jueves, 6 de octubre de 2016

La profecía



La noche anterior había soñado con serpientes. Serpientes que recorrían la casa, subían por los peldaños de la escalera e ingresaban a su habitación. Ella corría, las pateaba y se deshacía de ellas. Sin embargo cuando llegaba a la puerta de salida, se encontraba con una cobra gigante que la aguardaba para devorarla. Y ella volvía a correr por la casa y alcanzaba la puerta trasera, pero no era lo suficientemente rápida. La bicha ya la esperaba allí. No tenía escapatoria. Así, varias veces más, hasta que despertó.
                —¿Estás bien? —le preguntó su esposo.
                —Sí. Solo que tuve un sueño horrible. —Él le acarició la espalda y siguió durmiendo. Ella no se animó a cerrar los ojos en toda la noche.
El amanecer la encontró con el antebrazo acalambrado y la mirada ida. Su esposo la besó y se marchó al trabajo. Ella permaneció en la cama hasta que los rayos del sol se colaron por la cortina. Descalza y sin lavarse la cara, se dirigió al teléfono y marcó.
                —¿Hola?
                —Hola.
                —Soy yo.
                —Lo sé. ¿Qué pasó?
                —necesito verla.
                —No está en el país.
                —¿Cuándo vuelve?
                —En una semana.
                —Ya va a ser muy tarde. —colgó.
Se pasó el día en pijamas y con los cabellos revueltos. No comió nada y en cambio, bebió muchas tazas de café. Su esposo la encontró sentada en la hamaca del patio con un cigarrillo en la mano.
                —¡Ey! —apoyó el maletín sobre la grama y mientras se desarmaba el nudo de la corbata se acercaba a ella. —Volviste al vicio. —se sentó a su lado e intentó besarla. Ella solo acercó su mejilla para recibir el beso de su marido. Su mirada estaba desperdigada entre las rosas y los jazmines de su jardín. —¿Qué pasó? ¿Te sentís bien?
                —Necesito irme unos días, Juan. —exclamó sin mirarlo.
                —¿A dónde?
                —Voy a viajar a ver a la tía Sonia. Hoy me llamó Lucía. Me dijo que está muy mal.
                —No me habías dicho nada. ¿Está enferma?
                —Fue de repente. —se puso de pie, arrojó el cigarrillo y se metió dentro de la casa. Juan permaneció allí, tratando de descifrar el enigma que acaba de presenciar. Cuando entró a la habitación, el bolso ya estaba listo. El agua corriendo le decía que su mujer tomaba un baño.
Se quitó los zapatos y se sentó en la cama a esperar que saliera.
                —¿Qué pasa? Hay algo que no me estás diciendo. Te noto rara.
                —No pasa nada, Juan. Me preocupa lo de la tía. Vos sabes que es como mi mamá. Es lo mínimo que…
                —Sí, te entiendo. Pero… vayamos juntos, entonces. Yo aviso en la oficina y…
                —No. Voy sola.
                —Bueno. —respondió calmadamente aunque en sus adentros, le hervía la sangre.
                —No te enojes. Necesito ir sola.
                —Hacé lo que quieras. —se metió al baño y no salió ni siquiera cuando ella lo llamó para despedirse.
En el camino, mientras intentaba no dormirse con el movimiento del micro, volvió a llamar al mismo número desde su celular.
                —Estoy en camino.
                —Ya te dije que no está.
                —No me importa.
                —Sabes que yo no puedo hacer nada. Es ella la que…
                —Necesito que lo intentes al menos.
                —No va a funcionar.
                —Me tengo que arriesgar. —Un silencio en la línea, la invitaba a cortar. Sin embargo la respiración tajante seguía del otro lado. —Te veo en unas horas. ¿Siguen en el mismo lugar?
                —Sí.
La ruta se hacía interminable. El micro se detuvo en algunos pueblitos, donde bajaron y subieron pasajeros. Las estrellas la invitaban a dormir pero bien sabía ella que no debía. Que no podía.
Llegó al punto de encuentro a las seis de la mañana. Había viajado toda la noche y luchado con el sueño y el cansancio. Las rejas oscuras cedieron ante un simple empujón. Luego, la madera de la puerta crujió ante sus golpes secos y desesperados. Una voz de ultra tumba la invitó a pasar.
Dentro, la penumbra se extendía por cada recoveco de una casa venida abajo, vieja y mal oliente. No había muchos muebles y los pocos que encontraban sus pasos, deshechos por el paso del tiempo y el descuido. Un gato negro salió a su encuentro y ella permaneció rígida, expectante. Sabía lo que significaba. El animal se restregó en su pantalón y le otorgó el permiso para pasar.
Corrió una cortina ajada y sus ojos se chocaron con unos blancos que la observaban detenidamente. La mujer se encontraba en pleno transe. Sin hacer mucho ruido, la recién llegada se acomodó en una silla vacía. Unos segundos después, la mujer revoleó los ojos y volvió en sí.
                —No debiste haber venido.
                —Es la última oportunidad que tengo.
                —No. —Movió la cabeza negativamente. — Ya no te quedan más.
                —Seguro que algo se puede hacer.
                —Lo que pides, es un imposible. Por lo menos para mí.
                —No quiero morir así.
                —Cuando viene en tu búsqueda, no hay lugar donde puedas esconderte.
                —No dormiré jamás.
                —No podrás.
                —Lo intentaré al menos. —Se puso de pie bruscamente y la mano arrugada, helada, la tomó por la muñeca—¿Para qué lo trajiste? La ha despertado.
                —¿Qué? ¿a quién?
                —Hay alguien afuera y tiene tu olor. 
                —¡Juan! —Intentó zafarse de esa mano que la sostenía con fuerza.
                —Su destino también está escrito.
                —él no tiene nada que ver en esto. No sabe que…
                —No te preocupes. No lo sabrá nunca. —sonrió macabramente.
                —Ayúdalo.
                —Sabes que no puedo.
                —Haz algo.
                —Tú lo trajiste.
                —No. Él está fuera de todo esto. —luchaba para soltarse pero era en vano. Un golpe en la puerta y unos pasos apresurados, le dijeron que Juan ya estaba dentro de la casa. Ya no habría escapatoria. Intentó gritar. Intentó salvarlo.
                —¡Juan! —gritó con todas sus fuerzas. La mano la soltó y ella calló debido a la fuerza que hacía para liberarse. Su piel sintió el movimiento que se desarrollaba bajo su cuerpo. Dio un respingó cuando se dio cuenta de lo que se trataba: serpientes. En toda la habitación. Nada importaba ya, solo salvarlo. A él que nada tenía que ver con su pasado. Se levantó como pudo, pateándolas para todos lados. Atravesó la casa vacía y arremetió contra la puerta de entrada. La profecía era cierta, allí estaba la cobra, esperando a devorarla.


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