Nerina
había dejado la ciudad estrepitosamente y se había refugiado en el campo de sus
padres. Desde ese entonces, no había habido cartas, ni mensajes, ni telegramas
con las mujeres de la casa. Sólo Don Manuel, su padre, la visitaba apenas tenía
oportunidad.
La última vez que había estado en
Buenos Aires, había sido para el entierro de su madre. Pero aún en esa ocasión,
no se había dejado ver. Había permanecido alejada del cortejo y desde la
distancia, se despidió de la mujer que le había dado la vida. Y aunque su mente
le gritaba que debía hacer las paces con Sofía, su hermana, su corazón no era
capaz de olvidar la traición.
Todo cambió la mañana en que recibió
una carta en la que le informaban que su querido padre, Don Manuel de Alarcón,
se encontraba al borde de la muerte. Recorrió las leguas que la separaban de la
ciudad lo más rápido que pudo. Las lágrimas se secaban sobre sus mejillas
congeladas, y a pesar que le nublaban la visión, se permitía liberarlas. Jamás
le había dado vergüenza llorar, gritar, reír. Su padre le había enseñado que
los sentimientos no se guardan. En cambio, si uno los almacena en el pecho, los
positivos dejan de ser tan lindos, por no compartirlos y los negativos, se
convierten en gangrena. “Y entonces, se te pudre el alma, hija.” Solía decir. Y
aunque lo había convertido en su estandarte, no siempre le funcionaba. Fueron
esas palabras las que oyó en su cabeza, aquella tarde frente a Sofía.
Aminoró el trote en la última
cuadra. Buscó relajarse y calmar su agitación, antes de enfrentarse a ella y a
sus recuerdos.
—Tranquila, Nerina. Tranquila. —Susurraba
mientras se desmontaba del caballo. Caminó despacio, guiando al alazán, hacia
el fondo de la propiedad.
—¡Mi niña!—Reconoció aquella voz. La
voz de la mujer que la había visto nacer y convertirse en mujer. La misma que
hubiese ido tras sus pasos, si su madre se lo hubiese permitido.
—Rosario. —Se abrazaron largo y
tendido. Lloraron ambas. — ¿Cómo está?
—Grave. Pero gracias a Dios, estás aquí.
¡Se alegrará tanto de verte!
—¿Y Sofía?
—En la misa de Santo Domingo.
Llegará pronto. Vamos. Aprovechemos que estamos solas. —Subieron las escaleras
en silencio. Atravesaron el pasillo y se detuvieron en la puerta de la
habitación de su padre.
—Vamos, Nerita. Hay que ser fuerte.
—Abrió la puerta y el aroma a romero las abrazó.
—¿Qué es eso?
—Puse a quemar un poco de romero. Me
dijeron en el mercado que…
—¿Nerina?—La voz de su padre, que
una vez había sido gruesa y fuerte, hoy se expresaba baja y con susurros.
—Soy yo, papá. —Se acercó y tomó su
mano. —Estás helado. Rosario, tráele una manta y prende el brasero, por favor. Hace
mucho frío aquí.
—Sí, claro. Enseguida vuelvo. —La
puerta se cerró y la habitación quedó en silencio. Solo se sentía la respiración
agitada del anciano que luchaba por enderezarse en la cama.
—¿La has visto?
—Aún no. —Respondió mientras le
acomodaba las almohadas.
—Hija, tienes que perdonarla. —Elevó
la mano y acarició su mejilla helada y enrojecida— Tienes que olvidar. Tú sabes
que para mí siempre…—tosió— siempre serás…
—Shhh. No hace falta que lo digas. Usted
y yo lo sabemos.
—Papá… Ya estoy aquí—la voz de Sofía
llegó a sus oídos lentamente. —¿A que no sabes a quien…?—Se detuvo cuando
reconoció la figura que le daba la espalda. —¿Qué hace ella aquí?
—Sofía, por favor.
—Vine a ver a mi padre. —Respondió
sin darse vuelta.
—Ja. ¿Tu padre?
—¡Basta! —Exclamó Rosario, quien
entraba con la manta. —No es el lugar, ni el momento. Ahora las dos, se me van
derechito a la cocina y las tres, vamos a tener una conversación como gente
adulta. ¡Vamos! Salgan de aquí y dejen descansar al pobre Manuel.
Nerina y Sofía deshicieron el camino
hasta la cocina sin decir una palabra y con las caras largas. Fue cuando se
acomodaron en la misma mesa que habían desayunado, almorzado y cenado de niñas,
que la tensión se hizo insoportable. Una de las dos, debía hablar. Nerina, con
su humor irónico, dejó fluir lo que tenía guardado desde hace años.
—Me contaron que se casó con María Clara
del Castillo, la hija del Regente General ¡Qué curioso! La vez que los descubrí
parecía que…
—Basta. Tú sí que no olvidas…
—¿Cómo me voy a olvidar de lo que mi
pequeña hermana estaba haciendo con mi prometido?
—Él no…
—Oh sí. Claro. Tienes razón. Para el
momento que pusiste tus garras sobre él, aún no era mi prometido. Sólo faltaban
unas pocas horas para anunciarlo, ¿no es cierto?
—No fue así. Créeme, Neri...
—Ya no tiene caso. No se quedó
contigo tampoco. ¿Qué pasó? ¿No le gustabas lo suficiente?
—Nerina de Alarcón. —tronó la voz de
Rosario en la pequeña cocina. —Ya basta con necedades. ¿Acaso no ven que su
padre está muriendo? Y ustedes, en lo único que piensan es sacarse los ojos. ¡Jesús!
¿Qué he hecho para merecer esto?
—Es ella, Nana. Ella no quiere
entender razones. —Sollozó Sofía que temblaba sobre la banqueta.
—No hay mucho para entender, Sofía. Tú
te besuqueaste con el prometido de tu hermana. ¿Sí o no?
—No fue así…
—¿No fue así? Tu hermana es una loca
que la lleva el demonio. Igualita a tu padre. Sí. Pero… ¿Qué piensas que harías
tú, si la encuentras con el señorito Juan Cruz? —No había reproche en su voz,
más bien ganas de solucionar las cosas y hacerla entender.
—No lo sé.—dudó.
—¿No lo sabes?
—Yo le pedí perdón, Nana. Ese mismo
día. Me arrodillé a sus pies, rogándole que me perdonase. Quería explicarle que
todo había sido un error. Que él…—las lagrimas iban cayendo una a una sobre su
regazo.
—Yo lo amaba, Sofía. Lo amaba.
—Pero él me amaba a mí, Nerina. A
mí.
—¿Qué dices?
—Lo que oyen. Tu querido prometido,
estaba enamorado de mí. El me buscó aquel día en la biblioteca. El me arrinconó
y me besó. Piensa. Recuerda. ¿Qué viste, Nerina?
—No puede ser. Tú… tú estás
inventándolo todo.
—Rosario… tu sí me crees, ¿verdad?
—¡Ay mi niña! —suspiró—No sé qué
pensar. Ustedes dos me van a volver loca.
—No la escuches. Miente. Miente para
que la perdone.
—No necesito que me creas.—Se enjugó
las lagrimas y se puso de pie— Ni tú tampoco—dirigiéndose a su Nana que la
observaba con un velo de pena y con la mirada brillosa—Ya no. Puedo vivir
tranquila con mi conciencia. —caminó hacia la puerta. — Nerina, dejaste de ser
mi hermana el día que no me quisiste escuchar. —exclamó y desapareció.
Rosario
lloraba a moco tendido y Nerina daba vueltas por la cocina con una taza de mate
cocido en la mano.
—No es cierto. No puede ser cierto.
—Niña, ¿Alguna vez… oíste su
versión?
—No. Nunca se lo permití.
—Pues debiste. Es tu hermana. Tal
vez…
Nerina
depositó la taza en la mesa y salió hacia la caballeriza. Ensilló su caballo y
salió.
—¿Dónde vas? ¿Vuelves al campo?—le
gritó Rosario desde la puerta.
—No. Enseguida regreso.
Volvió
al cabo de una hora, con los ojos hinchados y enrojecidos. Cayó de rodillas en
el umbral de la puerta de la cocina y sollozó en silencio.
—Niña. — Rosario se acercó despacio
y lentamente, la ayudó a incorporarse— ¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde has
estado? Háblame.
—Fui a su casa. Fui a verlo. Sofía…
—¿Qué? ¿a quién?
—Sofía no miente, Nana.
—Ay Dios bendito. —Exclamó, mirando
al cielo— Hombres. Hombres del demonio que solo traen problemas. Anda… Ve.
Corre y dile que lo sientes. Amígate con tu hermana que tanto te quiere.
—Ay Rosario. No va a ser tan fácil.
La humillé, la desterré de mi vida… No me perdonará jamás. La conozco. ¿Acaso
no oíste lo que me dijo?
—Al menos, inténtalo. Vamos. Está en
su recamara llorando. Puedo oírla desde aquí.
—No. No ahora. No me escuchará. Me
voy a mi habitación. Necesito pensar.
Manuel
de Alarcón falleció tres días después de la llegada de Nerina a Buenos Aires. Después
del cortejo y porque se lo prometió a su padre en su lecho de muerte, Sofía oyó
lo que su hermana tenía para decirle. Vio las lágrimas, y compartió su dolor. Cuando
hubo finalizado, ya laxa de tanto llorar, se acercó, tomó sus manos y susurró;
—Ahora soy yo quien necesita tiempo para olvidar. Para sanar. Siento tu dolor,
y acepto tus disculpas. Ese dolor que sientes, es el mismo que sentí yo, cuando
te marchaste. Cuando por castigarme a mí, nos abandonaste. No. No llores más. Quizás…
Quizás yo hubiese reaccionado de la misma manera. No lo sé. Pero hoy, mi corazón
necesita tiempo. ¿Entiendes?
—Sí, claro. Entiendo. Y sé que la
distancia y el tiempo, son los mejores amigos para sanar un corazón herido. Mañana
regreso a la estancia. Me quedaré allí unos días hasta cerrar algunos asuntos y
luego volveré. Volveré a la ciudad, para estar cerca de ti. Por que cuando tu
corazón decida perdonarme, aquí quiero estar. Bien cerquita. Para que puedas
mandarme a llamar y que volvamos a ser lo que éramos.
—Ya nunca seremos las mismas. Lo
sabes. Pero confío en que pasaremos este trago amargo.
—Ojalá.

Buena onda! Un cuento de epoca. Se nota tu predileccion x ese contexto. Bien x ti
ResponderEliminarOh si!! Cada tanto escribo un poco de esto. Es parte de mi! =)
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