Lorena y
Matilde viajan en el Sarmiento todos los días. Son pareja hace muchísimo
tiempo. A pesar de que conservan ciertos
recatos en los transportes públicos, —Matilde es un poco tímida —no niegan su
amor. Pero hoy es una ocasión especial, es un décimo aniversario.
—¡Ay Dios, estás chicas! —murmuró una señora sentada dos asientos más
atrás.
—¿vio? Terrible. ¡A qué hemos llegado!
—habló otra desconocida, sentada a su lado. Sin perder los ojos del
crochet, continuó. —A mí me dan mucha pena, ¿sabe? Porque…pobres, están
enfermas.
—Sí. Es verdad. Pero, vamos. ¿Hace falta…? —inspiró y exhaló
largamente.
—Y bueno señora, son los tiempos que corren.
Un silencio
entre las dos mujeres colmó el tramo entre Merlo y Padua mientras que dos
asientos más allá, seguían las sonrisas, los besos y los arrumacos.
—Pobres padres. Yo siempre me imagino lo que deben sufrir. —volvió a
hablar la primera mujer. —debe ser muy difícil para ellos convivir con…
—Sí. Es cierto. Además las enfermedades. ¡Dios mío! —la otra soltó las
agujas y se persignó.
—Una cruz tan grande.
—Es verdad.
Un muchacho
de traje oía la conversación de las señoras e intercalaba la mirada entre la
pareja y el paisaje que la Avenida Rivadavia le regalaba. Pensaba en lo
terrible que se sentirían las jóvenes si oyeran lo que se decía a sus espaldas.
Sin embargo, no se martirizó por mucho tiempo porque estaba seguro que estaban demasiado
acostumbradas a escuchar ese tipo de comentarios. Mientras las veía susurrarse cosas al oído,
Lucas pensó en sus amigos homosexuales e imaginó lo que dirían esas dos señoras
si los conocieran. Sonrió por lo bajo al imaginarse a Nacho, doctor del
Hospital de Clínicas. A Juan Francisco, diseñador gráfico. Y a Matías, abogado
desde hace poco. Se imaginó a la señora de polerón oscuro, cargando su bolsita
con agujas a lo largo de los pasillos del hospital y siendo atendida por un
homosexual. Ja. O a la otra, realizando los trámites para la jubilación de la
mano del genio de su amigo. Mientras reía
a carcajadas para sus adentros, notó que las mujeres continuaban conversando y guiado por la
curiosidad, volvió a prestarles atención.
—Sí. Tal cual. No, yo voy hasta Once y de ahí el subte.
—Ah, mire. Yo siempre fui en colectivo. No me manejo bien en subte.
Siempre termino perdida.
—Bueno, si quiere, vamos juntas.
—Ay, si me hace ese favor. Se lo voy a agradecer.
—No se preocupe. Al fin y al cabo vamos las dos para el mismo lado.
—Sí. Gracias que Dios me la puso en el camino. —sonrió. — ¿Con que
doctor se atiende, usted? Pregunto por el turno, ¿vio?
—¿Cómo? —acercó el oído para escucharla mejor.
—¿Con que doctor se atiende?
—¡Ah! Un muchacho divino. Espere que no me acuerdo el apellido… —Apoyó
las agujas en su regazo y revolvió en la cartera. Sacó un papelito doblado a la
mitad. — Ignacio Soler.
—Soler. Bien. Me lo voy a anotar. Usted sabe lo difícil que es
conseguir un buen medico a estas alturas.
—Sí. Y más en los hospitales
públicos. Siempre está lleno de hermanos latinoamericanos. —E imitó las
comillas con sus manos— este es Argentino. Y es DI-VI-NO.
—Gracias a Dios.
Lucas soltó
una carcajada bien fuerte y audible. Tanto que Matilde y Lorena se voltearon a
ver y las señoras detuvieron sus palabras para observarlo.
—¿Qué le pasa? —quiso saber Lorena.
—No sé. Está loco. —y se dieron vuelta para seguir en lo suyo.
—Dios mío. La juventud de hoy está perdida. —murmuró la señora mientras
guardaba las agujas.
—Exactamente. Perdida. —agregó la otra que intercalaba la mirada entre
la pareja y el gracioso de al lado.
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