Los Pérez
Gatón, los Fernández y los Gutiérrez se juntan hoy a cenar. Después de tantas
vueltas e idas y venidas, las tres familias confirmaron asistencia. Son amigos
hace ya unos cuantos años. Sus hijos comparten el año escolar, los hombres el
futbol y las mujeres, zumba. Por lo general, la pasan bien y colman el ambiente
de divertidos y graciosos comentarios. Dos de las tres familias gozan de una
buena posición económica y el futuro no les quita el sueño. En cambio, los
Gutiérrez están atravesando una situación muy complicada. Una situación que se
convirtió en un secreto a voces, del que nadie habla en su presencia, pero que
todos comentan.
—¡Hola Mari!—Natalia Gatón, la
dueña de casa, la recibió con los brazos abiertos y le ofreció un abrazo largo
e inesperado. Mariela le devolvió el gesto y sonrió apenas. Luciano ya se había
encaminado a la parrilla, junto a los otros dos hombres que balanceaban sus
copas de vino fino. Juampi, por su
parte, se había acomodado en el sillón a esperar su turno en la Play—¿Cómo estás?
—Bien, bien. ¿Y ustedes? —Se
acercó a la mesada y saludó a Carla.
—Bien. Todo bien. ¡Qué bueno que
pudieron venir! ¿Hacía cuánto que no nos juntábamos? —preguntó Natalia a la vez
que recibía el helado que habían traído los recién llegados.
—La última vez fue para el
cumple de Jose. —comentó la otra mujer, Carla.
—¿Tanto? —preguntó la
anfitriona.
—Puf. Pasa rápido el tiempo. —agregó
Mariela, acomodándose en una de las sillas de la barra. —Y…¿Ustedes? ¿Cómo
están?
—Bien, Mari. Por suerte. Por lo
menos yo, no tengo ninguna novedad. —y miró a Carla de reojo— ¿Vos, Car?
—No.
—¿No? —Abrió grande los ojos.
—¿Acaso no le vas a contar a Mari…
—Ah. Eso. Es una pavada. —dijo
mientras doblaba en perfectas partes el repasador.—Nos vamos a Cuba el domingo.
Guillermo se ganó un premio importantísimo y bueno…
—¡Qué bueno, Car! Me alegro
mucho.
—¿Queres algo para tomar, Mari?
—Agua estaría bien.
El silencio
en la cocina duró más de lo esperado y la incomodidad dejaba huellas en cada
segundo que pasaba. Los gritos de los más chiquitos les arrancaban algún
comentario superficial pero luego, volvían al mismo punto.
—Chicas…—Guillermo entró a la
cocina y aunque le llamó la atención la tranquilidad y la ausencia de
“cotorrerío”, no dijo nada. —Hola, Mari. ¿Cómo estás? —se acercó y le dio un
beso en la mejilla.
—Bien, Guille. Felicitaciones
por el premio. Carla me acaba de contar. ¡Qué orgullo!—Por fin sonrió
sinceramente.
—Gracias, gracias. La verdad, no
me lo esperaba. Che… me estaba contando Luciano lo de la denuncia. ¡Qué garrón!
Lo que necesiten, ya saben. Me avisan y vemos si podemos hacer algún quilombo.
Lo que sea. Cuenten conmigo.
—Gracias, Guille. Sí… la verdad.
Terrible.
—Gorda… ¿Me pasas la sal? —Carla
le alcanzó el pedido y el hombre abandonó la cocina sin decir más.
—Mari… ¿Por qué no nos contaste?
—inquirió Natalia de mala manera.
—Eso. Nos enteramos por
terceros. Somos amigos. ¿o no? —agregó Carla.
—Perdón, chicas. La verdad,
tengo la cabeza en cualquier lado.
—Me imagino. Pero… vamos. Nos
podrías haber dicho aunque sea por mensaje. —comentó Carla mientras se servía
una copa de vino.
—Además… tanto cuidarte…Y todo
el mundo lo sabe. —exclamó Natalia.
—Ya lo creo. —Mariela suspiró y
se acomodó el pelo —El colegio es un nido de chismes.
—Sea lo que sea. Están en la
boca de todos. —Volvió a hablar Natalia.
—¿Y a Juampi que le dijeron? —quiso
saber Carla al tiempo que le ofrecía algo de vino.
—No, gracias. —al vino—La
verdad. Él sabe muy bien qué clase de papás tiene.
—Sí, claro. Pero bueno… Siendo
que lo que se comenta es…
—Sí. Carla tiene razón. Tal vez
deberían cambiarlo de escuela.
—¿por? —Preguntó Mariela
indignada.
—Para que no lo carguen. —aclaró
Carla.
—Me importa un carajo lo que
digan los demás. No lo voy a cambiar de escuela. Por lo menos, no por esto. Con
suerte, para el año que viene esta todo solucionado.
—Ojalá. —La dueña de casa se
acercó a ella y apoyó sus manos sobre las de Mariela que descansaban en su
regazo. —Mari…Si ves que no llegan a fin de mes…no dudes en avisarme. Con Carly
no tenemos ningún problema en darles una mano. Lo sabes. —Las manos de Natalia
sobre las de ella parecían quemarle la piel.
—No hace falta. Gracias.
—Mariela se puso de pie y abandonó la cocina. Caminó derechito a la parilla
donde, al contrario que en la cocina, todo era risas y diversión. — ¡Luciano!
—¿Qué pasó?
—No me siento bien. Me voy a
casa.
—No, negra. Nos va a hacer bien
salir un poco. ¡Dale! Hace el esfuerzo. Juampi también necesita estar con sus
amigos, divertirse. Y yo. Yo necesito hablar con otras personas…—Mariela
balanceaba la cabeza. —Dale. Habíamos quedado en eso.
—Bueno, está bien. Pero conste que
me quedo por ustedes dos.
—¿Por qué te queres ir? —la
abrazó y la guió a través del extenso jardín. —¿Pasó algo allá adentro? —preguntó
cuando por fin se alejaron de los demás.
—No. No pasó nada. Es que siento
que es la primera vez que veo qué clase de amigos tenemos. Como que abrí los
ojos. ¿entendes? Tal vez vos no lo veas… porque Carly y Guille son buenas
personas. Pero…
—Sí. Ya me imagino a qué o, más
bien, a quienes te referís. No les des bola. Un par de horas y nos vamos.
Mariela pasó
por el baño antes de volver a la cocina. Necesitaba refrescarse un poco. Una
vez que practicó varias veces su sonrisa, regresó. Antes de alcanzar la cocina
pudo escucharlas discutir. Decidió permanecer junto a la puerta antes de
entrar.
—Es verdad. TODO es verdad. No
sé cómo Carly los invitó.
—No seas así. Yo no creo que sea
verdad. Es demasiado. Y jamás los vi en nada raro. Guille los adora y él con la
gente no se equivoca.
—Yo no quiero que Tomás siga con
esa clase de compañeros. Voy a ir a hablar al colegio.
—Estás exagerando. Además, el
nene no tiene la culpa. Ya sea verdad o no… Juan Pablo es divino. Tanto Tomás
como Lauti lo quieren mucho.
—Bueno, sí. Pero que por lo
menos lo tengan en cuenta.
—No es para tanto, Nati. Baja un
cambio.
—Sí, claro. Para vos es fácil. Ustedes
se la pasan viajando de acá para allá, no van a buscar a los chicos a la
puerta… Nada. No ven ni escuchan nada. Yo los invito a que se acerquen un día.
Vas a ver como cambiarías de opinión enseguida. Enseguida.
—No sé. No creo. Pero bueno… ya.
Dejemos de hablar porque en cualquier momento vuelve.
—Si no fuera por Tomás y Carly,
sabes cómo corto relación. No se puede ser amigo de esta clase de gente.
—¿a qué te referís con “esta
clase de gente”?
—A los piojos resucitados, Carla.
¿Quién más? A estos pobretones que la pegan y se las dan de clase alta. Por
favor.
Mariela
contaba hasta mil desde la otra habitación. ¿Qué pensaba hacer? ¿Dejarse
basurear por la señora de la casa? ¿Aguantársela para que Luciano y Juampi
tengan una cena en paz? Su mente carburaba mil hipótesis. De pronto, como si le
hubiesen quitado el velo de los ojos, vio todo con más claridad. Recordó
momentos, comentarios. Recordó gestos y expresiones. Ella sabía muy bien qué
hacer.
—Juampi…—gritó. —Avísale a tu
papá que nos vamos.
Polémico. Un evidente cruce entre gente que se relaciona, a veces, por obligación. La desigualdad, más aun la económica, siempre genera distancia, sacando a la luz lo peor de nosotros por momentos. Tu cuento lo ilustra a la perfección, es bárbaro.
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