“Una mañana, tras un sueño
intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto.”…
—¡Papá! ¿Qué estás leyendo? —La voz
de su hija lo arrancó del libro que había comprado el día anterior. Lo cerró y
en la tapa, observó al bicho dibujado en negro. —Kafka.
—Uy. Qué interesante. —ironizó—No sé
si te va a gustar. —sentenció, mientras se sentaba en el sillón a su lado y
tomaba el control del televisor.
—¿Por? ¿Lo leíste?
—Sí, claro. Es un quilombo. No me
gustó para nada. El tipo está chifladísimo.
—Ah, ¿sí? —Ella ya no le prestó
atención.
Se
levantó y se dirigió a la cocina. Manuela preparaba la cena, y la pequeña
Delfina hacia la tarea sobre la mesa.
—¿Leíste Kafka alguna vez, Manuela?
—le preguntó, apoyado en el umbral de la puerta mientras jugueteaba con las
paginas amarillentas.
—¿Es el de la metamorfosis, no? No. No
lo leí. —le respondió sin darse vuelta y sin perder de vista la olla. —Delfi,
decíle a tu hermana que saque la basura, por favor.
—Yo lo hago. —Habló el hombre que
apoyaba el libro sobre la mesada y retiraba la bolsa cargada. Salió a la calle,
y lo sorprendió una sensación extraña. Como si alguien lo estuviese espiando. Luego
de dejar la basura en el cesto, se detuvo unos segundos a contemplar la noche
sin estrellas. Comenzaba a hacer más calor en Buenos Aires.
—¡Gerardo!—La voz de Manuela lo
alcanzó hasta la vereda donde se había quedado parado, mirando a su alrededor. —Arrimá
la puerta que entran bichos.
—¿bichos? ¿Qué bichos, Manuela? Los
mosquitos querrás decir. —Cerró la puerta tras de sí y aunque deseaba
permanecer fuera, volvió a entrar. —Delfi, mi cielo, ¿Qué estás haciendo?
—La tarea, papá.
—Pero si hoy es viernes. Podés
hacerla mañana. O el domingo.
—Dejála. Que la haga ahora. Así tiene
todo el fin de semana para jugar. —habló la mujer mientras ponía los platos en
el borde de la mesa. —Estás raro. ¿Qué te pasa?
—Nada. Cansado. Fue un día terrible.
—Me imagino. —Acarició su mejilla
suavemente y le sonrió.
—¿Papá? —la niña, con la mejilla
apoyada en la mesa, pintaba su hermoso dibujo.
—¿Qué, Delfi?
—¿Vos siempre quisiste ser
empresario?
—Delfi, papá no es empresario.
—Interrumpió la más grande, mientras abría la puerta de la heladera. —Papá, es administrativo.
Empresario es el dueño de la empresa, el que maneja la guita. Él es un simple
empleado. —Gerardo sintió ganas de vomitar y de abofetearla a la misma vez. ¿Un
simple empleado? ¿Él, que había dedicado su vida a la empresa? Sin embargo, no
lo hizo. Sabía que el comentario de Florencia, no había sido con mala
intención. Por eso, asintió con la cabeza.
—¡Ah! ¿y entonces, siempre quisiste
ser administrativo, papá?
—No. —respondió sin dudarlo.
—Papá quería ser cantante cuando era
joven. —expresó Manuela, en un tono burlón, mientras ponía los cubiertos.
—¿conque cantante, papá? —Se burló
Florencia.
—Sí. Quería ser cantante. Y pintor.
Y escritor. Y futbolista. Quería ser muchas cosas.
—¿y…? —quiso saber Delfina.
—Y nada. Tu abuelo me hizo entender
que tenía que trabajar si quería llegar a ser alguien en la vida.
—¿llegar a ser un administrativo?
—Bueno… no es exactamente lo que…
—¡A coooomer! —gritó Manuela, e
interrumpió la conversación. —Sacá las cosas Delfi. Después seguís. Flor, pone
la bebida, por favor. ¡A lavarse las manos!
—Voy a buscar las pantuflas. —dijo
Gerardo, mientras se alejaba de la cocina.
—Apuráte. Ya sirvo.
Subió
las escaleras y entró a su habitación. Se sentó en el borde de la cama y
observó la ventana con detenimiento. Tras el vidrio, la copa de un árbol se
meneaba de acá para allá. Cerró los ojos y se echó hacia atrás. Se quedó
dormido por unos minutos. Soñó que se había convertido en una cucaracha tal, y
como le había ocurrido a Samsa. Era una cucaracha con traje y corbata. Una
cucaracha que llevaba y traía papeles todo el día. Una cucaracha administrativa.
No empresaria. Administrativa.
—Gerardo… la comida está en la mesa.
Te quedaste dormido. —lo despertó con suavidad.
—Sí. —Se puso de pie, se calzó las
pantuflas y bajó. La cena transcurrió sin sobresaltos, como siempre. Delfina
hablaba de sus amiguitas, de sus maestras. Florencia de la facultad y del novio
motoquero. Manuela sonreía, respondía y lo miraba, de tanto en tanto.
—Sé que me dijiste que estás
cansado. Pero… ¿te pasó algo? Desde ayer que te notó…extraño, intranquilo.
Sabés que podés decirme cualquier…
—No pasa nada, Manu. Dormí.
Se
despertó sobresaltado durante la madrugada; bañado en sudor. Había vuelto a
soñar lo mismo. Esta vez, convertido en cucaracha, recorría la ciudad, se subía
a los colectivos, almorzaba con sus compañeros, quienes no parecían notar su
transformación. Caminó hasta el baño, se mojó la cara. No deseaba volver a la
cama. Estaba inquieto. Bajó las escaleras y se recostó en el sillón. Prendió la
televisión, pero nada lo alejaba de las imágenes tan vívidas de su sueño.
Volvió
a la habitación poco antes del amanecer. Se instó a descansar el cuerpo unas
horas. Manuela se rebulló en la cama y le preguntó si estaba todo bien.
—Sí. Está todo bien. Seguí durmiendo.
Se
aventuró a hacer mil cosas ese fin de semana para no pensar en el sueño de
Kafka. Vio películas, llevó a las mujeres al shopping, visitó a su madre, fue
de compras. El domingo, cayó rendido sobre la cama y durmió de corrido, hasta
que sonó la alarma. Respiró aliviado cuando abrió los ojos y se dio cuenta que
no había soñado con nada. Su frente estaba seca y su cuerpo parecía descansado.
Caminó hasta el baño y cuando se acercó al lavabo para lavarse los dientes, el
espejo le devolvió un horrible reflejo. ¿Había despertado?

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