jueves, 4 de agosto de 2016

Gerardo



“Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto.”…
            —¡Papá! ¿Qué estás leyendo? —La voz de su hija lo arrancó del libro que había comprado el día anterior. Lo cerró y en la tapa, observó al bicho dibujado en negro. —Kafka.
            —Uy. Qué interesante. —ironizó—No sé si te va a gustar. —sentenció, mientras se sentaba en el sillón a su lado y tomaba el control del televisor.
            —¿Por? ¿Lo leíste?
            —Sí, claro. Es un quilombo. No me gustó para nada. El tipo está chifladísimo.
            —Ah, ¿sí? —Ella ya no le prestó atención.
Se levantó y se dirigió a la cocina. Manuela preparaba la cena, y la pequeña Delfina hacia la tarea sobre la mesa.
            —¿Leíste Kafka alguna vez, Manuela? —le preguntó, apoyado en el umbral de la puerta mientras jugueteaba con las paginas amarillentas.
            —¿Es el de la metamorfosis, no? No. No lo leí. —le respondió sin darse vuelta y sin perder de vista la olla. —Delfi, decíle a tu hermana que saque la basura, por favor.
            —Yo lo hago. —Habló el hombre que apoyaba el libro sobre la mesada y retiraba la bolsa cargada. Salió a la calle, y lo sorprendió una sensación extraña. Como si alguien lo estuviese espiando. Luego de dejar la basura en el cesto, se detuvo unos segundos a contemplar la noche sin estrellas. Comenzaba a hacer más calor en Buenos Aires.
            —¡Gerardo!—La voz de Manuela lo alcanzó hasta la vereda donde se había quedado parado, mirando a su alrededor. —Arrimá la puerta que entran bichos.
            —¿bichos? ¿Qué bichos, Manuela? Los mosquitos querrás decir. —Cerró la puerta tras de sí y aunque deseaba permanecer fuera, volvió a entrar. —Delfi, mi cielo, ¿Qué estás haciendo?
            —La tarea, papá.
            —Pero si hoy es viernes. Podés hacerla mañana. O el domingo.
            —Dejála. Que la haga ahora. Así tiene todo el fin de semana para jugar. —habló la mujer mientras ponía los platos en el borde de la mesa. —Estás raro. ¿Qué te pasa?
            —Nada. Cansado. Fue un día terrible.
            —Me imagino. —Acarició su mejilla suavemente y le sonrió.
            —¿Papá? —la niña, con la mejilla apoyada en la mesa, pintaba su hermoso dibujo.
            —¿Qué, Delfi?
            —¿Vos siempre quisiste ser empresario?
            —Delfi, papá no es empresario. —Interrumpió la más grande, mientras abría la puerta de la heladera. —Papá, es administrativo. Empresario es el dueño de la empresa, el que maneja la guita. Él es un simple empleado. —Gerardo sintió ganas de vomitar y de abofetearla a la misma vez. ¿Un simple empleado? ¿Él, que había dedicado su vida a la empresa? Sin embargo, no lo hizo. Sabía que el comentario de Florencia, no había sido con mala intención. Por eso, asintió con la cabeza.
            —¡Ah! ¿y entonces, siempre quisiste ser administrativo, papá?
            —No. —respondió sin dudarlo.
            —Papá quería ser cantante cuando era joven. —expresó Manuela, en un tono burlón, mientras ponía los cubiertos.
            —¿conque cantante, papá? —Se burló Florencia.
            —Sí. Quería ser cantante. Y pintor. Y escritor. Y futbolista. Quería ser muchas cosas.
            —¿y…? —quiso saber Delfina.
            —Y nada. Tu abuelo me hizo entender que tenía que trabajar si quería llegar a ser alguien en la vida.
            —¿llegar a ser un administrativo?
            —Bueno… no es exactamente lo que…
            —¡A coooomer! —gritó Manuela, e interrumpió la conversación. —Sacá las cosas Delfi. Después seguís. Flor, pone la bebida, por favor. ¡A lavarse las manos!
            —Voy a buscar las pantuflas. —dijo Gerardo, mientras se alejaba de la cocina.
            —Apuráte. Ya sirvo.
Subió las escaleras y entró a su habitación. Se sentó en el borde de la cama y observó la ventana con detenimiento. Tras el vidrio, la copa de un árbol se meneaba de acá para allá. Cerró los ojos y se echó hacia atrás. Se quedó dormido por unos minutos. Soñó que se había convertido en una cucaracha tal, y como le había ocurrido a Samsa. Era una cucaracha con traje y corbata. Una cucaracha que llevaba y traía papeles todo el día. Una cucaracha administrativa. No empresaria. Administrativa.
            —Gerardo… la comida está en la mesa. Te quedaste dormido. —lo despertó con suavidad.
            —Sí. —Se puso de pie, se calzó las pantuflas y bajó. La cena transcurrió sin sobresaltos, como siempre. Delfina hablaba de sus amiguitas, de sus maestras. Florencia de la facultad y del novio motoquero. Manuela sonreía, respondía y lo miraba, de tanto en tanto.
            —Sé que me dijiste que estás cansado. Pero… ¿te pasó algo? Desde ayer que te notó…extraño, intranquilo. Sabés que podés decirme cualquier…
            —No pasa nada, Manu. Dormí.
Se despertó sobresaltado durante la madrugada; bañado en sudor. Había vuelto a soñar lo mismo. Esta vez, convertido en cucaracha, recorría la ciudad, se subía a los colectivos, almorzaba con sus compañeros, quienes no parecían notar su transformación. Caminó hasta el baño, se mojó la cara. No deseaba volver a la cama. Estaba inquieto. Bajó las escaleras y se recostó en el sillón. Prendió la televisión, pero nada lo alejaba de las imágenes tan vívidas de su sueño.
Volvió a la habitación poco antes del amanecer. Se instó a descansar el cuerpo unas horas. Manuela se rebulló en la cama y le preguntó si estaba todo bien.
            —Sí. Está todo bien. Seguí durmiendo.
Se aventuró a hacer mil cosas ese fin de semana para no pensar en el sueño de Kafka. Vio películas, llevó a las mujeres al shopping, visitó a su madre, fue de compras. El domingo, cayó rendido sobre la cama y durmió de corrido, hasta que sonó la alarma. Respiró aliviado cuando abrió los ojos y se dio cuenta que no había soñado con nada. Su frente estaba seca y su cuerpo parecía descansado. Caminó hasta el baño y cuando se acercó al lavabo para lavarse los dientes, el espejo le devolvió un horrible reflejo. ¿Había despertado?

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