martes, 25 de octubre de 2016

Más allá del mar



Mariano se recostó bajo la sombrilla para alejarse del sol recalcitrante del medio día. María del Carmen, más allá, leía una novela romántica con los lentes puestos para evitar que el reflejo la molestara. Llevaba un sombrero de ala ancha que protegía su cara, lo único que no deseaba tostar.
Sonrió y volvió su vista hacia el azul del mar. Las olas lo llevaron hasta el horizonte. El horizonte lo condujo hasta las costas europeas. Y luego, los caminos que desembocan al mar, lo guiaron tierra adentro. Su cuerpo descansaba en Buzios, pero su mente y su corazón corrían atravesando ríos, praderas y montañas para llegar a ella.

Quince días atrás
—Mariano, teléfono. —la voz de Delia, su empleada, recorrió la casa, llegó al estudio y le acarició los oídos.
—¿Quién es? —preguntó cuando la vio entrar con el aparato en la mano.
—Sofía.
—¿Y le dijiste que yo estaba?
—No le voy a mentir. Yo no miento. —extendió el brazo y le alcanzo el teléfono de mala manera.  No se movió de su lugar, pese al movimiento de manos de su jefe.
—¿Hola?
—Soy yo.
—Ya sé. ¿Pasó algo? ¿Qué querés?
—Verte.
—No.
—¿por qué? Necesito que hablemos. La ultima vez…
—¿de qué?
—De nada y de todo.
—No. Estoy muy ocupado. Te dejo. Tengo cosas que hacer.
—No me vas a cortar, Mariano.
—¿Qué?
—Nada. ¿Sabes qué? Laurita, mi nieta, te quiere conocer. Le hablé tanto de vos que…
—No deberías. No sé porque seguís empeñada en meterme en tu vida. No lo entiendo.
—Vos fuiste, sos y serás parte de mi vida. Siempre. Y yo de la tuya. ¿Ves? ¿Ves todo lo que tenemos que hablar? Viajo a Buenos Aires en una semana. Espero que…—el vacio de la línea le indicó que del otro lado, habían cortado.
—¿Qué quería? —quiso saber la mujer que aún seguía parada al pie del escritorio.
—Nada.  Viene a Buenos Aires en una semana.
—¿Otra vez? ¡Dios nos libre y nos guarde!   
Faltaban dos días para la llegada de Sofía y él se mostraba como si nada pasara. María del Carmen parecía no sospechar de la tormenta que se acercaba desde el viejo continente. El horizonte se presentaba caprichoso y encapotado. Nada bueno pasaría si decidía verla una vez más. Sabía que a pesar de los años, ella seguía avivando el fuego en sus entrañas, como lo había hecho desde el primer día. Sabía que el mismo fuego que le había calentado la entrepierna, lo metía en problemas. Y él como un iluso, siempre cedía y caía en su red. Una y otra vez.
—Mariano, estás muy callado. ¿Qué pasa? —quiso saber su mujer.
—Estuve pensando… ¿Qué te parece si nos vamos unos días a Brasil? A Buzios. Hace muchos años que no vamos y…
—Es una idea magnifica. Pero…—detuvo las agujas del crochet.
—¿Qué?
—Nada. No importa.
—No. Decime. No tenés muchas ganas. ¿Es eso?
—No. La verdad que no.
—¿Por? ¿Es por Matias?
—Mira, Mariano. Nos conocemos hace muchísimos años. Desde que vos…
—No hace falta que lo digas.
—Bueno. Hace mucho. Vivimos tantas cosas. Tenemos dos hijos hermosos, y un nieto en camino. Te veo dormir cada noche. Te veo comer,  trabajar. Todo.
—¿A qué vas con esta reflexión?
—Voy a que, todo esto —levantó su dedo y lo señaló, haciendo un círculo abarcándolo completamente—tiene nombre y apellido.
—No sé de qué me hablás. ¿Vamos, o no?
—No me tomes por idiota. ¿Cuándo llega? —se puso de pie dejando caer las agujas al piso.
—¿Quién?
—¡Ay Mariano! Tantos años… y todavía no te das cuenta que sos como un cristal. Trasparente. Desde el primer día.
—Quiero irme. No quiero estar acá cuando llegue.
—¿por qué? ¿A que le tenes miedo?
—No me hace bien verla.
—Y a mí no me hace bien ver cómo te pones cuando ella anda cerca. Pero tampoco quiero que me uses. Ya estoy cansada, Mariano. Siempre es igual. A ella se le ocurre aparecer, y pone nuestro mundo patas para arriba.
—No me trates así. Sabes que te quiero, que no te abandonaría nunca. Jamás.—le dio la espalda para que no viera a través de sus ojos empañados.
—Ay Mariano…—ella se acercó, apoyó la mejilla humedecida sobre su espalda encorvada —Me abandonaste mucho antes de conocerme.
—No, María. Me abandoné a mí mismo, cuando la conocí.

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