—Hábleme de
ella, señor Rojas.
—Cada tanto
la recuerdo. La recuerdo cuando preparo el café a la mañana o cuando me lavo
los dientes. Las flores del jardín también me la recuerdan. Bueno… últimamente,
todo me la recuerda.
Al
principio, no me importó. La abandoné, me marché y seguí con mi vida. Con el
paso de los años, su recuerdo se hizo cada vez más presente. Usted sabe, a
medida que el tiempo pasa, las cosas y las situaciones…los detalles, se vuelven
borrosos. A mí me paso al revés. Hoy, seis años después de nuestra despedida,
puedo decirle donde estaba ubicada la única cana que tenía en su cabello
castaño.
—¿la
extraña?
—No sé si
extrañarla es la palabra. Más bien la añoro. Usted sabe que dos años después de
mi partida, comencé a soñarla. Las primeras veces fueron experiencias
devastadoras. Creí que algo malo podría pasarle. Su llanto me visitaba por las
noches y aunque trataba de consolarla, terminábamos despidiéndonos. Una y otra
vez. Fue horrible. Y más horrible era ver
la cara de mi mujer cuando despertaba con su nombre en la boca.
—Interesante.
—Y los años
siguieron pasando, los sueños siguieron ahí. En algunos me regalaba una sonrisa
amplia y su aroma inundaba mi cama ya vacía, y en otras sus ojos de diablo me
perseguían. Ahora que lo pienso, quizás fueron los sueños los que no me
permitieron olvidarla. Los que la mantuvieron allí, prendida a mí. ¿No cree,
doctor?
—¿volvería a
ella?
—No lo creo.
Creo que no funcionaría. Han pasado muchas cosas en nuestras vidas. Mi hermana
me contó que se casó y que tiene un hijo. La vio una tarde en la plaza del
barrio, jugando con el niño y su marido. ¿Ve? Es más complicado de lo que creía.
Ojalá tuviese el valor de volver a caminar nuestra vereda y visitar nuestros
lugares. Ojalá pudiese verla a la cara y desearle la mejor de las felicidades.
Ojalá. Pero no.
—¿Es que
acaso no le desea el bien?
—Sí… y no.
Es complicado.
—Ya veo.
—Aquí me
quedo. En mi cuarto vacío, solitario y apagado. Lejos de mi país, de mis cosas
y de ella. Aquí estoy cómodo. Triste, tal vez, pero cómodo.
— ¿aún la
ama?
— Bueno. No
sé cómo interpretaría usted mis sueños repetitivos con ella. O mis
palpitaciones al verla reflejada en mi inconsciente. Lo dejo a su criterio,
doctor. Usted es el profesional.
—¿Nunca
pensó en relacionarse con alguien más?
—Verá….Intenté
enamorarme de otras personas. Si hasta me casé. Obviamente, no fui feliz e hice
miserable a la que decidió acompañarme. Desde que destrocé el corazón de esa
pobre infeliz, no me he dejado amedrentar por las pasiones o por las
necesidades. Me mantengo firme en mi trabajo y en mis obligaciones. Son lo
único que me aleja de los pensamientos reiterados que tengo.
—¿Cuáles?
—Tomarme un
avión y marcharme más lejos aún. No es la solución, lo sé. Usted lo sabe
también. Aunque me marche a la luna, ella seguirá invadiendo cada neurona de mi
cerebro. Se pondrá el traje de astronauta y me atormentará a través de las
constelaciones. No lo dudo. Ella no está en Argentina, ella está aquí... En mi
cabeza, en mi corazón, en mi corriente sanguíneo. No hace falta que lo
desmienta. La quise, la quiero y la querré. No hace falta que le diga que
espero que llegue la noche porque sé que ahí, me estará esperando.
—¿Por qué la
dejó, entonces?
—Por idiota, doctor. Pero esa es otra historia.
—Bien, señor
Rojas. Terminamos por hoy.
—Hasta la
semana que viene, entonces.
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