viernes, 7 de octubre de 2016

Un idiota soñador

—Hábleme de ella, señor Rojas.
—Cada tanto la recuerdo. La recuerdo cuando preparo el café a la mañana o cuando me lavo los dientes. Las flores del jardín también me la recuerdan. Bueno… últimamente, todo me la recuerda.
Al principio, no me importó. La abandoné, me marché y seguí con mi vida. Con el paso de los años, su recuerdo se hizo cada vez más presente. Usted sabe, a medida que el tiempo pasa, las cosas y las situaciones…los detalles, se vuelven borrosos. A mí me paso al revés. Hoy, seis años después de nuestra despedida, puedo decirle donde estaba ubicada la única cana que tenía en su cabello castaño.
—¿la extraña?
—No sé si extrañarla es la palabra. Más bien la añoro. Usted sabe que dos años después de mi partida, comencé a soñarla. Las primeras veces fueron experiencias devastadoras. Creí que algo malo podría pasarle. Su llanto me visitaba por las noches y aunque trataba de consolarla, terminábamos despidiéndonos. Una y otra vez.  Fue horrible. Y más horrible era ver la cara de mi mujer cuando despertaba con su nombre en la boca.
—Interesante.
—Y los años siguieron pasando, los sueños siguieron ahí. En algunos me regalaba una sonrisa amplia y su aroma inundaba mi cama ya vacía, y en otras sus ojos de diablo me perseguían. Ahora que lo pienso, quizás fueron los sueños los que no me permitieron olvidarla. Los que la mantuvieron allí, prendida a mí. ¿No cree, doctor?
—¿volvería a ella?
—No lo creo. Creo que no funcionaría. Han pasado muchas cosas en nuestras vidas. Mi hermana me contó que se casó y que tiene un hijo. La vio una tarde en la plaza del barrio, jugando con el niño y su marido. ¿Ve? Es más complicado de lo que creía. Ojalá tuviese el valor de volver a caminar nuestra vereda y visitar nuestros lugares. Ojalá pudiese verla a la cara y desearle la mejor de las felicidades. Ojalá. Pero no.
—¿Es que acaso no le desea el bien?
—Sí… y no. Es complicado.
—Ya veo.
—Aquí me quedo. En mi cuarto vacío, solitario y apagado. Lejos de mi país, de mis cosas y de ella. Aquí estoy cómodo. Triste, tal vez, pero cómodo.
— ¿aún la ama?
— Bueno. No sé cómo interpretaría usted mis sueños repetitivos con ella. O mis palpitaciones al verla reflejada en mi inconsciente. Lo dejo a su criterio, doctor. Usted es el profesional.  
—¿Nunca pensó en relacionarse con alguien más?
—Verá….Intenté enamorarme de otras personas. Si hasta me casé. Obviamente, no fui feliz e hice miserable a la que decidió acompañarme. Desde que destrocé el corazón de esa pobre infeliz, no me he dejado amedrentar por las pasiones o por las necesidades. Me mantengo firme en mi trabajo y en mis obligaciones. Son lo único que me aleja de los pensamientos reiterados que tengo.
—¿Cuáles?
—Tomarme un avión y marcharme más lejos aún. No es la solución, lo sé. Usted lo sabe también. Aunque me marche a la luna, ella seguirá invadiendo cada neurona de mi cerebro. Se pondrá el traje de astronauta y me atormentará a través de las constelaciones. No lo dudo. Ella no está en Argentina, ella está aquí... En mi cabeza, en mi corazón, en mi corriente sanguíneo. No hace falta que lo desmienta. La quise, la quiero y la querré. No hace falta que le diga que espero que llegue la noche porque sé que ahí, me estará esperando.
—¿Por qué la dejó, entonces?
—Por idiota, doctor. Pero esa es otra historia.
—Bien, señor Rojas. Terminamos por hoy.
—Hasta la semana que viene, entonces. 

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