Mariano
se recostó bajo la sombrilla para alejarse del sol recalcitrante del medio día.
María del Carmen, más allá, leía una novela romántica con los lentes puestos para
evitar que el reflejo la molestara. Llevaba un sombrero de ala ancha que
protegía su cara, lo único que no deseaba tostar.
Sonrió
y volvió su vista hacia el azul del mar. Las olas lo llevaron hasta el
horizonte. El horizonte lo condujo hasta las costas europeas. Y luego, los
caminos que desembocan al mar, lo guiaron tierra adentro. Su cuerpo descansaba
en Buzios, pero su mente y su corazón corrían atravesando ríos, praderas y
montañas para llegar a ella.
Quince días atrás
—Mariano,
teléfono. —la voz de Delia, su empleada, recorrió la casa, llegó al estudio y le acarició los oídos.
—¿Quién
es? —preguntó cuando la vio entrar con el aparato en la mano.
—Sofía.
—¿Y
le dijiste que yo estaba?
—No
le voy a mentir. Yo no miento. —extendió el brazo y le alcanzo el teléfono de
mala manera. No se movió de su lugar,
pese al movimiento de manos de su jefe.
—¿Hola?
—Soy
yo.
—Ya
sé. ¿Pasó algo? ¿Qué querés?
—Verte.
—No.
—¿por
qué? Necesito que hablemos. La ultima vez…
—¿de
qué?
—De
nada y de todo.
—No.
Estoy muy ocupado. Te dejo. Tengo cosas que hacer.
—No
me vas a cortar, Mariano.
—¿Qué?
—Nada.
¿Sabes qué? Laurita, mi nieta, te quiere conocer. Le hablé tanto de vos que…
—No
deberías. No sé porque seguís empeñada en meterme en tu vida. No lo entiendo.
—Vos
fuiste, sos y serás parte de mi vida. Siempre. Y yo de la tuya. ¿Ves? ¿Ves todo
lo que tenemos que hablar? Viajo a Buenos Aires en una semana. Espero que…—el
vacio de la línea le indicó que del otro lado, habían cortado.
—¿Qué
quería? —quiso saber la mujer que aún seguía parada al pie del escritorio.
—Nada. Viene a Buenos Aires en una semana.
—¿Otra
vez? ¡Dios nos libre y nos guarde!
Faltaban
dos días para la llegada de Sofía y él se mostraba como si nada pasara. María
del Carmen parecía no sospechar de la tormenta que se acercaba desde el viejo
continente. El horizonte se presentaba caprichoso y encapotado. Nada bueno
pasaría si decidía verla una vez más. Sabía que a pesar de los años, ella
seguía avivando el fuego en sus entrañas, como lo había hecho desde el primer
día. Sabía que el mismo fuego que le había calentado la entrepierna, lo metía
en problemas. Y él como un iluso, siempre cedía y caía en su red. Una y otra
vez.
—Mariano,
estás muy callado. ¿Qué pasa? —quiso saber su mujer.
—Estuve
pensando… ¿Qué te parece si nos vamos unos días a Brasil? A Buzios. Hace muchos
años que no vamos y…
—Es
una idea magnifica. Pero…—detuvo las agujas del crochet.
—¿Qué?
—Nada.
No importa.
—No.
Decime. No tenés muchas ganas. ¿Es eso?
—No.
La verdad que no.
—¿Por?
¿Es por Matias?
—Mira,
Mariano. Nos conocemos hace muchísimos años. Desde que vos…
—No
hace falta que lo digas.
—Bueno.
Hace mucho. Vivimos tantas cosas. Tenemos dos hijos hermosos, y un nieto en
camino. Te veo dormir cada noche. Te veo comer, trabajar. Todo.
—¿A
qué vas con esta reflexión?
—Voy
a que, todo esto —levantó su dedo y lo señaló, haciendo un círculo abarcándolo
completamente—tiene nombre y apellido.
—No
sé de qué me hablás. ¿Vamos, o no?
—No
me tomes por idiota. ¿Cuándo llega? —se puso de pie dejando caer las agujas al
piso.
—¿Quién?
—¡Ay
Mariano! Tantos años… y todavía no te das cuenta que sos como un cristal.
Trasparente. Desde el primer día.
—Quiero
irme. No quiero estar acá cuando llegue.
—¿por
qué? ¿A que le tenes miedo?
—No
me hace bien verla.
—Y
a mí no me hace bien ver cómo te pones cuando ella anda cerca. Pero tampoco quiero
que me uses. Ya estoy cansada, Mariano. Siempre es igual. A ella se le ocurre
aparecer, y pone nuestro mundo patas para arriba.
—No
me trates así. Sabes que te quiero, que no te abandonaría nunca. Jamás.—le dio
la espalda para que no viera a través de sus ojos empañados.
—Ay
Mariano…—ella se acercó, apoyó la mejilla humedecida sobre su espalda encorvada
—Me abandonaste mucho antes de conocerme.
—No,
María. Me abandoné a mí mismo, cuando la conocí.
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