas lo encandilaban de frente y no tuvo tiempo de nada.
La noticia del periódico local mencionó el accidente ocurrido en las
afueras de la ciudad, entre una camioneta azul y un camión de ganado. Se encontraron
dos cuerpos sin vida que, según la policía, habían fallecido en el acto. Aun no se identificaban a las víctimas. Sólo se sabía que se trataba de una mujer de
unos treinta años y el conductor del camión, de unos sesenta.
Joaquín abrió los ojos y lo primero que vio fueron dos ojos azules,
observándolo con insistencia. Sintió algo frio corriendo por su cuerpo y no
supo acertar a qué se debía. Sin fuerzas, volvió a bajar los parpados. Vio la
suciedad de la ropa y cuando quiso enfocar en las gotas que caían sobre su
pantalón, un golpe seco en su mejilla izquierda, lo trajo de vuelta.
—Vamos, hombre.
—Otro cachetazo. —Traigan un poco de agua, carajo.
Alguien apoyó el borde de un vaso sobre los labios de Joaquín, que aún
seguía sin poder abrir los ojos y le dio de beber. Cuando hubo terminado, le
arrojó el resto a la cara.
—Despierta,
mierda.
Joaquín intentó en vano enderezarse y acomodarse. Estaba atado a una
silla. Levantó la cabeza y se volvió a topar con esa mirada.
—Mira. —Lo tomó
de la barbilla y lo obligó a mirarlo—No tengo el tiempo, ni las ganas de estar
aquí, viendo la cara de un traidor. O me dices donde está el dinero que me
robaste, o te mueres aquí mismo. En esta pocilga.— Joaquín parpadeó e intentó
articular.
—A…a…a…g…u…a. —Balbuceó.
—Habrá más agua
cuando me digas que mierda hiciste con mi dinero.
—No… no… no…
—¿no qué? —Acercó
su oído a la boca de Joaquín.
—No sé de qué me
habla.
—Ah… —Giró sobre
sus pies y caminó a su alrededor.—¡Asi que no sabe de lo que le estoy hablando!
Parece que el accidente le hizo perder la memoria, ¿no? —Lo tomó del pelo y lo
sacudió con fuerza. —Joaquín… Joaquín. Más vale que recuerdes lo que hiciste
con mi dinero… porque sino…
—Señor. —Una voz
ronca irrumpió en el lugar.
—¿Qué?
—Encontramos un
bolso con dinero en la camioneta que manejaba.
—¿Cuánto?
—Diez mil.
—Ja. Perfecto.
—Suspiró aliviado y se acercó al hombre cuyo cuerpo había resistido un
accidente, un traslado y unas cuantas palizas. —Joaquín, querido. Ya está. No
se martirice más. Se acabó. No hace falta que siga diciendo que no sabe nada de
este asunto. Ya no es necesario que recuerde. Ya encontré lo que andaba
buscando. —Le palmeó el hombro y se retiró.
Lo siguiente fue un fuerte golpe y el frio del piso, helándole la
mejilla. Sentía la sangre deslizarse por la sien, la misma que bajaba por los
párpados y le dejaba en la boca un sabor ferroso. No podía especificar el
tiempo que había pasado tendido en el suelo. No sabía por qué estaba allí, ni
quiénes eran esos hombres. Lo único que sabía, era que estaba al borde de la
muerte. Y ahí, justo antes de que el ángel de la noche pose
sus largos dedos sobre él y viniese a saldar sus cuentas, lo recordó todo. Recordó
su sonrisa de marfil y sus labios entreabiertos. Recordó las luces y el
accidente. Entonces por fin, cerró los ojos y se dejó llevar por aquello que lo
arrastraba al más allá.
—Qué bueno que te
acordaste de mi, Joaquín. —La voz dulce de Emilia, lo acunó una vez más, antes
del suspiro final.

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