viernes, 14 de octubre de 2016

La última cena



Los Pérez Gatón, los Fernández y los Gutiérrez se juntan hoy a cenar. Después de tantas vueltas e idas y venidas, las tres familias confirmaron asistencia. Son amigos hace ya unos cuantos años. Sus hijos comparten el año escolar, los hombres el futbol y las mujeres, zumba. Por lo general, la pasan bien y colman el ambiente de divertidos y graciosos comentarios. Dos de las tres familias gozan de una buena posición económica y el futuro no les quita el sueño. En cambio, los Gutiérrez están atravesando una situación muy complicada. Una situación que se convirtió en un secreto a voces, del que nadie habla en su presencia, pero que todos comentan.
                —¡Hola Mari!—Natalia Gatón, la dueña de casa, la recibió con los brazos abiertos y le ofreció un abrazo largo e inesperado. Mariela le devolvió el gesto y sonrió apenas. Luciano ya se había encaminado a la parrilla, junto a los otros dos hombres que balanceaban sus copas de vino fino.  Juampi, por su parte, se había acomodado en el sillón a esperar su turno en la Play—¿Cómo estás?
                —Bien, bien. ¿Y ustedes? —Se acercó a la mesada y saludó a Carla.
                —Bien. Todo bien. ¡Qué bueno que pudieron venir! ¿Hacía cuánto que no nos juntábamos? —preguntó Natalia a la vez que recibía el helado que habían traído los recién llegados.  
                —La última vez fue para el cumple de Jose. —comentó la otra mujer, Carla.  
                —¿Tanto? —preguntó la anfitriona.
                —Puf. Pasa rápido el tiempo. —agregó Mariela, acomodándose en una de las sillas de la barra. —Y…¿Ustedes? ¿Cómo están?
                —Bien, Mari. Por suerte. Por lo menos yo, no tengo ninguna novedad. —y miró a Carla de reojo— ¿Vos, Car?
                —No.
                —¿No? —Abrió grande los ojos. —¿Acaso no le vas a contar a Mari…
                —Ah. Eso. Es una pavada. —dijo mientras doblaba en perfectas partes el repasador.—Nos vamos a Cuba el domingo. Guillermo se ganó un premio importantísimo y bueno…
                —¡Qué bueno, Car! Me alegro mucho.
                —¿Queres algo para tomar, Mari?
                —Agua estaría bien.
El silencio en la cocina duró más de lo esperado y la incomodidad dejaba huellas en cada segundo que pasaba. Los gritos de los más chiquitos les arrancaban algún comentario superficial pero luego, volvían al mismo punto.
                —Chicas…—Guillermo entró a la cocina y aunque le llamó la atención la tranquilidad y la ausencia de “cotorrerío”, no dijo nada. —Hola, Mari. ¿Cómo estás? —se acercó y le dio un beso en la mejilla.
                —Bien, Guille. Felicitaciones por el premio. Carla me acaba de contar. ¡Qué orgullo!—Por fin sonrió sinceramente.
                —Gracias, gracias. La verdad, no me lo esperaba. Che… me estaba contando Luciano lo de la denuncia. ¡Qué garrón! Lo que necesiten, ya saben. Me avisan y vemos si podemos hacer algún quilombo. Lo que sea. Cuenten conmigo.
                —Gracias, Guille. Sí… la verdad. Terrible.
                —Gorda… ¿Me pasas la sal? —Carla le alcanzó el pedido y el hombre abandonó la cocina sin decir más.
                —Mari… ¿Por qué no nos contaste? —inquirió Natalia de mala manera.
                —Eso. Nos enteramos por terceros. Somos amigos. ¿o no? —agregó Carla.
                —Perdón, chicas. La verdad, tengo la cabeza en cualquier lado.
                —Me imagino. Pero… vamos. Nos podrías haber dicho aunque sea por mensaje. —comentó Carla mientras se servía una copa de vino.
                —Además… tanto cuidarte…Y todo el mundo lo sabe. —exclamó Natalia. 
                —Ya lo creo. —Mariela suspiró y se acomodó el pelo —El colegio es un nido de chismes.
                —Sea lo que sea. Están en la boca de todos. —Volvió a hablar Natalia.
                —¿Y a Juampi que le dijeron? —quiso saber Carla al tiempo que le ofrecía algo de vino.
                —No, gracias. —al vino—La verdad. Él sabe muy bien qué clase de papás tiene.
                —Sí, claro. Pero bueno… Siendo que lo que se comenta es…
                —Sí. Carla tiene razón. Tal vez deberían cambiarlo de escuela.
                —¿por? —Preguntó Mariela indignada.
                —Para que no lo carguen. —aclaró Carla.
                —Me importa un carajo lo que digan los demás. No lo voy a cambiar de escuela. Por lo menos, no por esto. Con suerte, para el año que viene esta todo solucionado.
                —Ojalá. —La dueña de casa se acercó a ella y apoyó sus manos sobre las de Mariela que descansaban en su regazo. —Mari…Si ves que no llegan a fin de mes…no dudes en avisarme. Con Carly no tenemos ningún problema en darles una mano. Lo sabes. —Las manos de Natalia sobre las de ella parecían quemarle la piel.
                —No hace falta. Gracias. —Mariela se puso de pie y abandonó la cocina. Caminó derechito a la parilla donde, al contrario que en la cocina, todo era risas y diversión. — ¡Luciano!
                —¿Qué pasó?
                —No me siento bien. Me voy a casa.
                —No, negra. Nos va a hacer bien salir un poco. ¡Dale! Hace el esfuerzo. Juampi también necesita estar con sus amigos, divertirse. Y yo. Yo necesito hablar con otras personas…—Mariela balanceaba la cabeza. —Dale. Habíamos quedado en eso.
                —Bueno, está bien. Pero conste que me quedo por ustedes dos.
                —¿Por qué te queres ir? —la abrazó y la guió a través del extenso jardín. —¿Pasó algo allá adentro? —preguntó cuando por fin se alejaron de los demás.
                —No. No pasó nada. Es que siento que es la primera vez que veo qué clase de amigos tenemos. Como que abrí los ojos. ¿entendes? Tal vez vos no lo veas… porque Carly y Guille son buenas personas. Pero…
                —Sí. Ya me imagino a qué o, más bien, a quienes te referís. No les des bola. Un par de horas y nos vamos.
Mariela pasó por el baño antes de volver a la cocina. Necesitaba refrescarse un poco. Una vez que practicó varias veces su sonrisa, regresó. Antes de alcanzar la cocina pudo escucharlas discutir. Decidió permanecer junto a la puerta antes de entrar.
                —Es verdad. TODO es verdad. No sé cómo Carly los invitó.
                —No seas así. Yo no creo que sea verdad. Es demasiado. Y jamás los vi en nada raro. Guille los adora y él con la gente no se equivoca.
                —Yo no quiero que Tomás siga con esa clase de compañeros. Voy a ir a hablar al colegio.
                —Estás exagerando. Además, el nene no tiene la culpa. Ya sea verdad o no… Juan Pablo es divino. Tanto Tomás como Lauti lo quieren mucho.
                —Bueno, sí. Pero que por lo menos lo tengan en cuenta.
                —No es para tanto, Nati. Baja un cambio.
                —Sí, claro. Para vos es fácil. Ustedes se la pasan viajando de acá para allá, no van a buscar a los chicos a la puerta… Nada. No ven ni escuchan nada. Yo los invito a que se acerquen un día. Vas a ver como cambiarías de opinión enseguida. Enseguida.
                —No sé. No creo. Pero bueno… ya. Dejemos de hablar porque en cualquier momento vuelve.
                —Si no fuera por Tomás y Carly, sabes cómo corto relación. No se puede ser amigo de esta clase de gente.
                —¿a qué te referís con “esta clase de gente”?
                —A los piojos resucitados, Carla. ¿Quién más? A estos pobretones que la pegan y se las dan de clase alta. Por favor.
Mariela contaba hasta mil desde la otra habitación. ¿Qué pensaba hacer? ¿Dejarse basurear por la señora de la casa? ¿Aguantársela para que Luciano y Juampi tengan una cena en paz? Su mente carburaba mil hipótesis. De pronto, como si le hubiesen quitado el velo de los ojos, vio todo con más claridad. Recordó momentos, comentarios. Recordó gestos y expresiones. Ella sabía muy bien qué hacer.
                —Juampi…—gritó. —Avísale a tu papá que nos vamos.


1 comentario:

  1. Polémico. Un evidente cruce entre gente que se relaciona, a veces, por obligación. La desigualdad, más aun la económica, siempre genera distancia, sacando a la luz lo peor de nosotros por momentos. Tu cuento lo ilustra a la perfección, es bárbaro.

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