La noche anterior había soñado con serpientes. Serpientes que
recorrían la casa, subían por los peldaños de la escalera e ingresaban a su
habitación. Ella corría, las pateaba y se deshacía de ellas. Sin embargo cuando
llegaba a la puerta de salida, se encontraba con una cobra gigante que la
aguardaba para devorarla. Y ella volvía a correr por la casa y alcanzaba la
puerta trasera, pero no era lo suficientemente rápida. La bicha ya la esperaba
allí. No tenía escapatoria. Así, varias veces más, hasta que despertó.
—¿Estás bien? —le
preguntó su esposo.
—Sí. Solo que
tuve un sueño horrible. —Él le acarició la espalda y siguió durmiendo. Ella no se
animó a cerrar los ojos en toda la noche.
El amanecer la encontró con el antebrazo acalambrado y la mirada ida.
Su esposo la besó y se marchó al trabajo. Ella permaneció en la cama hasta que
los rayos del sol se colaron por la cortina. Descalza y sin lavarse la cara, se
dirigió al teléfono y marcó.
—¿Hola?
—Hola.
—Soy yo.
—Lo sé. ¿Qué
pasó?
—necesito verla.
—No está en el
país.
—¿Cuándo vuelve?
—En una semana.
—Ya va a ser muy
tarde. —colgó.
Se pasó el día en pijamas y con los cabellos revueltos. No comió nada
y en cambio, bebió muchas tazas de café. Su esposo la encontró sentada en la
hamaca del patio con un cigarrillo en la mano.
—¡Ey! —apoyó el
maletín sobre la grama y mientras se desarmaba el nudo de la corbata se
acercaba a ella. —Volviste al vicio. —se sentó a su lado e intentó besarla.
Ella solo acercó su mejilla para recibir el beso de su marido. Su mirada estaba
desperdigada entre las rosas y los jazmines de su jardín. —¿Qué pasó? ¿Te
sentís bien?
—Necesito irme
unos días, Juan. —exclamó sin mirarlo.
—¿A dónde?
—Voy a viajar a
ver a la tía Sonia. Hoy me llamó Lucía. Me dijo que está muy mal.
—No me habías
dicho nada. ¿Está enferma?
—Fue de repente.
—se puso de pie, arrojó el cigarrillo y se metió dentro de la casa. Juan
permaneció allí, tratando de descifrar el enigma que acaba de presenciar.
Cuando entró a la habitación, el bolso ya estaba listo. El agua corriendo le
decía que su mujer tomaba un baño.
Se quitó los zapatos y se sentó en la cama a esperar que saliera.
—¿Qué pasa? Hay
algo que no me estás diciendo. Te noto rara.
—No pasa nada,
Juan. Me preocupa lo de la tía. Vos sabes que es como mi mamá. Es lo mínimo
que…
—Sí, te entiendo.
Pero… vayamos juntos, entonces. Yo aviso en la oficina y…
—No. Voy sola.
—Bueno.
—respondió calmadamente aunque en sus adentros, le hervía la sangre.
—No te enojes. Necesito ir sola.
—Hacé lo que
quieras. —se metió al baño y no salió ni siquiera cuando ella lo llamó para
despedirse.
En el camino, mientras intentaba no dormirse con el movimiento del
micro, volvió a llamar al mismo número desde su celular.
—Estoy en camino.
—Ya te dije que
no está.
—No me importa.
—Sabes que yo no
puedo hacer nada. Es ella la que…
—Necesito que lo
intentes al menos.
—No va a
funcionar.
—Me tengo que
arriesgar. —Un silencio en la línea, la invitaba a cortar. Sin embargo la
respiración tajante seguía del otro lado. —Te veo en unas horas. ¿Siguen en el
mismo lugar?
—Sí.
La ruta se hacía interminable. El micro se detuvo en algunos
pueblitos, donde bajaron y subieron pasajeros. Las estrellas la invitaban a
dormir pero bien sabía ella que no debía. Que no podía.
Llegó al punto de encuentro a las seis de la mañana. Había viajado
toda la noche y luchado con el sueño y el cansancio. Las rejas oscuras cedieron
ante un simple empujón. Luego, la madera de la puerta crujió ante sus golpes secos
y desesperados. Una voz de ultra tumba la invitó a pasar.
Dentro, la penumbra se extendía por cada recoveco de una casa venida
abajo, vieja y mal oliente. No había muchos muebles y los pocos que encontraban
sus pasos, deshechos por el paso del tiempo y el descuido. Un gato negro salió
a su encuentro y ella permaneció rígida, expectante. Sabía lo que significaba. El
animal se restregó en su pantalón y le otorgó el permiso para pasar.
Corrió una cortina ajada y sus ojos se chocaron con unos blancos que
la observaban detenidamente. La mujer se encontraba en pleno transe. Sin hacer
mucho ruido, la recién llegada se acomodó en una silla vacía. Unos segundos
después, la mujer revoleó los ojos y volvió en sí.
—No debiste haber
venido.
—Es la última
oportunidad que tengo.
—No. —Movió la
cabeza negativamente. — Ya no te quedan más.
—Seguro que algo
se puede hacer.
—Lo que pides, es
un imposible. Por lo menos para mí.
—No quiero morir
así.
—Cuando viene en
tu búsqueda, no hay lugar donde puedas esconderte.
—No dormiré
jamás.
—No podrás.
—Lo intentaré al
menos. —Se puso de pie bruscamente y la mano arrugada, helada, la tomó por la
muñeca—¿Para qué lo trajiste? La ha despertado.
—¿Qué? ¿a quién?
—Hay alguien
afuera y tiene tu olor.
—¡Juan! —Intentó
zafarse de esa mano que la sostenía con fuerza.
—Su destino
también está escrito.
—él no tiene nada
que ver en esto. No sabe que…
—No te preocupes.
No lo sabrá nunca. —sonrió macabramente.
—Ayúdalo.
—Sabes que no
puedo.
—Haz algo.
—Tú lo trajiste.
—No. Él está
fuera de todo esto. —luchaba para soltarse pero era en vano. Un golpe en la
puerta y unos pasos apresurados, le dijeron que Juan ya estaba dentro de la
casa. Ya no habría escapatoria. Intentó gritar. Intentó salvarlo.
—¡Juan! —gritó
con todas sus fuerzas. La mano la soltó y ella calló debido a la fuerza que
hacía para liberarse. Su piel sintió el movimiento que se desarrollaba bajo su
cuerpo. Dio un respingó cuando se dio cuenta de lo que se trataba: serpientes.
En toda la habitación. Nada importaba ya, solo salvarlo. A él que nada tenía
que ver con su pasado. Se levantó como pudo, pateándolas para todos lados.
Atravesó la casa vacía y arremetió contra la puerta de entrada. La profecía era
cierta, allí estaba la cobra, esperando a devorarla.
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