viernes, 14 de octubre de 2016

La juventud perdida

Lorena y Matilde viajan en el Sarmiento todos los días. Son pareja hace muchísimo tiempo. A pesar  de que conservan ciertos recatos en los transportes públicos, —Matilde es un poco tímida —no niegan su amor. Pero hoy es una ocasión especial, es un décimo aniversario.
—¡Ay Dios, estás chicas! —murmuró una señora sentada dos asientos más atrás.
—¿vio? Terrible. ¡A qué hemos llegado!  —habló otra desconocida, sentada a su lado. Sin perder los ojos del crochet, continuó. —A mí me dan mucha pena, ¿sabe? Porque…pobres, están enfermas.
—Sí. Es verdad. Pero, vamos. ¿Hace falta…? —inspiró y exhaló largamente.
—Y bueno señora, son los tiempos que corren.
Un silencio entre las dos mujeres colmó el tramo entre Merlo y Padua mientras que dos asientos más allá, seguían las sonrisas, los besos y los arrumacos.
—Pobres padres. Yo siempre me imagino lo que deben sufrir. —volvió a hablar la primera mujer. —debe ser muy difícil para ellos convivir con…
—Sí. Es cierto. Además las enfermedades. ¡Dios mío! —la otra soltó las agujas y se persignó.
—Una cruz tan grande.
—Es verdad.
Un muchacho de traje oía la conversación de las señoras e intercalaba la mirada entre la pareja y el paisaje que la Avenida Rivadavia le regalaba. Pensaba en lo terrible que se sentirían las jóvenes si oyeran lo que se decía a sus espaldas. Sin embargo, no se martirizó por mucho tiempo porque  estaba seguro que estaban demasiado acostumbradas a escuchar ese tipo de comentarios.  Mientras las veía susurrarse cosas al oído, Lucas pensó en sus amigos homosexuales e imaginó lo que dirían esas dos señoras si los conocieran. Sonrió por lo bajo al imaginarse a Nacho, doctor del Hospital de Clínicas. A Juan Francisco, diseñador gráfico. Y a Matías, abogado desde hace poco. Se imaginó a la señora de polerón oscuro, cargando su bolsita con agujas a lo largo de los pasillos del hospital y siendo atendida por un homosexual. Ja. O a la otra, realizando los trámites para la jubilación de la mano del genio de su amigo.  Mientras reía a carcajadas para sus adentros, notó que las mujeres  continuaban conversando y guiado por la curiosidad, volvió a prestarles atención.
—Sí. Tal cual. No, yo voy hasta Once y de ahí el subte.
—Ah, mire. Yo siempre fui en colectivo. No me manejo bien en subte. Siempre termino perdida.
—Bueno, si quiere, vamos juntas.
—Ay, si me hace ese favor. Se lo voy a agradecer.
—No se preocupe. Al fin y al cabo vamos las dos para el mismo lado.
—Sí. Gracias que Dios me la puso en el camino. —sonrió. — ¿Con que doctor se atiende, usted? Pregunto por el turno, ¿vio?
—¿Cómo? —acercó el oído para escucharla mejor.
—¿Con que doctor se atiende?
—¡Ah! Un muchacho divino. Espere que no me acuerdo el apellido… —Apoyó las agujas en su regazo y revolvió en la cartera. Sacó un papelito doblado a la mitad. — Ignacio Soler.
—Soler. Bien. Me lo voy a anotar. Usted sabe lo difícil que es conseguir un buen medico a estas alturas.
—Sí. Y más en los hospitales públicos. Siempre está lleno de hermanos latinoamericanos. —E imitó las comillas con sus manos— este es Argentino. Y es DI-VI-NO.
—Gracias a Dios.
Lucas soltó una carcajada bien fuerte y audible. Tanto que Matilde y Lorena se voltearon a ver y las señoras detuvieron sus palabras para observarlo.
—¿Qué le pasa? —quiso saber Lorena.
—No sé. Está loco. —y se dieron vuelta para seguir en lo suyo.
—Dios mío. La juventud de hoy está perdida. —murmuró la señora mientras guardaba las agujas.
—Exactamente. Perdida. —agregó la otra que intercalaba la mirada entre la pareja y el gracioso de al lado.


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